Clara Robles murió la noche en que dio a luz.
El Alpha Adrián De la Vega, el hombre que juró amarla, le arrebató a su cachorro para salvar a Valeria, la falsa hija del linaje Robles. Antes de cerrar los ojos, Clara descubrió la verdad: ella era la verdadera hija de Luna Elena, la heredera de sangre que todos habían dejado sufrir.
Pero la Diosa Luna le dio otra oportunidad.
Al despertar años antes de su tragedia, Clara ya no quiere amor, promesas ni un segundo vínculo impuesto. Quiere salvar a su madre, recuperar su lugar y hacer pagar a Valeria, Mireya y Adrián por todo lo que le quitaron.
Lo que no esperaba era cruzarse con Gael De la Vega, el temido Alpha del Umbral: frío, peligroso, marcado por una maldición de sangre... y unido a ella por un antiguo pacto de luna.
Adrián quiere recuperarla.
Valeria quiere robarle el destino otra vez.
Pero esta vez Clara no será la loba sacrificada.
Esta vez será la Luna que todos debieron temer.
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Capítulo 1
Capítulo 1
La lluvia de otoño golpeaba los ventanales del ala Jacaranda.
En el complejo central de la familia De la Vega, los empleados ya usaban chamarras gruesas y botas cerradas para no enfermarse. Nadie quería fallarle al Alpha Supremo por una simple gripe.
Pero en el ala donde vivía Clara Robles seguían vestidos como si fuera verano.
Adrián De la Vega había ordenado encender la calefacción desde el primer frío. También mandó traer carbón para la chimenea y cobijas nuevas. Decía que Clara se helaba con facilidad y que el cachorro que llevaba en el vientre no debía sufrir.
Rosa entró con los ojos bajos.
Clara estaba sentada junto a la ventana, una mano sobre el vientre enorme. Tenía la piel pálida, los labios secos y los dedos fríos aunque la habitación ardía.
—Compañera Clara... acaban de avisar que el Alpha Supremo pasará la noche en el ala principal. Con la Luna Valeria.
Clara parpadeó despacio.
No preguntó nada.
Solo sonrió, una sonrisa amarga que no le llegó a los ojos.
—Ya lo sabía.
Rosa apretó las manos sobre el delantal.
—Él solo está confundido, compañera. Usted estuvo con él cuando no tenía nada. Usted fue quien lo acompañó en los peores años. Cuando nazca el cachorro, el Alpha va a recordarlo.
Clara bajó la vista hacia su vientre.
El bebé se movió debajo de su palma, como si quisiera responder por ella.
Su loba, agotada por meses de miedo, soltó un gemido suave dentro de su pecho. Reconocía al cachorro. Lo protegía incluso antes de verlo.
—Si Adrián me hubiera visto como su compañera, Rosa, la Luna oficial sería yo.
No Valeria.
No la hermana mayor que llegó después, viuda de otro pacto y envuelta en satén blanco, lágrimas y mentiras.
Rosa abrió la boca, desesperada por consolarla.
—Pero usted es su compañera reconocida. Es la mujer que le dará su primer cachorro. Cuando nazca, tal vez el consejo...
Clara soltó una risa baja.
Una risa sin fuerza.
—El consejo siempre se inclina donde Adrián mira.
Rosa no supo qué decir.
Miró la chimenea, las mantas caras, los medicamentos sobre la mesa.
—Por lo menos él se preocupa por su salud. Apenas cambió el clima y mandó calentar toda el ala. Ni siquiera la Luna Valeria tiene esto.
Clara cerró los ojos.
¿Preocuparse?
Ella le tenía miedo al frío por culpa de él.
Años atrás, cuando Adrián aún peleaba por el mando del linaje De la Vega, Clara se ofreció como carnada para atraer a sus enemigos. La capturaron. La encerraron en una cisterna de agua helada durante tres días. El frío se le metió en la sangre, le quebró el cuerpo y le arrancó al primer cachorro que había concebido.
Cuando Adrián la encontró, se arrodilló frente a ella, empapado y temblando. Lloró delante de todos, sin importarle su orgullo de Alpha.
—Clarita, estás viva. Eso es lo único que importa. Tendremos más hijos. Muchos. Te lo juro.
Después de eso pasaron años.
Años sin un solo embarazo.
Hasta este niño.
Este pequeño milagro que ahora empujaba dentro de ella.
Clara respiró hondo, pero el aire se le cortó a medio camino.
