Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.
Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.
El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.
Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.
Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.
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Episodio 14
Acababan de llegar frente a la casa cuando la voz de Susana los alcanzó desde el porche.
—Álvar…
Álvar se volvió; el rostro de su madre lucía tenso, no por cansancio, sino por la noticia que acababa de recibir.
—Tu tío Aimán falleció —dijo Susana en voz baja—. El hermano mayor de tu padre. Nos acaban de avisar. Nos piden que vayamos a la aldea de al lado, no queda lejos…
Se detuvo un instante y añadió:
—Tu padre ya se adelantó.
Álvar asintió despacio.
—Que en paz descanse —murmuró.
Clara, de pie junto a él, también bajó la cabeza. Su mano rozó el brazo de Álvar por reflejo, un pequeño gesto de apoyo sin necesidad de palabras. Susana entonces dirigió la mirada hacia Clara. Sus ojos eran amables, aunque con una cautela evidente.
—Clara… —la llamó con suavidad—. ¿Puedo pedirte algo?
Clara asintió de inmediato.
—Sí, claro.
—La familia del difunto es bastante conservadora —explicó Susana con tono respetuoso—. Si no te molesta, ¿podrías usar ropa un poco más larga? No es por nada, cariño. Solo para respetar a una familia que está de luto.
Clara se quedó callada, no porque le molestara la petición, sino porque cayó en cuenta de un pequeño detalle: no tenía ropa larga.
Sus manos se tensaron a los costados. Álvar captó el cambio en su expresión y la miró un momento.
Susana lo notó enseguida. Sin hacer que Clara se sintiera más incómoda, se acercó y tomó la mano de su nuera.
—Ven conmigo un momento, cariño.
Dentro de la habitación, Susana sacó un vestido largo y sencillo de color crema pálido, holgado, limpio y bien planchado, y se lo entregó a Clara.
—Es mío —dijo con dulzura—. Si no te incomoda.
Clara recibió el vestido con ambas manos; el pecho se le llenó de calor.
—No, para nada —respondió con sinceridad—. No me incomoda en absoluto.
Susana esbozó una pequeña sonrisa, aliviada.
—Gracias, cariño. Sé que es de último momento. Si fuera una boda, no habría problema. Pero estamos de luto… hay que guardar las formas.
—Sí, lo entiendo —dijo Clara en voz baja.
Unos minutos después, Clara salió con el vestido puesto. Sencillo, pero elegante. Álvar la contempló sin darse cuenta de que su mirada se demoraba demasiado. Sintió un orgullo que no pronunció, mezclado con la certeza de que su esposa estaba aprendiendo a entrar en un mundo ajeno para ella.
Susana asintió despacio.
—Gracias por adaptarte, cariño.
Clara sonrió levemente.
—De nada.
El auto de Don Higinio, conducido por Álvar, se detuvo no lejos de la casa en duelo.
Álvar bajó primero, luego dio la vuelta y abrió la puerta del lado de Clara. La joven descendió con el vestido crema pálido que le caía con elegancia hasta los tobillos. Un chal ligero le cubría la cabeza, discreto y sin llamar la atención, pero justamente eso la hacía lucir distinta.
Varios vecinos sentados en sillas de bambú voltearon al mismo tiempo.
—¡Santo cielo!…
—Qué bonita la esposa de Álvar…
—Con razón Don Higinio está tan orgulloso…
Los murmullos fluían quedo, no como chisme, sino como admiración sincera.
Clara inclinó la cabeza con cortesía, las manos cruzadas frente al vientre. Saludó uno por uno a quienes encontraba a su paso, la voz suave, los movimientos mesurados. No quedaba rastro de la chica de ciudad que antes mencionaba la gente; solo una esposa que sabía comportarse.
Álvar caminaba a su lado y su mirada se posaba en Clara más tiempo del debido. No solo por su belleza, sino por la manera en que aquella mujer se adaptaba: sin quejarse, sin preguntar, sin exigir comprensión.
Y sin saber desde cuándo, el pecho de Álvar se fue llenando de un orgullo que crecía despacio.
Dentro de la casa, Don Higinio volteó al verlos llegar.
