Gabriel lo tiene todo apellido fortuna y un magnetismo por las mujeres implacable sin embargo detrás de esa fachada de hombre frío déspota y mujeriego se esconde el trauma de la muerte de su madre, su padre lo obligó a esconder bajo una armadura de desconfianza su tristeza y dolor.
para él las personas solamente son piezas de ajedrez y el amor una debilidad que no se puede permitir.
pero el juego cambia cuando es obligado a casarse con Sara.
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respeto
Dicho esto, se giró hacia el capataz con una soltura que me dejó helado.
—Vamos, don Mateo. Enséñeme dónde están esos comederos, que el día ya va a la mitad —dijo, Sara, acomodándose la trenza deshecha sobre el hombro.
El viejo Mateo me miró de reojo una última vez, buscando en mi rostro una orden de clemencia que no iba a llegar, y luego la guió hacia el callejón de los corrales del sur. La vi caminar detrás de él, arrastrando las botas sucias con paso firme, sin mirar atrás ni una sola vez.
Me quedé solo en medio del corral, con Lucero resoplando a mi lado.
Apreté los puños dentro de los bolsillos del pantalón, sintiendo una mezcla de furia e incredulidad que me quemaba el pecho. Nadie se atrevía a sostenerme el pulso de esa manera. Nadie.
—A ver cuánto te dura el orgullo, Sara —murmuré para mí mismo, dando media vuelta con rabia mientras mis espuelas resonaban contra las piedras del patio.
Caminé de regreso hacia el casco de la hacienda para encerrarme en el despacho. Tenía cuentas que revisar y hombres que mandar, pero sabía perfectamente que durante las próximas tres horas, mi mente no iba a estar en los números de la producción, sino en el maldito sol del mediodía que ya empezaba a calentar el techo de la casa, y en la mujer que estaba allá afuera.
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En palabras de Sara...
Cuando llegamos al corral sur, el panorama era justo como lo imaginaba: el sol ya empezaba a picar con fuerza y el olor a estiércol y polvo flotaba en el aire denso.
Mateo se detuvo frente a una fila de enormes cajones de madera astillada llenos de restos de comida seca y suciedad. El viejo me miró con una culpa que no le correspondía, rascándose la nuca tras quitarse el sombrero.
—Señorita... perdón, patrona —empezó a decir en voz baja, mirando de reojo hacia el camino por si Gabriel venía cerca—. El patrón, no sabe lo que dice. Las labores de aquí son para los peones más recios. Si quiere, usted siéntese bajo la sombra de la galera y yo le digo al muchacho que limpie esto rápido. El patrón no tiene por qué enterarse...
Gabriel se enteraba de que alguien hacía el trabajo por mí, usaría eso como el arma perfecta para llamarme inútil y cobarde por el resto de mis días. Y peor aún, se desquitaría con este buen hombre.
—Le agradezco mucho, don Mateo, de corazón —le dije con una sonrisa genuina, la primera que sentía de verdad en todo el día—. Pero no. El señor de la Vega quiere ver si aguanto el ritmo de su hacienda, y no le voy a dar el gusto de decir que no sirvo para trabajar. Por favor, páseme la pala y el cepillo.
Mateo suspiró, pero al ver la determinación en mis ojos, no insistió. Me entregó las herramientas con un asentimiento respetuoso.
A los pocos minutos, el calor empezó a golpear con saña. El sudor comenzó a correr por mi frente, mezclándose con el polvo del corral que se levantaba con cada palada, y mis manos, acostumbradas a sostener tazas de te y abanicos en casa, empezaron a arder al contacto con la madera rugosa de la herramienta. Pero cada punzada de dolor en mis brazos solo alimentaba mi terquedad.
Cuando llegó la hora de cargar yo estaba completamente exausta Pero no me rendí seguí cargando sin dejar que nadie me ayudará en un parte de lugar estaban los hombres me miraban queriendo ayudar, Pero no deje que lo hicieran.
La noche ya había llegado y yo estaba cargando lo último.
—Ya es todo, patrona —dijo don Mateo, acercándose con paso lento y entregándome un trapo limpio—. Déjenos el resto a nosotros. Vaya a descansar, por favor. Se ganó el respeto de todos los hombres hoy ninguna mujer había aguantado.
—Gracias, don Mateo —fije con la voz pastosa por el cansancio. Me limpié el sudor de la frente con el trapo, sintiendo el cuerpo pesado como el plomo, pero con el orgullo intacto.
Caminé hasta una pequeña banca de madera y me senté por unos minutos descansando.
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Cuando entre al comedor espere ver a Sara sentada en la mesa impecable con el orgullo doblado, Pero no fue así Carmen estaba ahí parada con la cena servida.
— Dónde está la señora.?— pregunté a Carmen y ella tenía el rostro preocupado.
—No ha regresado de los corrales del sur, patrón —respondió Carmen con un hilo de voz, entrelazando las manos sobre el delantal con evidente angustia—. Don Mateo vino hace una hora por unos candiles de aceite porque se les hizo de noche cargando la alfalfa, pero la señora no ha pisado la casa principal.
