Bajo una lluvia torrencial, la desafortunada Kim Suki tropieza con Jeon Jungkook, un elegante y reservado empresario. Para saldar la deuda médica que él pagó por ella, Suki acepta ser la niñera de su rebelde sobrino de ocho años, llenando de calidez y divertido caos la fría mansión. Entre bromas, miradas robadas y roces inesperados, el amor florece entre dos mundos opuestos. Superando prejuicios y barreras sociales, descubrirán juntos que la mala suerte, a veces, es solo el disfraz del destino perfecto.
NovelToon tiene autorización de Llona para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 1
El humo blanco del extintor aún flotaba en el aire cuando Kim Suki fue escoltada cordialmente —es decir, empujada con una escoba— hacia la salida trasera de la pastelería *Dulce Ciel*.
—¡Pero el incendio del horno no fue mi culpa! ¡Esa masa tenía intenciones oscuras! —protestó Suki, tratando de sacudirse el polvo blanco de las pestañas.
—¡Es el doceavo trabajo del que te echamos este año, Suki! ¡Lévate tu mala suerte a otra parte antes de que explote el edificio! —gritó el dueño antes de dar un portazo que resonó en todo el callejón.
Suki suspiró. Un largo, helado y desolado suspiro que se mezcló con las primeras gotas de lluvia que comenzaban a caer sobre Seúl. Miró su reloj. Su récord anterior había sido de tres días en un centro de llamadas; hoy duró exactamente cuatro horas y quince minutos.
Sosteniendo su bolso raído, abrió su paraguas amarillo. O al menos, intentó hacerlo. Con un *crack* seco, las varillas de metal colapsaron hacia arriba, transformando el paraguas en un embudo gigante que acumulaba la lluvia directamente sobre su cabeza en lugar de protegerla.
—Perfecto. Simplemente perfecto —murmuró, riendo para no llorar mientras el viento doblaba el plástico amarillo.
Caminó hacia la avenida principal mientras la tormenta se desataba con furia. La lluvia caía a cántaros, borrando las luces de la ciudad. Con el paraguas roto bloqueándole la visión hacia el frente, Suki dio un paso fuera de la acera en el paso peatonal.
De repente, un chillido ensordecedor de neumáticos rasgó el aire.
Un elegante sedán negro de líneas pulidas patinó sobre el asfalto mojado, deteniéndose a escasos centímetros de sus rodillas. El susto fue tan grande que las piernas de Suki cedieron instantáneamente. Se resbaló con un charco y cayó de espaldas contra el suelo húmedo, soltando el inútil paraguas amarillo, que salió volando por la calle como un patético objeto no identificado.
La puerta trasera del vehículo se abrió de inmediato. Un hombre bajó del auto sosteniendo un impecable paraguas negro.
Incluso a través de la visión borrosa de Suki —mitad agua, mitad residuo de extintor—, el hombre parecía salido directamente de la portada de una revista de alta costura. Llevaba un abrigo largo de paño color carbón, un traje perfectamente entallado y un cabello negro ligeramente despeinado por el viento que enmarcaba una cara de rasgos tallados con precisión esculpida.
—¡Joven amo, espere! ¡Tome el coche! —gritó un hombre joven desde el asiento del conductor, bajándose a toda prisa con una expresión de pánico absoluto. Era el secretario Park Ho-jin, quien parecía estar al borde de una crisis nerviosa.
El hombre elegante ignoró a su secretario. Se acercó a Suki, dando pasos firmes y elegantes. Se inclinó sobre ella, cubriéndola de la lluvia con su propio paraguas.
—¿Se encuentra bien? —preguntó. Su voz era profunda, suave y extrañamente tranquilizadora, chocando violentamente con el caos de la tormenta.
Suki parpadeó.
—Creo que... mi dignidad acaba de morir —susurró, con un hilo de voz.
El hombre frunció el ceño con una ligera mezcla de desconcierto y preocupación. Observó la ropa de Suki cubierta de polvo blanco de extintor, ahora convertido en un engrudo pastoso por la lluvia. Sin pensarlo dos veces, se quitó el costoso abrigo de diseñador y se lo colocó sobre los hombros a ella.
—Señorita, no se mueva. Podría tener una contusión o una fractura.
—No, no, estoy bien, solo fue un... —intentó decir Suki, buscando ponerse de pie, pero un mareo repentino por la adrenalina la hizo tambalearse.
Antes de que pudiera tocar el suelo de nuevo, dos brazos firmes la interceptaron. Con un movimiento fluido y ridículamente ágil, Jeon Jungkook la cargó en brazos al estilo nupcial.
—¡J-joven amo Jeon! ¿Qué hace? —exclamó el secretario Ho-jin, casi tirando las llaves del coche al suelo—. ¡Podemos llamar a una ambulancia!
—No hay tiempo, Ho-jin. El tráfico está paralizado. Conduce al hospital universitario de Seúl. Ahora.
Suki se quedó congelada. Rostro con rostro, estaba tan cerca de él que podía oler su perfume: una mezcla de madera de cedro, lluvia y jabón caro. El rostro de Jeon Jungkook estaba a escasos centímetros del suyo, concentrado, serio y ridículamente guapo. Suki sintió un calor repentino subirle por las mejillas, olvidando por completo que estaba empapada y cubierta de masa frita y polvo químico.
—Señor... puedo caminar... —balbuceó ella, sintiendo que el corazón le latía a mil por hora.
