En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.
Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.
Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?
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CAPITULO 24 MÁSCARAS ANTES DEL ANTIFAZ
Los tres del podio se alejaron entre aplausos hacia la zona de entrevistas, donde los micrófonos ya estaban alineados y las cámaras listas. Me quedé parada al fondo, entre el gentío del equipo, observando cómo respondían:
—¿Qué fue lo que marcó la diferencia hoy para conseguir estos resultados? —preguntó uno de los periodistas.
—La estrategia fue clave —dijo Charles, con la mirada brillante—. Mantuvimos la calma cuando el coche de seguridad nos complicó todo, y aprovechamos cada oportunidad que se presentó.
—Por mi parte —añadió Carlos—, la salida y el ritmo en las curvas cerradas me ayudaron mucho. Quedamos igual que en Austria, pero espero que en Japón podamos dar un paso más.
Gael respondió con su habitual brevedad:
—Tuvimos un percance inesperado, pero el equipo hizo un trabajo excelente. Seguimos sumando.
Mientras seguían con las preguntas, Charles giró la cabeza, me buscó con la mirada y me hizo una seña para que me acercara. Antes de que pudiera reaccionar, ya me tenía delante de todos los micrófonos.
—Y aquí está la persona que lo hace posible —dijo él, poniéndome una mano suave en el hombro—. Ella es nuestra estratega.
—¿Tú eres la estratega? —preguntó un reportero sorprendido—. Tan joven…
—Tiene veintiún años —continuó Charles con orgullo—, y es la mejor del mundo. Para mí es como una hermana, y para todo el equipo también.
Me reí con timidez pero con firmeza, mirando a las cámaras.
—Solo intento hacer mi trabajo lo mejor que puedo. Creo que los resultados terminan hablando por sí mismos.
—¿Y tienes alguna relación amorosa en este momento? —soltó otro de golpe.
Solté una risa tranquila.
—No, por ahora no. Siento que una relación me quitaría el tiempo y la concentración que necesito aquí. No es algo que tenga en mis planes ahora.
—¿Y si te enamoraras de un piloto de tu propio equipo? —insistió.
Charles y yo nos miramos y soltamos una carcajada al mismo tiempo.
—Ni hablar —dije yo—. A ellos los veo como hermanos. No hay nada más que eso. Somos mucho más que compañeros: somos amigos. De hecho, hoy mismo iremos a celebrar.
—¿Es verdad eso? —preguntó el reportero a Charles.
—Claro que sí —confirmó él sonriendo—. Somos una familia.
—Y tú —se dirigieron a mí—, ¿cómo fue el trabajo hoy? ¿Fue muy exigente?
Me reí de nuevo.
—Sin comentarios —dije con complicidad.
Salí de allí con una sonrisa en los labios, pero con la mente ya en otro lado. Tenía que volver a mi habitación, preparar todo para salir al mediodía del día siguiente y no perder el vuelo a Mónaco. Al llegar, abrí la maleta sobre la cama y empecé a sacar cosas: ropa, zapatos, documentos, regalos que me habían dado… y al intentar cerrarla, el cierre se resistía una y otra vez. Apreté con las rodillas, empujé con las manos, pero no cabía absolutamente nada más.
—Ya valió —susurré riendo entre el cansancio y la resignación—. Compré demasiado.
Ya era tarde cuando llegó un mensaje de Charles: “Mara, vamos a cenar un grupo de nosotros. ¿Te animas?”. Le respondí de inmediato: “Gracias por invitarme, pero tengo mucho que arreglar y la herida me empieza a molestar. Mejor me quedo descansando. Pásenlo muy bien”.
Cerré la conversación y me quedé mirando la pantalla un momento, antes de escribirle al contacto que tenía guardado con el nombre absurdo: “¿Lalo? ¿Te vas a Mónaco?”.
Me respondió al instante: “Mañana salgo temprano en el jet de mi padre. Quiero llegar temprano. Si quieres venir, te vienes conmigo. Vístete como un chico: gorra, ropa ancha, algo que te tape la cara y no te reconozcan. Nos subimos como si nada y nadie dirá nada. Vamos al mismo sitio, ¿no?”.
Me quedé mirando el mensaje un buen rato, con el corazón latiéndome más rápido de lo normal. Arriesgado, peligroso, absolutamente prohibido… y lo que más deseaba en ese momento. Escribí: “Si. Allí nos vemos”.
Esa noche me dediqué a preparar el disfraz con sumo cuidado. Saqué unos pantalones anchos oscuros, una sudadera grande y holgada, una gorra plana y unas gafas de sol ahumadas. Con un lápiz de cejas más oscuro y sombra marrón, me dibujé un bigote fino y despeinado, definí más la mandíbula y oculté mis rasgos más suaves. Me recogí el pelo muy bien escondido bajo la gorra y me miré al espejo: apenas se reconocía que era yo. Me reí bajito: parecía un chico joven, nada que llamara la atención.
A la mañana siguiente, llegué a la pista privada donde esperaba el avión. Los encargados del equipo cargaban las maletas sin prestarme mayor atención; me veían como un miembro más del personal, alguien que iba de paso. Subí la escalerilla y al cruzar la puerta lo vi. Estaba recostado en uno de los asientos, con una bebida en la mano, y al levantar la vista y verme soltó una risa genuina, la que muy poca gente conocía.
—Vaya —dijo, mirándome de arriba abajo—. Ni te reconocería. Qué bien te queda lo de chico.
Me senté enfrente quitándome las gafas un instante, sonriendo.
—Creo que me sale muy bien, ¿no?
—Demasiado bien —asintió él, mientras el avión empezaba a moverse y luego a elevarse suavemente entre las nubes—. Nadie nos va a decir nada. Y nadie nos preguntará nada. Por una vez… solo somos dos personas viajando juntas.