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¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Maestro-estudiante / Amor platónico / Completas
Popularitas:15k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

...Valentina...

Arrastré mi maleta por la acera como si fuera un cadáver.

No exagero. Pesaba igual, olía a humedad y hacía el mismo ruido deprimente contra las baldosas rotas.

El sol de julio me caía encima sin piedad, el flequillo se me pegaba a la frente y el celular me quemaba la mano de tanto apretarlo. Del otro lado de la línea, la voz de la agente inmobiliaria sonaba como alguien que intenta disculparse en un velorio.

—Señorita Torres, de verdad lo siento muchísimo. Le expliqué al dueño, pero dice que su sobrina viene de provincia y necesita el cuarto. No hay nada que yo pueda…

—Está bien —la corté, porque si la dejaba seguir iba a llorar, y Valentina Torres Medina no llora en plena calle. Al menos no antes de las seis de la tarde—. Ya buscaré otra cosa.

Colgué y me dejé caer en cuclillas bajo un árbol de jacarandá, abrazando mi maleta como si fuera lo único que me quedaba en el mundo.

Técnicamente, era lo único que me quedaba en el mundo.

Recién graduada de la universidad. Sin trabajo fijo. Con unos ahorros que daban risa y un hermano mayor que, si se enteraba de que estaba tirada en la calle, me iba a molestar hasta el fin de los tiempos.

«Valentina, ¿ya te graduaste y sigues sin saber vivir sola? Ven, te presto el sofá, pero te cobro renta emocional.»

Podía escuchar la voz de Diego con total nitidez. No, gracias. Prefería dormir en un parque.

Abrí las apps de alquiler en mi celular por décima vez. Estudio en las afueras, dos horas de transporte. Departamento céntrico, la renta costaba más que mi dignidad. Cuarto compartido con tres desconocidos y un gato llamado «Satanás».

Cerré el celular y enterré la cara entre las rodillas.

—Torres, estás jodida —murmuré.

Y entonces, como si el universo decidiera que mi humillación no estaba completa, escuché esa voz.

—¿Valentina?

Me congelé.

Esa voz. La conocía de memoria. La había escuchado durante cuatro años en el Aula 203, analizando versos de Neruda con la misma calma con la que otros piden un café. La había grabado en mi cerebro como quien memoriza una canción favorita: cada pausa, cada inflexión, cada silencio entre palabras.

Me giré despacio, como en cámara lenta, rogándole a todos los santos que fuera una alucinación por insolación.

No lo era.

Martín Herrera Solís estaba de pie bajo el arco de la entrada del edificio, a tres pasos de mí.

Camisa de lino color marfil, arremangada hasta los antebrazos, dejando ver unas muñecas limpias y un reloj negro discreto. Lentes de armazón dorado sobre el puente de la nariz. Cabello oscuro, ligeramente despeinado por el viento. Los ojos castaños detrás de los cristales me miraban con esa expresión suya —serena, precisa, imposible de descifrar.

Mi profesor de Literatura.

El hombre del que llevo enamorada en secreto desde los dieciocho años.

Mi cerebro hizo cortocircuito. Me jalé la camiseta arrugada hacia abajo, me pasé los dedos por el pelo —que probablemente parecía un nido de pájaros— y traté de ponerme de pie sin tropezar con mi propia maleta.

Fallé en lo último.

—¡Profesor Herrera! —mi voz salió aguda, como la de un ratón al que le pisan la cola—. ¿Usted… vive aquí?

Él bajó la mirada hacia mis cosas: la maleta gigante, la mochila de lona reventando por las costuras y una caja de cartón con libros asomándose por la tapa abierta. Frunció ligeramente el ceño —esa arruga entre las cejas que a mí me parecía adorable y a sus alumnos les daba terror— y se ajustó los lentes.

—¿Problemas con la vivienda?

Directo al punto. Como siempre.

Me ardió la cara. Le ardería a cualquiera si el hombre que le quita el sueño la encontrara hecha un desastre en plena calle, como una refugiada de su propia vida.

