Callahan era el médico frío, el dios del sexo que no sentía amor... hasta que su cuerpo dejó de funcionar de repente. Una noche al llegar a casa escuchó una voz en la televisión que fue capaz de despertarlo. Esa voz era de un ¡HOMBRE!...
Sabastian es un actor famoso, joven e ingenuo. Espera encontrar el amor a primera vista.
El destino los reunió en el hospital.
Callahan al escuchar que alguien gritaba de dolor, volvió a reaccionar. Sebastián al verlo se enamoro a primera vista y lo persiguió.
Callahan juró que solo sería sexo, una cura, un experimento. Pero Sebastián llegó con la intención de conquistarlo y lo logró. Pasó de ser el dominante... al perrito faldero que suplica atención, que se pone celoso y que quiere gritarle al mundo entero que es suyo. De rompecorazones a esclavo de un solo hombre.
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Cp.1-¿Impotente a los 32?
Callahan era el médico frío, el dios del sexo que no sentía amor... hasta que su cuerpo dejó de funcionar de repente. Una noche al llegar a casa escuchó una voz en la televisión que fue capaz de despertarlo.
Sabastian es un actor famoso, joven e ingenuo. Espera encontrar el amor a primera vista.
El destino los reunió en el hospital.
Callahan al escuchar que alguien gritaba de dolor, volvió a reaccionar. Sebastián al verlo se enamoro a primera vista y lo persiguió.
Callahan juró que solo sería sexo, una cura, un experimento. Pero Sebastián llegó con la intención de conquistarlo y lo logró. Pasó de ser el dominante... al perrito faldero que suplica atención, que se pone celoso y que quiere gritarle al mundo entero que es suyo. De rompecorazones a esclavo de un solo hombre.
...★★★★★★★★★★★...
La puerta de la oficina, en el hospital se cerró tras Callahan. Eran pasadas las díez de la noche, y aunque había salvado tres vidas en el quirófano, él se sentía muerto por dentro. Condujo, hasta el bar de siempre. El lugar estaba lleno, se sentó en la barra y pidió whisky doble y sin hielo.Su amigo hoy estaba lejos.
No pasaron ni diez minutos cuando apareció la típica rubia de piernas largas con un escote generoso. El tipo de mujer que a Callahan le gusta devorar con la mirada y llevar a la cama antes de que termine la bebida, ya que era de su gusto. Se acercó, se presentó como Vanessa, y él ni siquiera se molestó en recordar su nombre.
—Se ve usted muy solo, doctor —le dijo, acercándose demasiado, rozando su mano sobre su muslo—. ¿Necesita compañía?.
Antes, esa pregunta le habría parecido el mejor regalo del mundo. Ahora solo le pareció... predecible, monótono. Pero asintió. Necesitaba probar algo. Necesitaba demostrarse que seguía siendo Callahan Blackwood, el médico intocable, el rompecorazones, el que hacía temblar a cualquiera en la cama, el que elige su presa fríamente.
—Vamos —le dijo, terminando su trago de un golpe— El hotel está a dos cuadras.
Ella sonrió triunfante, como si hubiera ganado un premio mayor. Aunque sabía que estar con Callahan era cuestión de una noche, pero aún así quería intentarlo. Quería ver si podía clavarse en su corazón.
Llegaron a la habitación. Apenas se cerró la puerta, ella se le echó encima, besándole el cuello, sus manos desabotonando su camisa con prisa. Quiso besar su boca, pero Callahan la detuvo.
—Sin besos en la boca.
—Mmm, está bien... eres aún más guapo de cerca —susurró contra su piel—. Vamos a pasarlo muy bien.
La empujo suavemente hacia la cama. Cayó sobre el colchón, levantando la falda y mirándolo con ojos de deseo. Callahan se quitó la camisa y se balanceó sobre ella. Sus manos tocaron su piel, recorrieron sus curvas, hizo todo lo que antes le hubiera vuelto loco. Recorría su cuerpo intentando encontrar esa chispa, esa excitación que siempre había estado ahí, lista y ansiosa... pero nada... ¡Absolutamente nada!.
Por más que se esforzaba, por más que ella gemía y se movía debajo de él, su cosa seguía flácida, inerte. Como si el interruptor hubiera sido cortado.
Ella abrió los ojos, confundida al sentir que no avanzaba. Lo miró entre sus piernas y luego le miró a la cara, con una mezcla de lástima y burla.
—¿Pasa algo? —preguntó, con voz dulce que de repente le pareció insoportablemente chillona—. ¿Estás nervioso o qué?.
—No —gruño, frustrado, intentando estimularse con la mano, luchando contra mi propia anatomía—. Solo... dame un segundo.
Pasaron cinco minutos. Diez. Callahan estaba sudando, no de placer, sino de pura humillación. Ella se cansó. Empujó su pecho para apartarlo y se sentó en la cama, arreglándose la ropa con cara de asco.
—¡Ay, por Dios! —exclamó, soltando una risa seca y cruel—. ¡Pero qué decepción! Me dijeron que tú eras el mejor en la cama, el que hacía gritar a todas... y resulta que todo era pura mentira.
Callahan sentía la sangre hervir en las venas. Se puso de pie, cubriéndose con la sábana, sintiendo cómo su orgullo se hacía pedazos en el suelo.
—No es lo que tú crees —le dijo, con voz áspera—. Ha sido un día largo, estoy cansado.
Ella lo miró de arriba abajo, con una sonrisa de superioridad.
—¡Ah, claro! La excusa de siempre —se acercó a él, bajando la voz con veneno—. La realidad, cariño, es que simplemente no tienes con qué. O peor aún... que yo no te gusto lo suficiente para que se te ponga dura.
—¡Eso es mentira! —grito, golpeando la pared con el puño—. ¡El problema eres tú! ¡Tú no provocas nada en mí! ¡No eres nada especial! ¡Eres solo una mujer más, estúpida y aburrida!.
Ella se rio en su cara, y ese sonido fue peor que cualquier insulto.
—¡Ay, pobrecito! —se burló—. Te consuelas diciendo que soy yo, pero tú y yo sabemos la verdad: Te estás quedando inútil, guapo. Ya no sirves para lo único que presumías hacer.
Y entonces, levantó la mano.
¡Plaf!
Una bofetada sonora y fuerte estalló en su mejilla, dejándole la piel ardiendo y la marca de sus dedos.
—Perdedor —escupió, tomó su bolso y caminó hacia la puerta—. Que tengas una noche solitaria, doctor. Te hace falta.
La puerta se cerró de golpe.
Callahan se quedó ahí, parado en medio de la habitación, desnudo, humillado y furioso. Quiso romper todo, destrozar el cuarto, pero lo único que hizo fue vestirse a toda prisa y salir de ese maldito hotel como un ladrón en la noche.
Llegó a su casa, la mansión que parecía más una tumba que un hogar. Se dejó caer pesadamente en el sofá de la sala, frotándose la cara con las manos. Se sentía sucio, asqueado... roto.
—¿Qué me está pasando? — susurró—. ¿Me estoy volviendo impotente? ¿Se acabó mi vida sexual a los 32 años?. Callahan estaba muy asustado.