Ella renace decidida a cambiar su destino y a sobrevivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Duque Krugher 1
El despacho volvió a quedar en silencio.
Jean Krugher observó a Davina durante unos segundos.
Seguía profundamente dormida.
Con cuidado, la sostuvo mejor entre sus brazos y la recostó sobre el amplio sofá de terciopelo.
Acomodó un pequeño cojín bajo su cabeza para que estuviera más cómoda.
Después tomó una manta que descansaba sobre el respaldo y la cubrió hasta la cintura.
Solo entonces se permitió sentarse.
Frente a ella.
Las manos entrelazadas.
La mirada fija en la joven.
Debía pensar.
¿Qué debía hacer ahora?
Permaneció varios minutos completamente inmóvil.
Sin embargo...
A diferencia de Davina, que llevaba días imaginando cientos de posibilidades...
Él no necesitó demasiado tiempo.
La respuesta apareció casi de inmediato.
Era sencilla.
Ella esperaba un hijo suyo.
Su hijo.
Su heredero.
El próximo duque o duquesa de la familia Krugher.
Aquello no era algo que pudiera ignorarse.
No importaba cómo hubiera ocurrido.
No importaba que ninguno de los dos lo hubiera esperado.
Solo importaba una cosa.
Era su responsabilidad.
Y Jean Krugher jamás huía de sus responsabilidades.
La decisión quedó tomada.
El niño nacería llevando el apellido Krugher.
Sería reconocido desde el primer día.
Crecería en aquella mansión.
Recibiría la mejor educación.
Los mejores maestros.
Los mejores médicos.
Los mejores magos.
Jamás le faltaría absolutamente nada.
Y la madre...
También permanecería allí.
No podía permitir que una mujer embarazada de su hijo viviera sola.
Mucho menos después de saber que la familia Evans carecía de magia.
Si surgía cualquier complicación durante el embarazo...
Necesitaría a los mejores sanadores.
Los mejores magos.
Todo aquello ya estaba decidido en su mente.
No existía otra opción.
Mientras tanto...
Davina comenzó a despertar lentamente.
Lo primero que sintió fue el suave tacto del sofá.
Después un ligero mareo.
Abrió los ojos despacio.
El techo.
Las lámparas.
El salón.
Parpadeó varias veces.
[…]
[¿Qué pasó?]
Intentó incorporarse.
La cabeza le dio vueltas.
—Ugh...
Se llevó una mano a la frente.
[¿Me desmaye?]
Los recuerdos comenzaron a regresar poco a poco.
La ventana.
Jack.
La vista.
Y luego...
Nada.
Levantó lentamente la cabeza.
Había un hombre sentado frente a ella.
Alto.
Cabello negro cuidadosamente peinado.
Espalda recta.
Un traje oscuro impecable.
Sus ojos grises transmitían una calma difícil de describir.
En el instante en que lo vio...
Los recuerdos de aquella noche aparecieron de golpe.
El baile.
La conversación.
Las risas.
Las miradas.
La habitación.
Todo.
Su rostro comenzó a calentarse.
[Es él...]
[Es él...]
Y entonces su cerebro, que jamás colaboraba en los momentos importantes, decidió hacer una comparación completamente fuera de lugar..
[¡Pero si se parece al actor italiano de 365 días!]
Lo observó otra vez.
[No se parece en nada al villano de la garra.]
[A Freddy.]
[¡Es igual! al italiano guapo]
Intentó apartar ese pensamiento.
No pudo.
[¡¿Cómo demonios terminé imaginándomelo con una camiseta de rayas?!]
El duque levantó lentamente la vista.
Sus miradas se encontraron.
Davina tragó saliva.
[Qué vergüenza...]
Todavía pensaba que simplemente se había desmayado.
No tenía idea de todo lo que había ocurrido mientras dormía.
Se incorporó un poco.
—Du...
Su voz salió apenas como un susurro.
—Duque...
Jean la observó unos segundos.
Su expresión era tan seria que resultaba imposible adivinar qué estaba pensando.
Cuando habló...
Su voz fue baja.
Grave.
Y tan firme que sonó más como una orden que como una conversación.
—Estás embarazada.
Davina sintió que el corazón le daba un vuelco.
[¿Qué?]
No tuvo tiempo de reaccionar.
