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La Sangre Que Doblegó Al Rey

La Sangre Que Doblegó Al Rey

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Hombre lobo / Mujer poderosa
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Caami Puig

Sophia Clarkson, 17, heredera de Luna Plateada.
Kael Drevon, 24, rey de reyes de Colmillo Negro.

No se conocen. Pero el hilo los encontró.

A 600 kilómetros, ella se quema las manos para no correr hacia él.
Él apoya la frente en vidrio frío para no decir su nombre.

NovelToon tiene autorización de Caami Puig para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

*Juramento de Lealtad*

El salón del trono de la Manada Luna Plateada estaba en silencio.

Por respeto.

El frío venía antes que ellos. Se colaba por debajo de las puertas de obsidiana, mordía los tobillos de los guerreros que formaban dos filas perfectas a lo largo del salón. Nadie tosía. Nadie cambiaba el peso de un pie al otro. En esta sala, el movimiento innecesario se leía como desafío.

Las puertas cedieron sin un chirrido.

_Primero entró Aldric Clarkson, el Alfa._

Cuarenta años de cazar y matar se le notaban en la forma en que pisaba: sin prisa, sin ruido. No necesitaba demostrar nada. Alto, musculoso. Cada cicatriz que asomaba por el cuello no era de adorno; era un mapa de pelea, cerrada con la precisión de quien aprendió a pelear para no morir dos veces.

El pelo negro le caía a los hombros, canoso en las sienes como ceniza vieja. Pero lo que te clavaba eran los ojos. Azul hielo. Fríos. No te evaluaban. Te sentenciaban. Te miraban y ya sabías si ibas a vivir o a morir. Y si decidían que no, no había súplica que cambiara el resultado.

Detrás de él, _Lysandra Clarkson, la Luna._

Treinta y ocho años y no había perdido ni un gramo de filo. El tiempo en ella no era desgaste, era afilado. Pelo negro hasta la cintura, liso, perfecto, sin un solo mechón fuera de lugar. Vestido negro con hilos de plata que parecían venas de una bestia bajo la piel. Se movía como si el aire se apartara solo para dejarla pasar.

Sus ojos eran azul hielo también, pero con un destello violeta cuando evaluaba a alguien. No sonreía. No hacía falta. Su silencio era más pesado que los gritos de otros alfas. Cuando Lysandra te miraba, sentías que te estaba midiendo para el ataúd o para el consejo. No había término medio.

Entre ellos, como un equilibrio frágil, venían los tres hijos. La línea Clarkson completa.

_Sophia Clarkson, diecisiete años._

La heredera.

Alta para su edad, delgada, con la espalda recta de quien se entrenó para no encorvarse nunca. El entrenamiento no le había dado músculo grueso, le había dado control. Cada paso era medido, sin desperdicio. Pelo negro largo, suelto, cayéndole como una cortina de noche hasta la mitad de la espalda. No usaba adornos. No los necesitaba.

Ojos azul hielo idénticos a los de su padre, pero más contenidos. Más peligrosos por eso. Aldric miraba y cortaba. Sophia miraba y esperaba. Y cuando esperaba, la gente empezaba a hablar de más.

No miraba a la manada. Los calculaba. Dividía a los presentes en útiles, desechables y amenazas en menos de tres segundos.

_Ella es la futura heredera de la manada más sangrienta, tiene un carácter que muchos le tienen miedo._

El rumor corría desde los dieciséis. A los quince ya había desarmado a un guerrero de treinta años en el círculo de entrenamiento y lo dejó arrodillado con una daga en la garganta. No mató. No hacía falta. El mensaje quedó claro: la sangre Clarkson no juega.

Pero esa era solo una cara de la moneda.

Fuera de la guerra, la Manada Luna Plateada no tenía iguales en lealtad. Los Clarkson eran despiadados con los enemigos y ridículamente generosos con los suyos. No había lobo enfermo sin curación. No había cachorros sin alimento. No había guerrero que volviera herido sin recompensa y descanso.

Aldric lo decía simple, y lo cumplía: “La sangre se guarda para los que la derraman por nosotros”.

Por eso, cuando salía la orden de marcha, nadie dudaba. Sabían que si caían, sus familias no quedarían en la calle. Esa era la razón por la que la manada más temida de la región también era la que menos deserciones tenía. Miedo afuera. Lealtad adentro.

A su izquierda, _Kaelen Clarkson, quince años._

El príncipe problemático.