Un dolor le mordió el vientre.
Se dobló sobre sí misma.
Rosa se puso blanca.
—Compañera... está sangrando.
Clara bajó la mirada.
La falda clara tenía una mancha roja cerca de las piernas.
El bebé venía.
Clara no gritó. Había esperado ese día con miedo y ternura desde hacía meses. Sujetó la mano de Rosa y se acarició el vientre.
El olor metálico de la sangre se mezcló con el calor de la chimenea. Su loba arañó desde adentro, desesperada, como si pudiera ponerse entre el mundo y el cachorro.
Adrián ya no la amaba.
Valeria ya estaba sentada en el lugar que Clara había soñado.
Su padre nunca la quiso. Su familia la trató como si hubiera nacido para estorbar.
No importaba.
Su hijo iba a nacer.
Iba a tener a alguien de su sangre. Alguien a quien cuidar, besar, abrazar. Alguien que no pudiera mirarla como un error.
—Llama al sanador de la manada —dijo, apretando los dientes—. Y no dejes que nadie se lleve a mi hijo.
Rosa salió corriendo.
En el ala principal, Valeria Robles descansaba sobre un sillón blanco, envuelta en una bata de satén. Tenía el rostro limpio, los labios rosados y los ojos húmedos, como si acabara de llorar.
Adrián entró con paso rápido.
—¿Clara empezó el parto? —preguntó.
Uno de los guardias asintió.
El rostro de Adrián se iluminó.
Se acercó a Valeria, la tomó por la cintura y la besó en la frente.
—Valeria, por fin. Cuando nazca ese cachorro, tu enfermedad se va a curar.
Valeria bajó la cabeza.
Las lágrimas cayeron de inmediato.
Adrián se alarmó.
—¿Por qué lloras? ¿Te duele algo?
—No. Es solo que... —Valeria se llevó una mano al pecho—. Ese niño también es mi sobrino. Usar su sangre como catalizador... me rompe por dentro.
Adrián la miró como si fuera la criatura más bondadosa que hubiera pisado la tierra.
—Siempre eres así. Demasiado buena. Claro que me duele. Es mi hijo. Pero ninguna vida vale más que la tuya.
Lo dijo como si el cachorro no fuera carne de su carne, sino una reserva de sangre Alcázar guardada para Valeria.
—Adrián...
Valeria escondió el rostro contra su camisa.
Él no vio su sonrisa.
Clara, pensó ella. Ni pariendo al hijo del Alpha pudiste ganarme.
El parto duró dos días y dos noches.
Clara gritó hasta quedarse sin voz.
Sudó tanto que el cabello se le pegó a la cara. Mordió una toalla, arañó las sábanas y sintió que el cuerpo se le partía en dos. A ratos perdía el conocimiento. A ratos despertaba con Rosa llorando a su lado.
Cada contracción le arrancaba un gruñido que no parecía humano. Su loba quería tomar el control, pero el cuerpo estaba demasiado débil.
—El Alpha está afuera —le mintió Rosa una vez, con la voz rota—. Aguante, compañera. Él está esperando al cachorro.
Clara quiso creerle.
Aunque fuera una mentira.
Aunque Adrián ya no la eligiera, bastaba con que le importara su hijo.
Una lágrima se le mezcló con el sudor.
Nadie la notó.
En el pasillo, Valeria bostezó detrás de la mano.
—Dicen que algunas mujeres tardan días. ¿Y si Clara no sobrevive?
Su voz sonó preocupada.
Sus ojos no.
Adrián apenas miró la puerta cerrada.
—Todas las hembras sufren al parir. Es normal.
—Pero tú deberías quedarte. Es tu hijo.
Valeria lo dijo con la dulzura de quien ofrece un sacrificio.
Adrián le acarició el rostro.
—Yo no soy sanador. Aquí no hago nada. Tú estás débil y no deberías desvelarte.
Mandó llamar al sanador principal.
El hombre llegó temblando, con el maletín en la mano.
Adrián habló bajo, pero cada palabra cayó como una orden de Alpha.
—Quiero a Clara y al cachorro vivos. Si no puedes salvar a los dos... salva al cachorro.
El sanador bajó la cabeza.
—Sí, Alpha.
Clara no escuchó esa orden.
Tal vez fue mejor.
Cuando el llanto del bebé llenó la habitación, ella sintió que el mundo volvía a encenderse.
—Es un cachorro sano —sollozó Rosa—. Un niño fuerte, compañera.
