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Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:15.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Clara Serrano juró que nunca volvería a caer por Adrián Fuentes.
Un año atrás, él le rompió el corazón, la dejó con una mentira clavada en el pecho y desapareció justo cuando ella más necesitaba una explicación.
Ahora Clara sólo quiere trabajar, cuidar a su madre y mantenerse lejos de los hombres peligrosamente guapos.
Pero el destino tiene pésimo sentido del humor.
En una consulta médica, vuelve a encontrarse con Adrián: el mismo rostro que no pudo olvidar, la misma voz que todavía le eriza la piel... y ahora también el poderoso CEO capaz de comprar medio mundo con tal de acercarse a ella.
Clara intenta huir.
Adrián no piensa soltarla.
Para protegerse y resolver sus propios problemas, Clara acepta firmar un contrato con él: un año juntos, beneficios claros y nada de enamorarse.
Pero Adrián no quiere una novia por contrato.
Quiere a Clara.
La que lo odia, lo provoca, lo reta y todavía tiembla cuando él la besa.
Entre celos, secretos, dinero, deseo y una verdad que ninguno de los dos ha terminado de confesar, Clara tendrá que decidir si Adrián Fuentes es el error más caro de su vida...
O el único hombre que siempre estuvo dispuesto a perderlo todo por ella.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5

Lidia se puso roja, luego pálida, luego otra vez roja.

Quiso responder.

No encontró cómo.

Rogelio Zárate, en cambio, no soportó más.

—Clara, ¿qué estás diciendo? Ella es tu madre.

Madre.

Esa palabra, en su boca, me dio risa.

—Qué raro. Yo había escuchado que una madre podía tener varias hijas, no que una hija tuviera dos madres.

Incliné la cabeza.

—¿Qué pasó? ¿Me dividí dentro del vientre y una parte terminó saliendo de ella?

Lidia apretó los labios.

Rogelio se puso morado.

Yo seguí, tranquila:

—Además, si el señor Vargas necesita compañía, tú tampoco estás tan mal, Lidia. Y Rogelio... bueno, estás gordito, pero quién sabe. A lo mejor a Vargas le gusta lo variado.

Sonreí.

—Podrían ir los dos. Algo de tres personas. Más creativo.

El resultado quizá no podía cambiarlo todavía.

Pero el proceso sí.

Si iba a tener que aguantar amenazas, al menos iba a disfrutar viendo sus caras retorcerse.

—¿Te escuchas? —rugió Rogelio—. ¿Sabes lo que estás diciendo?

—Sí. Los estoy promocionando.

Los miré de arriba abajo.

—Aunque admito que el producto está medio difícil.

Rogelio se llevó una mano al pecho, como si de verdad fuera a darle algo.

Ojalá.

Lidia, que normalmente intentaba jugar a la mujer dulce, ahora ni siquiera se atrevía a hablar. No era la primera vez que se enfrentaba a mí. Siempre salía mal parada.

Conmigo no le funcionaba la sonrisa de señora sufrida.

Rogelio estaba atrapado entre su rabia y su incapacidad de ganarme con palabras.

Entonces Lidia le tocó el brazo.

Los dos se miraron.

Vi en sus ojos el mismo cálculo sucio.

Rogelio carraspeó.

—Clara, si mal no recuerdo, tu mamá sigue en el hospital.

Ahí estaba.

Mi punto débil.

Mi mamá estaba enferma y no podía moverla. Ni siquiera podía sacarla de la ciudad para esconderla de ellos.

Solté una risa fría.

—¿Además de amenazar, saben hacer algo?

A Rogelio no le importaba si el método era bajo. Sólo le importaba que funcionara.

Al sentir que por fin tenía algo contra mí, se acomodó con más seguridad en el sofá.

—Mira nada más. Yo no quería usar ese tema, pero tú insistes en llevarme la contra.

Su voz se volvió insoportablemente satisfecha.

—De todos modos vas a aceptar. ¿Para qué perder el tiempo insultándonos?

Para él todo era simple.

Una hija que no crió.

Una empresa que se caía.

Un hombre asqueroso dispuesto a pagar con favores.

Y mi cuerpo en medio, como moneda.

—Sí tiene sentido —dije—. Verlos ponerse verdes y rojos me mejora el día.

Rogelio volvió a tensarse.

Cada vez que se mencionaba a mi mamá, algo en él se torcía. Yo sabía por qué. Aquel día de lluvia, antes de que nos echara, mi mamá lo miró con unos ojos tan duros que durante años él no quiso volver a escuchar su nombre.

