«Mi sangre no pide compasión; exige ser devorada.»
El chasquido del cerrojo blindado nos dejó a oscuras en el laboratorio subterráneo. En el suelo, los vidrios de mi última ampolleta de supresor. En mis venas, el desastre.
Mi cuerpo es una trampa: libero un aroma a miel y jazmín tan violento que me dobla las rodillas, me asfixia la garganta y me humilla. La ventilación esparce la plaga de mi olor por el aire sellado, y la biología no perdona.
Tres aromas depredadores acorralan mi agonía en la penumbra. Sin medicina que me salve, sin aire para gritar y con la fiebre del celo quemándome la piel desde adentro.
La cacería empezó. Y la única duda es cuál de los tres clavará primero sus garras en mi nuca.
NovelToon tiene autorización de VICTOR CUETO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 19: EL ESPEJO DE SANGRE
EL ESPEJO DE SANGRE
La figura que emergió de la sombra avanzó con pasos mecánicos y una gracia inquietante.
Llevaba un traje táctico de tono gris ceniza y, alrededor de su cuello, un collar de contención cromado que parpadeaba con una luz azul constante. Cuando alzó la cabeza, el aire de la sala pareció congelarse. Tenía mis mismos rasgos, el mismo color de piel y la misma estructura facial, pero sus ojos eran de un gris apagado, vacíos de cualquier rastro de humanidad.
—Te presento al Sujeto Uno —anunció la voz del Doctor Vance a través de los altavoces, impregnada de una satisfacción enfermiza—. Tu reflejo perfecto, Lian. Pero a diferencia de ti, él no fue contaminado por emociones ni por la ilusión de la libertad. ÉL es la versión terminada del proyecto.
El Sujeto Uno llevó dos dedos a la interfaz de su collar. Un pitido agudo retumbó en la habitación y, al instante, un flujo de vapor blanquecino se liberó de la válvula del dispositivo.
Un aroma denso, sintético y sofocante a jazmín amargo y ozono frío inundó el espacio cerrado.
No era una esencia natural; era una frecuencia química modificada diseñada específicamente para atacar el cerebro Alfa. El efecto fue inmediato y devastador.
Kaelen ahogó un doloroso gruñido, hincando una rodilla en el suelo mientras el parche de su nuca comenzaba a soltar chispas por la sobrecarga. Sus ojos ámbar se volvieron erráticos, inyectados en sangre, luchando internamente contra una orden biológica directa que su instinto no podía procesar. Valen soltó el maletín de datos, llevándose las manos a la cabeza mientras la respiración se le entrecortaba en una hiperventilación violenta.
—Es un pulso de sumisión inversa... —logró articular Valen con la voz rota por el esfuerzo—. Está alterando... el centro de agresión de sus cerebros...
Eren dio dos pasos tambaleantes hacia el Sujeto Uno. Las pupilas carmesí del Alfa estaban totalmente dilatadas, cegadas por la ola de feromonas artificiales que intentaba doblegar su voluntad.
—Mírenlos, Lian —se burló Vance desde las pantallas—. Un Alfa no es más que un perro entrenado respondiendo al olor adecuado. No te aman a ti, nunca lo hicieron. Solo respondían al estímulo de tu glándula. Y ahora, ante una frecuencia más fuerte, te darán la espalda.
Sentí un frío mortal recorriéndome la espalda. Por un segundo, la vieja duda de los laboratorios intentó resurgir en mi pecho.
Pero entonces, Eren se detuvo.
Con un rugido de rabia pura, Eren alzó la mano derecha y clavó los dedos con fuerza ciega directamente sobre la quemadura de plasma que yo le había curado horas antes en el hombro. La carne viva se abrió, la sangre brotó a través del parche biomédico y un alarido de dolor físico desgarró la garganta del Alfa.
El dolor brutal quebró el trance químico de su cerebro.
—¡Cierra... la boca... Vance! —rugió Eren, alzando la vista con los ojos inyectados en sangre, fijos únicamente en mí—. ¡Yo no respondo a un olor... respondo a ÉL!
