En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.
Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.
Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?
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CAPITULO 21 EL SILENCIO ENTRE PUERTAS
La puerta de mi habitación se quedó entreabierta unos segundos cuando llegamos. Me detuve justo en el umbral, con la mano apoyada en el marco, y me volví hacia ellos. Carlos y Gael estaban parados en el pasillo, las manos en los bolsillos, las miradas fijas en mí, como si esperaran una señal para irse o quedarse. La luz tenue del techo bañaba sus rostros: Carlos con esa expresión cálida y tranquila, Gael con la mandíbula todavía tensa, como si el susto no se le hubiera pasado del todo.
Les dediqué una sonrisa cansada pero sincera.
—Muchas gracias, en serio. Fue todo un caos hoy, pero ya estoy bien. Hasta aquí llego yo. Mañana nos vemos, ¿vale? No se preocupen por mí, fue solo un susto.
—¿Segura que no necesitas nada? —preguntó Carlos, dando un paso adelante—. Agua, comida, algo para el dolor…
—Estoy bien —aseguré, moviendo apenas la cabeza—. Solo quiero bañarme y dormir un poco. Descansen ustedes también.
Asintieron. Carlos me hizo un gesto de despedida con la mano y se alejó por el pasillo. Gael se quedó un instante más, sus ojos grises recorriéndome despacio, desde el vendaje que asomaba bajo la camisa hasta mis manos todavía rasposas. Sin decir nada, inclinó apenas la cabeza y siguió a su compañero. Cerré la puerta, le puse el seguro y me apoyé contra la madera un momento, soltando el aire que no sabía que había estado reteniendo.
Me bañé con infinita paciencia, evitando moverme de golpe, sintiendo el dolor sordo que latía bajo el apósito pero sin dejar que me detuviera. Me sequé con cuidado, me puse una camiseta suelta y me dejé caer en el sillón junto a la ventana. El silencio de la habitación me envolvía, pero no me sentía sola; su presencia seguía ahí, en cada roce de sus dedos, en cada palabra baja que me había dicho en el hospital.
Al rato escuché unos golpes suaves. Me levanté despacio y abrí. Gael estaba ahí, con el mismo pantalón oscuro y una playera sencilla, las manos libres, la mirada fija en mí.
—No deberías dejar la puerta sin seguro —dijo, entrando solo cuando yo me hice a un lado.
—Es un hotel del circuito —respondí, cerrando despacio—. Todo el mundo que pasa por aquí es de confianza. No pasa nada.
Una media sonrisa asomó en sus labios, rápida y casi invisible. Se sentó en el borde del sillón y se recargó en el respaldo, cerca de mí, sin llegar a tocarme.
—¿Cómo te sientes de verdad?
—Bien —dije, mirándolo a los ojos—. Ya no duele tanto. Solo… cansada.
—Yo sí me asusté —confesó muy bajito, como si le costara decirlo—. Sentí pánico cuando te vi en el suelo. Pero ya pasó.
Se quedó callado un instante, mirando hacia la ventana donde las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, y luego volvió a mirarme.
—¿Quién es Jovany? En el coche hablaste con él.
Me acomodé mejor, cruzando las manos sobre el regazo.
—Un amigo de la infancia. También trabaja en la F1, en prensa. Fue mi primer amor… mi primer beso, hace años. Me reí al recordarlo. Hace muchísimo que no lo veo. La última vez tenía catorce, cuando se fue a estudiar periodismo a Estados Unidos. Me rechazó unos días antes de irse.
Gael se quedó muy quieto, sus dedos tamborileando apenas sobre su rodilla.
—¿Y todavía te gusta? —preguntó con voz neutra, aunque vi cómo se le tensaba la mandíbula—. Si lo vuelves a ver, ¿crees que sería igual?
Negué con la cabeza, sonriendo con tristeza.
—No lo sé, Gael. Los sentimientos de entonces eran únicos, pero pasaron demasiadas cosas. Siempre lo he extrañado como amigo, pero creo que ya no es lo mismo. Tanto tiempo de por medio cambia todo.
—¿Y por qué vine? —preguntó él, devolviéndome la mirada fija.
—Para asegurarte de que estaba bien —respondí sin dudar—. Somos amigos, ¿no?
—Somos amigos —repitió él, como si estuviera probando las palabras en la boca.
—Bueno, ya vete —le dije, poniéndome de pie despacio—. Tengo que dormir. Mañana entramos temprano y tú también.
Gael se levantó, se acercó a mí y rozó con el dorso de los dedos mi brazo, con una delicadeza que contrastaba con su imagen de siempre.
—Cualquier cosa, a cualquier hora… me llamas. ¿Entendido?
—Entendido, Gael. Descansa.
