Él la rechazó el mismo día que descubrió que era su compañera destinada. Años después, convertido en Alfa, comprende que perderla fue el peor error de su vida. Pero ella ya no vive en la manada… y un humano ocupa el lugar que él dejó vacío. Ahora tendrá que demostrar que algunas promesas merecen una segunda oportunidad.
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Donde estés tú
Los días dejaron de medirse por el calendario.
En Luna de Plata comenzaron a medirse por una sola pregunta.
¿Cómo está Alyssa?
Cada mañana alguien llevaba comida.
Cada tarde alguien tocaba la puerta para preguntar si necesitaba algo.
Cada noche alguna familia dejaba una lámpara encendida frente a la casa de Rowan y Mara, una antigua costumbre de la manada para recordar que un hogar nunca quedaba completamente solo.
Pero había alguien que nunca necesitaba tocar la puerta.
Porque prácticamente había dejado de salir de aquella casa.
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La primera noche había dormido en el sofá.
La segunda también.
La tercera, la madre de Kaleb apareció con una almohada, dos mantas nuevas y una expresión divertida.
—¿Piensas seguir fingiendo que solo vienes de visita?
Kaleb levantó la vista.
—No estoy fingiendo.
—Llevas tres días viviendo aquí.
Él miró alrededor.
Su mochila descansaba junto al perchero.
Había ropa limpia doblada sobre una silla.
Su computadora ocupaba un rincón del comedor.
Incluso su taza favorita ya estaba dentro del mueble de la cocina.
Su madre sonrió.
—Solo te falta admitirlo.
Kaleb terminó de doblar una camisa.
—No voy a dejarla sola.
Ella se acercó.
Le acomodó el cuello de la camisa como hacía cuando era niño.
—Lo sé.
Nunca esperé que lo hicieras.
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El Alfa tomó una decisión aquella misma tarde.
Llamó personalmente a la universidad de Alyssa.
Explicó que había sufrido una pérdida familiar extraordinaria y solicitó una semana adicional antes de incorporarse a clases.
La solicitud fue aceptada.
Cuando se lo comunicó, Alyssa rompió a llorar.
No porque quisiera faltar.
Sino porque todavía no imaginaba cómo atravesar un salón lleno de desconocidos mientras sentía que el mundo acababa de detenerse.
—Gracias…
El Alfa negó con suavidad.
—No me des las gracias.
Tu lugar seguirá esperándote.
Y Luna de Plata también.
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Kaleb comenzó a organizar su vida alrededor de ella.
Nunca de una manera que la hiciera sentir vigilada.
Siempre procurando que pareciera natural.
Si debía salir temprano para una reunión del Consejo…
Le dejaba el desayuno preparado.
Si iba a entrenar con los guerreros…
Le pedía a Nora que desayunara con ella.
Si tenía que recorrer los límites del territorio…
Ethan pasaba por la casa con cualquier excusa absurda.
—Creo que necesito ayuda para elegir un regalo para Elara.
Alyssa levantó una ceja.
—¿Y por qué tendría que ayudarte yo?
—Porque si le pregunto a Liam me recomendará un libro de leyes.
Y si le pregunto a Kaleb…
Me dirá que te pregunte a ti.
Ella sonrió por primera vez en toda la mañana.
—Eso sí suena como Kaleb.
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Sin darse cuenta…
Él había comenzado a comportarse exactamente igual que un Alfa cuida aquello que considera parte de su responsabilidad.
No daba órdenes.
No imponía decisiones.
Simplemente…
Nunca permitía que Alyssa tuviera que enfrentar sola un momento difícil.
Cuando salían al pueblo, caminaba siempre del lado de la carretera.
Cuando cruzaban la plaza, esperaba medio paso para que ella caminara junto a él.
Cuando alguien la llamaba, era él quien primero volvía la cabeza.
Cuando la veía demasiado callada…
Buscaba cualquier pretexto para tomarle la mano.
Al principio nadie comentó nada.
Después comenzaron las miradas.
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—¿Ya lo viste?
Preguntó Ethan una tarde mientras observaban a Kaleb acomodar una caja pesada antes de que Alyssa intentara cargarla.
Liam soltó una risa baja.
—Llevo viéndolo toda la semana.
—No la deja levantar ni una bolsa.
—Ayer movió una silla antes de que ella pudiera hacerlo.
Nora apareció detrás de ellos.
—Esta mañana recorrió media plaza porque el sol le daba directamente en la cara.
Los tres observaron.
Kaleb acababa de mover discretamente otra silla unos centímetros para que Alyssa quedara completamente bajo la sombra del gran roble.
Ella ni siquiera pareció darse cuenta.
Simplemente siguió leyendo.
Ethan negó despacio.
—Está perdido.
—Completamente.
—Y todavía falta la Primera Luna.
Los tres guardaron silencio.
Porque ninguno quería imaginar cómo sería Kaleb si el destino confirmaba lo que todos comenzaban a sospechar.
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Los padres de Kaleb también lo notaban.
Una noche, mientras él revisaba documentos del Consejo en el comedor de la Casa del Alfa, su madre se sentó frente a él.
Esperó pacientemente a que terminara de escribir.
—¿Cuántas veces has visto a Alyssa hoy?
Kaleb levantó la vista.
Pensó unos segundos.
—No lo sé.
Ella sonrió.
—Yo sí.
Él arqueó una ceja.
—Cinco.
Antes del desayuno.
