“Cuando el pasado guarda sus secretos, dos destinos chocan entre el odio, el poder y una promesa que cambiará todo.”
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CAPÍTULO 12
—Isabella
La mesa estaba llena de platos, de risas, de voces que hablaban de cosas normales, de planes para los días que venían.
Mi mamá contaba anécdotas del viaje, mi papá asentía, Matías Fernando hacía bromas…
y yo solo podía mirar mi plato sin ver nada, sintiendo los ojos de Adrián sobre mí cada pocos segundos, como una advertencia silenciosa.
Tenía el estómago cerrado, cada bocado me costaba tragarlo, sabiendo que en cualquier momento algo se rompería.
Y entonces sucedió.
Adriella, sentada entre él y yo, levantó la vista con esos ojos brillantes e inocentes y preguntó con voz clara que se escuchó en todo el comedor:
¿Mi mamá Isabella y mi papá Adrián se van a casar?
El silencio cayó de golpe.
Todos dejaron de hablar.
Todos me miraron a mí.
Él me miró, esperando mi respuesta, y yo no respondí.
No pude.
La garganta se me cerró, el miedo me paralizó, no salió ninguna palabra de mi boca.
Lo vi entonces asentir despacio, tomar a su hija en brazos y empezar a caminar hacia las escaleras.
Ahí supe que estaba perdida.
Adriella era su hija, no era mía…
pero yo sabía lo que él era capaz de hacer.
Sabía que si subía con ella y yo no decía nada, la usaría, la lastimaría para castigarme a mí.
Ese miedo fue más fuerte que mi propia voz, más fuerte que mi propia verdad.
—¡Sí! —grité casi sin querer, con la voz rota—.
Sí… es verdad.
Nos vamos a casar.
Voy a subir a ver a Adriella…
a ver si necesitas ayuda.
Me levanté temblando, con el corazón a punto de salirse, mientras todos abajo sonreían aliviados, sin saber que acababa de vender mi libertad por miedo a que le hiciera daño a una niña inocente.
Yo pensé que solo eran palabras para amenazarme, que solo lo decía para asustarme y que obedeciera…
Hasta que escuché la vocecita alegre de la niña mientras él subía los escalones:
—¡Sí! ¡Papá, me haces cosquillas!
¡Me encanta cuando jugamos!
Y supe que no estaba bromeando.
—Adrián
La vi callada.
La vi quedarse muda cuando todos esperaban su respuesta.
Sabía que dudaba, que quería negarlo, que quería gritar la verdad.
Pero también sabía lo que pasaba por su cabeza cuando me vio tomar a mi hija.
Sabía que aunque Adriella era mía, ella no soportaba la idea de que yo usara a esa niña para cobrar mi deuda.
Y cuando la vi levantar la voz, cuando la vi decir que sí… supe que tenía el control total.
Subí despacio, sintiéndola detrás de mí.
Cuando cerramos la puerta, la ternura fingida desapareció por completo.
La miré fijamente, con los ojos llenos de odio y de posesión absoluta:
—¿Te costó mucho decirlo?
¿Tuviste que verme subir con ella para entender que no tienes opción?
Ella es mi hija…
Pero tú la has convertido en tu debilidad.
Y yo la usaré hasta que entiendas que cuando yo hablo, se obedece sin dudar.
Cuando yo ordeno, se cumple.
Y si no lo haces por ti…
lo harás por ella.
Me acerqué a ella, le sujeté la mandíbula con fuerza bruta, haciéndola mirarme a los ojos:
—¿Entiendes bien lo que te digo?
Eres mía.
Tu vida, tus palabras, lo que sientes y lo que callas…
todo me pertenece.
Y si vuelves a dudar, si vuelves a quedarte muda cuando yo diga algo…
te juro que no te bastará con imaginar lo que soy capaz de hacer.
Soy una bestia, y tú lo sabes mejor que nadie.
—Isabella
Entré a la habitación temblando de pies a cabeza.
La puerta se cerró tras de mí como si sellara mi destino para siempre.
Y ahí estaba él, dejando caer toda su máscara de calma, mostrándome al monstruo que solo yo conocía.
Mientras Adriella ya estaba en la bañera, chapoteando feliz sin sospechar nada, él me habló con una crueldad que me atravesó el alma.
Me empujó hacia el baño, me obligó a ayudarle, y cada movimiento suyo, cada roce, cada mirada me recordaba que ya no tenía nada que fuera mío.
Ni siquiera mi silencio me pertenecía.
—Ven —me dijo con voz seca—.
Ayúdame a lavarla bien.
Y piensa muy bien lo que haces, porque cada cosa que hagas o dejes de hacer depende de lo que le pase a esa niña.
Mientras la niña reía y pedía que le hicieran cosquillas, mientras hablaba de su juguete nuevo y de lo feliz que estaba con nosotros, yo solo podía pensar en una cosa:
él sabe que le temo.
Él sabe que es una bestia.
Y por eso me tiene exactamente donde quiere.
No tengo escapatoria.
No tengo voz.
No soy nada más que lo que él quiera que sea.
—Adrián
La vi vencida.
Vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas que no se atrevía a dejar caer.
Sabía que me entendía.
—Ahora —le dije con frialdad absoluta—, cuando bajemos vas a decirles a todos que estás muy feliz, que no puedes esperar a ser mi esposa, que no hay nada que quieras más que esto.
Y vas a sonreír como si nada te doliera, como si no estuvieras rota por dentro.
Porque si no lo haces…
cada noche será peor que la anterior.
Y nadie te creerá.
Nadie vendrá a salvarte.
Nadie puede contra mí.
Me acerqué a su oído y le susurré con una voz ronca y llena de amenaza:
—Y recuerda bien esto:
soy tu dueño.
Y te haré pagar cada segundo de mi dolor, cada duda, cada momento en que te atrevas a olvidar quién manda aquí.
—Isabella
Asentí, sin lágrimas ya, sin voz, sin fuerzas para resistir ni un segundo más.
Y supe que esa noche no había terminado.
Que mi infierno apenas comenzaba, y que mientras él tuviera a Adriella en sus manos.
yo sería su prisionera para siempre, atada por el miedo y por una mentira que todos creían verdad.