Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.
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CAPÍTULO 1: El Latido Improbable
El silencio en el Palacio de las Sombras nunca era verdaderamente mudo. Para un ser cuya existencia se había extendido a lo largo de tres siglos, la quietud era un tapiz intrincado de ecos distantes: el crujido milimétrico de la piedra gótica asentándose bajo el peso del tiempo, el goteo rítmico del agua derretida en los abismos subterráneos del castillo y, sobre todo, el susurro constante del viento helado que azotaba los ventanales de arboleda ojival.
Alistair Vance permanecía de pie frente al ventanal principal de su santuario privado, en la torre más alta del palacio. Vestía una camisa de seda negra ligeramente abierta en el cuello y un saco de terciopelo borgoña que acentuaba la anchura impecable de sus hombros y su figura imponente. Sus manos, de dedos largos y pálidos, sostenían una copa de cristal tallado que contenía un líquido carmesí de densidad perfecta. Sin embargo, no había probado una sola gota en horas.
Sus ojos, un par de orbes ámbar de una intensidad felina y magnética, observaban el horizonte brumoso. La noche era su dominio; los seres de la penumbra se inclinaban ante su nombre con un respeto que rayaba en el terror sagrado. Era el Rey Vampiro, el último de la estirpe ancestral de los Vance, un guerrero y gobernante cuya fuerza era legendaria y cuya piedad era un mito inexistente.
Pero esa noche, como cada 14 de octubre desde hacía veintidós años, el monarca inmortal no pensaba en guerras de clanes, ni en la administración de sus vastos dominios, ni en las intrigas vacías de los nobles de su corte.
Esa noche, Alistair recordaba la noche en que su eternidad cambió para siempre.
Tres siglos de helada soledad
Durante trescientos años, Alistair había caminado por la tierra convencido de que la leyenda de la tuo cantante era una hermosa mentira inventada por los ancianos de su especie para dar consuelo a los inmortales agonizantes de soledad. En la mitología de la estirpe pura, la tuo cantante no era simplemente una compañera o una esposa; era la mitad exacta de su alma, la única creatura en todo el universo cuyo latido del corazón y cuya sangre poseían una frecuencia perfecta capaz de apaciguar la sed ancestral de un rey y devolverle la capacidad de sentir.
Alistair había visto a otros de su especie buscar desesperadamente a la suya, consumiéndose en la locura o aceptando uniones de conveniencia con vampiresas de sangre pura que solo buscaban poder. Él se había negado a participar en ese juego grotesco. Con el paso de los siglos, su corazón se había transformado en una piedra pulida e impenetrable, tan fría como las losas de mármol de su castillo. Se había rodeado de lujo, de arte, de poder absoluto y de amantes pasajeras que jamás lograron arañar la corteza de su frialdad.
Había aceptado su destino: gobernaría en la penumbra, absoluto y solo, hasta que el fin de los tiempos devorara su existencia.
Hasta que la física de lo imposible se manifestó en una noche de tormenta, veintidós años atrás.
La noche del milagro
Alistair cerró los ojos, dejando que la copa reposara en la mesa de caoba tallada a su lado. Se apoyó en el marco de la ventana y permitió que su mente retrocediera en el tiempo, viajando a aquella noche de otoño en que el destino le jugó la broma más fascinante y destructiva de su vida.
No estaba en su palacio aquella vez. Se encontraba en una de sus propiedades en el mundo humano, una mansión de arquitectura victoriana en las afueras de la ciudad, supervisando una transacción confidencial. La lluvia caía con una violencia torrencial, lavando las calles de adoquines y llenando el aire del olor fresco a tierra mojada y ozono.
Alistair caminaba por el balcón de la mansión, disfrutando del aislamiento, cuando una ráfaga de viento trajo consigo algo que jamás debió haber estado allí.
No fue una imagen. No fue un aroma inmediato. Fue un latido.
Para un vampiro de la pureza y la antigüedad de Alistair, los latidos del corazón humano eran un ruido de fondo constante, como el rumor del mar para quien vive en la costa: rápido, frágil, desechable. Pero ese latido en particular no era un ruido más.
Sonó en la mente de Alistair no como un murmullo, sino como el golpe limpio y resonante de una campana de plata en una catedral vacía.
Thump-thump. Thump-thump.
El sonido fue tan nítido, tan brutalmente físico, que el rey se tambaleó ligeramente, apoyando una mano en la barandilla de piedra. Por un segundo, el aire se volvió denso. Sus colmillos, retraídos por la costumbre de la compostura, se descolgaron instintivamente contra sus labios inferiores. Su visión, sensible a la energía vital, se tiñó de un dorado ardiente.
El latido lo llamaba. No con desesperación, sino con una armonía tan perfecta que hizo que el pulso extinto del propio Alistair diera un salto doloroso dentro de su pecho. Un calor desconocido recorrió sus venas frías, encendiendo un fuego abrasador que le hizo ahogarse.
