Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 20: El último regalo
Los días después del funeral fueron un desierto.
Me levantaba cada mañana sin ganas de levantarme. Me vestía sin ganas de vestirme. Comía sin ganas de comer. Todo era un ritual vacío, una coreografía de movimientos que no significaban nada.
Mi madre me miraba con preocupación, pero no decía nada. Sabía que necesitaba tiempo. Sabía que el dolor no se curaba con palabras.
—¿Quieres que te acompañe al hospital? —me preguntó una mañana, mientras desayunábamos en silencio.
—No.
—¿Quieres ir a la biblioteca?
—No.
—¿Quieres hacer algo?
—No.
Dejó la taza de café sobre la mesa y me tomó la mano.
—Valeria, sé que duele. —Su voz era suave, pero firme. —Pero no puedes quedarte encerrada en casa para siempre.
—¿Por qué no?
—Porque él no lo habría querido.
Su nombre me golpeó en el pecho como una puñalada. Cerré los ojos y sentí cómo las lágrimas empezaban a acumularse detrás de los párpados.
—Lo sé —susurré. —Lo sé, mamá. Pero no sé cómo seguir.
—No tienes que saberlo ahora. —Apretó mi mano. —Solo tienes que intentarlo. Un día a la vez.
—¿Y si no puedo?
—Puedes. —Sonrió. —Eres más fuerte de lo que crees.
No le respondí. No tenía fuerzas para discutir. Pero supe que tenía razón. No podía quedarme encerrada para siempre. Tenía que seguir adelante. Tenía que vivir.
Por él.
Por nosotros.
Por todo lo que habíamos compartido.
Esa tarde, decidí salir de casa.
No fui al hospital. No fui a la biblioteca. Fui a su casa.
Llamé a la puerta con el corazón latiéndome con fuerza. Elena abrió al cabo de unos segundos, y su rostro se iluminó al verme.
—Valeria —dijo, abrazándome con fuerza. —Pasa, pasa.
Entré en la casa. Todo estaba igual. El olor a galletas, la música clásica, los mandalas en las paredes. Pero algo faltaba. Su presencia. Su risa. Su voz.
—He venido a recoger mis cosas —dije, con la voz temblorosa. —Las que dejé cuando...
—Lo sé. —Elena me guió hacia el salón. —He preparado una caja con todo lo que dejaste. Pero antes, quiero darte algo.
—¿Qué?
—Algo que Nicolás quería que tuvieras.
Sacó un sobre de su bolsillo y me lo entregó. Era un sobre de papel reciclado, con una pequeña flor dibujada en la esquina. Mi nombre estaba escrito en la parte delantera, con esa letra temblorosa que tanto conocía.
—Me lo dio la noche antes de que empeorara —dijo Elena, con los ojos brillantes. —Me pidió que te lo entregara cuando estuvieras lista.
—¿Y cómo sabe ella cuándo voy a estarlo?
—Porque me dijo que tú lo sabrías.
Abrí el sobre con manos temblorosas. Dentro había una carta y un mandala. El mandala era el más perfecto que había visto. Un círculo de colores vivos, con formas geométricas que se entrelazaban en un patrón infinito. En el centro, había un pequeño corazón dibujado con tinta roja.
Y la carta...
La carta era su despedida.
"Querida Valeria:
Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy aquí. Lo siento. No quería irme tan pronto, pero el destino ha decidido que mi tiempo se acababa. Y aunque me duele no poder estar a tu lado, me consuela saber que estás viva, que estás aquí, que vas a seguir adelante.
Quiero darte las gracias. Gracias por todo. Por los libros, por los mandalas, por el mar. Gracias por enseñarme a vivir, por enseñarme a amar, por enseñarme que la vida, aunque sea corta, merece la pena.
Y ahora, quiero pedirte una cosa más. No dejes de sonreír. No dejes de leer. No dejes de amar. Porque el amor es lo único que nos queda cuando todo lo demás se va.
Yo te querré siempre. Desde donde esté, te querré. Y te esperaré. Pero no tengas prisa. Vive. Disfruta. Ama. Y cuando llegue el momento, nos encontraremos de nuevo.
Te quiero, Valeria. Siempre.
Nicolás"
Las lágrimas rodaron por mis mejillas mientras leía la carta. Una, dos, muchas. No podía parar. Pero esta vez, no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de amor.
—¿Estás bien? —preguntó Elena, con la voz preocupada.
—Sí. —Sonreí, con una sonrisa temblorosa. —Por primera vez en mucho tiempo, estoy bien.
—¿Por qué?
—Porque él está conmigo. —Apreté la carta contra mi pecho. —Siempre lo estará.
Elena me abrazó, y nos quedamos así, abrazadas, compartiendo el dolor y la esperanza.
Cuando salí de su casa, el sol empezaba a ponerse. El cielo se teñía de naranja y rosa, como un mandala gigante pintado por el universo.
Y supe que Nicolás estaba allí.
En cada atardecer. En cada libro. En cada mandala.
Y que mientras yo viviera, él viviría en mí.