De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
⚠️ Contenido exclusivo para mayores de 18 años
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1: Detrás de la lente
El reloj de pared marcaba las 18:45 cuando Damián Vera cerró el último cuaderno de apuntes y soltó un suspiro que llevaba retenido desde hacía horas. La biblioteca central de la universidad empezaba a vaciarse; estudiantes recogían sus mochilas, hablaban en voz baja y salían hacia la tarde, pero él permanecía inmóvil en su rincón habitual, justo debajo del gran ventanal que daba al jardín de los sauces.
Desde que tenía memoria, su vida parecía escrita en tinta imborrable. Hijo de uno de los abogados más reconocidos de la región y de una catedrática de Derecho Constitucional, cada paso que daba debía ajustarse a lo que los demás esperaban de él: ser el alumno con mejores notas, el más serio, el que nunca se quejaba ni cometía errores. Nadie sabía que esa perfección que mostraba al mundo no era más que otra máscara, igual de pesada que la que guardaba en el fondo de su escritorio.
Al llegar a casa, saludó a su madre con la sonrisa educada que tenía ensayada, dijo que se pondría a repasar para el examen del jueves y subió las escaleras de dos en dos. Una vez dentro de su habitación, giró la llave en la cerradura y se apoyó contra la puerta, dejando caer los hombros hasta que todo el peso acumulado pareció desprenderse de su cuerpo. Por fin estaba solo.
Encendió el ordenador, apagó la luz principal y dejó encendida solo una pequeña lámpara de mesa que proyectaba un resplandor suave y tenue. Luego abrió el compartimento secreto que había en la parte trasera de su cajón más bajo y la sacó: su máscara. Estaba hecha de un material ligero y resistente, completamente negra con finos detalles dorados que seguían el contorno de sus pómulos, cubría su frente, nariz y llegaba justo por encima del labio inferior. Nadie más sabía de su existencia. Representaba todo lo que Damián no se atrevía a ser a plena luz: libre, sincero, sin miedos ni expectativas que cumplir.
Cuando se la colocó, la transformación fue inmediata. El Damián reservado y temeroso desapareció, y en su lugar surgió Nox.
Abrió su plataforma de transmisiones, revisó por tercera vez que todas las opciones de privacidad estuvieran activadas y que no quedara rastro alguno de su ubicación o identidad real, y dio clic en Iniciar emisión. En menos de treinta segundos el contador de espectadores subió a más de dos mil, y la caja de comentarios empezó a llenarse de saludos, preguntas y frases de cariño. La gente acudía a él porque sentían que Nox los escuchaba de verdad, sin juicios ni hipocresías.
—Buenas noches a todos —empezó a decir, usando el tono de voz un poco más profundo y pausado que siempre usaba allí—. Hoy quiero hablarles de esa sensación de llevar dos vidas al mismo tiempo: una que construyes para que los demás estén tranquilos, y otra que es solo tuya, la que te permite respirar de verdad. ¿Cuántos de ustedes sienten que nadie conoce realmente quiénes son?
Entre cientos de mensajes, uno apareció siempre entre los primeros, con el nombre de usuario LenteClara: “Llevamos esa otra vida hasta que aparece alguien que nos hace querer dejarla atrás”.
Damián sintió que el corazón le dio un vuelco. Ese usuario le seguía desde hacía más de un año, siempre estaba presente, siempre tenía las palabras exactas que él necesitaba escuchar. Con el tiempo habían empezado a hablar por mensajes privados al terminar cada transmisión, y esas conversaciones se habían convertido en lo más importante de su semana. Apenas sabían el uno del otro: solo que él era Nox, y que su seguidor se llamaba Gael. Y sin embargo, sentía que esa persona lo entendía mejor que nadie en su entorno real.
Gael: Hoy me hiciste pensar mucho. Gracias por ser tan auténtico, aunque te escondas detrás de una máscara. Descansa bien, Nox.
Nox: Gracias a ti por quedarte siempre aquí. Eres la única persona con la que puedo ser yo mismo.
Apagó el equipo, se lavó la cara y se metió en la cama, pero tardó horas en dormirse. Su mente no dejaba de dar vueltas a la misma idea: Gael podía estar en cualquier lugar, quizás caminaba por las mismas calles que él todos los días, quizás ya se habían cruzado sin saber quién era el otro. Y esa posibilidad a la vez le asustaba y le ilusionaba.
A la mañana siguiente volvió a ser Damián Vera. Asistió a sus clases, tomó apuntes detallados, respondió las preguntas del profesor con la calma que siempre le caracterizaba y cumplió con cada uno de sus deberes. Al terminar la jornada, sintió la necesidad de salir de la universidad y respirar otro aire, así que decidió ir a su cafetería favorita, a pocos metros de la entrada principal. Era un local pequeño, de paredes de madera cálida, con el olor constante a café recién tostado y pan recién horneado.
Se formó en la fila, pidió su habitual: café con leche tibio y un medialuna de queso, y se quedó esperando al lado del mostrador mientras miraba por la ventana. No tardó mucho en escuchar que su pedido estaba listo, pero cuando extendió la mano para tomar el vaso, otra mano grande, de dedos largos y una pequeña cicatriz cerca del nudillo del índice, llegó al mismo tiempo.
—Perdón, creo que nos hemos confundido —dijo una voz grave, tranquila y agradable.
Damián levantó la mirada y sintió que el tiempo se detenía. El hombre que tenía delante era alto, de hombros anchos, cabello castaño claro y ojos color avellana que lo miraban con una atención que parecía llegar hasta lo más profundo. Le sonrió con naturalidad, y esa expresión le resultó inquietantemente familiar.
—No, perdóneme usted, seguro me equivoqué al decir cómo lo quería —alcanzó a balbucear Damián, sintiendo cómo sus mejillas se encendían.
—Para nada, seguro se confundieron al anotar los dos pedidos iguales. Yo soy Gael, por cierto.
El nombre le golpeó con fuerza en el pecho, pero hizo todo lo posible por no demostrar su sorpresa.
—Damián. Mucho gusto. Quédate tú con este, yo pido otro ahora mismo.
—Ni hablar, lo compartimos o pedimos dos nuevos, no hay prisa —insistió él sin apartar la vista—. Te he visto muchas veces por los pasillos de la facultad, pero nunca habíamos tenido oportunidad de hablar.
—¿Vienes mucho por allí? Creí que todos los que andan por Derecho son estudiantes.
—No exactamente, soy fotógrafo forense y a veces necesito consultar libros o ver cómo funcionan ciertos procesos legales. Y sí, siempre te he visto ahí tan concentrado, me llamabas mucho la atención.
Mientras seguían hablando, cada palabra, cada gesto, esa forma tan directa y sincera de decir las cosas… todo coincidía demasiado con la persona con la que hablaba cada noche. Era imposible, tenía que ser solo su imaginación jugándole una mala pasada. Pero cuando Gael soltó una risa suave y le repitió que “las cosas se ven mejor cuando dejas que la luz entre de verdad”, Damián sintió que el suelo se movía bajo sus pies: esa frase se la había leído exactamente igual en un mensaje privado hacía apenas unas horas.