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Su única debilidad

Su única debilidad

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:24.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1: La chica del vestido rojo

—Si alguien te pregunta, eres del equipo de eventos de Mariana Montiel y vienes a revisar el arreglo de las mesas. ¿Entendiste?

Valentina Serrano sostuvo la charola con copas vacías como si llevara una bomba.

Del otro lado del auricular, Mariana hablaba rápido, casi sin respirar. La música de El Mirador se filtraba desde el salón principal, mezclada con risas, tacones sobre mármol y el tintinear fino de las copas. Polanco brillaba abajo, detrás de los ventanales, como si la ciudad entera estuviera hecha para gente que nunca había tenido que rogar por nada.

Valentina apretó los dientes.

—Entendí. Soy invisible, sonrío bonito, no tiro nada caro y encuentro a Diego Castellán antes de que termine la noche.

—Vale, no hagas locuras.

—Me estás diciendo eso después de meterme a un club privado con un vestido que ni siquiera es mío.

—Te metí porque tu proveedor me llamó llorando. Diego no solo se llevó los textiles de Oaxaca, se los entregó a Camila Castellán como si fueran un regalo suyo.

La mano de Valentina tembló apenas. Una de las copas chocó contra otra con un sonido pequeño, delator.

Ese textil no era una tela cualquiera. Eran meses de trabajo, tintes naturales, hilos teñidos con grana cochinilla, promesas hechas a artesanas que confiaron en Juramento cuando nadie conocía su marca. Era la pieza central de la colección nupcial que podía salvar su taller de deudas pequeñas, insistentes, humillantes.

Y Diego Castellán la había tomado porque pudo.

—Lo voy a traer de vuelta —dijo Valentina.

—No lo confrontes sola.

—Claro que no. Voy a confrontarlo con una charola. Muy institucional.

—Valentina.

El tono de Mariana perdió la broma.

Valentina se detuvo junto a una columna de madera oscura. Su reflejo apareció en el metal pulido de una puerta: vestido rojo ceñido, cabello recogido con la peineta de filigrana de plata de su abuela, labios pintados para parecer segura aunque el estómago se le retorciera. A simple vista podía pasar por una invitada de último minuto. Por dentro, sentía que cualquier guardia podía leerle en la frente: "intrusa".

—Solo quiero hablar —mintió.

—Tú nunca "solo hablas".

—Por eso me quieres.

Mariana soltó un ruido entre risa y oración.

—Escucha. Lorenzo vio a un Castellán subir al área VIP hace diez minutos. Traje oscuro, escolta, cero sonrisa. Puede ser Diego.

Valentina miró hacia el pasillo reservado. Dos hombres de seguridad bloqueaban el acceso a los elevadores privados. Detrás de ellos, una hostess revisaba nombres en una tableta.

—¿Puede ser?

—Los Castellán se parecen cuando quieren dar miedo.

—Perfecto. Entonces solo tengo que entrar, pedirle mis textiles a un hombre que da miedo y salir viva.

—No manches, Vale, si te atrapan...

—Te mando mi ubicación para que rescates mi cadáver con discreción.

—No bromees con eso.

Valentina colgó antes de arrepentirse.

Respiró por la nariz. La peineta de plata le pesaba en el cabello como una mano familiar. Su abuela se la había puesto el día que le dijo que una mujer podía entrar a cualquier cuarto si caminaba como si ya le perteneciera.

Valentina no estaba tan segura de eso, pero enderezó los hombros.

Tomó una copa de champagne de la charola de un mesero que pasaba, le dejó la charola vacía a él con una sonrisa rápida y caminó hacia los elevadores privados.

—Disculpe, señorita —la detuvo la hostess—. Esta zona es solo para invitados con autorización.

Valentina alzó la copa.

—Me pidieron subir esto al señor Castellán.

La hostess bajó la vista a la copa, luego al vestido rojo, luego a la peineta. La duda le duró dos segundos. En lugares como El Mirador, la seguridad se entrenaba para bloquear intrusos, no para cuestionar a una mujer arreglada como amante de alguien poderoso.

