Ya llegue con una nueva historia, bueno lean la y comenten
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23
La primera audiencia de la emperatriz
Habían pasado varias semanas desde la boda.
La paz se había asentado en el Imperio Demoníaco y, por primera vez en muchos años, los ciudadanos podían dormir sin miedo a una guerra.
Pero gobernar un imperio significaba enfrentar otros desafíos.
Aquella mañana, Selene fue despertada por tres doncellas.
—Su Majestad... hoy es la primera audiencia imperial presidida por usted.
Selene abrió lentamente los ojos.
—¿Ya amaneció?
—Hace una hora...
Ella suspiró.
—Perfecto... si Astaroth sigue dormido, tendré tiempo para prepararme tranquila.
Apartó las sábanas con cuidado.
Miró hacia el otro lado de la cama.
Vacío.
Frunció el ceño.
—¿Otra vez se levantó antes que yo?
Una doncella sonrió con nerviosismo.
—En realidad...
Su Majestad está esperándola desde hace media hora.
Selene se llevó una mano a la frente.
—¿Media hora?
—Sí...
Dice que quiere desayunar con usted antes de la audiencia.
Ella no pudo evitar sonreír.
—Ese demonio de verdad no tiene remedio.
Cuando llegó al comedor imperial, Astaroth ya estaba sentado.
Pero, para sorpresa de todos, no estaba bromeando ni molestando a los cocineros.
Revisaba varios documentos.
En cuanto vio entrar a Selene, su expresión cambió por completo.
—¡Buenos días, esposa!
Ella tomó asiento frente a él.
—Buenos días.
Él deslizó un plato con su desayuno.
—Tienes que comer.
La audiencia será larga.
Selene arqueó una ceja.
—¿Desde cuándo eres tan responsable?
—Desde que tengo una esposa que olvida desayunar cuando está nerviosa.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Cómo sabes que estoy nerviosa?
Astaroth señaló la taza de té.
—Llevas cinco minutos moviendo la cuchara sin probar un solo sorbo.
Selene bajó la mirada.
Era cierto.
Él había aprendido a leerla mejor de lo que ella imaginaba.
Una hora después...
Las enormes puertas del salón del trono se abrieron.
Decenas de nobles esperaban la llegada de la nueva emperatriz.
Algunos la admiraban.
Otros...
No ocultaban su desconfianza.
—Es humana...
—¿Será capaz de gobernar demonios?
—Solo está aquí porque se casó con el príncipe.
Los murmullos llegaron hasta Selene.
Respiró profundamente.
Astaroth, que caminaba a su lado, se inclinó apenas hacia ella.
—No los escuches.
Ella respondió sin mirarlo.
—No me molestan.
Solo quiero demostrarles que están equivocados.
Él sonrió con orgullo.
—Esa es mi esposa.
La audiencia comenzó.
El primer caso parecía sencillo.
Dos comerciantes discutían por los derechos sobre una mina de cristales negros.
Cada uno aseguraba tener los documentos auténticos.
Los ministros comenzaron a debatir.
Las voces se elevaban.
Nadie llegaba a un acuerdo.
Entonces Selene levantó la mano.
Todo quedó en silencio.
—¿Puedo ver los contratos?
Los revisó durante unos minutos.
Después pidió un mapa de la región.
Y finalmente sonrió.
—Ya entiendo.
Uno de los comerciantes frunció el ceño.
—¿Quién tiene la razón, Su Majestad?
Selene negó con la cabeza.
—Ninguno.
Los dos hombres se quedaron inmóviles.
Ella señaló el mapa.
—Ambos contratos son auténticos.
Pero corresponden a minas diferentes.
La confusión ocurrió porque, hace quince años, un terremoto modificó el cauce del río que servía como límite entre ambas propiedades.
Los ministros comenzaron a revisar antiguos registros.
Minutos después...
Confirmaron que Selene tenía razón.
El conflicto quedó resuelto sin necesidad de castigar a nadie.
Los comerciantes hicieron una reverencia.
—Gracias, Majestad.
Los murmullos cambiaron de tono.
—Qué observadora...
—Resolvió un problema que llevábamos semanas discutiendo.
Astaroth no podía ocultar su sonrisa.
—Te dije que dejarían de subestimarte.
Sin embargo...
Cuando parecía que la audiencia terminaría en paz, las puertas del salón se abrieron de golpe.
Un joven guardia entró corriendo.
Tenía el uniforme cubierto de polvo.
—¡Majestad!
Todos se pusieron de pie.
—¡Acaban de atacar un pueblo en la frontera norte!
El salón quedó completamente en silencio.
El guardia respiraba con dificultad.
—No fueron bandidos...
Los sobrevivientes aseguran que eran soldados con armaduras de hielo...
Y llevaban el estandarte del Imperio de Glaciem.
Astaroth y Selene intercambiaron una mirada.
Recordaron las palabras del hombre que observó su boda desde el norte.
Así que la amenaza...
Por fin había dado el primer golpe.
El salón del trono quedó en completo silencio.
El joven guardia seguía arrodillado, respirando con dificultad después de haber cabalgado durante dos días sin descanso.
Astaroth descendió los escalones del trono.
Su expresión había cambiado por completo.
Ya no quedaba rastro del hombre bromista que perseguía a su esposa por todo el palacio.
Frente a una amenaza...
Volvía a ser el príncipe demonio al que todos respetaban.
