Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.
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Capítulo 13: El Faro de la Concordia y la Consagración de la Estirpe
El crepúsculo sobre la costa amalfitana teñía el horizonte con una gradación dorada y violeta, envolviendo los acantilados en un velo de serenidad milenaria. En la terraza principal de la mansión Valenti, suspendida entre el cielo y la inmensidad del mar Tirreno, una brisa suave mecía los visillos de lino blanco y transportaba el aroma fresco de las azahares, la sal salina y la pinocha de los acantilados.
Elena Rossi de Valenti se hallaba de pie junto a la balaustrada de mármol de Carrara, contemplando las luces lejanas de los barcos que cruzaban la bahía. Vestía un imponente diseño de alta costura en seda tono champaña, cuya caída fluida y estructura sobria ceñía con una precisión perfecta las líneas de su anatomía. Sus curvas voluptuosas, lejos de perder definición, exhibían la majestuosidad madura de una mujer que había conquistado cada faceta de su existencia: la amplitud elegante de sus caderas, la pequeñez firme de su cintura y la rotundidad serena de su escote. Un collar de perlas australianas y diamantes descansaba sobre su garganta, destellando con sobriedad bajo los últimos rayos del sol.
A sus veintisiete ños, Elena no solo encarnaba el triunfo sobre las sombras del pasado, sino la consolidación de un poder respetado en las más altas esferas del diseño y las finanzas internacionales. La firma Rossi-Valenti había dejado de ser únicamente un baluarte arquitectónico para convertirse en un sello de desarrollo humano y sostenibilidad que transformaba comunidades enteras a lo largo de Europa.
Unas pisadas pesadas y seguras sobre las losas de piedra anunciaron la presencia que gobernaba su mundo.
Dante caminaba hacia la terraza con la soltura impecable de un hombre cuyo porte jamás pasaba inadvertido. Llevaba un traje de tres piezas en tono gris marengo, elaborado en lana fría por sastres romanos. La estructura de la prenda acentuaba la envergadura monumental de sus hombros, la firmeza de su tórax esculpido y esa presencia física de Adonis invencible que el tiempo solo parecía pulir con mayor severidad. En sus ojos grises, antes fríos y distantes, ardía una luz clara y serena, alimentada por el orgullo indomable de la familia que habían erigido.
Se detuvo justo detrás de Elena. Sin pronunciar una palabra, rodeó su cintura con sus brazos potentes, atrayéndola con una firmeza suave contra su pecho. Elena dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre el hombro del magnate y cerrando los ojos al sentir el calor abrasador que emanaba de su esposo.
—La bahía parece tranquila esta noche —murmuró Elena con una voz dulce y pausada que resonó en el silencio de la terraza.
—La bahía siempre está tranquila cuando estás a mi lado, Elena —respondió Dante en su barítono profundo, dejando un beso pausado sobre la curva de su cuello, allí donde el perfume a rosas y vainilla permanecía intacto—. Los análisis de la junta de Milán llegaron hace una hora. El proyecto del puerto biológico en Nápoles ha sido aprobado por unanimidad por el comité europeo.
Elena sonrió, girándose lentamente entre sus brazos para sostener la mirada de su esposo. Trazó con la yema de sus dedos la línea marcada de la mandíbula de Dante, sintiendo la firmeza de una masculinidad que había sido su escudero más fiel.
—Ese proyecto era el sueño no concluido de mi padre, Dante —confesó ella, dejando que una chispita de emoción brillara en sus ojos castaños—. Saber que sus planos finalmente se materializarán en las costas de su tierra natal me da una paz que no puedo describir con palabras.
Dante apretó el agarre sobre su cadera, elevándola un centímetro sobre la superficie del suelo para pegar la curvatura de su cuerpo contra la solidez del suyo. Sus dedos se hundieron con una presión devota en la seda champaña, recordando a Elena que, a pesar del equilibrio alcanzado, el deseo entre ambos permanecía intacto, devorador y siempre despierto.
—Tu padre trazó las líneas iniciales, mi reina —dijo Dante, mirándola con una intensidad que le aceleró el pulso a la joven—, pero fuiste tú quien tuvo la fuerza, la inteligencia y la valentía para construir este imperio sobre las cenizas de la traición. Nunca olvides de lo que eres capaz.
Elena sonrió con audacia, enredando sus manos en la solapa del traje de su Adonis.
—No lo olvido, Señor Valenti —provocó ella con un susurro entrecortado, alzándose sobre la punta de sus tacones para rozar sus labios contra los de él—. Especialmente porque tengo al hombre más poderoso del mundo velando mi espalda.
Dante no esperó más. Su boca capturó la de Elena en un beso profundo, firme y cargado de una posesividad madura que le robó el aliento. La lengua del magnate exploró la de su esposa con una maestría aprendida a lo largo de años de pasión incólume, mientras sus manos moldeaban la rotundidad de sus formas con una veneración absoluta. Elena correspondió con entrega total, sintiendo cómo el corazón de Dante latía contra su pecho con la fuerza de un volcán domado únicamente por su amor.
El interior de la mansión estaba vivo con el bullicio cálido de la infancia.