—¿Qué señor Castellán?

Valentina sonrió.

—El que no espera.

La hostess tragó saliva.

Uno de los guardias tocó su auricular. Valentina sintió una gota de sudor resbalarle por la espalda. Si preguntaban demasiado, todo se venía abajo.

Pero el guardia solo abrió paso.

—Piso cuarenta y dos. No se desvíe.

—Jamás —dijo Valentina.

Mintió otra vez.

El elevador subió sin ruido. La música quedó abajo, sustituida por un silencio caro, alfombrado, casi insolente. Valentina vio los números cambiar en la pantalla dorada y contó sus latidos para no salir corriendo.

Cuarenta. Cuarenta y uno. Cuarenta y dos.

Las puertas se abrieron a un pasillo iluminado con luz ámbar. Olía a cuero, whisky y madera recién encerada. Al fondo, una puerta entreabierta dejaba ver una sala privada con ventanales de piso a techo. La ciudad se extendía abajo como una promesa que no era para ella.

Escuchó una voz masculina, baja.

—Dije que nadie entrara.

Valentina se quedó quieta.

Esa voz no sonaba como la de Diego en los audios que Mariana le había enviado. Era más grave. Más limpia. Como una orden que no necesitaba volumen.

La lógica le dijo que retrocediera.

El enojo empujó la puerta.

Adentro, un hombre estaba de pie junto a los ventanales, de espaldas a ella. Llevaba traje negro, camisa blanca, corbata oscura aflojada apenas un centímetro. No se veía borracho ni sorprendido. Ni siquiera parecía estar esperando a nadie. A su lado, sobre una mesa baja, había un vaso de whisky intacto y un teléfono boca abajo.

Valentina cerró la puerta con el talón.

—Diego Castellán.

El hombre no se movió de inmediato.

Luego giró.

Valentina olvidó la frase que había preparado.

No era guapo de una forma cómoda. Era de esos hombres que no se admiraban, se medían como un peligro. Ojos oscuros, mandíbula firme, boca sin paciencia. Tendría unos treinta y tantos. Demasiado adulto para jugar al sobrino caprichoso que robaba textiles, demasiado tranquilo para haber sido sorprendido.

La miró desde la copa hasta el cabello, deteniéndose apenas en la peineta de filigrana.

Un segundo.

Suficiente para que a Valentina se le tensara la nuca.

—Llegaste lejos para ser una mesera —dijo él.

Valentina parpadeó.

No era la voz de Diego. Tampoco tenía la edad que ella esperaba. Pero llevaba el apellido correcto, estaba en la zona correcta y la llamada de Monterrey que Mariana había mencionado seguía rondándole la cabeza como una alarma.

—Y usted se escondió muy arriba para ser un ladrón —respondió.

El hombre no corrigió nada.

Eso fue lo peor.

Caminó hacia ella con una lentitud que la obligó a recordar dónde estaba la puerta. Cada paso redujo el aire de la sala. Cuando estuvo a dos metros, Valentina tuvo que inclinar un poco la cabeza para sostenerle la mirada.

—¿Vienes a insultarme o a servir champagne?

—Depende de si va a devolver lo que robó.

Una ceja de Adrián se movió apenas.

—Qué directa.

—Qué cómodo hacerse el confundido.

Valentina miró la puerta. Él siguió su mirada.

—Puede intentar salir.

No era una amenaza. Sonó peor. Como si ya supiera que no iba a lograrlo.

La rabia le ganó al miedo.

—Usted le robó a mi marca una pieza de Oaxaca. Un textil hecho a mano que no se reemplaza con dinero ni con una disculpa de oficina. Vine por eso.

—Y aun así entró a mi sala.

—Fue un error administrativo.

—Fue una estupidez.

Valentina soltó una risa corta, sin humor.

—Qué rápido juzga.

—Qué rápido invade.

La frase la tocó donde no debía. Valentina dio un paso hacia él. El vestido rojo rozó sus piernas. La copa seguía intacta en su mano.

