Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 10: EL REINO DE LAS ILUSIONES
Ya no podíamos quedarnos ni un día más en el almacén. Después de que clavaran carne podrida con el símbolo de GenEvolution en la puerta y de que el T‑Rex Alfa permaneciera inmóvil más de tres horas y media a solo doce metros, mirando directo al centro del edificio como si pudiera atravesar el hormigón con la mirada, sabíamos con total certeza que él conocía cada rincón, cada hora de sueño, cada ruido mínimo que hacíamos. Quedarse allí era solo esperar sentados a que decidiera entrar de una vez. Así que al amanecer del día catorce atrapados, recogimos lo poco que nos quedaba —mochilas rotas, agua racionada, comida escasa, palos y trozos de acero como armas, y sobre todos los teléfonos móviles que aún guardábamos por el resto más mínimo de esperanza— y nos atamos unos a otros con una cuerda gruesa encontrada entre escombros, para que nadie se separara ni por un instante.
Apenas diez pasos fuera, todos metimos la mano al bolsillo al mismo tiempo, sacamos los aparatos, los encendimos y levantamos el brazo todo lo alto que pudimos, moviéndolos en círculos, activando y desactivando el modo avión, buscando red manualmente una y otra vez.
**NINGUNA SEÑAL**.
Ni una sola barra, ni nombre de operadora, ni siquiera la leyenda de llamadas de emergencia. Solo el círculo girando infinitamente y el mensaje: *Sin servicio*. Por el altavoz salía siempre esa estática aguda, blanca y cortante que dolía directo en los tímpanos. Ramón, el empleado más antiguo con doce años en la isla, guardó el suyo apagando la pantalla con fuerza y negó con la cabeza, como quien repite una verdad mil veces dicha:
—No lo intentéis más, por favor. Solo gastáis batería y tiempo. GenEvolution colocó emisoras por todo el perímetro, bajo tierra y en las cimas. Generan una cúpula electromagnética de cien kilómetros de radio. **Nada inalámbrico entra, nada inalámbrico sale**: ni móviles, ni radios comunes, ni GPS, nada. Se construyó desde el principio para que quien entrara, jamás pudiera pedir auxilio ni ser hallado. Es una prisión hecha de ondas invisibles.
Caminamos hacia el corazón más profundo de la selva, rumbo al bosque de siempreverdes: la zona más cerrada, húmeda y oscura de toda la isla, donde la luz del sol casi nunca lograba traspasar el techo de hojas. A medida que avanzábamos, la claridad se fue apagando hasta quedar solo una penumbra verdiazul, fría y pegajosa en la piel, como si camináramos sumergidos y no bajo árboles. El silencio allí era distinto: espeso, denso, como si el propio aire se tragara los sonidos antes de viajar lejos. Bruno fue el primero en frotarse los ojos con fuerza y detenerse en seco:
—Oye… ¿lo veis también o solo me pasa a mí? Allá entre los troncos hay luces. Colores: verdes, morados, naranjas… que se mueven muy despacio.
Antes de que pudiéramos responder, salieron de entre la vegetación delgada y alta. Eran los **DILOPHOSAURUS ILUSORIOS**.
Comparados con el T‑Rex de quince metros o el Spinosaurus de veinte, parecían pequeños y casi inofensivos: cuatro o cinco metros de largo, cuerpos delgados, ágiles, patas veloces y una gran gola de piel alrededor del cuello que abrían y cerraban a modo de abanico lleno de colores vivos y brillantes. Pero su tamaño era lo único inofensivo. Su terror era único, mucho más cruel y desgarrador que cualquier diente o garra gigante: **ESCUPÍAN UN ÁCIDO CORROSIVO QUE QUEMABA CARNE, MÚSCULO Y HUESO AL INSTANTE Y PODÍA DEJAR CIEGO PARA SIEMPRE DE UN SOLO GOLPE; ADEMÁS, EMITÍAN LUCES ESTROBOSCÓPICAS Y FRECUENCIAS DE SONIDO QUE ENTRABAN DIRECTO AL CEREBRO Y TE HACÍAN VER, OÍR Y SENTIR EXACTAMENTE LO QUE MÁS TEMÍAS EN EL MUNDO**. No necesitaban correr ni saltar ni luchar a la fuerza. Bastaba con encender las luces y el zumbido, y la presa caminaba por voluntad propia directo a sus fauces abiertas.
En un instante todo cambió a nuestro alrededor sin movernos ni un centímetro. Bruno cayó de rodillas en el barro negro gritando desgarradoramente que veía muerta a toda su familia frente a él, que todo había sido su culpa y que debía morir con ellos. Álex se soltó de un tirón la cuerda que nos unía y corrió en círculos riendo y llorando a la vez, diciendo que todo era un sueño muy largo, que en cualquier momento despertaría en su cama y nada habría pasado. Mia se tapó fuerte los oídos y se agachó temblando por todo el cuerpo, oyendo voces que solo ella percibía repitiendo que todos morirían por su culpa, que sobraba, que no servía para nada. Incluso Leo golpeaba el aire con su palo gritando nombres de gente que ya no estaba, y Ramón y Marcos cayeron de rodillas totalmente desorientados, sin recordar ya ni dónde estaban ni cómo se llamaban.
