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La falsa heredera que ocultaba un imperio

La falsa heredera que ocultaba un imperio

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Juego de roles / Completas
Popularitas:66.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Durante diecisiete años, Ana vivió como la hija perfecta de la poderosa familia Reyes. Pero bastó una prueba de sangre para que perdiera su apellido, su hogar y todo lo que creía suyo.
Todos esperaban verla suplicar.
En cambio, Ana regresó con los Duarte, la humilde familia que la recibió sin condiciones, y decidió no volver a ocultarse. Porque la joven que la élite despreciaba no era una impostora indefensa: había construido en secreto un imperio empresarial, poseía talentos capaces de sacudir toda Ciudad Dorada y conocía secretos que podían destruir a quienes la traicionaron.
Mientras las máscaras comienzan a caer, Diego Rivas —el único hombre que siempre supo quién era ella en realidad— permanece a su lado, dispuesto a enfrentarse al mundo entero por la mujer que ama.
La familia Reyes creyó que había expulsado a una falsa heredera.
Todavía no sabía que acababa de provocar a la mujer que pondría de rodillas a toda la élite.

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

La heredera que no pudo esconderse

Capítulo 17

Don Casimiro era muchas cosas: genio, ermitaño, irascible, brillante y profundamente rencoroso. Pero lo que nadie sabía —excepto yo y, aparentemente, Lucas Reyes— era que también era increíblemente fácil de manipular si conocías su punto débil.

Su punto débil era el orgullo.

Todo empezó cuando Tomás me contó, entre bocados de cereal, que Vale había mandado a su chofer a la casa de Don Casimiro para "comprar" una de sus caligrafías.

—El chofer dijo que ofrecía cien mil dólares —dijo Tomás, con la naturalidad de alguien que cuenta una anécdota sobre el clima—. Don Casimiro le tiró un cubo de agua desde la ventana del segundo piso.

Sonreí. Eso era exactamente lo que Don Casimiro haría.

Pero lo que me preocupó no fue el incidente en sí, sino quién estaba detrás. Vale no tenía el menor interés en caligrafía. Si había mandado a alguien a comprar una obra de Don Casimiro, era porque alguien le había dicho que hacerlo molestaría a Ana Duarte. Y las únicas personas que conocían mi conexión con el maestro eran muy pocas.

Llamé a Diego.

—¿Sabías que Vale intentó comprar una caligrafía de Don Casimiro?

—No. Pero no me sorprende. Vale colecciona enemigos como otras personas coleccionan estampas.

—Esto no fue idea suya. Alguien la está usando.

—¿Lucas?

—Lucas.

La confirmación llegó esa misma tarde, cuando Vale apareció en persona en la puerta de Don Casimiro.

Yo estaba adentro, tomando té con el maestro mientras Tomás practicaba trazos en la mesa del fondo. Don Casimiro, que había suavizado su actitud hacia mí en las últimas semanas —lo cual en su caso significaba que solo me insultaba dos veces por visita en vez de cinco—, estaba explicándole a Tomás la diferencia entre fuerza y presión en el pincel cuando sonó el timbre.

Abrió la puerta. Vale estaba ahí, con un vestido que costaba más que toda la calle, escoltada por dos asistentes que cargaban un maletín de piel.

—Don Casimiro —dijo, con la sonrisa estudiada que usaba para personas que consideraba inferiores pero necesitaba impresionar—. Soy Valentina Reyes. Vine personalmente a disculparme por el malentendido del otro día y a hacerle una oferta que...

—No me interesa —dijo Don Casimiro, y comenzó a cerrar la puerta.

—Quinientos mil dólares por tres piezas de su colección privada.

La puerta se detuvo a medio camino. No porque Don Casimiro estuviera considerando la oferta, sino porque la indignación le trabó los reflejos.

—¿Quinientos mil? —Su voz subió tres octavas—. ¿Usted cree que mi arte se vende por quinientos mil dólares? ¿Sabe cuántos años llevo perfeccionando cada trazo? ¿Sabe cuántos alumnos he rechazado porque no merecían ni ver mis obras, mucho menos tocarlas?

Vale retrocedió un paso. Claramente no esperaba esa reacción.

—Señor, es una oferta generosa...

—¡Generosa! —Don Casimiro abrió la puerta de par en par. Detrás de él, Tomás y yo observábamos desde la mesa con la atención de espectadores en primera fila—. ¡No tiene usted la menor idea de lo que es el arte! ¡Viene a mi casa con su maletín de cuero y su sonrisa de plástico a intentar comprar algo que no tiene precio! ¡Fuera! ¡Fuera de mi propiedad!

Lo que siguió fue rápido y espectacular.

Don Casimiro, en un arrebato de furia artística que solo un hombre de setenta y tres años con la dignidad de un emperador puede producir, agarró el cubo donde remojaba sus pinceles —lleno de agua negra de tinta china— y lo lanzó con una puntería que contradecía su artritis.

El contenido del cubo aterrizó exactamente donde tenía que aterrizar: sobre el vestido blanco de Valentina Reyes.

Vale gritó. Sus asistentes se petrificaron. Don Casimiro cerró la puerta con un portazo que hizo temblar las paredes.

—¡Me las van a pagar! —gritó Vale desde afuera, con la voz aguda de alguien que acaba de descubrir que el mundo no gira alrededor de su apellido—. ¡Este viejo loco y toda su maldita casa! ¡Todo esto es culpa de Ana! ¡Todo!

Don Casimiro se volvió hacia mí con la respiración agitada y un brillo en los ojos que era pura satisfacción.