—Si su familia no tomara lo ajeno, yo no tendría que invadir nada.

Por primera vez, algo cambió en la mirada de Adrián. No sorpresa. Interés.

—¿Sabe con quién está hablando?

—Con un Castellán. Parece que eso debería asustarme mucho.

—Debería.

Valentina sintió cómo el corazón le golpeaba contra las costillas. Sí, debería. Ese hombre era más alto, más poderoso, más peligroso que cualquiera con quien hubiera negociado en su corta vida. Podía destruir a Juramento con una llamada. Podía hacer que los guardias la sacaran del edificio antes de que Mariana alcanzara a llamar a su abogado.

Pero Diego se había llevado sus textiles.

Y ella estaba cansada de sonreír para que hombres con apellido largo no se sintieran incómodos.

—Pues qué pena —dijo, y dejó la copa en la mesa sin mirar—. Hoy no traje miedo.

Adrián bajó los ojos a la copa. Luego a ella.

—Trajo imprudencia.

—Y vestido rojo. Funciona mejor.

La comisura de su boca se movió apenas. No fue una sonrisa, pero estuvo cerca de algo peor: diversión.

Valentina debió retroceder.

En lugar de eso, vio su corbata, impecable y oscura, y tuvo una idea pésima.

La tomó.

El silencio se partió.

Adrián bajó la mirada a los dedos de ella cerrados sobre su corbata. Valentina tiró con la fuerza justa para hacerlo inclinarse un poco. El aroma de él la alcanzó: whisky, madera, una colonia limpia y fría.

—Escúcheme bien, Castellán —dijo, usando el apellido como si fuera una cuerda—. Devuelva lo que robó. Y si cree que voy a salir de aquí llorando porque usted tiene cara de mandar a medio país, se equivoca.

Él no le apartó la mano.

—¿Siempre toca a hombres desconocidos para negociar?

—Solo a los que se esconden detrás de su apellido.

—Cuidado.

La palabra le rozó la piel.

Valentina sonrió antes de pensar. Una sonrisa de nervios, descaro y pura supervivencia.

—¿O qué? ¿También me va a robar algo?

Adrián alzó la mano. Valentina creyó que le quitaría los dedos de la corbata. En cambio, él tocó la peineta de plata que sujetaba su cabello.

Muy despacio.

El contacto fue mínimo, pero le erizó los brazos.

—Esto no combina con el vestido —murmuró.

Valentina se quedó helada.

—No lo toque.

—¿Es importante?

—Es mío.

—Eso no responde la pregunta.

—Era de mi abuela.

Algo oscuro pasó por los ojos de Adrián. Tan rápido que Valentina no supo si lo había imaginado.

—Entonces sí sabe cuidar lo que no tiene precio.

—Por eso estoy aquí.

Él inclinó la cabeza, todavía cerca.

—¿Y cuál era su plan? ¿Amenazar a Diego con una copa de champagne?

—No. Con mi encanto.

—Peligroso.

—Bastante.

La tensión cambió de forma. Seguía siendo miedo, pero ahora tenía calor. El tipo de calor que no debía existir frente a un hombre que podía arruinarla. Valentina soltó la corbata como si quemara, pero Adrián atrapó su muñeca antes de que se apartara.

No la apretó fuerte. No hizo falta.

—Entró sin permiso —dijo él.

—Usted me dejó quedarme.

—No confunda curiosidad con permiso.

—No confunda mi tamaño con docilidad.

Adrián bajó la vista a su boca. Un segundo. Dos.

Valentina sintió que la garganta se le secaba.

El teléfono de la mesa vibró.

Ninguno miró.

—¿Sabe qué es lo más gracioso? —dijo ella, porque si se callaba iba a notar demasiado su propia respiración—. Vine a decirle que era un cobarde, un ladrón y un niño rico sin talento.

—No pareces muy interesada en conservar tus huesos intactos.

—No pareces muy interesado en negar nada.

—Tal vez me divierte escucharte.

