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El CEO Y La Diseñadora

El CEO Y La Diseñadora

Status: En proceso
Genre:CEO / Malentendidos
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Itzel Velasco

Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.

NovelToon tiene autorización de Itzel Velasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: La unión perfecta

Con la tela y las piedras que había elegido con tanto cuidado ya sobre su mesa, Yoselin se sentó y respiró hondo. Sabía muy bien que no bastaba con tener los mejores materiales del mundo; lo que realmente haría especial esa pieza sería la forma en que todos se unieran, como si hubieran sido creados desde el principio para estar juntos. Recordaba lo que había dicho la señora Elizondo: quería algo único, algo que nadie más tuviera, y también recordaba la duda en la voz de Alejandro cuando le dijo que todavía no estaba convencido de que pudiera durar en la empresa. Esa perfección en los detalles sería la respuesta a ambos.

Primero se dedicó por completo a las joyas. Extendió las piedras azul grisáceo sobre un paño suave para no rayarlas, y sacó las muestras de metales que había guardado en su caja: plata esterlina pulida, oro blanco, platino en acabado brillante y también mate, además de un bronce envejecido con tonos cálidos. Una por una, tomó la piedra central y la colocó sobre cada tipo de metal, acercándola a la luz que entraba por el ventanal para ver cómo cambiaban los reflejos.

La plata brillaba demasiado fuerte, llamando la atención sobre sí misma en lugar de dejar que la piedra fuera la protagonista; el oro blanco se veía demasiado frío y distante, como si no conectara en absoluto con la profundidad del color; el bronce, aunque hermoso, le daba un tono demasiado cálido que no encajaba con la sobriedad y la fuerza que quería transmitir. Pero cuando apoyó la piedra sobre la lámina de platino mate, todo cambió. El metal, con su brillo suave y discreto, parecía envolver la piedra con respeto, haciendo que sus matices ocultos resaltaran sin competir, como si ambos hubieran sido extraídos de la misma tierra.

—Eres exactamente lo que buscaba —murmuró en voz baja, pensando en la clienta—. No te impones, te acompañas.

A continuación pasó a elegir los hilos. Sabía que incluso el hilo más pequeño podía arruinar todo el trabajo si no era el adecuado. Probó hilos de seda brillante, de poliéster resistente, de algodón en distintos grosores y tonos, y también hilos especiales para unir las piedras pequeñas que irían cosidas en los detalles del vestido. Los estiró para probar su resistencia, los pasó frente a la luz para ver si se notaban demasiado, y los comparó uno a uno con la tela gris azulada que había elegido días atrás.

Los hilos muy brillantes rompían la textura sutil del tejido, creando puntos que distraían la mirada; los muy gruesos hacían que las costuras se marcaran demasiado, quitando esa caída suave y ligera que imaginaba para la falda. Solo cuando tomó el hilo de seda mate, de un tono casi idéntico al de la tela, encontró lo que buscaba: al coser una muestra, el hilo casi desaparecía, dejando que fuera la propia tela la que se moviera y brillara. Para las piedras que irían en el escote y los bordes, eligió un hilo de nailon transparente pero muy resistente, y también uno del mismo tono que el platino, para que nadie pudiera ver cómo se sostenían las piezas, solo notar que estaban ahí, como si hubieran brotado de la prenda.

Mientras iba apartando las opciones que no servían y guardando las que sí, su mente no dejaba de volver a la conversación que había tenido con Alejandro al salir de la reunión. Él pensaba que sus diseños eran arriesgados, que no seguían las reglas que siempre habían funcionado. Pero aquí estaba la prueba: no estaba haciendo cosas al azar ni por capricho. Cada elección tenía un porqué, cada material se probaba y se comparaba, cada detalle se cuidaba con la misma exigencia que él exigía a todo lo demás. Solo que su forma de ver la excelencia era distinta: no era repetir lo que ya se sabía que funcionaba, sino buscar lo que encajaba de verdad.

Pasó horas así, probando combinaciones, doblando trozos de tela alrededor de las muestras de metal, viendo cómo la luz caía sobre la unión entre el hilo y la piedra, buscando esa sensación de que nada estaba fuera de lugar. Solo cuando estuvo completamente segura de que no había ninguna mejor opción, cuando sintió que cada pieza tenía su sitio exacto, guardó todo con mucho cuidado. Ya tenía el diseño listo, ya tenía la tela, las piedras, el metal perfecto y los hilos adecuados. Ahora solo faltaba empezar a construirlo todo, puntada a puntada, hasta que aquel boceto se convirtiera en la realidad que demostraría que lo diferente también podía ser impecable.

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