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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:504
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 1

La luz de los tubos fluorescentes parpadeó una vez antes de estabilizarse, bañando el sótano en un resplandor blanco, casi quirúrgico. Elena Vance se miró al espejo. El reflejo que le devolvía la mirada no era el suyo, o al menos, no el que recordaba haber tenido al despertar esa mañana.

Sobre la mesa de acero inoxidable reposaban tres pelucas de cabello humano, una paleta de maquillaje profesional con tonos que iban desde la palidez espectral hasta el bronceado de alta sociedad, y carpetas de manila repletas de capturas de pantalla, historiales médicos y transcripciones de mensajes de texto. Elena deslizó la yema de los dedos sobre la superficie fría de la mesa hasta tocar el borde de la última carpeta. En la portada, escrito con un marcador negro indeleble, se leía un solo nombre: Arthur Pendelton.

—Tu peor deseo —susurró Elena para sí misma, probando la cadencia de las palabras en su boca.

Su voz habitual, firme y de un registro ligeramente grave, se transformó de inmediato. Moduló las cuerdas vocales, suavizando los bordes de la pronunciación, elevando el tono un par de octavas hasta que sonó como un suspiro asustadizo, el timbre exacto de una mujer que pide disculpas solo por existir.

Abrió la carpeta. La primera fotografía mostraba a una mujer de unos treinta años, Mariana Pendelton, con el rostro parcialmente cubierto por unas enormes gafas de sol, intentando ocultar un hematoma amarillento que se extendía por la línea de la mandíbula. Las siguientes páginas contenían el desglose psicológico de Arthur: director de una prestigiosa cadena de hoteles boutique, filántropo del año según la prensa local, y un sádico narcisista de manual dentro de las paredes de su mansión.

Arthur Pendelton no buscaba una mujer independiente. El algoritmo de sus abusos, minuciosamente analizado por Elena durante tres meses, revelaba un patrón patológico: Arthur se aburría de las mujeres fuertes; necesitaba quebrar el espíritu de su presa. Su "tipo ideal", la fantasía que lo hacía salivar, era la de una mujer frágil, una criatura de porcelana sin voz propia, alguien a quien pudiera moldear, controlar y, eventualmente, destruir. Mariana había sido esa mujer, pero ya no le quedaba nada por romper. Si Elena no intervenía, la próxima mudanza de Mariana sería al depósito de cadáveres.

Elena tomó una brocha de maquillaje. Comenzó a apagar el brillo natural de su piel, aplicando una base dos tonos más pálida que su tez real, simulando la palidez de quien pasa demasiadas horas encerrada, leyendo poesía bajo una luz mortecina. Con un lápiz marrón sutil, dibujó sombras casi imperceptibles bajo sus ojos, creando la ilusión de un insomnio crónico nacido de la melancolía, no del cansancio físico.

A continuación, tomó una peluca de cabello castaño claro, lacio y sin volumen, que caía en un flequillo tímido justo por encima de las cejas. Se la colocó con destreza milimétrica, asegurando los bordes con pegamento dérmico. Cuando volvió a mirar al espejo, Elena Vance había desaparecido.

En su lugar estaba Clara Espinoza: una poetisa frustrada, huérfana de ambos padres, que subsistía gracias a una pequeña herencia y que pasaba sus tardes en la cafetería del hotel insignia de Arthur, leyendo a Alejandra Pizarnik y mirando por la ventana con la vulnerabilidad de un pájaro herido. Una carnada perfecta.

El vestíbulo del Hotel Lumina olía a jazmín y a dinero viejo. El suelo de mármol pulido reflejaba las enormes lámparas de cristal de araña que colgaban del techo abovedado. Era el tipo de opulencia que intimidaba a los hombres comunes, pero que a Arthur Pendelton le servía como un trono.

Elena, ahora Clara, cruzó el umbral arrastrando ligeramente los pies, con los hombros caídos y los brazos cruzados sobre el pecho, abrazando un libro de cubiertas gastadas contra su cuerpo como si fuera un escudo. Vestía un suéter de lana tres tallas más grande de lo necesario, de un color gris anodino, y una falda larga que ocultaba la agilidad de sus piernas.

