Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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Capitulo 1. Un despertar peculiar
«Mierda».
Fue lo primero que pensó Elizabeth al despertar.
Siempre que salía a beber con sus amigas, terminaba sintiéndose de la misma manera. Ya fuera porque habían bebido más de la cuenta o porque, una vez más, había terminado comiéndose algún postre con marihuana que sus amigas dejaban olvidado en la cocina. Ella, con hambre y sin preguntar jamás de qué era, se lo comía como si nada.
Después de cada resaca venía la misma promesa de siempre: no volver a beber tanto y, sobre todo, no volver a comer nada en la casa cuya procedencia desconociera por completo.
Se rio para sí misma en la oscuridad, intentando recordar la noche anterior.
¿Qué locura habría hecho esta vez?
No recordaba absolutamente nada después de la medianoche. Quizá había sido una borrachera especialmente fuerte o, tal vez, la maldita comida espacial había vuelto a jugarle una mala pasada a su cerebro.
Suspiró e intentó abrir los ojos, pero apenas lo hizo tuvo que volver a cerrarlos de golpe. La luz que filtraba el entorno era demasiado intensa y lastimaba sus pupilas.
Su cabeza latía con un dolor sordo y pulsante, tenía la garganta completamente seca como un desierto y, por alguna extraña razón, podía escuchar demasiadas cosas a su alrededor. El viento helado golpeando con fuerza contra una ventana de cristal grueso, el leve crujido de la madera vieja e incluso unos pasos lejanos retumbando sobre piedra.
También había demasiados olores extraños flotando en el aire.
Madera antigua.
Flores secas.
Polvo acumulado.
Y algo denso parecido al incienso de iglesia.
Elizabeth se llevó una mano a la frente, sintiendo una pesadez extraña en la cabeza, y después de varios segundos de esfuerzo consiguió abrir los ojos nuevamente. Miró hacia arriba y se quedó completamente inmóvil.
«Este no es mi techo».
El techo de su departamento era blanco, de yeso simple y con una lámpara económica de plástico. El que tenía enfrente estaba hecho de enormes vigas de madera oscura tallada, con un candelabro de hierro forjado colgando del centro.
Se incorporó lentamente, sintiendo las sábanas de lino pesado deslizarse por su piel, y comenzó a observar la habitación en absoluto silencio.
No reconocía nada de lo que veía.
La habitación era ridículamente enorme. Las paredes estaban cubiertas por tapices desgastados, había cortinas pesadas de terciopelo oscuro y muebles de madera maciza que parecían antigüedades costosas. Había un sofá junto a una de las ventanas arcadas, una pequeña mesa de té y varios adornos de bronce que parecían sacados directamente de una película de época. La cama era tan grande que fácilmente podrían dormir cuatro personas allí sin tocarse.
Elizabeth terminó de recorrer la habitación con la mirada y finalmente murmuró en voz baja:
—Mierda... este tampoco es mi piso.
Se levantó de la cama con lentitud. Al poner los pies en el suelo, un frío glacial recorrió sus plantas descalzas. Comenzó a caminar de un lado a otro, intentando encontrar alguna explicación lógica para lo que estaba viendo. Todo era demasiado elegante, antiguo y decadente.
Por un momento pensó que quizá sus amigas se habían tomado demasiado en serio su cumpleaños y habían decidido llevarla a algún hotel temático de lujo.
Sí.
Eso explicaría la decoración estrafalaria.
Aunque, cuanto más observaba la habitación, menos sentido tenía aquella explicación improvisada.
No había televisión en la pared. No había un teléfono sobre la mesa de noche, ni un enchufe, ni un cargador, ni una computadora, ni un solo aparato electrónico que le resultara familiar. Elizabeth abrió precipitadamente uno de los cajones del escritorio, pero solo encontró hojas de papel rugoso y una pluma de tintero. Revisó la mesa junto a la cama y volvió a obtener el mismo resultado.
Nada.
Miró alrededor con desesperación.
Absolutamente nada moderno.
—¿En serio? —dijo al aire, sintiendo una punzada de pánico en el pecho.
Quizá se trataba de un hotel de desintoxicación o una broma extremadamente elaborada. Tal vez sus amigas habían preparado todo aquello y en cualquier momento aparecerían riéndose de ella con sus teléfonos en mano, grabando su reacción.
Decidió dejar de pensar en ello por unos minutos para no hiperventilar y continuó explorando el enorme espacio.
En una esquina, medio oculto por la sombra de las cortinas, encontró un espejo de cuerpo entero con marco de plata oscurecida.
Y se detuvo en seco.
La mujer que la observaba desde el otro lado del cristal no era ella. Ni siquiera se le parecía.
Elizabeth se acercó lentamente al espejo, sintiendo que las piernas le temblaban. La desconocida reflejada tenía la piel extremadamente clara, casi pálida como la porcelana, y unos enormes ojos de un verde esmeralda deslumbrante. Sus orejas eran notablemente puntiagudas, alargadas hacia los lados como las de un elfo de leyenda, sobresaliendo entre una larga y desordenada melena de color naranja rojizo.
Pero lo que terminó por paralizar su respiración fue lo que emergía con majestuosidad entre su cabello.
Dos elegantes cuernos de un tono negro azabache.
Eran lisos, de aspecto duro y pulido, ligeramente curvados hacia atrás, extendiéndose varios centímetros por encima de su cabeza.
—¿Qué demonios...? —murmuró, con la voz ahogada.
