El Rey Alfa Kael, conocido como el Lobo Plateado, lleva cargando una maldición ancestral: sin descendencia su poder se desvanecerá y su reino caerá en ruinas. Buscando solo cumplir su deber, pasa una noche desconocida con una chica marginada y sin nombre, a quien todos llaman solo “la huérfana”. Esa noche cambia todo: ella queda embarazada… ¡de seis bebés! Pero antes de que pueda contárselo, su madrastra cruel la vende en una subasta clandestina. Cuando el destino los vuelve a cruzar, Kael descubre que ella no es cualquiera: es su pareja destinada, la única capaz de romper su maldición. Pasará de vivir entre basura y desprecios a sentarse en el trono más alto, demostrando que quien parecía la más débil, es la dueña de su corazón y de todo su reino.
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21: Quedarse sola y firme
La mañana siguiente no trajo consigo la luz que Elara esperaba. Kael convocó a los guardias más leales y partió antes del amanecer, decidido a rastrear los límites del reino y buscar rastro de la sombra que la había visitado. Antes de irse, la sostuvo entre sus brazos con una mezcla de ternura y angustia:
—No te dejaré sola más tiempo del necesario. Pero debo saber qué nos acecha. Quédate en nuestros aposentos. No abras a nadie que no lleve mi sello. Prométemelo.
—Te lo prometo —respondió ella, apretando su mano—. Ve con cuidado. Yo estaré bien.
Pero cuando la puerta se cerró tras él, el silencio pesó como una losa. Por primera vez desde la noche del puente, se encontró completamente sola. Y no tardó en notar que algo había cambiado en el palacio: los murmullos regresaron, más fuertes que antes. Sin Kael presente para protegerla, la duda volvió a crecer.
Al mediodía, una anciana de rostro severo, la señora Elvira, antigua institutriz de la corte, se acercó a la puerta de sus aposentos. No llevaba ningún sello, pero habló con tanta autoridad que los guardias dudaron:
—Vengo a llevarla a la sala de consejo. Los señores necesitan hacerle preguntas mientras el rey no está. Es su deber.
Elara escuchó tras la puerta. Sabía que Kael le había dicho que no saliera… pero también sabía que si se encerraba, dirían que tenía algo que ocultar. Si me quedo aquí encerrada, pensó, les doy la razón. Tengo que enfrentarlos. No puedo esconderme.
Abrió la puerta. Los guardias la miraron sorprendidos:
—Señora, el rey ordenó…
—Lo sé —respondió ella con calma—. Pero el rey también confía en que yo sepa defenderme. Iré.
Caminó por los pasillos sola, sin escolta, con la cabeza alta y la mano siempre apoyada en su vientre. Al entrar a la sala de consejo, el silencio cayó sobre todos. Valerius estaba sentado al frente, con Ismene a su lado, y una docena de nobles la observaban como si fuera una intrusa.
—Qué amable por su parte presentarse —dijo Valerius con voz suave y venenosa—. Casi creímos que se escondía.
—No me escondo —respondió Elara, deteniéndose en el centro de la sala—. Estoy aquí. Pregunten lo que quieran. Responderé con la verdad.
Las preguntas empezaron de inmediato, duras y cargadas de intención. La interrogaron sobre la sombra que la había visitado, sobre las luces que aparecían en su vientre, sobre la profecía que nadie entendía.
—¿No será que atrae estas criaturas? —insistió Ismene—. Dicen que donde ella está, la oscuridad se acerca. Quizás ella misma las llama.
—Si yo las llamara, no me asustarían —respondió Elara mirándola directamente a los ojos—. Lo que me ocurrió no es una bendición que yo pedí, ni un poder que busqué. Es algo que me sobrevino. Pero no me rendiré por ello. La sombra dijo que hay una deuda antigua… y si la hay, la pagaremos con justicia, no con la vida de quienes no tienen culpa.
Valerius se inclinó hacia adelante:
—Palabras bonitas. Pero sin el rey detrás, ¿qué eres? ¿Quién te respalda?
Elara dio un paso al frente, y su voz, suave pero firme, llenó la sala:
—Me respalda la verdad. Me respalda lo que llevo dentro. Me respalda el destino que nadie eligió para mí, pero que acepté con valentía. No necesito que nadie me sostenga para saber quién soy. Soy Elara. Llevo la marca de la luna. Llevo a los herederos de este reino. Y mientras esté viva, nadie me hará sentir que no merezco estar aquí.
Hubo un silencio breve. Algunos nobles asintieron levemente. Otros bajaron la mirada. Valerius apretó los puños, frustrado: esperaba verla temblar, suplicar, perder la compostura… pero ella permanecía firme, sola y sin ceder ni un milímetro.
—Todavía no hemos terminado —dijo él, poniéndose de pie—. Volveremos a interrogarla mañana. Y cada día hasta que sepa la verdad completa.
—Volveré cada día —respondió ella—. Y seguiré diciendo lo mismo. La verdad no cambia aunque la pregunten mil veces.
Salió de la sala sin prisa, sin mirar atrás. Solo cuando llegó a sus aposentos y cerró la puerta tras de sí, dejó escapar un suspiro tembloroso y se apoyó contra la madera. Las rodillas le temblaban. Tenía miedo, sí… pero también tenía algo más: la certeza de que podía sostenerse sola.
Se sentó junto a la ventana y acarició su vientre:
—¿Lo vieron, pequeños? Su mamá no se rindió. Y mientras yo respire, no me rendiré.
Una de las luces brilló suavemente bajo su ropa, como si le respondiera: No estás sola. Nunca lo estás.
Esa noche, Kael regresó. Entró deprisa, preocupado, y al verla la abrazó con fuerza:
—Me dijeron que fuiste al consejo sola. ¿Estás loca? Podrían haberte hecho daño.
—Podrían haberme roto el corazón si me hubiera quedado escondida —respondió ella, acurrucándose en su pecho—. Tengo que aprender a estar aquí aunque no estés tú. Tengo que ser reina aunque nadie me ayude.
Kael la miró con una mezcla de asombro y orgullo:
—Eres la mujer más valiente que conozco. No porque no tengas miedo… sino porque sigues adelante a pesar de él.
Pero mientras se abrazaban, lejos de allí, la anciana que dirigía todo observaba una llama oscura que ardía en un cuenco de piedra. La imagen de Elara apareció en su interior: firme, serena, sin doblegarse.
—Se fortalece —murmuró—. Cuanto más la presionamos, más fuerte se vuelve. Debemos golpearla donde más le duele. Y pronto sabrá que su peor enemigo no es quien la ataca… sino quien la dio la vida.