Se sentó en una mesa de rincón, cerca de la gran vidriera que daba a la avenida. Era la tercera tarde consecutiva que lo hacía. Sabía, gracias a los informes de sus informantes en el hotel, que Arthur solía bajar de su oficina del piso superior a las cuatro y media de la tarde para revisar el servicio del bar de la planta baja. Arthur era un hombre de hábitos rígidos; el control absoluto requería una rutina milimétrica.

Pidió un té de manzanilla. Cuando el camarero dejó la taza, Elena le dio las gracias con un hilo de voz, bajando la mirada de inmediato. Faltaban cinco minutos para la hora.

Abrió el libro en una página al azar y fingió sumergirse en la lectura, aunque sus oídos y su visión periférica estaban en máxima alerta. Cada fibra de su cuerpo estaba tensa, lista para ejecutar la coreografía psicológica que había diseñado.

A las 4:32 p.m., las puertas del ascensor privado se abrieron.

Arthur Pendelton salió al vestíbulo. Vestía un traje de sastre gris oscuro que acentuaba su figura esbelta de cuarenta y tantos años. Su cabello, salpicado de canas en las sienes, estaba perfectamente recortado, y su postura irradiaba una seguridad fría, casi aristocrática. Se detuvo a hablar con el metre, asintiendo levemente, pero sus ojos, como los de un depredador que patrulla su territorio, comenzaron a escanear el salón.

Elena no se movió. No lo miró. Mantuvo la vista fija en los versos del libro, pero dejó que una mano temblara sutilmente al sostener la taza de té. El tintineo de la porcelana contra el plato fue un sonido minúsculo, pero en el silencio relativo del bar, fue suficiente.

Arthur giró la cabeza. Su mirada se posó en la mesa del rincón. Encontró a Clara.

Elena pudo sentir la fijeza de esos ojos azules sobre ella. Era una mirada que conocía bien, una que compartían todos los hombres de su especie: la mirada del tasador que encuentra un objeto valioso y desprotegido. Arthur vio el cabello lacio, la ropa holgada que intentaba esconder un cuerpo menudo, la palidez de la piel y, sobre todo, la soledad absoluta que emanaba de su postura. Era exactamente lo que él deseaba. Una página en blanco para escribir su crueldad.

Arthur se despidió del metre con un gesto mecánico y comenzó a caminar en dirección a la mesa de Elena. Sus pasos eran lentos, seguros, el andar de alguien que sabe que es dueño del suelo que pisa.

Al llegar frente a la mesa, se detuvo. Elena mantuvo la mirada baja un segundo de más, el tiempo justo para que él saboreara su ventaja, antes de levantar la cabeza con un fingido sobresalto. Sus ojos grises, agrandados por el efecto psicológico del maquillaje, mostraron una pizca de pánico.

—Disculpe la interrupción —dijo Arthur. Su voz era una caricia ensayada, barítona y cálida—. He notado que lleva tres días sentada en esta misma mesa, siempre con un libro diferente, pero con la misma expresión de estar en otro mundo. No he podido evitar la curiosidad. Soy Arthur Pendelton, el propietario del hotel.

Elena tragó saliva de manera visible. Cerró el libro despacio, dejando que sus dedos acariciaran la cubierta como si buscara protección en el papel.

—Clara... Clara Espinoza —respondió, su voz apenas un susurro que obligó a Arthur a inclinarse ligeramente hacia delante para escucharla. El primer territorio ganado—. Lo siento, no quería importunar. Si mi presencia molesta, puedo irme...

—En absoluto —la interrumpió Arthur, mostrando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Al contrario. El Lumina se honra con la presencia de personas que aprecian el silencio. ¿Qué está leyendo, Clara?

—Pizarnik —dijo ella, bajando los ojos de nuevo, fingiendo timidez—. Es... un poco oscura para una tarde de primavera, lo sé. Pero a veces el mundo exterior resulta demasiado ruidoso.

Arthur sintió el anzuelo clavarse en su garganta, aunque él creía ser el pescador. Una mujer que huía del ruido del mundo, una mujer que se refugiaba en la poesía de los muertos. Perfecta.