En la gran biblioteca de la casa, iluminada por los tonos cálidos de una chimenea de piedra y lámparas de pie de bronce, el pequeño Leo, de casi cuatro años, se encontraba sentado en una amplia mesa de nogal junto al señor Arnaldi, quien había viajado desde Milán como invitado de honor para la estancia estival. El niño trazaba con un lápiz de madera líneas sencillas sobre un papel de dibujo, intentando reproducir las formas geométricas de una maqueta arquitectónica.
A un lado, sobre un tapete de terciopelo verde, la pequeña Victoria daba sus pasos con soltura, persiguiendo a su cachorro con risas cristalinas que llenaban el espacio de una alegría contagiosa.
Al entrar al salón de la mano de Dante, Elena contempló la escena con un sentimiento de gratitud que le llenó el pecho. El viejo Arnaldi alzó la vista y se puso de pie con respeto, ajustándose las gafas con una sonrisa sincera.
—Señora Valenti, Señor Valenti —saludó el anciano socio de su padre, inclinando levemente la cabeza—. Debo decirles que este joven tiene un ojo excepcional para la simetría. Su abuelo estaría llorando de orgullo si lo viera trazar estos ángulos.
Elena caminó hacia la mesa, acariciando suavemente los bucles oscuros de su hijo mayor.
—Heredó la paciencia de su padre, Señor Arnaldi —respondió Elena con calidez—. Y espero que herede también la lealtad que ustedes siempre mostraron hacia mi familia.
—La lealtad no fue una virtud nuestra, Señora Elena —corregió Arnaldi con voz conmovida—. Fue la respuesta natural a la nobleza de su padre y a la fortaleza con la que usted defendió esta empresa cuando todos creían que estaba perdida. Lo que ustedes han construido aquí no es solo un patrimonio económico; es un refugio de honor.
Dante caminó hacia el ventanal que daba al jardín interior, sosteniendo a Victoria en brazos con la soltura de un padre dedicado. La pequeña acomodó su cabeza contra el hombro ancho de su padre, cerrando sus ojitos lentamente, vencida por el cansancio de la tarde.
—El honor solo se mantiene cuando se está dispuesto a defenderlo con la vida, Arnaldi —sentenció Dante en tono grave, mirando a su esposa con una devoción sin fisuras—. Y en esta casa, el honor lleva el nombre de mi esposa.
Más tarde esa misma noche, cuando la residencia quedó envuelta en un silencio apacible y los niños dormían plácidamente en sus habitaciones, la pareja se retiró a la terraza privada del piso superior.
El mar reflejaba la luz plateada de una luna llena imponente. Elena se había cambiado por una bata fluida en seda de tono perla que se entreabría sutilmente con la brisa marina, dejando al descubierto la firmeza de sus hombros, la pronunciada línea de sus caderas y la tez dorada de su piel.
Dante, vestía únicamente unos pantalones de lino blanco y llevaba la camisa abierta, mostrando el relieve imponente de sus pectorales y los trazos musculosos de su torso de Adonis. Sostenía dos copas de cristal con vino blanco de los viñedos de la finca de Almonte.
Le entregó una copa a Elena y se colocó a su lado, apoyando el brazo en la barandilla de piedra.
—Hoy recibí un informe del tribunal de apelaciones de Roma —comentó Dante con serenidad, tomando un sorbo de su copa—. La liquidación de los últimos activos del consorcio Sola en el extranjero ha concluido. El noventa por ciento de esos fondos ha sido transferido automáticamente a la fundación para el desarrollo de escuelas infantiles que abriste en el sur.
Elena miró el cristal de su copa, sintiendo cómo el último vestigio de la traición antigua se convertía en una fuente de bien para cientos de niños necesitados.
—Es el cierre perfecto, Dante —dijo ella, alzando la mirada hacia los ojos grises de su esposo—. Los que intentaron destruirme con codicia terminaron financiando la educación de las futuras generaciones. La justicia no pudo ser más poética.
Dante dejó su copa sobre la mesa auxiliar y se giró por completo hacia ella. La tomó de la cintura con ambas manos, trayéndola hacia el centro de su cuerpo. La túnica de seda se deslizó levemente por los hombros de Elena, exponiendo la belleza majestuosa de sus formas a la luz de la luna.
—Tú eres la única poesía que me importa, Elena —murmuró Dante en un barítono rasposo y lleno de pasión—. Durante años creí que mi destino era la frialdad, el control de los mercados y el aislamiento. Pero tú entraste a mi vida como una tormenta de belleza, de dignidad y de fuego, y transformaste mi mundo para siempre.
Elena enredó sus brazos en el cuello rígido de su esposo, pegando sus caderas contra las de él, sintiendo la respuesta inmediata y poderosa del cuerpo de Dante ante su cercanía.
—Y tú fuiste el muro de roca que me protegió cuando el viento intentó derribarme —susurró ella, alzando los labios hacia los suyos—. Te amo, Dante Valenti. Te amo con cada fibra de mi ser.
Dante no respondió con palabras. La levantó en vilo, sintiendo la calidez y la rotundidad firme de sus muslos rodeándole las caderas, y la llevó con paso seguro hacia el lecho de la suite principal. Allí, bajo el amparo de la noche estrellada y en la paz absoluta de su imperio invencible, el Adonis y su reina consumaron una vez más su amor, sabiendo que su dinastía, cimentada sobre la lealtad, la fuerza y la pasión eterna, jamás sería doblegada.