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Siento lo que sientes

Siento lo que sientes

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:9k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**

Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.

Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.

Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.

Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.

El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.

Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.

**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Cap 1: El primer día

Valentina Reyes Mora llevaba cuarenta y siete minutos en el metro y todavía no conseguía decidir si la blusa le quedaba demasiado formal o demasiado corriente. Se la había comprado en Coppel con tres pagos sin intereses —la única prenda nueva de su clóset que no olía a suavizante genérico— y ahora, apretujada entre un señor que leía La Prensa y una chica con audífonos enormes, se arrepentía de no haber elegido la otra, la azul marino, la que no tenía ese botón que amenazaba con soltarse cada vez que respiraba hondo.

Su smartband vibró. "Frecuencia cardíaca elevada: 98 lpm."

"Ya sé", pensó, apretando la muñeca contra el muslo para ahogar la vibración. "¿Y qué quieres que haga? ¿Que deje de tener corazón?"

Sacó el celular por enésima vez y abrió el correo. Ahí seguía: la oferta de empleo de Grupo Austral, firmada por el área de Recursos Humanos, con su nombre completo y su CURP correctos. Tres veces lo había verificado antes de aceptar. Tres, porque Valentina Reyes Mora no era el tipo de persona a la que le caían ofertas de trabajo del cielo.

Ella nunca había enviado su currículum a Grupo Austral. Ni siquiera sabía que existía hasta que el correo apareció en su bandeja de entrada un martes a las 6:14 de la mañana, como si alguien hubiera decidido por ella que ese era el momento exacto para cambiarle la vida.

"Seguro es phishing", le había dicho a Camila por WhatsApp. "Seguro me van a vaciar la cuenta." Camila le respondió con un audio de cuarenta segundos riéndose. "Val, ¿qué cuenta? ¿La de mil ochocientos pesos?"

Tenía razón. No había nada que vaciar.

El metro frenó en Buenavista y Valentina subió las escaleras a toda velocidad. Faltaban cuarenta minutos para su hora de entrada, pero ella llevaba despierta desde las cuatro cincuenta y había salido de Ecatepec cuando el cielo todavía estaba gris. Mejor llegar una hora antes que un minuto tarde. Un minuto tarde y la corren. La corren y no paga la renta. No paga la renta y Doña Carmen le cambia la cerradura. Le cambia la cerradura y termina durmiendo en una banca del Zócalo con una cobija de Hello Kitty.

La smartband vibró de nuevo. 103 lpm.

"Cállate", le suplicó mentalmente.

Torre Austral se levantaba como una lámina de vidrio negro en medio de Paseo de la Reforma. Valentina se detuvo frente a la entrada y tragó saliva. El vestíbulo era del tamaño de su departamento entero multiplicado por diez: piso de mármol gris, una recepción de madera oscura que parecía el mostrador de un hotel de lujo, y un guardia de seguridad que la miró como si le estuviera tomando una radiografía.

—Buenos días —dijo, y la voz le salió demasiado aguda—. Soy nueva. Valentina Reyes Mora. Área creativa.

El guardia revisó una lista, le entregó una tarjeta temporal y señaló hacia la izquierda.

—Elevadores generales al fondo, señorita. Piso veinticinco.

Valentina caminó en la dirección indicada. A mitad del vestíbulo, a su derecha, un elevador abrió las puertas con un zumbido suave. Estaba vacío, iluminado con luz cálida, y un letrero pequeño junto al marco decía "Solo personal autorizado". Pero el letrero quedaba medio oculto detrás de un arreglo de orquídeas que alguien había colocado sobre una mesita lateral, y Valentina, que estaba demasiado ocupada revisando que el botón de la blusa seguía en su lugar, no lo vio.

Entró.

Marcó 25 y se recargó contra la pared del fondo. El elevador olía a cuero y a algo metálico, como una tienda de relojes. Exhaló. "Vas a estar bien. Es solo un trabajo. La gente trabaja todos los días y no se muere. Bueno, algunos sí, pero por otras razones. Concéntrate, Valentina."

Las puertas estaban cerrándose cuando una mano las detuvo.

El hombre que entró medía por lo menos un metro ochenta y cinco. Abrigo negro largo, zapatos que reflejaban la luz del techo, mandíbula que parecía tallada con un instrumento de precisión. Se plantó frente al panel de botones sin mirarla. No dijo buenos días. No dijo nada.

Valentina dejó de respirar.

Él extendió el dedo hacia el 25 —que ya estaba encendido— al mismo tiempo que ella, por puro reflejo nervioso, levantó la mano para asegurarse de que su piso seguía marcado.

Sus dedos se rozaron sobre el botón.

Un chasquido seco. Un arco de luz azul —diminuto, brevísimo, visible— saltó entre la yema de su índice y la de él. La smartband de Valentina se sacudió en su muñeca como si hubiera recibido una descarga. El estómago se le contrajo de golpe.