—¿Qué demonios...? —susurró para sí mismo, su voz un gruñido grave y alterado.
Guiado únicamente por ese llamado magnético, Alistair no lo pensó. Saltó desde el balcón del segundo piso, aterrizando sin hacer el menor ruido sobre el asfalto mojado de la calle. Se movió con la velocidad de una sombra, un borrón en la noche que cruzó los jardines y se adentró en la calle residencial circundante.
A medida que se acercaba a la fuente, el pulso se volvía más claro, dulce y adictivo. Llegó al frente de una pequeña y acogedora casa de fachada de ladrillo visto, rodeada por un jardín repleto de hortensias bajo la lluvia. Dentro, las luces cálidas de la sala iluminaban las cortinas amarillas.
Alistair se deslizó hasta la sombra proyectada por un gran roble en el jardín delantero. Elevó sus sentidos al límite, filtrando los sonidos de la lluvia, el viento y los automóviles lejanos, para concentrarse únicamente en el interior de esa casa.
Allí había un hombre, un humano común, preparando una taza de té en la cocina. Su corazón latía a un ritmo normal, aburrido.
Y en el sillón del salón, descansaba una mujer joven, embarazada. Tenía una mano apoyada suavemente sobre su vientre pronunciado, sonriendo mientras leía un libro bajo la luz de una lámpara de pie. Su corazón también sonaba humano, suave y tranquilo.
Pero no era el corazón de la mujer el que había detenido el universo de Alistair.
El rey vampiro enfocó su mirada ultramundana, traspasando las paredes, la tela y la piel, hasta fijarse en la vida que florecía dentro de aquel vientre.
Allí, resguardado en la calidez maternal, minúsculo y perfecto, había un segundo corazón latiendo. Un pulso acelerado, rítmico, pero dotado de una vibración mística que encajaba exactamente con la frecuencia del alma de Alistair.
Thump-thump-thump.
El aroma atravesó el aire, filtrándose por la ventana ligeramente entreabierta. Era el aroma de la vida naciente mezclado con la esencia misma del destino: notas de vainilla dulce, orquídeas silvestres y un tinte metálico de una delicia tan pura que hizo que a Alistair se le hiciera agua la boca y se le erizara la piel de los brazos.
La tuo cantante.
El destino tenía un sentido del humor perverso y macabro.
Alistair Vance, el monarca más temido del mundo subterráneo, el depredador supremo de la noche, había encontrado finalmente a su alma gemela... y ella ni siquiera había nacido. Estaba en el vientre de una mujer humana, a semanas de ver la luz por primera vez.
Aquella noche, el rey permaneció inmóvil bajo la lluvia torrencial durante horas, oculto en las sombras del roble, escuchando únicamente la sinfonía sagrada de ese pequeño corazón que latía con fuerza. Prometió en ese mismo instante que la protegería con su vida, sin importar qué tuviera que sacrificar, hasta que el momento fuera el correcto.
Las décadas de la dulce condena
Alistair abrió los ojos en el presente, exhalando un suspiro pausado que formó una leve vaporeta en el aire frío del salón del castillo.
Aquella noche había marcado el inicio de su dulce condena.
Recordaba perfectamente los años que siguieron. Un inmortal no conocía la impaciencia en términos humanos, pero ver crecer a la mujer destinada a ser su reina desde la distancia había sido la prueba de fuego más tortuosa de su existencia.
Alistair había establecido una red de protección invisible alrededor de la familia Rossi desde el día en que la pequeña nació y fue nombrada Elena.
Cincuenta de sus mejores guardias personales, vestidos como humanos comunes, habían sido desplegados en la ciudad a lo largo de los años. Ningún mal, ninguna enfermedad de origen oscuro, ningún incidente violento y ningún otro vampiro o criatura de la noche se había acercado jamás a un radio de diez kilómetros de Elena. Si un peligro minúsculo amenazaba la tranquilidad de la niña, Alistair lo eliminaba de raíz antes de que ella o sus padres siquiera se dieran cuenta.
Él mismo la había visto desde las sombras en los momentos clave de su vida, manteniendo siempre una distancia prudencial para no asustarla ni interferir prematuramente con su desarrollo natural.
La había visto dar sus primeros pasos en el parque, riendo mientras sus diminutas manos intentaban atrapar las hojas de otoño. La había visto correr en el patio del colegio, con el cabello castaño volando al viento. Y, a medida que los años avanzaban, Alistair había sido testigo de la transformación más fascinante de todas: la niña se había convertido en una mujer despampanante.
A diferencia de las vampiresas de su corte, que buscaban una delgadez etérea, fría y casi cadavérica, Elena se había desarrollado con una belleza exuberante, real y arrebatadora.