—La oscuridad tiene su propia belleza, Clara —dijo Arthur, ocupando la silla vacía frente a ella sin haber sido invitado. Elena anotó mentalmente la primera transgresión de límites; los abusadores siempre toman el espacio que no se les ha dado—. A veces, solo se necesita a la persona adecuada para entender ese silencio. ¿Le importaría si la acompaño unos minutos? Prometo no hacer demasiado ruido.

Elena forzó una sonrisa temblorosa, una mezcla de halago y temor reverencial.

—Sería... un honor, señor Pendelton.

—Llámame Arthur, por favor. Entre amigos no hay títulos.

Dos semanas después, el proceso de colonización psicológica estaba casi completo.

Arthur la llamaba a horas intempestivas, exigiendo saber dónde estaba, bajo el pretexto de una "preocupación romántica". Elena, interpretando a Clara a la perfección, respondía siempre al segundo tono, con voz sumisa, alimentando el ego del monstruo. Había dejado que Arthur eligiera sus vestidos para sus citas cinematográficas —siempre tonos pasteles, siempre cortes recatados— y había escuchado con fingida admiración cómo él denigraba a sus empleados, a sus socios y, de manera velada, a su "histérica" esposa, de quien, según él, estaba en proceso de divorcio por culpa de las "inestabilidades mentales" de ella.

Sin embargo, el peligro no solo acechaba en las garras de Arthur.

Aquella noche, tras despedirse de Arthur con un beso casto en la mejilla que lo dejó deseando más, Elena caminaba de regreso a su apartamento alternativo en el centro de la ciudad. El aire de la noche era frío, y se había quitado la peluca en el coche, dejando que su cabello castaño y corto respirara. Volvía a ser Elena, al menos por unas horas.

Decidió parar en un pequeño café de veinticuatro horas, un lugar con luces de neón parpadeantes y olor a café quemado, lejos del lujo asfixiante del Lumina. Necesitaba desintoxicarse de la presencia de Arthur.

Se sentó en la barra y pidió un café negro. Mientras esperaba, sintió una vibración en el ambiente, esa sutil alarma que desarrolla quien vive en los márgenes de la legalidad. Alguien la estaba observando.

No se giró de golpe. Utilizó el reflejo de la cafetera de acero inoxidable detrás del mostrador. Un hombre se había sentado a tres banquetas de distancia. Era alto, de hombros anchos que llenaban una chaqueta de cuero desgastada. Tenía el cabello castaño claro revuelto, como si acabara de pasar la mano por él repetidas veces, y una barba de tres días que enmarcaba una mandíbula tensa. Sus ojos verdes estaban fijos en ella, no con la lascivia de un hombre en un bar, sino con la fijeza analítica de un sabueso.

Elena reconoció la mirada de inmediato. Policía. Y uno peligroso.

El hombre tomó su taza de café y, con una parsimonia estudiada, se movió dos banquetas, sentándose justo al lado de ella. Su presencia física era imponente, un contraste absoluto con la elegancia refinada y artificial de Arthur. Este hombre olía a lluvia, a tabaco y a asfalto.

—Es un poco tarde para que una mujer sola esté en un lugar como este, ¿no crees? —dijo el hombre. Su voz era un rugido bajo, áspero, con el tono de quien ha pasado el día interrogando a sospechosos.

Elena adoptó una postura neutral. No era Clara ahora; no podía permitirse ser débil ante un policía, pero tampoco podía mostrar la frialdad de su verdadera identidad.

—El café no tiene horario, señor... —dejó la frase en el aire, arqueando una ceja.

El hombre sonrió levemente, una mueca cínica que no restó atractivo a su rostro áspero. Sacó una placa de metal del bolsillo interior de su chaqueta y la deslizó sobre la barra un segundo antes de volver a guardarla.

—Detective Liam Cross. División de Crímenes Mayores.

Elena mantuvo el pulso firme mientras le daba un sorbo a su café.

—¿He cometido algún delito por tomar cafeína a medianoche, detective Cross?