—¡Perdón! —Se apartó de un salto, chocando contra la pared trasera—. Lo siento, lo siento mucho, fue la estática, el clima, la alfombra, no sé...

El hombre giró la cabeza un centímetro. Ojos oscuros, inexpresivos, como dos ventanas que daban a una habitación vacía.

—No pasa nada —dijo, con una voz tan plana que podría haber estado leyendo el pronóstico del tiempo.

Las puertas se abrieron en el piso veinticinco. El hombre salió primero, giró a la izquierda por un pasillo de paredes de cristal y desapareció sin mirar atrás. Valentina salió después, giró a la derecha siguiendo los letreros hacia "Área Creativa", y se juró a sí misma que jamás volvería a tocar un elevador que no le correspondía.

"Primer día y ya electrocuté a un directivo. Me van a correr. Me van a correr y voy a tener que vender chicles en el semáforo de Insurgentes."

La smartband seguía vibrando. Ya ni la miró.

---

Santiago Montero Castellanos cerró la puerta de su oficina y se quedó de pie junto al escritorio. Algo estaba mal.

Desde la punta de los dedos de la mano derecha le subía un hormigueo tenue, como el residuo de una corriente eléctrica que se negaba a disiparse. Flexionó los dedos. Nada visible. Abrió la app de salud en su Apple Watch: frecuencia cardíaca, 89 lpm. Ligeramente elevada para estar en reposo, pero dentro de los parámetros.

Se sentó. Abrió el expediente del cliente de las diez. Leyó tres líneas y se detuvo.

Un nudo en la garganta. No dolor —algo más difuso, como si un puño invisible le apretara la tráquea desde dentro. Y debajo de eso, una inquietud sin nombre: la sensación de que algo terrible estaba a punto de pasar, aunque no había ningún motivo racional para pensarlo.

Santiago miró la ventana. La Ciudad de México se extendía hasta el horizonte, gris y plana bajo la bruma de la mañana. Todo en orden. Ninguna amenaza.

Su Apple Watch vibró. "Frecuencia cardíaca en reposo elevada: 115 lpm."

Apretó la mandíbula. 115 no era normal.

A las diez entró el cliente con su equipo. Santiago se puso de pie, estrechó manos, ofreció café. Todo automático —llevaba quince años haciendo esto, podía dirigir una reunión con los ojos cerrados. Pero a los veinte minutos su camisa estaba húmeda bajo el saco y las yemas de los dedos le hormigueaban contra la superficie de la mesa de juntas.

—¿Se encuentra bien, licenciado? —preguntó el cliente, mirándole la frente.

—Perfectamente —respondió Santiago, y su voz sonó exactamente como siempre: controlada, precisa, sin fisuras.

Terminó la reunión. Acompañó al cliente al elevador. Cerró la puerta de la sala de juntas, caminó hasta su oficina y se dejó caer en el sofá de cuero que nunca usaba.

El Apple Watch: 128 lpm. Tres notificaciones consecutivas en rojo.

Se quedó mirando la pantalla. Nerviosismo. Vergüenza. Miedo. Las palabras aparecieron en su cabeza como etiquetas clínicas, y por un instante casi pudo catalogarlas —pero no eran suyas. Santiago Montero Castellanos no sentía nerviosismo. No sentía vergüenza. No sentía miedo. No sentía nada. No había sentido nada en casi veinte años.

Y sin embargo, ahí estaban: emociones ajenas ocupando su cuerpo como inquilinos que hubieran entrado sin tocar la puerta.

Se quitó el reloj. Lo dejó boca abajo sobre el cojín. Se aflojó el nudo de la corbata y se pasó ambas manos por la cara.

—¿Nervioso? —murmuró para sí mismo, mirando el techo—. ¿Yo?

La pantalla del reloj, boca abajo, seguía iluminándose en rojo. Y su mano derecha —la que había tocado aquel botón en el elevador— no dejaba de temblar.

Pero no era su mano la que temblaba.

Era alguien, en algún lugar de ese mismo edificio, temblando por él.

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Lau
interesante 🤭 comenzando
Graciela Pinto Caetano
esperaba otro final!!!
Tere Bru
novela tan larga ,para un final así !! desilusión total 😔
Milo Mosquera
Muy linda.
Milo Mosquera
😍😍😍😍
Stella Vega
??? Y ???
Stella Vega
????Y ??
engerling marrugo arroyo
😭 y el final 😭😭
Viviana Gonzalez
Estimada Escritora, muchas gracias, por una historia Fascinante, Extraordinario, me encantó pero siento que faltaron los besos, más vida de ellos como pareja,
Is Cantil
Jajaja pobre, no sabe porque comió ese taquito 🤣🤣
Karen Bel
que paso aquí? así termina 😢
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