Salió y cerró la puerta con suavidad. Me quedé escuchando sus pasos alejarse por el pasillo, y sentí que el corazón se me apretaba de una forma que no sabía explicar: miedo, cariño, prohibición, todo mezclado en un solo latido.
A la mañana siguiente me desperté con la luz del sol entrando por la cortina. Me miré al espejo: el vendaje estaba en su sitio, los moretones de las manos se veían más oscuros pero no dolían al moverme. Me puse la camisa roja del equipo, unos protectores suaves debajo, pantalón de mezclilla y tenis cómodos. Me hice ondas sueltas en el cabello y me maquillé lo justo para disimular el cansancio.
Cuando llegué al paddock, Elena me esperaba junto a la entrada del taller. Me miró de arriba abajo y suspiró aliviada.
—¿Estás segura de que debes estar aquí?
—Estoy perfectamente —le aseguré, tocándome levemente el hombro—. No siento nada. Y quiero estar aquí.
Entré al taller y lo primero que vi fue a Lucas, con una venda limpia en la sien y una sonrisa avergonzada. Me acerqué y solté una risa sincera.
—Tú sí que pareces golpeado. ¿Estás bien?
—Estoy bien —dijo él, rascándose la nuca—. De verdad lo siento mucho, Mara. No sé qué me pasó.
—Ya te dije que fue un accidente —le recordé, y le di un toque suave en el hombro—. No pasa nada.
En ese momento apareció la prensa, y nos tomaron unas fotos juntos, riendo, como si nada hubiera pasado. Luego me fui a mi puesto. El monoplaza estaba impecable, cada pieza revisada al milímetro, los neumáticos alineados, los datos de telemetría listos. El tiempo estaba perfecto: sol brillante, viento suave, asfalto con la temperatura ideal para agarrarse bien.
Mientras trabajaba, revisaba las lecturas: tanto nuestros coches como los de Mercedes marcaban tiempos muy ajustados. Gael y George iban muy fuertes, con una consistencia que hacía que el resto estuviera alerta. Me detuve un instante al verlo pasar por el pasillo entre los boxes; nuestras miradas se cruzaron solo un segundo, él asintió muy levemente y siguió su camino, pero sentí que ese instante me decía más que cualquier conversación.
Esa tarde pasamos horas planeando la estrategia para la clasificación del día siguiente: la pole position. Revisamos curvas, frenadas, consumo de combustible, desgaste de neumáticos, puntos de rebase. Comí algo ligero en la cafetería del circuito, hablé con los mecánicos, con los estrategas, y cada vez que podía ver a Gael en la distancia, sentía que todo el cansancio desaparecía.
Al día siguiente, el ambiente era diferente: había más tensión, más gente, más silencio concentrado. Me desperté temprano, desayuné café y fruta, revisé mis notas y me encontré con Elena y Carlos en la puerta del taller. Todo estaba en su lugar.
Los monoplazas salieron a la pista ordenados por tiempos de los entrenamientos libres: los más rápidos adelante, esperando su turno. Desde el muro de boxes escuchábamos todo por la radio:
—Velocidad en curva 3: muy buena. Mantén la línea —decía el ingeniero de estrategia.
—Neumáticos responden bien —respondió Gael, con esa voz tranquila y firme que ni siquiera se alteraba bajo presión—. Tengo margen.
—¡Vamos Gael! —gritaba alguien al lado mío, y yo apretaba los puños sin darme cuenta—. ¡Mantén el ritmo!
Vimos cómo salía del último sector, cómo aceleraba a fondo hacia la línea de meta. En la pantalla apareció el tiempo: un nuevo récord de la pista. Los mecánicos de Mercedes estallaron en gritos y aplausos, abrazándose entre sí. Nadie más pudo igualarlo. Gael se había quedado con la pole.
Cuando volvió a los boxes, bajó del coche con calma, se quitó el casco y la cabeza. Rodeado por su equipo, entre felicitaciones y palmadas en el hombro, buscó entre la multitud con la mirada. Y a lo lejos, al otro lado de la línea que separaba los boxes de Ferrari y Mercedes, nuestros ojos se encontraron de nuevo. No hubo gesto, no hubo paso hacia adelante, solo esa mirada larga, intensa, que solo nosotros entendíamos, bajo el mismo sol que brillaba sobre todos, pero que sabíamos que no nos pertenecía igual. Él asintió muy despacio, casi imperceptible, y yo le devolví el saludo con un leve movimiento de cabeza, apretando los labios para no dejar escapar nada de lo que sentía.
Y en medio del ruido, de los aplausos y las cámaras, supe que esa vuelta prohibida seguía avanzando, cada vez más rápido, cada vez más difícil de detener.