Extendió una mano temblorosa y tocó la base de uno de los cuernos. Era rígido, frío al contacto inicial y firmemente arraigado a su cráneo. Apretó un poco con los dedos y sintió un leve hormigueo nervioso en la raíz.
Eran suyos.
O, mejor dicho, de aquel cuerpo.
La mujer del espejo hizo exactamente el mismo gesto, observándola con una mezcla de terror e incredulidad reflejada en sus pupilas verdes.
Elizabeth dio tres pasos hacia atrás, tropezando con la alfombra.
—No, no, no... ¿Cuernos? ¿En serio tengo cuernos?
Se acercó nuevamente al espejo y comenzó a examinarse con desesperación de arriba abajo. No reconocía aquel rostro estilizado, aquellos rasgos exóticos ni esa apariencia que parecía sacada de una novela de fantasía oscura. Su corazón comenzó a latir con una fuerza desbocada en sus oídos.
—Esto tiene que ser un sueño... o un efecto secundario de esa porquería que comí.
Miró a su alrededor buscando una cámara oculta o una costura en su piel. Quizá le habían puesto una prótesis increíblemente realista mientras dormía.
Necesitaba comprobarlo ahora mismo.
Elizabeth bajó la mirada hacia las prendas que llevaba puestas. Era un camisón de noche antiguo, tejido en lino blanco con encajes sencillos. Sin pensarlo demasiado, comenzó a desabrochar las cintas y se quitó la prenda, dejándola caer al suelo. No lo hizo por exhibicionismo, sino por pura necesidad de realidad. Necesitaba saber si todo su cuerpo había cambiado o si únicamente llevaba un disfraz en la cabeza.
Cuando terminó, volvió a mirarse detenidamente en el espejo.
La respuesta fue evidente y devastadora.
Todo había cambiado. La forma de sus hombros, la estrechez de su cintura, la tersura de su piel y la textura de sus manos... absolutamente todo pertenecía a otra persona.
Elizabeth se tocó el abdomen y observó sus dedos largos y delicados. Después bajó la mirada hacia su cuerpo desnudo y volvió a contemplar en el cristal aquel rostro exótico de orejas aladas y cuernos oscuros.
Era como si hubiera despertado dentro del cuerpo de un demonio o una criatura mística.
—Esto no es normal... esto es imposible.
En ese preciso instante, escuchó que alguien llamaba a la puerta con tres golpes secos.
Elizabeth no tuvo tiempo de reaccionar, vestirse ni esconderse.
—¿Señora? —dijo una voz grave desde el otro lado.
Volvieron a tocar inmediatamente.
—¿Señora, se encuentra despierta?
Elizabeth abrió la boca para gritar que no entraran, pero antes de que pudiera articular una sola palabra, el pomo giró y la puerta se abrió de par en par.
Un hombre de aproximadamente cincuenta años ingresó a la habitación. Vestía un impecable traje negro de mayordomo, pulcro y perfectamente abotonado, aunque la tela mostraba el inevitable desgaste del tiempo. Algunas partes de los puños y el cuello incluso habían sido remendadas con hilo del mismo color.
El hombre se detuvo en seco al verla.
Su expresión permaneció seria por puro entrenamiento profesional, pero apartó de inmediato la mirada, fijándola hacia el techo.
—Señora... está desnuda.
Elizabeth dio un brinco en el sitio y ahogó un grito de pánico. Sintió un calor ardiente subirle desde el cuello hasta la punta de sus orejas puntiagudas. Bajó la mirada hacia su propia desnudez y, presa del shock, se lanzó torpemente sobre la cama para tomar la sábana de un tirón y envolverse en ella como un capullo.
—¡A-Ah! —exclamó con la voz mucho más aguda de lo normal, intentando mantener un mínimo de dignidad detrás del embozo de tela—. ¡Cierto!
El hombre carraspeó suavemente y volvió a mirarla con extrema discreción.
—Disculpe mi intromisión. Mi nombre es Sebastián. Soy el mayordomo de esta mansión.
Elizabeth lo observó desde su fortaleza de sábanas, con la respiración agitada y una mezcla explosiva de confusión y vergüenza.
—¿Esta mansión?
Sebastián asintió sin perder la compostura.
—Llamaré a María de inmediato para que la ayude a vestirse adecuadamente.
Antes de que Elizabeth pudiera preguntarle algo más —o exigir una explicación lógica sobre los cuernos en su cabeza—, el mayordomo hizo una inclinación formal y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.
Poco después, una joven de cabellos castaños entró cargando varias prendas entre los brazos.
—Buenos días, señora. Soy María.
La muchacha llevaba un vestido clásico de sirvienta. Estaba pulcro, aunque también mostraba señales evidentes de desgaste acumulado. Las mangas estaban descoloridas y algunas costuras del delantal habían sido reparadas a mano con paciencia. Lo más sorprendente para Elizabeth fue notar que María ni siquiera pestañeó al mirar sus cuernos.
—Permítame ayudarla a prepararse.
Elizabeth no entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, pero decidió que no era prudente discutir. Se dejó vestir en silencio mientras observaba a la joven, intentando encontrar alguna pista que la ayudara a deducir en qué tipo de mundo o sociedad se encontraba.
Cuando terminó de abrochar el vestido de tela pesada, María hizo una pequeña reverencia y se retiró en silencio.
Elizabeth volvió a acercarse al espejo, acomodándose el cuello de la prenda para que no le molestara en la nuca.
«Primero descubro exactamente dónde estoy. Después averiguo cómo demonios regresar a casa».
Así me imagino a Elizabeth.