—Esa muchacha tiene la sensibilidad artística de una piedra —dijo—. Y la inteligencia emocional de dos.

—No es tonta —dije—. La están usando.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, una voz llegó desde afuera. No la de Vale. Otra voz. Más joven, más divertida, con la cadencia perezosa de alguien que disfruta ver el mundo arder.

—¡Oye, Vale! Bonito vestido. ¿Es la nueva tendencia? ¿Se llama "expresionismo abstracto involuntario"?

Me asomé por la ventana. Lucas Reyes estaba sentado en la rama baja de un árbol frente a la casa, con una paleta de caramelo en la boca y las piernas colgando. Llevaba ropa casual —jeans, camiseta negra, botas— y una sonrisa que era puro veneno endulzado.

Vale lo miró con los ojos desorbitados.

—¿Tú...? ¿Tú sabías que esto iba a pasar?

—Yo te sugerí que vinieras —dijo Lucas, bajando del árbol con la agilidad de un gato—. Lo de la oferta fue idea mía. Sabía exactamente cómo iba a reaccionar el viejo. —Ladeó la cabeza—. ¿Qué pasa, hermanita? ¿Creíste que era un plan para ayudarte? No, no. Era un plan para recordarte tu lugar.

Vale tembló. De rabia, de humillación, de algo más profundo que no sabía nombrar.

—¿Por qué? —siseó—. ¿Por qué me haces esto?

Lucas se acercó a ella. Le quitó un mechón de pelo empapado de tinta de la cara con una delicadeza que contradecía todo lo que acababa de hacer.

—Porque llevas dos años jugando a ser la reina de una familia que no te pertenece. Y yo estoy aburrido de verte fingir que eres algo que no eres. —Se alejó caminando hacia atrás, con los brazos abiertos—. Adivina qué, Vale: la próxima vez que se me ocurra algo divertido, ni siquiera te voy a avisar.

Desapareció al doblar la esquina, silbando.

Vale se quedó parada en la acera, empapada de tinta, con los asistentes intentando limpiarla y la dignidad hecha añicos a sus pies.

Desde la ventana, Tomás la miraba con una expresión que era pura compasión infantil —la compasión de alguien demasiado joven para entender que algunas personas eligen su propia miseria—. Don Casimiro, en cambio, ya se había sentado de nuevo y retomado su té como si nada hubiera pasado.

—¿Por dónde íbamos? —le preguntó a Tomás.

—Presión del pincel, maestro.

—Ah, sí. La presión. Como en la vida, muchacho: demasiada y rompes el papel, muy poca y no dejas huella. El arte está en el punto exacto.

Sonreí. Y por un instante —solo un instante— sentí algo parecido a la lástima por Vale.

Pero la lástima duró exactamente lo que tardé en recordar que ella había destruido la carrera de mi padre, había usurpado mi lugar en una familia que nunca fue suya y seguía intentando arruinar la vida de cada persona que me importaba.

Así que la lástima se apagó. Y en su lugar quedó algo más útil.

Paciencia. La paciencia de alguien que sabe que la justicia no se sirve en un plato, sino en una mesa larga, con muchos comensales, y que el postre siempre se sirve al final.

1
Mar Sol
Karen Wilthon, quiso intimidar a Ana, con el propósito de imponer lo que quiere, sin saber que Ana es estratégica, inteligente.
Mar Sol
Silvana, al final si creó soldados con armadura, pero no a su servicio.
Mar Sol
Silvana manifestó que sin Renato, no habría motivos de vivir, sin embargo es contradictorio, por que él murió y ella sigue.
Mar Sol
El interés de Karen Wilthon, va más allá de querer trabajar con Studio Tech.
Mar Sol
Con razón Ana tiene esas pesadillas, por que el subconsciente, empieza a recordar cosas, experimentos a los que estuvo expuesta.
Mar Sol
¿Nicolas Cano? ¿en realidad quien es?
Mar Sol
Lucas tiene una forma muy particular de saber si la gente que rodea a Ana es buena o mala.
Maria teresa
que confusa esta la historia!!!! no era hija de reynaldo y marisol ????
Maria teresa
que confusa esta la historia!!!! no era hija de reynaldo y marisol ????
Mar Sol
¿Quién no querría a Ana? si es pura nobleza, con riqueza y sin soberbia.
Laura
no tenía 17 años? 🤔 he notado que fallan las cuentas en las edades, lo mismo con sus hermanos
Mar Sol
¿Será Silvana con Vale? se dan cuenta que Ana es inteligente y astuta.
Mar Sol
Se está poniendo intenso e interesante todo
Mar Sol
Por ambición, Silvana orquestó ese cambio de bebés, quizás por cubrir que Mateo, no es hijo de Ricardo Reyes.
Mar Sol
Mateo ¿que esperaba? que Ana llorara al no vivir con ellos, con los Reyes, pues se ha llevado una sorpresa.
Mar Sol
Ana es una mujer decidida, con carácter para defender a quien aprecia, aún que se exponga.
Mar Sol
Vale, como nueva rica, sin un gramo de educación, aparentando lo que no es, de paso, peleando con Ana, como si le debiera algo.
Mar Sol
¿Que hay detrás de que Ana esté con los Duarte? si está contenta o no.
Mar Sol
Un primer capítulo de la novela, que muestra, que habrá de todo un poco.
cinthya gonzalez acosta
me encantó 💕 😍 la narrativa, los personajes, la historia de cada uno y en conjunto. un placer leerte
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