Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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"Sobrepasando los límites"
Sophia
El sonido de la llave girando en la cerradura de la puerta principal me causó un escalofrío que me recorrió toda la espina dorsal. Durante todo el camino en el auto, el silencio de Sebastian había sido tan denso y pesado que casi extrañé el olor a café de la cafetería. No había encendido el radio, no había dicho una sola palabra; solo sus manos, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos se veían blancos, delataban la tormenta que llevaba por dentro.
Crucé el umbral de la casa intentando mantener una postura digna, dejando mi cartera sobre la mesa del recibidor con una calma fingida que no sentía.
—Sebas, de verdad no entiendo por qué te pusiste así... —comencé a decir, dándome la vuelta para enfrentarlo, decidida a jugar la carta de la indignación antes de que él me acorralara.
Pero no alcancé a terminar la frase. El golpe seco de la puerta al cerrarse a mis espaldas sepultó mis palabras. Sebastian se quedó ahí, de pie, bloqueando la única salida, mirándome con esos ojos claros que ahora mismo parecían dos témpanos de hielo listos para cortar.
Sebastian
Cerré la puerta y me apoyé contra ella, cruzándome de brazos mientras la miraba. La rabia, que había estado conteniendo a duras penas durante todo el trayecto en el auto, finalmente reclamó su lugar. Verla allí, intentando actuar como si nada hubiera pasado, como si no hubiera estado a punto de provocar una tragedia en esa maldita cafetería, me encendió la sangre.
—¿Que no entiendes, Sophia? ¿De verdad vas a seguir con el teatro? —solté, y mi propia voz sonó tan profunda y cargada de ironía que hasta a mí me sorprendió—. ¿Me vas a explicar qué demonios fue eso? ¿Una cita en el salón de belleza? ¡Por favor! Te conozco desde hace veinte años, sé perfectamente cuándo mientes y hoy batiste tu propio récord.
Di un paso hacia adelante, acortando la distancia entre los dos, obligándola a levantar la mirada.
—Me vas a decir ahora mismo quién es ese tipo, qué hace buscándote a la oficina y por qué permites que te hable de esa manera en mi propia cara. Porque lo de hoy no fue un simple café entre amigos, Sophia. Así que empieza a hablar, porque de aquí no te mueves hasta que me digas la verdad.
Sophia
Me dolió. Sus palabras me golpearon con la fuerza de un latigazo, pero lo que más me dolió fue ver en lo que se estaba convirtiendo. La frialdad de su mirada y esa postura de juez inflexible terminaron por romper la poca paciencia que me quedaba. Di un paso al frente, plantándole cara, negándome a dejarme intimidar por su altura o su tono amenazante.
—¡Sebastián! —lo llamé por su nombre completo, forzándolo a escucharme—. ¿Dónde quedó mi amigo Sebas? ¿Qué le has hecho?
El silencio de la casa pareció amplificar mi reclamo. Mis ojos se humedecieron por la impotencia, pero mantuve la voz firme, clavando mi vista en la suya.
—¿Por qué actúas así? ¿Por qué me juzgas de esa manera sin siquiera darme el beneficio de la duda? ¿Qué te sucede?... Te desconozco, Sebastián. El hombre que está parado frente a mí no se parece en nada al que prometió cuidarme. Me estás tratando como si fuera tu prisionera o una criminal, y no te lo voy a permitir.
Sebastian
Sus preguntas me cayeron como un balde de agua fría, impactando directo en mi orgullo. Ver la chispa de dolor y furia en sus ojos me obligó a tensar la mandíbula para no flaquear. «¿Dónde quedó tu amigo Sebas?», sus palabras resonaron en las paredes de la sala, recordándome los años compartidos, la confianza que siempre nos había unido.
Pero el recuerdo de verla a solas con ese imbécil en la cafetería regresó a mi mente como una ráfaga candente, quemando cualquier rastro de culpa.
—¿Qué me sucede? —repetí, soltando una risa amarga mientras daba otro paso hacia ella, rompiendo por completo su espacio personal—. Me sucede que odio que me mientan en la cara, Sophia. Tu "amigo Sebas" no tenía que soportar ver cómo un desconocido te acorrala en una oficina ni cómo te mira como si le pertenecieras en una cafetería. No te estoy juzgando, te estoy exigiendo la verdad. Porque el Sebas que conoces se preocupa por ti, pero el hombre que tienes enfrente se está cansando de tus secretos.
Sophia
—¡¿De qué mentiras hablas, de qué engaños?! —le grité, perdiendo por completo la compostura. El pecho me subía y bajaba con fuerza por la indignación—. Lucas me invitó a salir por un café, nada más. Su atuendo se debía a que, igual que yo, venía directo de su trabajo. ¡No había dobles intenciones, Sebastián!
Di un paso ciego hacia él, acortando la distancia hasta que quedamos a escasos centímetros. La rabia me quemaba la garganta.
—¿Pero quién te crees para cuestionarme? Me parece que estás cruzando la línea. ¡No eres mi papá ni mi prometido! —solté con desprecio, clavándole cada palabra como un puñal directo en su orgullo.
Sebastian
El eco de sus últimas palabras vibró en el aire de la sala, pesado y violento. «No eres mi papá ni mi prometido». Esas siete palabras se incrustaron en mi cabeza, congelándome la sangre por un segundo antes de transformarse en una furia ciega.
Di un paso definitivo hacia ella, acorralándola contra la pared del recibidor. Apoyé una mano firmemente a un lado de su cabeza, obligándola a sostener mi mirada, que a estas alturas debía ser pura brasa. Podía sentir el calor de su respiración agitada contra mi pecho, pero no me importó.
—Tienes razón, Sophia. No soy tu padre —le respondí, con una voz que bajó a un susurro peligrosamente rudo y pausado—. Pero no me vengas con el cuento de la inocencia. ¿Crees que soy estúpido? Sé perfectamente cómo miran los hombres a las mujeres cuando quieren algo más que "un café", y ese infeliz te estaba devorando con la mirada.
Me acerqué un poco más, rompiendo cualquier barrera que nos separara, permitiendo que mi frustración se desbordara por completo.
—Así que no me hables de líneas cruzadas, porque si actúo así es porque me importas más de lo que quiero admitir, y no voy a sentarme de brazos cruzados a ver cómo te enredas con cualquiera que te invite a salir en una esquina.
Sophia
Sus palabras quedaron flotando en el espacio mínimo que nos separaba. Podía sentir la calidez de su aliento y la electricidad de su cuerpo acorralando el mío. Sebastian nunca me había mirado así. Y en medio de la rabia, una verdad aterradora se abrió paso: la línea de la que yo tanto hablaba ya no existía; la habíamos cruzado hace mucho tiempo, y no había vuelta atrás.
Sebastian
Sostuve su mirada, obligándola a procesar el peso de mi confesión mientras contenía las ganas de romper la última barrera y estrecharla contra mí. Sophia guardó silencio, pero sus ojos cargados de asombro me dijeron que finalmente lo había entendido. La verdad estaba sobre la mesa, desnuda y violenta, como la calma que precede a un impacto definitivo.