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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:176.1k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12: Profecía y advertencia

A finales de abril, el Príncipe Heredero Federico organizó un banquete para los jóvenes nobles de la capital. La excusa era celebrar la llegada del buen tiempo. La verdadera razón, como siempre en la corte, era medir alianzas, tantear lealtades y exhibir poder con la sutileza de un pavo real desplegando la cola.

Serena asistió porque negarse habría sido más peligroso que ir. Se sentó en una mesa lateral, lejos del centro de atención, con una copa de vino especiado que apenas tocaba con los labios. Observaba. Esperaba.

Y entonces ocurrió.

Charlotte, la hermana menor de Víctor, cruzó el salón con esa energía suya que era mitad encanto y mitad desastre. Llevaba un vestido rosa demasiado largo para sus pasos cortos, y caminaba demasiado rápido para alguien que había bebido tres copas de vino dulce. Serena la vio venir antes de que pasara. Conocía esa escena como quien conoce una pesadilla recurrente.

El pie de Charlotte enganchó el borde de la alfombra.

Tropezó.

La copa de vino tinto que llevaba en la mano salió volando en un arco perfecto y aterrizó directamente sobre el vestido de seda blanca de la Princesa Consorte, esposa del Príncipe Federico.

El silencio fue instantáneo. Brutal. El tipo de silencio que precede a los terremotos.

La Princesa Consorte miró la mancha roja expandiéndose sobre su regazo como si fuera sangre. Levantó la vista hacia Charlotte con una expresión tan gélida que habría hecho temblar a un general veterano.

—Qué... descuido —dijo la Princesa con una voz que cortaba más que cualquier espada. Se puso de pie, las damas de compañía revoloteando a su alrededor como abejas asustadas, y abandonó el salón sin mirar atrás.

Charlotte se quedó de pie en medio del salón, roja como la mancha que había causado, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a derramar. Las risas disimuladas de las otras damas la rodeaban como cuchillos invisibles.

Serena cerró los ojos un instante.

Exactamente igual. Cada detalle, cada gesto, cada palabra. En su vida anterior, esta misma escena había ocurrido en este mismo banquete, y Charlotte había sido humillada de la misma manera. Después de aquella noche, la relación entre la casa del Marqués de Flores y la Princesa Consorte se había roto irremediablemente.

Esta vez, Serena sabía que no podía cambiar lo que ya había pasado. Pero podía cambiar lo que venía después.

Se levantó de su mesa y caminó hacia el fondo del salón, donde una figura solitaria ocupaba un rincón que parecía deliberadamente alejado de todo.

Alejandro Durán sostenía una copa de vino intacta. No la había tocado. Miraba el líquido oscuro con la misma expresión con la que un hombre miraría un abismo al que no tiene intención de saltar, pero del que tampoco puede apartar los ojos.

Serena se sentó frente a él sin pedir permiso.

Él levantó la vista. Si le sorprendió, no lo mostró. Solo la miró con esos ojos oscuros que parecían contener más secretos que toda la biblioteca imperial.

—Señora de Flores. No es habitual que una dama casada se siente a solas con un hombre en un banquete público.

—No es habitual que el Duque de Hielo asista a banquetes públicos —respondió ella—. Parece que esta noche ambos estamos rompiendo costumbres.

La sombra de algo que podría haber sido una sonrisa cruzó los labios de Alejandro. Desapareció tan rápido que Serena no estuvo segura de haberla visto.

—Necesito hablar con usted —dijo Serena, bajando la voz hasta que solo él pudiera oírla—. Y lo que voy a decirle va a sonar... extraño.

—Todo lo que tiene que ver con usted suena extraño, señora. Desde la noche del callejón hasta el cementerio. Estoy empezando a acostumbrarme.

Serena respiró hondo. Lo que estaba a punto de hacer era un riesgo enorme. Si él no le creía, la tomaría por loca. Si le creía y la traicionaba, estaría muerta antes del amanecer. Pero en su vida anterior, lo que estaba por ocurrir había destruido a Alejandro. Y ella no iba a permitir que eso volviera a pasar.

—A mediados de mayo, alguien presentará una acusación formal de traición en su contra ante el Emperador.

Alejandro no se movió. Ni un músculo. Pero Serena vio cómo sus nudillos se ponían blancos alrededor de la copa.

—Continuará —dijo él con voz peligrosamente suave.

—Presentarán cartas falsificadas. Correspondencia que supuestamente prueba que usted ha estado en contacto secreto con el Khan de los bárbaros del este. Las cartas llevarán un sello muy convincente. Lo suficiente como para que el Emperador ordene una investigación formal.

