Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 7
Lo observé unos segundos. Esta vez no lo interrumpí.
—Tengo treinta años y voy a postularme a la presidencia. Eso, por sí solo, ya es un problema.
—No entiendo por qué.
—La gente no solo vota por propuestas; vota por certezas. Están acostumbrados a ver un presidente con canas, con una esposa al lado, con hijos, con esa imagen de madurez y estabilidad que da la impresión de que tiene la vida resuelta. Para el votante promedio, la presidencia es una extensión del hogar, y esperan a alguien que encarne la protección de un padre.
—¿Y sin eso?
—A mis treinta años, sin ese retrato familiar tradicional, van a decir que soy demasiado joven, que no tengo un ancla emocional ni la solidez necesaria. Ante los ojos de un país conservador, no van a ver a un líder preparado. Van a ver a un muchacho ocupando un lugar que le queda grande.
Se me escapó una risa incrédula.
—¿Y la solución fue venir a pedirme matrimonio?
—No estoy intentando mejorar una imagen, Isabella. Estoy intentando ganar una elección. Una esposa cambia la percepción. Hace que un candidato de treinta años deje de parecer un hombre que solo ha construido empresas y empiece a parecer alguien con una vida que existe fuera de ellas.
—Qué romántico. – dije con sarcasmo
—Te advertí que esto no era romance.
—Eso empieza a quedar bastante claro.
—Y antes de que vuelvas a hablarme de todas esas mujeres perfectas que podrían querer casarse conmigo, ya sé que existen. El problema es que no tengo tiempo. No tengo seis meses para conocer mujeres, tener citas, y averiguar cuál de ellas podría soportar una campaña presidencial sin convertirse en un problema.
—Qué encantador.
—Es práctico.
—Es espantoso.
—También.
No pude evitar una pequeña risa.
—Contigo me ahorro todo eso —continuó—. Nuestras familias se conocen desde hace décadas. Nosotros nos conocemos desde niños. Nadie tendría que inventar una historia imposible para explicar cómo terminamos juntos.
—Solo tendrían que inventar la parte donde nos enamoramos.-dije
—No necesariamente. Esto funcionaría como un trabajo.
Tardé un segundo en procesarlo.
—¿Un trabajo?
—Si aceptas, básicamente serías mi esposa durante la campaña y durante el mandato.
—Si ganas- corregí
—Vamos a ganar.
No lo dijo con arrogancia exagerada. Lo dijo como un hecho, como si la posibilidad de perder sencillamente no estuviera incluida en sus cálculos.
—¿Y después?
—Después eres libre. Cumplimos el acuerdo, terminamos el matrimonio de manera discreta, y cada uno sigue con su vida.
Le señalé que hablábamos de años, probablemente muchos, y que eso no sonaba precisamente tranquilizador. Él respondió con la misma frialdad de siempre: yo tenía veinticinco, y cuando todo esto terminara, seguiría siendo joven. Como si mi vida fuera una cifra más en una proyección.
—¿Y exactamente qué gano yo?
—Independencia.
La palabra me hizo guardar silencio.
—Cuando esto termine tendrás dinero propio, contactos, experiencia, una posición que nadie podrá atribuir a Alan, y libertad para decidir qué quieres hacer con el resto de tu vida.
—¿Y tú?
—Yo habré sido presidente. —Otra vez esa seguridad absoluta—. No entro en algo esperando fracasar.
Claro que no. ¿Por qué habría de hacerlo?
Negué con la cabeza. Era absurdo. Todo aquello era absurdo.
—¿Y qué significa exactamente ser tu esposa durante esos años?
—Vivir conmigo. Acompañarme cuando sea necesario. Actos oficiales, eventos de campaña, cenas, viajes.
—¿Fingir que estoy enamorada de ti?
Alexander se quedó en silencio un segundo.
—La gente va a ver un matrimonio. Eso es todo lo que necesito que vean. No voy a pedirte que digas que me amas.
Mi estómago reaccionó de una manera ridícula. Lo ignoré.
—¿Tendríamos que compartir una casa? ¿Una habitación?
Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, Alexander tardó un poco más en responder.
—Eso dependerá de nosotros.
—Eso suena peligrosamente ambiguo.
—Porque todavía no has aceptado. No tiene sentido negociar una cama antes de negociar el matrimonio.
Abrí la boca. La cerré.
—¿Hay contrato?
—Mi equipo legal ya trabaja en una primera versión.
—No voy a darte una respuesta hoy.
¿Sinceramente lo estaba considerando?
—No esperaba que lo hicieras.
Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una tarjeta pequeña. Me la ofreció.
—Mi número personal
Tomé la tarjeta.
Alexander dio un paso atrás. Parecía que la conversación había terminado.
-Piénsalo.
No dije nada. No sabía qué decir.
Alexander pareció notarlo, porque se quedó ahí un momento más de lo necesario.
—Puedo ver que ya tienes una respuesta en la cabeza —dijo, con una voz más baja que antes—. Pero también puedo ver que no estás tan segura de ella como quisieras.
No supe qué responder. Simplemente negué con la cabeza, y Alexander empezó a caminar hacia el automóvil.
—Alexander.
Se detuvo. No sabía exactamente por qué lo había llamado. Tal vez porque necesitaba saberlo.
—¿Y si digo que no?
—Entonces no vuelvo a mencionarlo.
—¿Así de fácil? ¿Después de investigarme, preparar un contrato y venir hasta aquí?
—Sí. No necesito una esposa a la que tenga que arrastrar hasta el altar. —Su mirada sostuvo la mía—. Si alguna vez te casas conmigo, quiero que tengas perfectamente claro que pudiste decir que no.
Abrió la puerta del automóvil.
—Buenas noches, Isabella.
—Buenas noches.
Subió. El auto se alejó pocos segundos después. Me quedé allí hasta que las luces traseras desaparecieron al doblar la esquina.
Entonces abrí la mano. La tarjeta seguía en mi palma. Un número. Nada más.
Podía tirarla. Probablemente debía hacerlo.
Alexander Blackwood acababa de ofrecerme un trabajo cuyo cargo era esposa, cuya duración podía extenderse durante años y cuyo objetivo final era convertirlo en presidente.
No había flores.
No había promesas.
No había amor.
Había condiciones. Un principio. Un final. Y una salida claramente definida.
Alan me había prometido para siempre y ni siquiera había regresado a buscarme.
Alexander no me prometía para siempre. De hecho, acababa de explicarme exactamente cuándo pensaba dejarme ir.
Miré la tarjeta una última vez.
Después la guardé en el bolsillo.
Solo por esa noche.