Ella aprendió que el poder no evita las traiciones ni el dolor. Con el corazón roto y el alma marcada por un pasado que juró olvidar, se convirtió en una CEO temida e inalcanzable. Él, un hombre humilde de corazón noble, apareció cuando ella había dejado de creer en el amor.
Entre secretos, heridas y un destino imposible de evitar, ambos descubrirán que solo el amor más sincero puede curar un corazón.
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UNA TRISTEZA VIVIDA
Un largo y pesado suspiro brotó de lo más profundo de Rodrigo. Con el corazón a medio camino entre la ternura y el desconcierto, contempló al niño que se aferraba a él.
Se había dedicado con tanta saña al trabajo físico, doblando turnos para arrancar de la miseria a su abuela y a su pequeña hermana, que ni siquiera se había permitido el lujo de tener una novia.
No había espacio en su vida para el romance, y mucho menos para la remota posibilidad de tener un hijo perdido en alguna parte.
“Está bien, pequeño...” indagó Rodrigo, suavizando la voz lo mejor que pudo “¿Dónde está tu mamá? ¿Con quién venías?”
En respuesta, el pequeño Luca hundió más la cabeza en el hueco de su cuello, apretó los ojos y formó un tierno pero obstinado puchero con los labios, negándose a pronunciar palabra.
La impaciencia empezó a hacer efecto en Rodrigo. El tiempo corría y él no sabía qué demonios hacer con un niño perdido en un muelle de carga.
Sin embargo, antes de que pudiera insistir, un sonido agudo e inconfundible interrumpió el silencio: el estómago del pequeño reclamaba alimento con urgencia.
Rodrigo sonrió de medio lado, rindiéndose ante la evidencia “Parece que ese estomaguito tiene hambre, campeón. Te invito mi pan con pollo” dijo con nobleza.
Se sentó sobre el palé de madera que le servía de banco improvisado a la sombra y acomodó al tierno intruso en su regazo.
“Me llamo Luca. Gracias, papá” balbuceó el niño, arrebatándole el sándwich con entusiasmo antes de darle un mordisco enorme.
Ver cómo se le inflaban las mejillas regordetas, blancas y limpias, le provocó a Rodrigo un impulso casi paternal de pellizcárselas con cariño.
Mientras tanto, su propio estómago protestó en silencio; la única comida que probaría en todo el día estaba siendo devorada con voracidad por el glotón de Luca, quien al terminar se lamió los dedos con deleite, rescatando hasta la última migaja.
Era una ironía absoluta: un niño acostumbrado a los banquetes y a la cocina gourmet de la alta sociedad devoraba un humilde sándwich de estibador como si fuera el manjar más exquisito del mundo.
El primer instinto de Rodrigo fue ponerse de pie, cargar al niño y buscar la comisaría más cercana o el puesto de seguridad del centro comercial.
Pero un vistazo al reloj de la pared se congeló. El tiempo de receso había expirado, si abandonaba su puesto ahora, no solo perdería el jornal del día, sino que su jefe, que ya lo tenía entre ceja y ceja por su retraso matutino lo despediría sin dudarlo.
Y hoy, precisamente hoy, necesitaba ese dinero para pagar la última cuota de su casa. No podía permitirse el desempleo.
Con el pecho oprimido por la culpa, Rodrigo acomodó su mochila sobre la madera y sentó al niño encima de ella.
En cuanto intentó dar un paso atrás, los ojos de Luca se inundaron de lágrimas y un llanto desconsolado estalló.
“¡No me dejes, papito! ¡No te vayas, por favor!” suplicó el niño, estirando sus manitas hacia él.
Aquellas palabras golpearon a Rodrigo en lo más profundo de su memoria, abriendo una vieja herida.
Un dolor agudo y asfixiante lo transportó años atrás, al día del accidente, cuando su pequeña hermana y él lloraron con esa misma desesperación al comprender que se habían quedado solos en el mundo.
Se arrodilló rápidamente frente al niño y le tomó las manitas con suavidad, pero con firmeza.
“No llores, campeón” le pidió, mirándolo a los ojos con absoluta sinceridad “Quédate aquí, sentado sobre mi mochila. Yo solo estaré trabajando a unos metros de ti. En cuanto termine mi turno, te lo prometo, iremos juntos a buscar a tu mamá. ¿De acuerdo?”
Luca sorbió por la nariz, procesando la promesa en medio de su tristeza, y finalmente asintió con la cabeza, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
“Está bien... Aquí espero a papá” susurró, tratando de ser valiente.
“No te vayas a mover de aquí, ¿sí?” le advirtió Rodrigo con tono serio, señalando el constante ir y venir de los montacargas y los camiones “Hay mucho movimiento y maquinaria pesada por allá, te puedes golpear si sales de este rincón. Prométeme que te quedarás aquí”
El niño volvió a asentir, abrazando la mochila de Rodrigo como si fuera el tesoro más valioso del mundo, mientras este se ponía de pie y regresaba al pesado trabajo bajo el sol, con la mente dividida entre el fardo que cargaba sobre sus hombros y el pequeño de ojos brillantes que lo esperaba en la sombra.
cárcel sus atacantes también. sus compañeros son cómplices no hicieron nada por Yuli Rodrigo la salvó
Renato se va a arrepentir cuando vea lo que paso
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