A su lado, Kaelen apretó los dientes con tal fuerza que un hilo de sangre le brotó de la encía. Apoyó el rifle táctico contra el suelo para erguirse lentamente, usando cada gramo de su disciplina militar para ignorar la parálisis del aire.
—Mi lealtad... no la escribió tu laboratorio, anciano —declaró Kaelen con una voz de piedra que hizo temblar la sala.
Valen sacó a ciegas un bloqueador químico de emergencia de su cinturón y se lo clavó directamente en el cuello, neutralizando sus receptores olfativos para mantenerse en pie junto a nosotros.
Los tres Alfas, sangrando y al borde del colapso físico, volvieron a ponerse frente a mí, cerrando filas como un escudo indestructible. Demostraron ante las pantallas de Neópolis que su entrega no era un truco de laboratorio, sino un acto de amor y libertad absoluta.
Una calidez ardiente invadió mi pecho. Las dudas murieron para siempre.
Me adelanté, pasando por encima del cerco de mis protectores.
—El Sujeto Uno no es tu arma, Vance —dije, mirando fijamente a mi "hermano" de laboratorio—. Es solo un prisionero más.
Cerré los ojos y concentré toda la fuerza de mi ser. Ya no contuve la esencia de mi glándula por miedo ni por agotamiento; liberé un pulso puro y cálido de miel y azahar, no para someter a los Alfas, sino para proyectar una onda de resonancia biológica directamente hacia el Sujeto Uno.
Mi aroma puro chocó contra el vapor sintético del collar. La frecuencia natural de mi sangre generó una sobrecarga electromagnética en los circuitos del dispositivo cromado.
El collar del Sujeto Uno comenzó a emitir chispas rojas hasta explotar en un chasquido metálico, cayendo destrozado al suelo.
El Sujeto Uno parpadeó. Por primera vez en veintidós años, la mirada gris y vacía de sus ojos recuperó un destello de luz humana. Dio dos pasos tambaleantes hacia adelante y colapsó hacia el frente. Valen se adelantó rápidamente, atrapándolo en sus brazos antes de que tocara el piso pulido.
—Está vivo... —susurró Valen, verificando su pulso—. La sobrecarga neutralizó el control mental.
En las pantallas, el rostro del Doctor Vance perdió por completo la compostura. La frialdad científica se transformó en un pánico desbordado.
—¡Esto es imposible! ¡El protocolo de contención debía romperse! —gritó Vance, retrocediendo en su escritorio mientras las alarmas de la torre comenzaban a sonar en un alarido rojo.
—Te lo dije, Vance —dije, alzando la vista hacia la cámara principal con una frialdad absoluta—. Se terminó el juego.
—¡Aseguren el helicóptero de la azotea! —ordenó Vance a sus oficiales a través de la red privada antes de cortar la transmisión de las pantallas, dejando la sala en una penumbra de emergencia.
El sonido de los elevadores de seguridad del edificio indicó que la Guardia de Neópolis venía en camino hacia el nivel ochenta.
—Vance intenta huir a la nave insignia en el helipuerto —analizó Kaelen, cargando su arma y asegurando la posición de la puerta—. Si llega a la red central del continente, activará la purga contra Arcadia.
—No va a ir a ninguna parte —sentenció Eren, limpiándose la sangre del hombro con la manga y mirándome con una devoción feroz en los ojos.
Valen se cargó al Sujeto Uno sobre la espalda, listo para el avance.
Los tres Alfas me miraron, esperando mi primera orden. Ya no éramos un grupo de prófugos ni una anomalía de laboratorio; éramos el ejército que iba a decapitar el sistema de las megaciudades.
—Subamos a esa azotea —ordené, ajustándome el arma al cinto—. Es hora de cerrar este proyecto para siempre.
— Nota de Lian —
"Si el Mando Central y esos tres Alfas creen que pueden acorralarme o dictar mis reglas, no entienden absolutamente nada de lo que soy. Yo no soy la presa de nadie. Si estás de este lado y quieres ver cómo rompo su control capítulo a capítulo, guarda esto en tu Biblioteca y deja tu Like. No te distraigas... porque esto apenas está comenzando."