La culpa, cuando no se acepta, se disfraza de superstición.

Lidia notó su incomodidad y le acarició la espalda.

—Hoy a las ocho —dijo ella—. El señor Vargas te espera en el hotel.

El señor Vargas.

Si recordaba bien, ese hombre no era más que un trepador que había construido todo sobre la familia de su esposa.

Y su esposa seguía viva.

Perfecto.

Tal vez podía negociar tiempo.

Tal vez podía usar sus propias pruebas.

Tal vez podía hacer que el señor Vargas entendiera que acostarse con la hija equivocada podía costarle más caro que salvar al Grupo Zárate.

No les dije nada.

Sólo memoricé la hora.

En Grupo Fuentes, el asistente de Adrián llegó con novedades.

—Señor, la familia Zárate hizo una cita con el señor Vargas. Parece que esta noche le van a mandar una hija.

La mano de Adrián se detuvo sobre el documento.

—¿Cuál hija?

El asistente recordó la dirección.

La misma donde su jefe había pasado media noche congelándose.

Se le secó la garganta.

—Creo que... Clara Serrano.

Luego preguntó con cuidado:

—¿Quiere que lo detengamos?

Adrián no respondió de inmediato.

Pensó.

Demasiado.

—No hace falta.

El asistente abrió los ojos.

¿No hacía falta?

¿Había entendido mal?

—Pero si el Grupo Zárate consigue ayuda del señor Vargas...

Adrián cerró la carpeta de golpe.

El sonido hizo que el asistente diera un brinco.

—¿Señor Vargas? —dijo Adrián, con desprecio—. ¿Ese objeto se atreve a llamarse señor?

El asistente se tocó el pecho.

Seguía vivo.

Bien.

—Exacto, señor. No tiene talento, depende de la familia de su esposa y todavía se cree importante.

—Sal.

La voz de Adrián se suavizó apenas.

El asistente supo que, por una vez, había dicho lo correcto.

Cuando se quedó solo, Adrián tomó el celular.

Abrió el chat fijado de Clara.

El último mensaje de ella seguía ahí, como una cuchillada vieja.

Terminamos.

Clara nunca lo había bloqueado.

Durante mucho tiempo, Adrián se aferró a ese detalle como un idiota.

Pensó que quizá no lo había olvidado.

Que quizá todavía quedaba algo.

Ahora...

Ahora no estaba tan seguro de nada.

Escribió:

Escuché que tu padre, ese descarado, quiere mandarte con Vargas.

Luego agregó:

Dime que me necesitas y te ayudo.

Esperó.

Nada.

Frunció el ceño.

Cerró WhatsApp.

Lo abrió de nuevo.

Nada.

¿Habría cambiado de número?

Entró a sus estados.

La última publicación visible era de hacía un año.

Adrián se quedó mirando la pantalla.

Después marcó otro número.

—Ven a Grupo Fuentes.

Cinco palabras.

Sin explicación.

Poco después, Iván Ríos entró a la oficina con cubrebocas, lentes oscuros y gorra.

Parecía alguien escapando de una deuda.

Adrián lo miró.

—¿Por qué vienes así? ¿No puedes mostrar la cara?

Iván apretó los puños.

La cara.

Su hermosa cara.

La obra maestra que Adrián había mandado destruir temporalmente por celos.

—Quítate eso —ordenó Adrián—. Quiero ver.

Iván soltó una risa sin alegría, pero obedeció.

Primero el cubrebocas.

Luego los lentes.

Luego la gorra.

Su rostro quedó expuesto.

Donde antes había piel cuidada y gesto de niño rico, ahora había hinchazones, manchas, bultos falsos y una textura tan desastrosa que parecía castigo divino.

Adrián lo observó.

Llegó a una conclusión sencilla:

horrible.

Perfecto.

—¿Tienes el WhatsApp de Clara?

Iván supo de inmediato de quién hablaba.

—Sí.

—Dame tu celular.

Iván se lo entregó con dolor.

Era nuevo.

Edición limitada.

No estaba hecho para sufrir en manos de un hombre celoso.

Adrián abrió el chat de Clara desde el teléfono de Iván y comparó el perfil.

Era el mismo número.

Entonces, ¿por qué no le contestaba a él?

Sin pensarlo demasiado, escribió desde el celular de Iván:

¿Qué haces?

La respuesta llegó casi de inmediato.

¿? ¿Necesitas algo?

Adrián se quedó inmóvil.