—Levántate y cuéntamelo todo.
El guardia obedeció.
—El pueblo fronterizo de Vargan fue atacado al amanecer. Los soldados enemigos no intentaron conquistar el lugar...
Solo buscaban algo.
Selene dio un paso adelante.
—¿Qué buscaban?
—No lo sabemos, Majestad. Registraron todas las casas y después incendiaron los almacenes. Cuando encontraron resistencia... mataron a varios habitantes.
El ambiente se volvió pesado.
Uno de los generales golpeó la mesa con el puño.
—¡Eso es una declaración de guerra!
Otro negó con la cabeza.
—No. Si hubieran querido una guerra, habrían atacado una fortaleza.
Astaroth permaneció pensativo.
Algo no encajaba.
El emperador demonio entró al salón apenas unos minutos después.
Había sido informado mientras presidía otra reunión.
—¿Qué sabemos de Glaciem?
Un anciano ministro abrió un enorme mapa del continente.
En el extremo norte aparecía un inmenso territorio cubierto de nieve.
—Durante casi cuarenta años, el Imperio de Glaciem permaneció aislado. Cerraron sus fronteras después de una guerra civil y jamás volvieron a intervenir en los asuntos del continente.
Selene observó el mapa.
—Entonces... ¿por qué salir ahora?
Nadie tuvo una respuesta.
Horas más tarde...
Astaroth y Selene cabalgaban hacia Vargan acompañados por una pequeña escolta.
Él había insistido en ir personalmente.
—Si atacaron una vez, podrían regresar.
Selene miró el paisaje que poco a poco cambiaba.
Los bosques verdes daban paso a montañas frías.
El aire era más helado.
—Nunca había estado tan al norte.
Astaroth sonrió.
—Y espero que no tengas que acostumbrarte al frío.
Ella lo miró divertida.
—¿Quién habla? Tú eres un demonio.
—Precisamente.
Odio el frío.
Selene soltó una risa.
—Pensé que los demonios eran inmunes a todo.
—Somos inmunes al sentido común.
Al frío, no.
Ella negó con la cabeza, divertida.
—No sé cómo logras hacer bromas incluso en momentos así.
Astaroth la observó unos segundos.
—Porque si dejo que el miedo gobierne mis decisiones...
Entonces ya perdimos.
Selene comprendió aquellas palabras.
Por eso la gente lo seguía.
No era solo fuerte.
Sabía transmitir calma.
Al llegar a Vargan...
El panorama era desolador.
Varias casas seguían humeando.
Los habitantes trabajaban para reconstruir lo poco que había quedado en pie.
Una niña abrazaba un muñeco cubierto de ceniza.
Selene descendió del caballo de inmediato.
Comenzó a ayudar a los heridos sin importar que fuera la emperatriz.
Vendaba heridas.
Repartía agua.
Consolaba a los niños.
Los habitantes empezaron a observarla con admiración.
Mientras tanto, Astaroth recorría el lugar inspeccionando cada detalle.
No tardó en detenerse frente a una casa destruida.
El suelo estaba cubierto de huellas.
Se agachó.
Pasó los dedos sobre la tierra.
—No buscaban comida...
Ni oro.
Uno de los soldados preguntó:
—¿Cómo lo sabe, Majestad?
Astaroth señaló el interior de la vivienda.
Las monedas seguían sobre una mesa.
Las joyas no habían sido robadas.
Pero la biblioteca estaba completamente revuelta.
Los cajones abiertos.
Los libros arrancados de los estantes.
—Buscaban documentos.
Selene llegó hasta él.
—¿Qué clase de documentos habría en un pueblo tan pequeño?
En ese momento...
Una anciana levantó tímidamente la mano.
—Yo... creo saberlo.
Todos la miraron.
—Hace muchos años...
Mi abuelo fue escribano del antiguo emperador.
Antes de morir escondió unos pergaminos aquí.
Decía que algún día alguien vendría a buscarlos.
Astaroth intercambió una mirada con Selene.
—¿Dónde están esos pergaminos?
La mujer bajó la cabeza.
—Se los llevaron.
El silencio volvió a caer.
Los soldados de Glaciem habían conseguido exactamente lo que buscaban.
Pero nadie sabía qué contenían aquellos documentos.
Cuando el sol comenzaba a ocultarse, uno de los exploradores regresó al pueblo a toda velocidad.
—¡Majestad!
—¿Qué ocurre?
—Encontramos el campamento enemigo...
Pero está completamente vacío.
Se marcharon hace apenas unas horas.
Solo dejaron una cosa.
El explorador entregó un pequeño estuche de madera.
Astaroth lo abrió.
Dentro había una pieza de ajedrez tallada en hielo.
Un rey.
Debajo había una nota escrita con una caligrafía impecable.
"Primer movimiento."
Astaroth cerró lentamente el estuche.
Una sonrisa desafiante apareció en su rostro.
—Así que quieres jugar...
Selene lo miró preocupada.
—¿Qué significa?
Él levantó la vista hacia las montañas nevadas del norte.
—Significa que nuestro enemigo no solo quiere vencer.
Quiere hacerlo moviendo cada pieza con paciencia.
Como si todo fuera una partida de ajedrez.
Apretó la pieza de hielo entre sus dedos.
—Lástima para él...
Porque acaba de invitarme a jugar.
Y nunca me ha gustado perder.
Continuará...
muchas gracias, bendiciones...