Valentina levantó el mentón.

—Prefiero salir contigo a ti.

La frase salió mal.

Ridícula.

Peligrosa.

Su intención había sido decir que prefería resolver el problema con él antes que perseguir a otro Castellán por todo El Mirador. Pero el silencio posterior le dejó claro que no había sonado así.

Adrián la miró.

Lento.

Como si la frase hubiera encendido algo que no estaba planeado.

El teléfono de la mesa volvió a vibrar.

Ninguno lo miró.

La muñeca de Valentina seguía entre sus dedos. Su pulgar descansaba sobre el punto exacto donde el pulso la delataba.

Entonces Adrián alzó la otra mano y volvió a tocar la peineta de plata.

No la arrancó.

Solo la miró.

Como si no fuera un adorno.

Como si la conociera.

1
Cliente anónimo
lenguaje diferente. pero impresionante.
excelente
Mar Sol
Muy bonita novela.
Gracias.
Mar Sol
Bonita novela, con un desarrollo diferente, reflexiva, con una buena redacción, con el cuidado de la ortografía, una historia que se recomienda leer.
Mar Sol
No se lo pusieron facil a Adrián, esa pedida de mano la va a recordar siempre como un triunfo.
Mar Sol
Al final Marcos resultó ser poco eficiente, no está preparado para esa misión, por la cuál se le contrató.
Mar Sol
Un gran equipo, liderado por Valentina, conformado por Lorenzo, Paloma, don Aurelio y reforzado con algunas opiniones de Adrián.
Mar Sol
Lorenzo vale oro, es un tiburón legal con colmillo.
Mar Sol
¡¡Hay Dios!! cuando Valentina decida reconocer que ama a Adrián, que él no tenga pretextos para hacerse del rogar.
Mar Sol
Quizas hay razón de la familia Serrano, en cuidar de Valentina, de sobra, ella a demostrado que sabe tratar a un hombre como Adrián o a él círculo de amistades que lo rodean, la verdad están siendo exageradamente sobreprotectores.
Mar Sol
Muy rispida la conversación entre Valentina y Adrián, pero se tenía que llevar a cabo.
Mar Sol
La señora Elena, da enseñanzas de vida, protege a Adrián con un gran cariño y sabe que Valentina es la indicada para él.
Mar Sol
Esa "competencia" entre Valentina y Daniela fue interesante, se definieron diferentes situaciones en las que quedó claro por que Valentina sobresale no sólo en lo laboral, si no en lo personal.
Mar Sol
Isabel y Valentina ya se conocían, me parece que cuando estuvieron en Valle de Bravo.
Mar Sol
Es lamentable que Daniela se haya hecho ilusiones con Adrián, ya son ocho años ¿todavía no se puede resignar? él no le ha dado muestra de querer algo con ella, así que no tiene por que tomar a mal que Valentina sea informada de por que se entrevista con Adrián.
Mar Sol
Que bueno que ya quedaron las cosas claras, Adrian lleva las de perder, por que Valentina no dió su brazo a torcer tan fácilmente.
Mar Sol
Muy acertado el comentario, que hace de Adrián, " La mano, que también aprieta."
Mar Sol
Es desastrosa esa relación entre Valentina y Adrián, por que, cuándo se enojan, sucede que todo se viene abajo para Juramento por que Capital Solaris, retiró apoyo, ¿no por eso hay un contrato? que falta de criterio el de Adrián, por que todos se enteran.
Mar Sol
Ahí va otra vez Adrian a actuar, como un niño berrinchudo por que no cedieron a sus peticiones.
Mar Sol
A Adrián se le olvida quien estuvo con él en cuanto necesitaba un abrazo, sin embargo, no olvida lo que hizo Valentina con el vídeo y con su teléfono y aún así quiere decirle a ella a quien ver o llamar.
Mar Sol
Me parecen exagerados don Roberto y Sebastian, por que con todo y que sean una familia unida, al final Valentina, sabe lo que hace, no es una niña, es joven, si, a demostrado ser un tiburón.
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