—Ninguno. Pero resulta que estoy investigando una serie de... coincidencias curiosas en esta ciudad. Hombres poderosos, tipos con mucho dinero y pocas pulgas, que de repente terminan arruinados, divorciados o en prisión porque alguien airea sus trapos sucios de la manera más oportuna posible.

Elena sintió un latido acelerado en su garganta, pero su rostro permaneció inmutable como el mármol.

—Parece que hace bien su trabajo. Pero sigo sin entender qué tiene que ver eso conmigo.

Liam Cross se inclinó hacia ella, reduciendo el espacio entre ambos. Elena pudo notar el calor que emanaba de su cuerpo y la intensidad casi magnética de sus ojos verdes. Había una inteligencia salvaje en ese hombre, un tipo de peligro completamente diferente al de Arthur. Arthur era un veneno lento; Liam era una fuerza de la naturaleza.

—Tiene que ver con que tres de las exesposas de esos hombres mencionaron a una mujer. Una mujer que aparecía de la nada, se convertía en la obsesión de sus maridos y luego desaparecía justo cuando el escándalo estallaba. Ninguna pudo darme una descripción física precisa. Una dijo que era rubia y sofisticada; otra, que era una pelirroja salvaje. Pero hoy, revisando las cámaras de seguridad de los alrededores del hotel del concejal que cayó el mes pasado, vi una silueta. Una forma de caminar. Una cadencia.

Liam hizo una pausa, sus ojos recorriendo el rostro de Elena, deteniéndose en sus labios antes de volver a sus ojos grises.

—Y da la casualidad de que esa silueta camina exactamente como tú.

Elena soltó una risa suave, teñida de un sutil desdén que ocultaba el abismo de adrenalina que se abría en su pecho. El detective estaba cerca, demasiado cerca.

—Creo que pasa demasiadas horas despierto, detective. Las sombras de la noche suelen jugar malas pasadas. Si me disculpa, tengo que irme a casa.

Dejó un billete sobre la barra y se levantó. Pero antes de que pudiera dar un paso, la mano de Liam se cerró alrededor de su muñeca. No fue un agarre doloroso, ni violento como los que Arthur solía propinar a Mariana, sino firme, cálido y cargado de una tensión eléctrica que hizo que a Elena se le cortara la respiración.

—No sé cómo te llamas —susurró Liam, obligándola a mirarlo—. Pero te encontraré. Jugar a la vigilante es un deporte peligroso, y los hombres con los que te metes no juegan limpio.

Elena tiró de su muñeca con suavidad pero con firmeza, liberándose de su agarre. Le dedicó una última mirada enigmática.

—Entonces es una suerte que yo tampoco sepa jugar limpio, detective.

Salió del café con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. El juego se había vuelto tridimensional. Ahora no solo tenía que cazar al lobo, sino evitar al sabueso. Y lo peor de todo era la extraña y peligrosa vibración que la presencia de Liam Cross había dejado en su piel.

A la noche siguiente, el plan con Arthur Pendelton entró en su fase terminal.

Elena, vistiendo una vez más la piel de Clara, aceptó la invitación de Arthur a su oficina privada en el último piso del hotel, después del cierre de las instalaciones. Era el escenario perfecto: un lugar aislado, donde Arthur se sentía un dios inalcanzable.

La oficina era un monumento al ego: muebles de caoba, paredes cubiertas de diplomas y fotografías de Arthur con alcaldes y gobernadores. En una de las esquinas, camuflada detrás de un cuadro de arte abstracto, Elena sabía que se encontraba la caja fuerte donde Arthur guardaba los registros contables reales de sus hoteles —los que demostraban el desvío de fondos y el lavado de dinero—, además de los videos con los que chantajeaba a su esposa para que no pidiera el divorcio.

Arthur le sirvió una copa de vino tinto. Elena la tomó, manteniendo sus manos temblorosas de "Clara".

—Estás muy callada esta noche, mi pequeña Clara —dijo Arthur, acercándose a ella por la espalda. Sus manos se posaron en los hombros de Elena, apretando con una fuerza que empezaba a cruzar la línea del confort. El abuso físico siempre comenzaba así, como un "masaje" demasiado firme—. ¿En qué piensas?