Clara quiso verlo.
Quiso tocarle la mejilla.
Quiso llamarlo mi vida.
Pero el cansancio la arrastró antes de que pudiera abrir los ojos.
Cuando despertó, no supo cuánto tiempo había pasado.
Lo primero que oyó fue un llanto ahogado.
—Compañera...
Rosa.
Clara abrió los ojos de golpe.
El cuarto estaba raro. Demasiado quieto. Demasiado vacío.
—¿Mi hijo? —susurró.
Rosa se arrodilló junto a la cama, con la cara empapada.
—Se lo llevaron.
Clara sintió que el corazón dejaba de latir.
—¿Quién?
—El Alpha. Se lo llevó al ala principal. Dicen que van a usar su sangre para la Luna Valeria.
—No.
Clara intentó levantarse.
El cuerpo no le respondió. Le dolía todo. Tenía las piernas débiles, la ropa manchada, el cabello enredado.
No le importó.
Se arrancó la manta y salió tambaleándose.
—Compañera, espere.
Rosa corrió detrás de ella.
Clara no notó que el ala Jacaranda estaba casi vacía. Los empleados que antes llenaban los pasillos habían desaparecido. Las puertas estaban cerradas. Los guardias miraban hacia otro lado.
Como si ya no fuera la mujer que acababa de darle un hijo al Alpha.
Como si fuera una condenada.
Al llegar al ala principal, dos guardias le cerraron el paso.
—La Luna Valeria está descansando. No puede entrar.
Clara levantó la cabeza.
Tenía los ojos rojos, la boca seca y sangre fresca en la falda.
—Quítense.
—Compañera Clara, por orden del Alpha...
El dolor le subió desde el vientre hasta la garganta.
Tosió.
La sangre le salpicó la hoja del cuchillo que uno de los guardias llevaba en la mano.
—¿Quién se atreve a detenerme?
Su voz salió rota, pero sus ojos hicieron retroceder a los hombres.
Por un instante recordaron a la Clara de antes. La mujer que había cruzado campos enemigos por Adrián. La que podía sonreír con sangre en la cara y aun así ganar.
La puerta se abrió.
Adrián apareció.
Al verla, algo parecido a la culpa le cruzó la mirada.
Duró poco.
Después bajó los ojos a la ropa manchada, al cabello suelto, a los pies descalzos.
Su gesto se endureció.
—Clara, das vergüenza. Acabas de parir y vienes a montar un espectáculo frente a mi Luna. Regresa a tu ala y quédate encerrada hasta que recuperes la cordura.
Clara no escuchó la humillación.
Solo podía pensar en el bebé.
—¿Dónde está mi hijo?
Adrián frunció el ceño.
—Está donde debe estar.
—Dámelo.
—Clara...
—Dámelo.
La voz le salió como un gruñido. Su loba, débil por el parto, se agitó dentro de ella con una rabia salvaje.
Desde el interior del ala se escuchó un llanto pequeño.
Clara se lanzó hacia la puerta.
Los guardias la sujetaron.
Ella mordió una mano, pateó una rodilla, se arrastró como pudo. La herida del parto le ardía, pero el dolor era nada al lado del miedo.
—¡Mi hijo! ¡Adrián, no te atrevas!
Valeria salió entonces.
Traía un vestido claro, el cabello perfecto y el rostro ya sin rastro de enfermedad. Se veía hermosa. Viva. Radiante.
También olía distinta: más fuerte, más limpia, como si acabara de beberse la vida de alguien más.
Clara la miró y entendió antes de que nadie hablara.
—Lo hiciste —dijo, sin aire—. Lo mataste.
Valeria abrió los ojos, ofendida.
—Hermana, qué cruel eres. El niño salvó mi vida. Deberías sentirte honrada.
Clara dejó de forcejear.
El pasillo entero pareció inclinarse.
—¿Qué dijiste?
Valeria se acercó a Adrián y tomó su brazo.
—Yo nací con una falla en el cuerpo. Ningún sanador podía curarme. Por suerte, tu rama tiene sangre de sanadores antiguos. Tu madre me sostuvo durante años con su propia sangre. Cuando ella se consumió, quedaste tú.
Clara sintió frío.
Un frío peor que el de la cisterna.
—Mi madre está viva.
Valeria se llevó una mano a la boca, fingiendo sorpresa.
—Ay, Clara... ¿de verdad no lo sabías? Tú eres hija de Elena Alcázar. Mireya te cambió al nacer. Yo soy su hija.