—¿Y cómo sabe todo esto la esposa de un marqués menor?

—La red de inteligencia de mi padre, el Conde Edmund Bridge, tiene ojos en lugares donde otros ni siquiera saben que hay paredes —mintió Serena con la fluidez de alguien que ha ensayado esa mentira cien veces en su mente—. Mi hermano Roland, como general, tiene contactos en la frontera norte. Y mi hermano Sebastián, como Gran Magistrado, ha interceptado movimientos sospechosos en la cancillería.

Era una mentira perfecta porque estaba construida sobre verdades. Su padre tenía una red de inteligencia. Sus hermanos tenían contactos. Pero la verdadera fuente de su información era algo que nadie en este mundo podía comprender: la memoria de una vida que ya había vivido.

Alejandro la estudió durante un largo momento. Sus ojos la recorrieron como si intentara leer algo escrito en un idioma que casi, casi podía descifrar.

—Hay más —continuó Serena antes de que él pudiera hacer más preguntas—. En junio, una tormenta de nieve azotará los territorios del norte. No una nevada común. Una tormenta como no se ha visto en cien años.

Ahora sí vio la sorpresa en su rostro. Fue breve, controlada, pero real.

—Estamos en primavera —dijo Alejandro—. Una tormenta de nieve en junio es...

—Imposible. Lo sé. Pero va a ocurrir —Serena se inclinó hacia adelante, y la urgencia en su voz era tan auténtica que podría haber derretido el hielo por el que él era famoso—. Si los territorios del norte no están preparados, morirán miles de personas. Ancianos, niños, soldados en la frontera. El hambre y el frío provocarán revueltas. Las revueltas serán el pretexto perfecto para que sus enemigos lo acusen de incompetencia... o algo peor.

El silencio entre ellos se estiró como la cuerda de un arco a punto de soltar la flecha.

—Necesita enviar grano, ropa de invierno y medicinas al norte antes de que termine mayo —dijo Serena—. Acumule reservas. Refuerce los graneros. Prepare refugios. Cuando la tormenta llegue, que lo encuentre listo.

Alejandro dejó la copa sobre la mesa. El vino seguía intacto, pero algo en su mirada había cambiado. Ya no la observaba con curiosidad. La observaba con algo más profundo, más peligroso: respeto.

—Usted parece ver el futuro, señora de Flores.

La frase le golpeó el pecho a Serena como un puño cerrado. Tragó saliva. La verdad le quemaba la garganta, desesperada por salir, pero no podía. No todavía. Tal vez nunca.

—No lo veo —respondió, y su voz se quebró apenas, lo justo para que solo él lo notara—. Solo que... hay cosas que, cuando las has vivido una vez, no quieres que se repitan.

El aire entre ellos cambió. Se volvió más denso, más íntimo, como si las palabras de Serena hubieran abierto una puerta que ella no estaba segura de poder cerrar.

—¿Por qué me ayuda? —preguntó Alejandro. Y por primera vez, su voz no tenía la armadura puesta. Era la pregunta de un hombre que no estaba acostumbrado a que alguien se preocupara por él—. No me debe nada. De hecho, fui yo quien quedó en deuda con usted. Dos veces.

Serena sonrió, y fue una sonrisa que no le salió del cerebro sino de algún lugar más antiguo, más profundo.

—Porque no puedo olvidar a un niño que casi se congela hasta morir hace quince años. Y porque el hombre en que se convirtió ese niño merece que alguien le cuide las espaldas.

Alejandro la miró. La miró de verdad, no como un duque mira a la esposa de un noble menor, no como un soldado evalúa a un aliado potencial, sino como un hombre mira a la única persona en el mundo que lo ha visto sin armadura.

—Serena —dijo.

Solo eso. Su nombre. Sin el "señora", sin el apellido, sin el título. Tres sílabas que sonaron como si las hubiera guardado detrás de los dientes durante semanas, esperando el momento exacto para dejarlas salir.

Ella sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Algo que llevaba tenso desde que abrió los ojos en esta segunda vida.

—Gracias —agregó él. Y la palabra, en su boca, pesaba más que una montaña.

*

Serena regresó a la mansión del marqués pasada la medianoche. No fue a sus aposentos. Se dirigió directamente a la sala de estudio y sacó papel, tinta y el sello personal que su padre le había dado el día de su boda.

Escribió tres cartas. Una para Teodoro. Dos para los agentes comerciales de su hermano en las provincias del sur.