—Pienso en que... este lugar es demasiado grande para mí —susurró Elena, encogiéndose de hombros bajo su toque—. A veces tengo miedo de no ser lo que tú esperas, Arthur. Tu esposa... ella es tan hermosa, tan elegante. Yo solo soy... esto.

Arthur soltó una carcajada seca, un sonido lleno de desprecio que hizo que a Elena se le revolviera el estómago de indignación por Mariana. El hombre se movió hasta quedar frente a ella, levantando su barbilla con un dedo tosco.

—Mariana es una basura inútil —escupió Arthur, sus ojos brillando con una crueldad desnuda—. Una loca que no sabe agradecer el lugar que le di. Tú, Clara... tú eres diferente. Eres mía. Eres maleable. Haces lo que yo digo, vistes como yo digo. Eso es lo que un hombre como yo necesita. Una mujer que entienda su lugar.

—¿Y cuál es mi lugar, Arthur? —preguntó Elena, dejando que una lágrima falsa rodara por su mejilla palidecida.

—El que yo decida —respondió él, su rostro encendido por el subidón de poder que le otorgaba la sumisión de ella—. Mariana intentó rebelarse, intentó amenazarme con ir a la policía por unas supuestas "palizas". ¿Y sabes qué hice? Le mostré que yo controlo la ley en esta ciudad. Tengo videos, Clara. Videos de ella que destruirían su reputación y la de su familia si se le ocurre firmar los papeles del divorcio sin mi consentimiento. Está atrapada. Al igual que tú lo estarías si alguna vez se te ocurriera fallarme.

Elena parpadeó, permitiendo que el pánico inundara el rostro de Clara.

—¿Videos? No... tú no harías eso, Arthur. Eres un buen hombre.

—Soy el hombre que tiene el poder —sentenció él, inflándose de orgullo narcisista ante el aparente terror de su víctima. Caminó hacia el cuadro abstracto, lo deslizó hacia un lado y reveló la caja fuerte digital—. Todo lo que se necesita para destruir una vida cabe en este pequeño cubículo, Clara. Las finanzas de mis enemigos, el destino de Mariana... todo está bajo mi combinación.

Arthur introdujo el código de seis dígitos, sin percatarse de que Elena, con su visión periférica entrenada, memorizaba cada movimiento de sus dedos: 4-9-2-7-1-5. La fecha de nacimiento de su primera víctima, su madre. Los narcisistas siempre eran predecibles.

La puerta de la caja fuerte se abrió con un clic mecánico. Arthur sacó un disco duro externo y lo sopesó en su mano con una sonrisa malévola.

—Aquí está la vida de Mariana, Clara. Y mi fortuna entera. Así es como se gobierna a las personas. Con miedo.

Elena bajó la mirada, fingiendo un sollozo, pero detrás del flequillo de la peluca, sus ojos grises brillaron con la frialdad del acero. El monstruo no solo había mordido el anzuelo; se había tragado la red completa.

—Tengo... tengo que ir al baño, Arthur —dijo Elena con voz entrecortada—. Me siento un poco mareada. Tanta intensidad... me abruma.

Arthur sonrió, complacido por el efecto de su demostración de fuerza.

—Ve, mi pequeña. Acostúmbrate a esto. Este es tu nuevo mundo.

Elena caminó hacia el baño privado de la oficina. Una vez dentro, cerró la puerta con llave. No había lágrimas en su rostro. Sus movimientos se volvieron rápidos, precisos y letales. Sacó de su suéter holgado un pequeño dispositivo de transmisión de datos inalámbrico, un clonador de frecuencias que su equipo había diseñado.

La trampa estaba lista. Arthur Pendelton se creía un dios en su torre de cristal, pero no sabía que acababa de entregarle las llaves de su propio infierno a la única mujer capaz de destruirlo.

Elena miró su reflejo en el espejo del baño. Clara Espinoza había cumplido su propósito. Pronto, el "tipo ideal" de Arthur se convertiría en su peor pesadilla. Y mientras la imagen de los ojos verdes del detective Cross cruzaba su mente por un instante, Elena supo que el verdadero juego de supervivencia acababa de comenzar.

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