Dejé la copa de vino sobre la mesa con tanta fuerza que el líquido salpicó el mantel blanco. Una mezcla de incredulidad y una furia ciega me revolvió las entrañas. ¿Seguía allá afuera? ¿Había pasado las horas más calientes del día y el inicio de la noche levantando costales? Miré el reloj de pared; eran casi las ocho.
—Es una insensata pero eso le enseñará —mascullé entre dientes.
— Patrón Gabriel, no creo que la señora aguante eso puede enfermar ella es muy delicada.— dijo Carmen preocupada.
—Es lo que ella buscaba, Carmen. Que aprenda que la hacienda no es un juego de muñecas —le respondí, intentando que mi voz sonara con la misma indiferencia de siempre, aunque por dentro un nudo extraño empezaba a apretarme el estómago.
Carmen no se achicó. Me miró con esos ojos cansados que me habían visto crecer, llenos de un reproche silencioso que me dio directo en el orgullo.
—Una cosa es aprender, patrón, y otra muy distinta es querer romperla el primer día. Don Alejandro hacía lo mismo con usted... y mire cómo terminó su corazón.
Esas palabras me cayeron como un balde de agua helada. No dejé que Carmen viera el impacto del golpe. Di media vuelta sin decir más y salí del comedor a grandes zancadas, haciendo resonar mis espuelas contra las baldosas con una furia renovada. Pero esta vez, la rabia no era solo contra Sara. Era contra mí mismo por estar perdiendo el control de la situación, y contra ella por ser tan absurdamente terca.
Crucé el patio central. La noche ya había caído por completo y el viento soplaba con un frío cortante que bajaba de los cerros. Pensar en esa mujer, que hasta ayer no había cargado más que un puñado de libros, metida en el corral sur a estas horas, me hacía acelerar el paso casi sin darme cuenta.
Cuando llegué a los linderos del corral, el panorama me detuvo en seco.
La penumbra estaba apenas rota por el parpadeo amarillento de dos candiles de aceite colgados de los postes. Todo estaba en silencio, excepto por el resoplido lejano de las bestias. Y ahí, sentada en una banca de madera rústica bajo la galera de la alfalfa, estaba Sara.
Tenía la cabeza apoyada contra las tablas, con los ojos cerrados. Su respiración era lenta y pesada, el retrato vivo del agotamiento absoluto. Tenía la ropa cubierta de polvo, las botas atascadas en una costra de lodo seco y los mechones de su trenza deshecha le caían sobre la cara tapándole la mejilla sucia.
Me acerqué despacio, intentando descifrar lo que sentía. Esperaba verla llorando, o al menos con la mirada rota de quien se sabe vencida. Pero cuando me planté frente a ella y mis espuelas rompieron el silencio, Sara abrió los ojos.
La luz del candil iluminó sus manos, que descansaban bocarriba sobre sus muslos. Se me revolvió algo en el pecho al verlas: las palmas estaban vivas, llenas de llagas rojas y ampollas reventadas por la madera rugosa de las herramientas. Había sangrado y, aun así, no había soltado la pala.
—¿Vas a quedarte a vivir aquí con los animales, Sara, o vas a dignarte a entrar a cenar? —le solté, cruzándome de brazos y forzando mi tono más gélido para ocultar el vuelco que me había dado el corazón.
— Vete ya hice lo que ordenaste.— dijo Sara.
te pasas Gabriel así como va querer tener tus hijos
se vienen trillizos 🤔
muchacho malo
🙎🙎🙎 todo hubiera sido diferente si ese animal no se te hubiese salido del cuerpo.
ellla quiere amor respeto confianza fidelidad, pero al parecer no quieres darle todo 🤦🤦🤦 entonces como no quieres que ese muro aparezca.
🤷 empieza a usar tu inteligencia
cómo sabe 🙎🙎🙎
y Sarita que es nueva 😝 cayó rendida
pero
se que ambos pueden llegar a extrañarse
Gabriel no puede dejar de desear a su mujer y Sara desea a su hombre 🔥🔥🔥❤️❤️❤️ fuego con amor
le dijo amor? hacemos el amor? eres mi mujer? soy tuyo? demasiadas frases no creo que las diga en balde 😡 algo dentro de Gabriel está un poquito raro esos celos esa manera de ser posesivo de no querer dejarla salir sola 🤔 sospechoso.
Gabriel celoso pero ya pusiste en su sitio el otro día Julián 🤦 dios santo olvídate de él
que cambi de actitud
sino cuentas tazas deberás tomar Sara🙎🙎 hay que tener cuidado
sara es una mujer fuerte e inteligente si te dieras la oportunidad de conocerla
o es por ese trauma que te cargas 🤦🤦🤦 mira si no nos cuentas no vamos a entenderte porque para nosotros estás posesivamtnte loco
🤷ni modo
Sara estoy de acuerdo sobre el te 😬 pero tengo que lo descubra
esto va para mal
y si no quiere solo quedarse en casa cuidando hijos como este pendejo dice es mejor que entres en razón y te tomes algo antes de que sea tarde pero a si como va esta historia ya valió
no se por que primero nos vende a una prota decidida y nos entregan a una que se deja que le hagan lo que quieran 🙄