Por un segundo se sintió como un payaso.

No.

Se negó a creerlo.

Tomó su propio celular y escribió:

¿Necesitas ayuda?

Pasó un minuto.

Diez.

Nada.

Volvió al teléfono de Iván.

¿Tienes tiempo ahora? Hablemos de lo nuestro.

Clara contestó:

Sí. ¿Dónde?

Iván sintió una mirada clavándosele en la cara.

Una mirada mala.

Muy mala.

Adrián escribió con tanta fuerza que las uñas casi golpeaban la pantalla.

Iván vio su funda de edición limitada y no pudo soportarlo.

—Señor Fuentes, ¿puede hacerlo con cuidado?

Adrián no lo oyó.

Estaba demasiado ocupado sintiendo cómo su dignidad se volvía polvo.

Cuando terminó, aventó el celular sobre el escritorio.

Iván lo agarró como quien rescata a un bebé de una caída.

Adrián dijo:

—Ve al lugar que le indiqué. Si sale bien, te repongo el celular.

Los ojos de Iván se iluminaron.

—¿De verdad?

—Al llegar, me llamas. Y no cuelgas.

Iván ya iba a salir cuando vio su reflejo en el cristal.

—Señor Fuentes...

—¿Qué?

—¿Cuándo puedo quitarme esto de la cara?

Adrián seguía mirando el teléfono.

—¿Quieres quitártelo pronto?

—Sí. Claro que sí.

¿Quién no querría volver a mostrar su cara guapa?

Excepto alguien que no fuera guapo.

Adrián levantó la vista.

—Entonces ve a verla y dile que estás enfermo. Que necesitas irte al extranjero a tratarte.

Una sonrisa fría le cruzó los labios.

—Y que lo de ustedes queda pendiente hasta que regreses.

Cuando Clara viera esa cara, a ver si seguía diciendo que Iván era guapo.

Iván asintió con entusiasmo.

—Entendido. Misión cumplida.

Yo ya estaba en el restaurante.

Miraba la pantalla de mi celular, el chat de Adrián, los mensajes que no pensaba responder.

No quería abrir esa puerta.

No quería darle un hilo por donde volver a jalarme.

Entonces sentí que alguien se sentaba frente a mí.

Levanté la vista.

Fruncí el ceño.

—Disculpe, señor. Esta mesa está ocupada.

El hombre frente a mí se tensó.

En algún lugar, por el teléfono que llevaba escondido, la voz de Adrián sonó:

—Dile que eres Iván.

Iván quiso llorar.

¿Tan irreconocible estaba?

—Señorita Serrano —dijo—, soy yo. El que la citó.

Reconocí la voz.

Abrí un poco la boca.

—¿Iván?

Lo miré mejor.

No pude evitarlo.

—¿Qué te pasó en la cara? ¿Te mordieron?

Iván pensó:

Tu marido.

Pero dijo:

—No es mordida. Estoy enfermo. Necesito ir al extranjero a tratarme.

Yo parpadeé.

Una parte de mí, horrible pero honesta, se sintió aliviada.

—Entonces...

Iván completó rápido, como quien lee una tarea:

—Lo nuestro lo hablamos cuando vuelva.

Solté el aire.

—Está bien.

Me pesaba menos el pecho.

Estos días había estado demasiado confundida. No necesitaba también a Iván insistiendo.

Lo miré otra vez y no pude resistirme.

—Cuando vuelvas, consigue menos novias. Hasta al cielo le dio coraje verte tan descarado.

Iván se ofendió.

—Todas estuvieron conmigo por voluntad propia. ¿Dónde está lo malo?

Según él, venía de una familia con reglas estrictas: a cada novia le compraba cosas, la cuidaba, le daba casa, coche, regalos.

Sólo quería darle un hogar a cada chica.

Qué generoso, según su propia lógica.

La voz de Adrián sonó otra vez en su oído:

—Pregúntale qué quiere comer.

Iván lo hizo.

—¿Qué quieres pedir?

—Lo que sea.

Media hora después, miré la mesa.

Caldo de costilla.

Camarones salteados.

Carne en salsa dulce.

Verduras como me gustaban.

Demasiados platos.

Demasiado familiares.

Alcé la mirada.

—¿A ti te gusta comer esto?

Iván sintió que sudaba frío.

Él no comía camarones.

—Sí.

Lo observé un segundo más.

Luego bajé la vista y comí.

Cuando él pareció relajarse, pregunté:

—¿Por qué no comes camarones?