—Encontré un lugar —me apresuré a decir, porque la verdad era demasiado patética—. Es solo que el dueño canceló a último momento. Pero ya estoy buscando otro, voy a…

Dejé de hablar porque Martín Herrera no me estaba escuchando. Estaba pensando. Lo supe porque ladeó la cabeza medio centímetro hacia la izquierda —un gesto que aprendí a identificar en cuatro años de observarlo desde la tercera fila del auditorio.

—En el tercer piso de este edificio está el departamento que la universidad me asignó como vivienda de personal —dijo, con la misma naturalidad con la que explicaría una nota al pie de un ensayo—. Tiene tres recámaras, está amueblado y el contrato permite registrar a otra ocupante.

Pausa.

—Si no tienes a dónde ir esta noche, puedes quedarte ahí. Temporalmente.

Me quedé muda.

¿Escuché bien? ¿El profesor Herrera, mi crush de cuatro años, me estaba ofreciendo vivir en su edificio?

—¿Perdón? —logré articular.

Él me miró. Sus ojos se detuvieron medio segundo en mis manos —que temblaban ligeramente sobre el asa de la maleta— y la esquina de su boca se curvó apenas. Apenas. Lo suficiente para que mi corazón se saltara tres latidos.

—La casa está vacía. —Se inclinó y tomó mi maleta, la más pesada, como si no pesara nada—. Vamos, primero sales del sol.

Las ruedas de la maleta resonaron contra el piso del vestíbulo.

Lo seguí como una sonámbula, cargando el resto de mis cosas con las piernas de gelatina.

Dentro del edificio, las luces del pasillo se encendían con el sonido de nuestros pasos. Luz cálida, amarillenta, que caía sobre su espalda ancha mientras subía las escaleras delante de mí. Olía a detergente de ropa y a algo más, algo fresco y limpio que era exclusivamente suyo.

Cuatro años mirándolo desde lejos, y ahora caminaba a menos de un metro de él.

El recuerdo me golpeó sin avisar.

Primer día de universidad. Septiembre, sol brutal. Yo acababa de terminar mi inscripción cuando un señor se desplomó en la entrada. Todos se amontonaron alrededor sin saber qué hacer. Yo me metí entre la gente, me arrodillé, comprobé que respiraba y lo coloqué de lado, mientras le pedía a gritos a alguien que llamara una ambulancia y buscara al personal médico del campus.

Cuando la ambulancia se lo llevó, me levanté con las rodillas sucias y la camiseta empapada de sudor.

Y al alzar la vista, lo vi.

Camisa blanca. Lentes dorados. Una carpeta en la mano. El sol le caía en los hombros.

Me miraba.

Se acercó y me tendió un pañuelo de tela. Limpio, doblado en cuatro.

—Gracias por actuar tan rápido —dijo—. Sécate el sudor.

Eso fue todo. Mi primera conversación con Martín Herrera duró ocho segundos.

Y me enamoré como una idiota.

—Llegamos.

Su voz me devolvió al presente.

Tercer piso. Puerta 302. Sacó una llave, y la cerradura hizo un clic suave.

La puerta se abrió y me quedé sin palabras.

El departamento era mucho más bonito de lo que imaginaba. Paredes claras, piso de madera, una sala luminosa con ventanales que daban a un balcón pequeño donde crecían unas macetas de enredaderas verdes. El sol de la tarde entraba sesgado y dibujaba rectángulos dorados en el suelo. Sofá gris claro con cojines color mantequilla. Cocina abierta, impecable, con los utensilios alineados como soldaditos.

Esto no parecía un departamento de paso. Parecía un hogar.

—¿De verdad vive aquí usted solo? —pregunté, girando en círculos.

—La universidad lo redecoró el año pasado. Casi no uso las otras habitaciones. —Señaló una puerta—. Tu habitación. Tiene buena luz.

Entré al cuarto. Cama amplia, sábanas blancas, una ventana que daba a las copas de los jacarandás. Después de semanas viendo cuartos diminutos y húmedos, esto era el paraíso.