Después del entrenamiento.
Al mediodía.
Por la tarde.
Y hace media hora.
Kaleb volvió a bajar la vista al documento.
—¿Estás contando?
—No.
Simplemente es imposible no notarlo.
Él continuó escribiendo.
Su madre apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Sabes qué es lo curioso?
Kaleb dejó finalmente la pluma.
—¿Qué?
—Nunca descuidaste una sola responsabilidad.
Al contrario.
Trabajas más rápido.
Entrenas mejor.
Tus informes llegan antes.
Terminas las reuniones en menos tiempo.
Él permaneció en silencio.
Era verdad.
Quería regresar cuanto antes.
Pero no porque las obligaciones le molestaran.
Sino porque sabía que Alyssa lo estaría esperando.
Su padre apareció en la puerta.
Había escuchado parte de la conversación.
—Un buen Alfa no trabaja menos cuando ama.
Trabaja mejor.
Porque sabe exactamente por quién está construyendo el futuro.
Kaleb bajó la mirada.
Aquellas palabras permanecieron con él el resto del día.
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La casa de Rowan y Mara comenzó a cambiar muy despacio.
No porque olvidaran.
Jamás.
Sino porque la vida insistía en seguir avanzando.
Kaleb reparó una bisagra que llevaba meses haciendo ruido.
Cambió una lámpara.
Ordenó algunos libros.
Sin proponérselo, comenzó a cuidar aquella casa exactamente igual que había visto hacer a Rowan durante años.
Una tarde encontró una fotografía.
Cinco niños cubiertos de barro.
Rowan aparecía detrás de ellos fingiendo regañarlos.
Mara reía tanto que apenas podía mantenerse de pie.
Kaleb sonrió.
Alyssa apareció en la puerta.
Se quedó observándolo.
—¿Qué haces?
Él le mostró la fotografía.
Ella caminó hasta su lado.
Se apoyó contra su hombro para verla mejor.
—Mira nuestras caras.
—Ethan aseguraba que el lodo era medicinal.
—Y Liam le creyó.
Los dos rieron muy bajito.
Después el silencio regresó.
Pero ya no era tan pesado.
Alyssa continuó apoyada en él.
Kaleb tampoco se movió.
Aquella cercanía comenzaba a resultarles tan natural que ninguno parecía cuestionarla.
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Dormir también dejó de ser un problema.
La primera noche había sido una excepción.
La segunda parecía una necesidad.
A la tercera…
Ya ninguno preguntó.
Simplemente, cuando la casa quedaba en silencio, Kaleb acomodaba las mantas en el sofá.
Alyssa se acercaba.
Se recostaba sobre él.
Y él comenzaba a acariciarle el cabello.
Nunca había otra intención.
Solo paz.
Solo refugio.
Solo la certeza de que, mientras escuchara aquel corazón latiendo bajo su mejilla, las pesadillas tendrían más dificultad para encontrarla.
Una madrugada despertó sobresaltada.
Respiraba con dificultad.
Kaleb abrió los ojos inmediatamente.
—¿Aly?
Ella tardó unos segundos en reconocer dónde estaba.
Después lo abrazó con fuerza.
Él respondió del mismo modo.
—Solo fue un sueño.
Alyssa asintió contra su pecho.
—Pensé que estaba sola otra vez.
Kaleb apoyó la mejilla sobre su cabello.
—No.
Ella levantó apenas la cabeza.
Él sostuvo su mirada.
—Mírame.
Lo hizo.
—Cada vez que despiertes…
Voy a estar aquí.
La angustia en el rostro de Alyssa comenzó a desaparecer.
Se acomodó nuevamente sobre él.
Y, pocos minutos después, volvió a dormirse.
Kaleb permaneció despierto un rato más.
No porque estuviera incómodo.
Sino porque, de alguna manera que todavía no comprendía, proteger aquel sueño le parecía la tarea más importante del mundo.
⸻
Al finalizar la semana, toda Luna de Plata había llegado a la misma conclusión.
Nadie la dijo en voz alta.
Nadie quería presionar al destino.
Pero era imposible ignorarlo.
El futuro Alfa se comportaba con Alyssa como si el vínculo ya existiera.
Y Alyssa…
Respondía igual.
No rechazaba sus cuidados.
No se apartaba cuando él la abrazaba.
No retiraba la mano cuando él buscaba la suya.
Ni siquiera parecía darse cuenta de cuánto confiaba en él.
Era como si su corazón hubiera tomado una decisión mucho antes que la Luna.
Y una tarde, mientras Nora los observaba desde la ventana de la cocina, murmuró para sí con una sonrisa apenas visible:
—Si el destino no los une…
Va a tener que dar muchas explicaciones.
A unos metros de allí, Alyssa caminaba junto a Kaleb por el sendero que llevaba al lago.
Sus hombros se rozaban de vez en cuando.
Sin buscarlo.
Sin evitarlo.
Él llevaba una mochila con las cosas de ambos, aunque Alyssa había insistido en cargarla.
Ella caminaba con una tranquilidad que no había sentido desde la tormenta.
Porque había descubierto algo que no esperaba encontrar en medio del duelo.
No era resignación.
Todavía dolía demasiado.
Era otra cosa.
La certeza de que, cuando el mundo parecía desmoronarse, siempre había un lugar al que podía regresar.
Y ese lugar tenía unos ojos azules que, desde hacía muchos años, nunca habían dejado de buscarla entre la multitud.