Más alto que Sophia ya, con la torpeza de quien creció demasiado rápido en seis meses. Hombros anchos, manos grandes que todavía no sabía dónde poner cuando no estaba peleando. Pelo negro revuelto, sin peinar, como si no le importara la imagen. Y no le importaba. No era descuido. Era rechazo a la formalidad.

Sus ojos azul hielo eran más oscuros, turbios. Cuando se enojaba, el azul se volvía casi negro. Y cuando se enojaba, peleaba sucio.

Caminaba con los hombros tensos, orgullo peleándose con inseguridad. Sabía que vivía a la sombra de Sophia. Lo odiaba y lo usaba como combustible. En el círculo, era más agresivo que ella. Más imprudente. Había perdido tres duelos por eso. Pero los que lo enfrentaban salían con marcas que tardaban semanas en irse.

A la derecha, _Seris Clarkson, catorce años._

La más pequeña. Y la más peligrosa de leer.

Menuda, ágil, con un aire que no era frágil sino rápido. Como un cuchillo fino. Pelo negro con un mechón plateado natural que le cruzaba la frente desde que nació. Nadie sabía por qué. Lysandra decía que era marca de la luna. Aldric decía que era mala suerte para sus enemigos.

Sus ojos azul hielo brillaban más que los de los demás, curiosos, afilados. Sonreía poco. Cuando lo hacía, se parecía demasiado a Lysandra para estar tranquilo. Tenía la costumbre de quedarse en las esquinas, escuchando. Absorbiendo. A los catorce ya conocía los nombres de todos los guerreros, sus familias, y qué debían.

Era la que preguntaba “¿y si fallamos?” cuando todos estaban celebrando. Por eso Aldric la llevaba a las reuniones del consejo.

Los cinco se detuvieron frente al trono de piedra. Un bloque de basalto negro tallado sin lujos. Aldric no se sentó. No lo necesitaba. El trono era para los débiles que necesitaban altura para hacerse notar.

“Esta es la manada Luna Plateada”, dijo su voz baja. No retumbó. No hacía falta. El salón estaba tan quieto que su voz parecía venir de todas partes.

“Somos los más sangrientos con quienes nos atacan. Y los más generosos con quienes nos siguen. Estos son mis hijos. Mi sangre.”

Un silencio.

Cientos de lobos en la sala agacharon la cabeza. No por los títulos.

Por los ojos.

Todos iguales. Azul hielo. Como si vinieran del mismo invierno.

En la tercera fila, Marek, veterano de cuarenta años, apretó el puño. Recordaba la última vez que los Clarkson entraron así. Hacía tres años, cuando la Manada Colmillo Roto cruzó la frontera. Volvieron con las cabezas de los tres alfas enemigos en sacos. Marek había visto a Sophia, entonces de catorce, sostener una de esas cabezas sin pestañear. Tenía las manos manchadas de barro y sangre, y le dijo a un cachorro que lloraba: “No mires si no vas a aguantar. Pero no mires para otro lado si vas a pelear”.

Sophia dio un paso adelante. Su mirada recorrió la sala sin parpadear. No buscaba aprobación. Buscaba grietas.

“Yo soy Sophia Clarkson”, dijo. Su voz no era fuerte. Era clara. Como hielo rompiéndose.

“Y si alguno cree que puede tocar a mi familia, va a aprender por qué tenemos ese nombre. No les voy a pedir que me quieran. Les voy a pedir que sean útiles. Los útiles viven. Los inútiles no.”

Hizo una pausa. Dejó que la frase cayera.

“Pero si me juras lealtad, nunca te va a faltar nada. Comida. Sanación. Venganza. Mi padre lo cumple. Mi madre lo cumple. Yo lo cumpliré mejor.”

Kaelen resopló detrás. No era burla. Era frustración. Él hubiera dicho lo mismo con más gritos y menos palabras.

Seris sonrió apenas. Un gesto mínimo que solo Lysandra vio.

Lysandra no se movió. Su evaluación había terminado en el segundo que entraron. La manada estaba quieta. Eso era suficiente por ahora.

Aldric asintió una vez.

El mensaje estaba dado.

La familia Clarkson había llegado.

El silencio se rompió con el golpe de una lanza contra el suelo.

Adelante, Samuel, capitán de la guardia, hincó una rodilla. “Por la sangre Clarkson”, dijo.

Detrás de él, cien voces repitieron: “Por la sangre Clarkson”.

No era devoción ciega. Era pragmatismo. En esta región, jurar por los Clarkson era jurar por comida en invierno y venganza en primavera.