Sentí el nudo en la garganta antes de poder evitarlo.

—Profesor… ¿cuánto es la renta? Ahora mismo no puedo pagar el mes completo, pero en cuanto consiga trabajo…

—No hay prisa. —Me interrumpió. Se dio la vuelta hacia la sala y sacó una hoja de papel y una pluma de un cajón—. Pero sí hay reglas.

Lo vi escribir durante un minuto. Letra firme, elegante, inclinada ligeramente hacia la derecha. Cada trazo era preciso y deliberado. Era la misma caligrafía con la que anotaba las correcciones en mis ensayos de cuarto semestre —correcciones que yo guardaba como si fueran cartas de amor.

Me entregó la hoja:

«Reglas de convivencia temporal»

Sin renta. Servicios (agua, luz, gas) se dividen según consumo real.

Cocina compartida. Cocinar es voluntario, lavar los platos es libre.

Si llegas después de las 10 p.m., avísame (WhatsApp o mensaje). Seguridad primero.

No se reciben visitas para pernoctar. Situaciones especiales se consultan.

Yo me encargo del desayuno. Tú te encargas de… cuidarte bien.

Leí la regla número cinco tres veces.

«Tú te encargas de… cuidarte bien.»

Los puntos suspensivos. La caligrafía tembló ligeramente en esa línea, como si hubiera dudado antes de escribirla.

Me ardió la cara. Me ardieron las orejas. Me ardió el alma.

—Esto… no puedo aceptar no pagar renta —tartamudeé—. Puedo cocinar, o limpiar, o…

—Acabas de graduarte. Primero estabilízate. —Su tono era calmado, como si estuviera explicando un texto en clase—. Cuando tengas trabajo, lo hablamos. O si prefieres, puedes prepararme la cena de vez en cuando. Cuenta como pago.

Me tendió un vaso de agua tibia. La temperatura atravesó el cristal y me calentó las palmas.

Lo miré. Él tenía los ojos fijos en la hoja de reglas, los lentes reflejaban la luz de la ventana y no podía verle bien la expresión.

En ese instante, un pensamiento ridículo y prohibido cruzó mi mente: ¿será posible que él también sienta algo por mí? ¿Aunque sea un poquito?

Pero enseguida lo aplasté.

Basta, Valentina. El profesor Herrera es el académico más joven del departamento, un investigador brillante, el sueño de media facultad. Te ayuda porque es buena persona. Punto. ¿No decían que ayudó a varios estudiantes con becas? Es eso. Es amabilidad, no amor.

Respiré hondo y le devolví una sonrisa lo más normal que pude.

—Gracias, profesor. Buscaré trabajo pronto, no le quitaré mucho tiempo.

Él me miró. Sus ojos se detuvieron en mi cara un segundo más de lo necesario, y su boca se curvó en esa media sonrisa mínima que podría ser imaginación mía.

—Descansa. Hoy cocino yo. —Se giró hacia su habitación. La puerta se cerró con un clic suave.

Me quedé sola en la sala, sosteniendo el vaso de agua, escuchando mi propio corazón retumbar como si quisiera salirse del pecho.

Me agaché lentamente y enterré la cara entre las rodillas.

Vivir con él. Verlo todos los días. Escuchar su voz cada mañana.

Esto iba a ser una tortura dulce y lenta.

Empecé a desempacar para distraerme. Colgué la ropa, ordené los libros, conecté la computadora. Puse mi elefantito de peluche en el asiento de la ventana, junto a los cojines amarillos.

Y entonces, al fondo del clóset, mis dedos tocaron algo que no era mío.

Una liga para el cabello. Rosa. Con un moño pequeño. Demasiado femenina, demasiado cuidada como para ser un objeto olvidado.

Se me heló el estómago.

¿El profesor Herrera tenía novia?

...Martín...

Cerré la puerta y me quedé de pie contra ella, con la espalda apoyada en la madera.

Tres segundos. Necesité tres segundos para que el pulso se me normalizara.