Las instrucciones eran precisas: comprar grano en grandes cantidades. Arroz, trigo, centeno. Algodón y tela gruesa para confeccionar ropa de invierno. Hierbas medicinales, ungüentos contra la congelación, hierbas medicinales por toneladas. Todo debía ser transportado al norte y almacenado en los depósitos que Teodoro tenía distribuidos a lo largo de la ruta comercial septentrional.

El costo total: ochenta mil monedas de oro. Toda su dote. Hasta la última moneda.

Bianca, que la había seguido en silencio, la miraba con los ojos como platos.

—Mi señora... esa es toda su fortuna. Si el Marqués se entera...

—Víctor no se va a enterar —dijo Serena sin levantar la vista de las cartas—. Está demasiado ocupado con Isabella como para revisar mis cuentas. Y cuando la nieve caiga en junio...

—¿Nieve en junio? —Bianca frunció el ceño—. Mi señora, ¿se siente bien?

Serena selló la última carta y levantó la vista. Sus ojos tenían esa determinación que Bianca había aprendido a reconocer en las últimas semanas. La mirada de alguien que no está adivinando, sino recordando.

—La nieve va a caer, Bianca. Y cuando caiga, estos suministros van a salvar miles de vidas. Van a ser la diferencia entre una provincia en pie y una provincia en cenizas.

Bianca tragó saliva. No entendía cómo su señora podía estar tan segura, pero había aprendido algo en estos meses: cuando Serena Bridge hablaba con esa voz, no se equivocaba.

—Y además —agregó Serena, permitiéndose una sonrisa que tenía algo de feroz—, serán mi capital. Cuando este matrimonio se caiga, y se va a caer, no voy a salir con las manos vacías. Voy a salir con el norte entero debiéndome un favor.

Selló las cartas con cera roja y las entregó a Bianca.

—Que salgan al amanecer. Por tres rutas distintas. Si alguien pregunta, son pedidos de tela para mi guardarropa de verano.

Bianca asintió y salió de la habitación con las cartas apretadas contra el pecho.

Serena se quedó sola, mirando la llama de la vela. Ochenta mil monedas de oro. Toda su seguridad financiera, apostada a un recuerdo del futuro.

Pero la nieve iba a caer. De eso estaba tan segura como de su propio nombre.

Y cuando cayera, el tablero entero iba a cambiar.

1
Refugio Vizcarra
ajá, esa es mi pregunta también.
Roxana Gardilcic
una historia, linda, emocionante , muy bien escrita, me gusta mucho lo descriptiva que es sin ser agobiante. felicitaciones
Rosario Zapata
cabron es poco ese victor es una escoria asquerosa 🤮🤮🤮🤮🤮
Fernanda Perez
gracias
gracias
Rose M
burna interesante. Algo confusa en tiempos y personajes pero muy entretenida
Arantza
Bonita historia, y excelente trama. Solo algunas incongruencias en el desarrollo. Pero por lo demás es excelente.
Pa Tr
no eran 12 años? 🤔
Pa Tr
Ya se tenía que haber ido la tonta al final le hace daño ya verás 🤔
Fernanda Perez
donde vive
quien es Leopoldo
Gris Lopez
ahora si creo que fue hecho con IA...😱 ....ningún autor cambiará hechos tan cruciales en la historia...(que decepcionante....debería haber algún programa para detectar esto y que contenido así no entren a la aplicación )....
Fernanda Perez
no estoy entendiendo varias cosas
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Espero que tengas un buen plan para no volver a caer ante ese par de desgraciados que te hicieron la vida imposible en tu anterior vida
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
interesante 😸😸😸😸
Maria Cantillo
bonita historia
Maria Cantillo
bueno las cosas van tomando curso
Maria Cantillo
bueno Isabella Victor te vio eres una persona mala el te dió todo lo que le negó a Serena y aún así lo dejaste inválido sin valor dignidad prefiere pagar que morir envenenado y al fin tuvo algo de sentido común firmó algo que se llamaba matrimonio pero solo era una carcel para Serena y para la familia beneficios
Maria Cantillo
gracias por compartir todo esto bendiciones
Lucia Calderón
Historia interesante, con bien léxico ehilp discursivo
Maria Cantillo
tipa que aprendido fue todo lo contrario a los valores y se justifica en que Serena tiene la culpa de nacer en esa familia la envidia es unal terrible
Maria Cantillo
arriba Serena suéltate de ese Victor que condene al tal Leopoldo por las 3000 muertes hagan justicia
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