Iván se quedó sin alma.

En su oído, Adrián ordenó:

—Come uno.

Iván tomó un camarón con el tenedor del restaurante.

Lo miró como si fuera veneno.

Luego se lo metió a la boca y lo tragó con valentía dramática.

Para él sabía horrible.

Para mí, algo no cuadraba.

Iván, intentando cumplir la siguiente orden, preguntó:

—Escuché que la empresa de tu papá tuvo problemas.

Mi rostro se enfrió.

—Sin comentarios.

Dejé los cubiertos.

—Gracias por la comida.

Me levanté y me fui.

Iván miró mi espalda alejándose y habló rápido al teléfono:

—Señor Fuentes, lo escuchó, ¿verdad? No fue que yo no quisiera preguntar. Ella no dice nada.

Del otro lado sólo llegó:

—Sí.

Iván aprovechó.

—Y lo del celular...

—Busca a mi asistente.

El corazón de Iván volvió a su lugar.

No era que no pudiera comprar un celular.

Era edición limitada.

El dinero no siempre conseguía lo que Adrián rompía.

Esa noche, preparé todo.

Revisé los documentos de respaldo en mi bolso, las capturas, las copias, las notas.

Respiré hondo y entré al hotel marcado en la ubicación.

No iba por gusto.

Iba con un plan.

Si el señor Vargas quería usarme, yo iba a recordarle que su esposa y la familia de su esposa también existían. Que el escándalo podía hundirlo más rápido de lo que él podía hundirme a mí.

Caminé por el pasillo mirando los números de las puertas.

Cuando encontré la habitación, apoyé la mano en la manija.

La giré.

Entré.

La suite estaba iluminada como de día.

En el sofá había alguien sentado de espaldas.

Me detuve.

Ese cuerpo no parecía el del señor Vargas.

La nuca, los hombros, la postura...

Parecía...

El hombre se levantó lentamente.

Se giró.

Mi corazón cayó.

Adrián.

Mi primer impulso fue salir.

Di media vuelta y jalé la puerta.

No abrió.

Estaba cerrada.

—Abre —dije, sin mirarlo.

Adrián caminó hacia mí.

Cada paso redujo el aire de la habitación.

Cuando llegó, me encerró entre la puerta y su cuerpo.

Su rostro parecía cubierto de hielo.

Al mismo tiempo, sus ojos ardían.

—¿Por qué no respondes mis mensajes?

Volteé la cara.

—¿Hay razón para responderlos?

Yo ya había decidido olvidarlo.

Si quería olvidarlo, no podía contestar cada vez que él tirara de mí.

Adrián soltó una risa baja.

Entonces sí los veía.

No era que no llegaran.

No era que ella no supiera.

Lo estaba ignorando.

Sacó una mano del bolsillo y me tomó la barbilla, obligándome a mirarlo.

Su voz fue fría:

—Si no hubiera venido yo, ¿qué pensabas hacer aquí?

Mis dedos se cerraron alrededor de la correa del bolso.

—Eso no te importa.

—Claro que me importa.

Su mirada bajó a mis labios, luego volvió a mis ojos.

—Con lo superficial que eres para las caras, ¿de verdad ibas a soportar a ese cerdo? ¿O ya estás tan desesperada que cualquiera sirve?

Me ardió la cara.

—No sabes nada.

—Sé suficiente.

Se inclinó un poco más.

El calor de su cuerpo chocó contra el mío.

—Si vas a caer tan bajo, dime algo, Clara.

Su voz se quebró apenas bajo la rabia.

—¿Por qué no caes conmigo?

Me quedé sin respuesta.

Porque ése era el problema.

Con Adrián, caer nunca se había sentido como caer.

Se había sentido como hundirme en algo tibio, peligroso, conocido.

Y precisamente por eso tenía que resistir.

—Apártate —dije.

Adrián no se movió.

Por un segundo pensé que iba a besarme.

No lo hizo.

Sólo me sostuvo la mirada, respirando demasiado cerca, como si estuviera peleando contra una parte de sí mismo.

—Explícame entonces.

Su tono bajó, pero no perdió filo.

—Dime qué demonios pensabas hacer con Vargas, porque si ese hombre te toca, no va a tener empresa, apellido ni manos suficientes para arrepentirse.

La amenaza no me asustó.

Me asustó otra cosa.

Que una parte estúpida de mí se sintiera protegida.

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Delia
Me gustó la novela desde el comienzo, felicitaciones
Delia
😭😭😭
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