—Cállese y descanse —ordenó Jungkook con suavidad pero con una autoridad indiscutible mientras la acomodaba con delicadeza en el asiento trasero del auto de lujo.
El interior del coche olía a cuero nuevo y calefacción agradable. Jungkook se sentó a su lado, sacando un pañuelo de seda de su bolsillo para limpiarle con sumo cuidado una mancha de polvo blanco en la mejilla a Suki. Su toque era tan tierno que Suki sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío.
El trayecto hacia el hospital fue un borrón de luces rojas y sirenas imaginarias en la mente del secretario Ho-jin, quien conducía como si llevara a la mismísima reina de Inglaterra.
Al llegar, la escena fue digna de una superproducción cinematográfica. Jungkook atravesó las puertas de urgencias cargando a Suki, mientras tres médicos y cuatro enfermeras corrían hacia ellos como si se tratara de una emergencia nacional.
—¡Rápido! A la suite V.I.P. del último piso —ordenó Jungkook.
—Pero señor Jeon, las suites V.I.P. son para... —empezó un médico.
—Hágalo —sentenció Jungkook con una sola mirada helada.
Dos horas más tarde, Suki despertó en una habitación que se parecía más a un hotel de siete estrellas en Dubái que a un hospital. La cama tenía sábanas de seda, había un enorme ventanal con vista a la ciudad y una canasta de frutas exóticas sobre una mesa de mármol.
Suki se incorporó, vistiendo un bata de hospital absurdamente suave. En una silla al lado de la ventana, el secretario Ho-jin tecleaba furiosamente en su iPad, mientras Jungkook, sin su saco y con las mangas de la camisa blanca enrolladas hasta los codos, leía unos informes.
—Ah, ha despertado —dijo Jungkook, poniéndose de pie al instante.
—¿Dónde... dónde estoy? —preguntó Suki parpadeando.
—Está en el Centro Médico Central. Le han hecho una tomografía, un chequeo general, análisis de sangre y le aplicaron un suero con vitaminas —explicó el secretario Ho-jin con una reverencia pulcra—. Soy Park Ho-jin, secretario personal del director Jeon Jungkook.
—¿Director? —Suki tragó saliva. Miró a Jungkook, cuya sola presencia llenaba la habitación.
En ese momento, una enfermera entró con una sonrisa radiante y le entregó un folio de papel a Suki.
—Aquí tiene el desglose inicial de los gastos médicos para el formulario de alta, señorita.
Suki abrió la hoja confiada. *"Seguro que son un par de miles de wones por la atención de urgencia..."*, pensó.
Pero cuando sus ojos se posaron en la cifra final, los números parecieron bailar y multiplicarse. Había tantos ceros que Suki tuvo que frotarse los ojos. ¡El costo de la suite V.I.P. y los exámenes innecesarios equivalía a casi tres años de su sueldo anterior!
El color se le fue del rostro. Suki comenzó a hiperventilar, llevándose la mano al pecho mientras los monitores médicos al lado de la cama empezaban a emitir un pitido acelerado: *¡Beep, beep, beep, beep!*
—¡Suki! ¿Qué ocurre? ¿Se siente mal? —preguntó Jungkook alarmado, acercándose a la cama y tomándola por los hombros.
—E-el... el dinero... —balbuceó Suki, mostrando el papel con manos temblorosas—. ¡Esta cuenta puede pagar la educación universitaria de un niño! ¡No puedo pagar esto! ¡Ni en esta vida ni en la otra! ¡Voy a tener que vender un riñón! No, espere... ¿cuánto pagan por un riñón hoy en día?
Jungkook parpadeó, sorprendido por la reacción, antes de que una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareciera en la comisura de sus labios.
—Señorita Kim, no se preocupe. Yo ya he pagado la cuenta completa. El accidente ocurrió con mi vehículo, era lo mínimo que podía hacer.
Suki lo miró fijamente. Sus ojos grandes se llenaron de una determinación absoluta que tomó por sorpresa tanto a Jungkook como al secretario.
—¡No! De ninguna manera —dijo Suki levantándose de la cama de golpe, aunque casi tropieza con el cable del suero—. Mi abuela me enseñó que la dignidad es lo único que la mala suerte no puede quitarte. No puedo aceptar que un desconocido pague una cifra ridícula por un raspón y un mareo. Le voy a pagar cada centavo, Sr. Jeon.
Jungkook la miró, fascinado por la mezcla de obstinación, despeinado encanto y nobleza de la chica que tenía enfrente. Nadie solía rechazar su dinero o su ayuda.
—Señorita Kim, es una cantidad enorme para... —empezó Ho-jin.
—Le pagaré. Trabajaré en tres, no, ¡en cuatro lugares a la vez! —insistió Suki, haciendo una reverencia tan pronunciada que casi se golpea la cabeza con la mesita de noche—. Deme su número o la dirección de su oficina. Encontraré la forma. ¡Se lo prometo por mi honor!
Jungkook la observó en silencio durante un largo momento. La calidez en los ojos de la chica y su actitud indomable hicieron que algo en el pecho del rígido empresario se moviera por primera vez en mucho tiempo.
—Está bien —dijo Jungkook, sacando una elegante tarjeta de presentación de su billetera y extendiéndosela—. Vaya a mi oficina mañana a las nueve en punto. Veremos cómo salda su deuda, señorita Kim Suki.
Suki tomó la tarjeta con ambas manos como si fuera un tesoro sagrado, sin imaginar que ese compromiso, nacido de la peor de sus malas suertes, cambiaría el rumbos de sus vidas para siempre.