Sophia no cambió la expresión. Solo anotó mentalmente quién dudó medio segundo antes de arrodillarse. Había siete. Tres eran nuevos. Cuatro eran viejos que se creían intocables. Los iba a vigilar.

“Despejen”, ordenó Aldric. “Quiero el reporte de la frontera norte. Y que traigan a los cachorros de la camada de primavera. Quiero verlos.”

La sala se movió como un solo cuerpo. Silencioso, eficiente. Así era Luna Plateada.

Cuando quedaron solos, Lysandra se acercó a Sophia y le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Un gesto mínimo, pero en público era casi un escándalo de afecto.

“Bien”, dijo Lysandra. “No temblaste. No pediste permiso. No te disculpaste.”

Sophia sostuvo la mirada de su madre. “No tengo por qué.”

“No”, dijo Lysandra. “Pero recuerda por qué no tienes que hacerlo. Porque si fallas, ellos van a recordar que sangras igual.”

Sophia asintió. No necesitaba más.

Kaelen se acercó, golpeando el hombro de su hermana con el suyo. “Podrías haberles dicho que les voy a partir la cara si me miran mal”, dijo en voz baja.

“Ya lo saben”, respondió Sophia sin mirarlo. “No hace falta decirlo dos veces.”

“Aburrida”, murmuró Kaelen, pero había orgullo en su tono.

Seris se coló entre los dos. “Papá quiere ver a los cachorros. Eso significa que va a haber una prueba.”

“Obvio”, dijo Kaelen. “Siempre hay prueba.”

“Y vos vas a fallar porque no podés estar quieto dos minutos”, le dijo Seris con una sonrisa pequeña.

“Callate, rata”, respondió Kaelen, pero no había veneno. Solo resignación de hermano mayor.

Aldric los observaba desde un costado. No intervenía. Dejaba que se midieran solos. Así aprendían.

“Lista”, le dijo a Sophia sin preámbulos. “La manada te acepta. Ahora falta que el resto del mundo lo haga.”

“¿Cuándo?” preguntó Sophia.

“Pronto”, dijo Aldric. “Hay rumores del norte. El Rey de Reyes está moviendo piezas. Y los profetas hablan de ojos azul hielo.”

El nombre cayó como una piedra en agua quieta.

Lysandra cerró los ojos un segundo. Kaelen dejó de bromear. Seris se quedó quieta, analizando.

Sophia no reaccionó. No en la cara. Por dentro, algo se encendió.

El Rey de Reyes. El alfa de alfas. El que gobernaba desde la Ciudad de Ceniza, a 600 kilómetros de aquí. Nunca había pisado territorio Luna Plateada. Decían que era porque no lo necesitaba.

“¿Y?” dijo Sophia.

“Escuchen bien”, dijo Aldric, bajando la voz para que todos lo oyeran. “A la única manada a la que los Clarkson le tienen muchísimo respeto es al Rey de Reyes. No por miedo. Por derecho. Él unificó lo que nadie pudo. Si viene en paz, se le escucha. Si viene en guerra, se le recibe como a un igual.”

El salón se quedó más quieto aún. Era la primera vez que oían a Aldric admitir eso en voz alta.

“¿Y si quiere guerra?” preguntó Seris.

“Entonces se la damos”, dijo Aldric. “Pero en nuestros términos. Y en nuestra tierra.”

“Entonces que venga”, dijo Sophia. “Que vea lo que es la sangre Clarkson. Y que decida si quiere ser parte o si quiere ser historia.”

“Que se arrodille él si quiere algo de nosotros”, dijo Aldric.

“Haci será padre”, repitió Sophia en voz baja.

“Bien”, dijo Aldric.

Fuera del salón, la nieve empezó a caer. Gruesa, silenciosa. Cubriendo las huellas de los que se iban y dejando el terreno limpio para los que vendrían.

En algún lugar, lejos de aquí, el Rey de Reyes se despertó con el pecho apretado. Había soñado con ojos azul hielo otra vez.

Él no lo sabía aún. Pero cuando la vea, todo cambiaría.

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Tamara Cruz
👏
Caami Puig
Hola buenas noches!
voy a estar subiendo capitulos día por medio. así tengo tiempo de planificar y crear. espero que le guste. estaba haciendo otra novela. pero no me convencio, asiq espero que está si puedan disfrutar. muchas gracias y cualquier cosa que quieran decirme bienvenido sea❤️❤️❤️❤️🥰🥰🥰🥰
ximijass: cuando esté completa, avisa!!!!🥰🥰🥰👏☺️
total 1 replies
Claudia Correa
es entretenida, y me gusta q la trama se desarrolle en Argentina
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