Más lejos, entre las sombras gruesas, vimos a dos chicos más, supervivientes hallados apenas unas horas antes y que se habían separado un momento para beber agua. Uno sonrió con total calma y caminó lento, paso a paso, directo a la gola llena de colores de uno de los animales, diciendo bajito que veía el barco blanco y brillante del rescate, que por fin todo había terminado. El otro, con la cara ya quemada y ennegrecida por el ácido y completamente ciego, se arrancaba los ojos a golpes y uñas entre gritos de dolor, creyendo firmemente que se quitaba gusanos enormes que se lo comían vivos por dentro. No pudimos hacer absolutamente nada por ninguno de los dos. Se los llevaron frente a nuestros ojos, y nosotros casi ni podíamos movernos por la confusión y el dolor punzante dentro del cráneo.
Yo también sentí el zumbido fuerte entrando por los oídos y las imágenes horribles queriendo apoderarse de mí. Pero mi mente funcionaba distinta: descompuse cada luz en una frecuencia numérica, cada sonido en una longitud de onda, cada patrón en una ecuación muda, y así, con un esfuerzo sobrehumano que me hizo doler toda la frente y gotear sudor frío por todo el cuerpo, logré mantener la cordura a flote. Cerré los ojos con toda mi fuerza y grité con los pulmones al máximo:
—¡¡CIERREN LOS OJOS DE UNA VEZ, NO LOS ABRAN POR NADA DEL MUNDO, TÁPENSE BIEN LOS OÍDOS Y AGÁRRENSE CON FUERZA A LA CUERDA, SOLO HACED CASO A MI VOZ Y A NINGUNA OTRA, NI SIQUIERA A LA VUESTRA PROPIA!!
Uno por uno obedecieron poco a poco, temblando, llorando, rotos por dentro. Los fui guiando metro a metro muy despacio, contando en voz alta sin parar, calculando la posición exacta de cada animal solo por el eco y el calor que irradiaban, desviándonos siempre justo a tiempo antes de que escupieran o saltaran. Caminamos así, completamente ciegos y sordos a todo lo que no fuera mi voz, más de dos kilómetros enteros, mientras las luces danzaban por todas partes y gritos falsos nos llamaban por nuestro nombre desde cualquier dirección. Cuando por fin salimos de aquel bosque maldito y la luz pálida y gris del sol nos volvió a golpear la piel de golpe, nos dejamos caer todos juntos al suelo húmedo, agotados hasta la médula, sin fuerzas ni siquiera para terminar de llorar. Los dilofosaurios no nos siguieron ni un metro más allá del límite de su territorio. Allí dentro eran los amos absolutos, y no necesitaban salir para nada.
Pasó mucho, mucho tiempo sin que nadie pronunciara ni una sílaba. Entonces vi a Álex levantarse muy lento del barro, temblando por todas partes, la ropa hecha jirones, la cara llena de lodo y lágrimas secas hacía rato. Caminó sin prisa hasta donde yo estaba sentado recuperando el aliento, y durante largo rato se quedó mirando siempre el suelo. Cuando alzó la cara, ya no quedaba ni rastro del chico arrogante, gritón, celoso y orgulloso que conocí el primer día de instituto. Tenía la mirada rota, humilde, limpia y totalmente sincera. Se agachó a mi altura y habló muy quedo, solo para mí, con la voz hecha añicos por el remordimiento:
—Dan… tenías razón. En absolutamente todo. Desde antes de subir al barco, desde el primer momento, antes de que pasara nada malo… tú ya lo sabías. Y yo en cambio solo pasé días gritando, acusándote de cosas horribles, odiándote sin motivo, solo por orgullo estúpido y miedo a admitir que tú ves y entiendes las cosas mucho mejor y mucho antes que nadie. Perdóname. De verdad. Perdóname por todo lo que dije, por las peleas, por haberte levantado la mano, por dudar siempre. Me avergüenzo mucho de cómo actué.
No le contesté nada en ese instante. Solo le di un golpe suave y ligero en el hombro con el puño cerrado y asentí muy despacio. No podía decirle la verdad completa: que no era adivinanza, ni magia, ni suerte. Simplemente mi mente ve, calcula, descompone y comprende todo mil veces más rápido y profundo que la de cualquier otro ser humano, y eso seguía siendo el secreto que aún no me atrevía a revelar a nadie.
Esa noche, alrededor de un fuego diminuto, muy protegido entre rocas y troncos gruesos para que ni luz ni humo se vieran desde lejos, todos entendimos y dijimos por fin en voz alta lo que cada uno callaba en el fondo hacía muchísimos días: **nadie vendría a buscarnos. Si nos salvábamos de algún modo, sería solo y exclusivamente por lo que hiciéramos con nuestras propias manos**.
Uno por uno fuimos apagando los teléfonos del todo y los guardamos muy al fondo de las mochilas. Ya no eran más que trozos inútiles de metal, plástico y cristal, meros recuerdos de una vida que cada día se sentía más lejana, como si perteneciera a otro siglo y no a solo catorce días atrás.
saludos.