El mundo se rompió.
No hubo trueno.
No hubo grito.
Solo un silencio tan grande que Clara dejó de sentir las piernas.
Elena.
La esposa principal de Rodrigo Robles.
La Luna legítima del linaje de la manada Robles.
La mujer a la que Clara había llamado madre toda su vida.
Su madre.
Adrián apartó la vista.
—Fue un error de la generación anterior. No culpes a Valeria.
Valeria notó que había hablado de más. Sus ojos cambiaron apenas. Luego volvió a ponerse suave.
—Mireya solo quiso salvarme. Si no me cambiaba, yo habría muerto. Tú sufriste un poco, sí, pero sigues viva. Incluso estuviste al lado de Adrián tantos años.
Sufriste un poco.
Clara pensó en el hambre.
En los vestidos viejos.
En Mireya llamándola hija mientras le negaba comida.
En Elena enfermándose sin saber que entregaba su sangre a una impostora.
En su hijo.
—Mi bebé...
Adrián apretó los labios.
—Fue débil. Pero gracias a él Valeria vivirá. Permití que lo enterraran en el cementerio del linaje De la Vega.
Clara soltó un sonido que no parecía humano.
Se lanzó sobre él.
Tomó la espada corta de un guardia y apuntó al pecho de Adrián.
—¡Te voy a matar!
Adrián la desarmó de una patada.
Ella cayó de rodillas.
—Luna.
Rosa se puso delante de Clara, temblando, con los brazos abiertos.
Miró a Adrián como si quisiera arrancarle la garganta.
—No la toque.
Valeria alzó la barbilla.
—Una sirvienta no me mira así.
Rosa escupió al suelo.
—Ustedes no merecen ni la tierra que pisan.
—¡Arrástrenla! —ordenó Valeria—. Que la castiguen hasta que no quede nada de ella.
Clara abrazó a Rosa por la cintura.
—No.
Los guardias dudaron.
Adrián habló.
—Obedezcan a la Luna.
Rosa giró la cabeza.
Sonrió con lágrimas en los ojos.
—Nos vemos en la otra vida, mi niña. Esta es la última vez que puedo cuidarla.
—Rosa, no.
Rosa se soltó.
Sacó un cuchillo pequeño de la manga y corrió hacia Valeria.
Todo ocurrió en un segundo.
Adrián tomó la espada del suelo y la atravesó.
El cuerpo de Rosa se sacudió.
Pero su mano siguió avanzando.
El filo alcanzó la mejilla de Valeria y abrió una línea roja desde el pómulo hasta la mandíbula.
—¡Mi cara! —gritó Valeria—. ¡Mi cara!
Rosa cayó.
Clara se arrastró hacia ella, pero los guardias ya la levantaban.
La sangre dejó un rastro oscuro sobre el piso brillante.
Rosa tenía los ojos abiertos.
Y una sonrisa pequeña, terca.
Clara extendió los dedos.
No alcanzó a tocarla.
—Rosa...
Valeria chillaba, Adrián llamaba sanadores, los guardias corrían.
Clara se quedó quieta.
Algo dentro de ella se apagó.
Metió la mano en el pliegue de su ropa. Allí llevaba una cápsula de veneno desde hacía meses. No para morir por cobardía. Para evitar caer viva en manos enemigas si algún día la capturaban otra vez.
La rompió entre los dientes.
Adrián se dio cuenta tarde.
—¿Qué tragaste?
Clara sintió el veneno quemarle la lengua.
Adrián la sujetó por los hombros.
—¡Escúpelo! ¡Clara, escúpelo! ¡Llamen al sanador!
Ella intentó reír, pero le salió sangre por la boca.
Adrián estaba pálido.
—No puedes morir. Yo no te lo permito. Si mueres, ¿qué va a pasar con Valeria? ¿Y con los hijos que ella y yo tendremos?
Ahí terminó de enfriarse el corazón de Clara.
Si no hubiera elegido el veneno, hasta la sangre de su agonía habrían querido guardarla para ellos.
El mundo se volvió negro.
La última imagen fue la cara de Rosa.
La última palabra que no alcanzó a decir fue mamá.
Elena y Rodrigo
😍😍😍😍
CAÍDA, es cuando "se queda con una mano adelante y otra atrás", "chiflando en la loma" sin perro que le ladre, junto con su madre e hija.🤷♀️🧐😈😈😈😈