Después caminé hasta el escritorio. Abrí el último cajón. El que tiene llave.

Adentro había una caja de madera oscura, gastada en las esquinas de tanto abrirla.

La abrí.

Cuatro objetos, acomodados con un cuidado absurdo:

Una fotografía. Primer día de inscripción, hace cuatro años. Apareció en la página de bienvenida de la universidad y guardé una copia: ella estaba arrodillada en el suelo, comprobando la respiración de aquel hombre desmayado. La camiseta blanca manchada de polvo. El flequillo pegado a la frente por el sudor. La concentración feroz en su cara, como si ayudar a ese desconocido fuera lo único que importara en el mundo.

Una nota. «Gracias por sus comentarios, Profesor Herrera.» Letra redonda, tinta azul. La dejó entre las páginas de un ensayo en segundo semestre. Cualquier otro profesor la habría tirado.

Un separador con una flor de jacaranda prensada. Lo recogí en la biblioteca, en tercer semestre. Ella lo había dejado olvidado entre las páginas de un diccionario. Esperé toda la tarde a que volviera a buscarlo. No volvió.

Me lo guardé en el bolsillo.

Un mapa de asientos de la ceremonia de graduación. Su lugar estaba marcado con un círculo rojo.

Tomé la fotografía. Pasé el pulgar por el borde, sobre su perfil borroso.

Cuatro años.

Desde aquel día de septiembre, cuando la vi arrodillarse bajo el sol sin dudarlo, supe que esta mujer era diferente.

Después se convirtió en mi alumna. Se sentaba en la tercera fila, con un cuaderno azul, y tomaba notas con una concentración que me distraía a mí. Cuando la llamaba por su nombre para responder, se ponía roja y le temblaba la voz, pero lo que decía siempre tenía una perspectiva que los demás no veían.

La vi crecer. De estudiante tímida a mujer segura. Durante cuatro años, guardé mi distancia. Profesor y alumna. Eso no se toca.

Pero hoy se graduó. Hoy dejó de ser mi alumna.

Y ahora está aquí. En mi departamento. Con su maleta, su elefantito de peluche y esos ojos que todavía no saben mirarme sin asustarse.

Cuatro años esperando. Por fin.

Revisé mi celular. Mensaje del director del departamento: «Profesor Herrera, sobre el registro de la nueva ocupante del 302, ¿ya decidió…?»

Respondí: «Enviaré sus datos mañana. Será una estancia temporal y asumiré toda la responsabilidad administrativa.»

Enviado.

Cerré la caja. La guardé en el cajón. Giré la llave.

El sol de la tarde entraba por la ventana y me daba en los ojos. Afuera, los jacarandás se mecían despacio.

Tranquilo, Martín. Despacio.

Ella por fin llegó.

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Cristina Gomez
Gracias porque muy pocas veces me sorprende darme cuenta que sonrío mientras leo y está vez me pasó.
Vanessa Soto Garcia
que hermosa novela ☺️
Cristina Gomez
que hermosa novela,este el tipo de amor que todas buscamos y muy pocas logramos encontrar.
Vanessa Soto Garcia
😂😂😂😂😂😂
Helizahira Cohen
Es bonita, diferente pero se me hizo muy larga, la voy a terminar porque esta muy bien narrada
Helizahira Cohen
Es bonita pero muy lenta y veo que es larga
Helizahira Cohen
pero ya que avance
Helizahira Cohen
ya pueden hablar, no son profesor y alumna, ambos lo quieren
Alesi Mendiola
Que tierno un hombre que recuerde asta el mas mínimo detalle
Flor Perez: en donde encuentro un profesor así 🤭🤭🤭
total 1 replies
Sofy Solis
🥰🥰🥰 Qué lindo que es él!!!
Tere Jimenez
gracias por compartir tu novela hermosa un poquito larga pero muy hermosa espero sigas escribiendo tan hermoso muchas bendiciones y muchos éxitos más
Tere Jimenez
hermoso final felicidades
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