—Álvar —lo llamó en voz baja.
Álvar se acercó de inmediato y saludó a su padre con respeto. Clara también se inclinó, tomó la mano de su suegro y la besó.
—Gracias por venir, hija —le dijo a Clara. Antes de que pudieran sentarse, se oyeron otros pasos desde afuera.
Varias cabezas volvieron a girar. La doctora Ester había llegado.
Vestía de negro, con sencillez, el cabello bien arreglado. Su rostro se veía sereno, pero el brillo de sus ojos cambió cuando reconoció la figura de Álvar… y luego se detuvo en Clara.
Algunos murmuraron en voz baja.
—La doctora Ester…
—Sí… era muy cercana al difunto, al tío Aimán.
—La esposa del tío Aimán y ella son amigas de toda la vida.
Ester entró y saludó a cada familia uno por uno. Su actitud era de empatía genuina, sin artificio. Se detuvo largo rato frente al féretro, conteniendo la respiración un instante, como si recordara muchas cosas que nunca dijo.
Cuando alzó la vista, su mirada volvió a encontrarse con la de Álvar.
En un rincón de la casa en duelo, los susurros empezaron a hacerse audibles. Quedos, pero lo bastante claros para oídos atentos.
—Recién casados y vienen al velorio…
—Eso da mala suerte… después les cuesta tener hijos.
Aquel comentario hizo que Clara se detuviera un momento.
Los ojos se le abrieron por reflejo; luego miró a Álvar. No estaba enojada, sino genuinamente preocupada. Sabía que creencias como esa seguían muy vivas en la aldea. Y también sabía que una frase así no era solo un mito: podía convertirse en un estigma social.
Álvar captó aquella mirada. La mandíbula se le endureció, pero antes de que pudiera abrir la boca, Susana ya se había puesto de pie.
—Las supersticiones son asunto de cada quien —declaró Susana con voz tranquila pero filosa—. En cuanto a los hijos, eso es voluntad de Dios.
Varios vecinos enmudecieron.
—Además —continuó Susana, lanzando una mirada fugaz hacia Ester—, Álvar y Clara tampoco tienen prisa. Quieren conocerse primero. Enamorarse después de casarse es más digno que andar de novios mucho tiempo y terminar casándose por obligación.
El tono sonó ligero, pero la indirecta fue transparente.
Clara captó la dirección de aquella mirada. Había algo que se asentaba en la actitud de su suegra cada vez que el nombre de Ester quedaba implícito. Una herida antigua, tal vez. O una decepción que no había cerrado.
Álvar se acercó a su madre; la voz baja pero firme.
—Mamá… ya. Estamos en una casa ajena, de luto. No queda bien armar alboroto.
Susana resopló, luego asintió brevemente.
—Está bien —dijo, y volvió a sentarse—. Solo quería dejarlo claro.
Álvar regresó junto a Clara. No dijo nada, pero su posición era inequívoca: eligió estar al lado de su esposa.
Clara se sentó entre varias señoras de la aldea, las manos cruzadas con cuidado sobre el regazo. Guardó silencio casi todo el tiempo, asintiendo de vez en cuando con un leve gesto si le dirigían la palabra. El rostro sereno, pero los oídos en alerta.
Al poco rato, Susana se levantó y se dirigió al interior de la casa para ver a la esposa del tío de Álvar. En cuanto Susana se fue, las voces que antes se contenían empezaron a brotar.
—Doña Susana sigue enojada, ¿verdad?…
—Sí, parece que es por lo que pasó antes.
Clara giró la cabeza despacio; el pecho se le encendió con una curiosidad repentina.
Sin embargo, antes de que pudiera escuchar más, una de las señoras carraspeó con discreción.
—Shh… señora, no hable de eso así como así. Su nuera está aquí, qué pena.
El silencio cayó de golpe. Varios pares de ojos miraron a Clara, no con malicia, sino con incomodidad. Clara esbozó una sonrisa tenue, como si no hubiera oído nada. Pero esa sonrisa no le llegó a los ojos.
¿Qué fue lo que pasó entre mi suegra y la doctora Ester?, se preguntó Clara en su interior.