Alistair recordaba con especial fuego en las venas la primera vez que la vio a los veinte años. Tenía curvas pronunciadas que desafiaban la rigidez del mundo: caderas anchas que sugerían tentación pura, un busto generoso que hacía suspirar al viento, una cintura definida y unos muslos firmes y suaves que Alistair deseaba desesperadamente moldear entre sus manos grandes. Su piel era de un tono cálido, sonrosado por la sangre joven y rica que fluía por sus venas, una sangre cuyo aroma lo volvía loco a kilómetros de distancia.
Elena no era una criatura frágil que necesitara compasión; era una visión de fertilidad, fuerza, elegancia y sensualidad desbordante. Caminaba con la cabeza en alto, orgullosa de su cuerpo y de su presencia, ajena por completo al hecho de que cada vez que ella sonreía en la calle, un rey inmortal perdía un poco más la cordura en la penumbra.
La obsesión de Alistair se había vuelto legendaria entre sus sirvientes más cercanos. Su comandante de la guardia, Marcus, era el único que conocía la verdad completa.
—Señor —le había dicho Marcus una vez, años atrás—, la chica ya ha alcanzado la mayoría de edad. Podría reclamarla. Podría traerla al castillo y reclamar su derecho de sangre.
Alistair había recordado la mirada helada que le había dedicado a su comandante en aquel momento.
—Ella no es un trofeo, Marcus. No es un objeto para ser reclamado y encerrado en una jaula de oro —había respondido el rey con voz firme y peligrosa—. Ella debe vivir. Debe reír, debe aprender, debe experimentar el mundo de los humanos antes de que yo la arrastre a la eternidad. Si la fuerzo, si la asusto, destruiré la única belleza genuina que he encontrado en tres siglos. Esperaré hasta que el momento sea perfecto. Hasta que sus ojos me miren no con miedo, sino con el mismo fuego que arde en mi pecho.
Y así había esperado. Veintidós años. Catorce mil seiscientos ochenta días de autocontrol feroz, de noches en vela escuchando el eco distante de su latido a través del viento, de soñar con la textura de su piel y la dulzura de sus labios.
La víspera del encuentro
De vuelta en el gran salón de la torre del castillo, Alistair se sirvió finalmente una copa fresca. El líquido carmesí brilló bajo la luz de las candelabros de plata que colgaban del techo abovedado.
Mañana era el día.
El destino, que durante tanto tiempo lo había hecho esperar, finalmente había colocado las piezas en el tablero. Elena Rossi, ahora de veintidós años, se había graduado con honores en historia del arte y trabajaba como conservadora en el Museo Central de Antigüedades de la ciudad.
Y mañana por la noche, el museo celebraría su gala benéfica anual de otoño. Una reunión de la alta sociedad, coleccionistas de arte y mecenas adinerados.
Alistair había comprado discretamente el control mayoritario del patrocinio de la gala a través de sus empresas fachada hace meses. Sería el invitado de honor.
El rey caminó hacia el espejo de marco de pan de oro que colgaba junto a la chimenea apagada. Se miró a sí mismo. Su rostro de facciones esculpidas, la mandíbula firme cubierta por una sombra elegante de barba corta, y esos ojos ámbar que prometían un peligro infinito y una pasión devastadora.
Pasó una mano por su cabello negro y denso, alborotándolo ligeramente.
—Veintidós años, Elena... —murmuró, su voz rasposa, baja y saturada de un deseo contenido que haría temblar las estructuras del mismo castillo—. Veintidós años esperando el momento de sostenerte entre mis brazos.
Mañana no habría más sombras. Mañana no habría más espionaje a la distancia.
Alistair la buscaría entre la multitud. Permitiría que ella sintiera la presencia del hombre que había estado guardando su alma desde antes de que diera su primer aliento. La acorralaría con la elegancia de un depredador sofisticado y le enseñaría lo que significaba la verdadera tentación.
Visualizó la escena en su mente con una claridad casi dolorosa: el aroma de su piel llenando sus pulmones, la curvatura de su cadera bajo su mano, la calidez de su aliento acelerado chocando contra su cuello y, por fin, el roce inicial de sus labios sobre los de ella. Un beso que borraría dos décadas de espera angustiosa.
Alistair apuró el contenido de su copa de un solo trago, sintiendo cómo el líquido le quemaba la garganta. Dejó el cristal sobre la mesa con un golpe seco.
Se giró hacia la ventana una vez más, mirando hacia la línea del horizonte donde la ciudad dormía bajo un manto de nubes pesadas. En alguna parte de esa urbe, en una cama tibia, Elena Rossi dormía plácidamente, sin saber que el rey de la noche velaba su sueño y que, en menos de veinticuatro horas, su mundo cambiaría para siempre.
—Duerme bien, mi pequeña melodía —susurró Alistair a la noche, con una sonrisa de absoluta posesión dibujándose en sus labios—. Porque a partir de mañana, le perteneces al rey.