—Es mi hijo.
Su respiración se detuvo.
[¿Qué?]
El duque continuó con exactamente el mismo tono.
Como si estuviera anunciando decisiones administrativas.
—Lo tendrás.
Los ojos de Davina se abrieron por completo.
—Te quedarás en la mansión Krugher.
Su cerebro dejó de funcionar.
—Y serás mi mujer.
Silencio.
—Ahora debes cuidarte.
Jean ya se había puesto de pie.
—Mandaré preparar todo.
Comenzó a caminar hacia la puerta.
—Debes cenar adecuadamente.
Hizo una breve pausa.
—También organizaré tus habitaciones y el vestuario necesario para el embarazo.
Abrió la puerta.
Su voz volvió a escucharse desde el pasillo.
—Llamen a los médicos. Que preparen una habitación para lady Davina. Informen a la cocina que, desde hoy, se elaborará un menú especial para una mujer embarazada. Quiero a los mejores sanadores disponibles. Y envíen un mensaje al administrador. Necesitaré reorganizar la agenda de las próximas semanas.
Las órdenes comenzaron a multiplicarse.
Los sirvientes corrían por los pasillos.
Todo el ducado parecía entrar en movimiento.
Mientras tanto...
Davina seguía sentada sobre el sofá.
Completamente inmóvil.
Con la boca ligeramente abierta.
Mirando la puerta por la que acababa de salir el duque.
Pasaron varios segundos.
Después un minuto.
Luego otro.
No reaccionó.
Su cerebro seguía intentando procesar lo que acababa de ocurrir.
[Espera...]
Parpadeó lentamente.
[¿Qué?]
Miró la puerta otra vez.
Levantó un dedo.
—Un momento...
Bajó nuevamente la mano.
[¿Qué acaba de pasar?]
Respiró hondo.
Intentó ordenar las ideas.
Había imaginado ese encuentro durante días.
Durante el viaje entero.
Había preparado discursos.
Argumentos.
Amenazas.
Incluso posibles escándalos públicos.
Había imaginado al duque negándolo todo.
Había imaginado que tendría que exigir una prueba mágica de linaje.
Había imaginado negociaciones.
Discusiones.
Gritos.
Incluso una persecución absurda por los jardines.
Pero...
Nada.
Absolutamente nada.
De todo eso ocurrió.
El hombre simplemente...
Le había informado que estaba embarazada.
Que el bebé era suyo.
Que se casaría con él.
Que viviría allí.
Y después...
Se fue.
Como si acabara de decidir el menú del almuerzo.
Davina levantó ambas manos.
Las dejó caer otra vez.
Su mente seguía completamente en blanco.
Finalmente logró pronunciar una sola frase.
—¿...Qué?
Volvió a mirar la puerta.
—No...
Negó lentamente con la cabeza.
—No, espera.
Se llevó ambas manos al rostro.
—¡Espera, espera, espera!
Se levantó del sofá de un salto.
Comenzó a caminar de un lado a otro.
—¡No! ¡Así no era!
Se detuvo.
—¡Yo tenía un discurso preparado!
Se señaló a sí misma.
—¡Había practicado durante dos días!
Levantó un dedo.
—¡Tenía argumentos legales!
Otro dedo.
—¡La prueba de linaje!
Otro.
—¡El divorcio!
Otro.
—¡La custodia!
Otro.
—¡Hasta había ensayado un escándalo por si se negaba!
Se quedó completamente quieta.
Miró otra vez la puerta.
—¿Y él... simplemente... aceptó?
Parpadeó.
—¿Tan fácil?
Su cerebro volvió a detenerse.
—No.
Eso no podía haber sido toda la conversación.
No.
Definitivamente algo estaba mal.
Porque ella había preparado el debate más importante de su vida...
Y el otro participante acababa de terminarlo...
Antes siquiera de que pudiera abrir la boca.
que en las noches se buscan a ver si algo hace que dejen ese orgullo para que su hijo nazca en un lugar estable con padres dejen su orgullo por el
Si me reí, pero se pasó de descarada, y Jean no va dejar de pasar la. oportunidad de satisfacerse de su esposa tóxica masoquista , pobre criatura cuando sea grande y pregunté cómo eran sus padres 🤣🤣
me fascina leer