Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 1
Capítulo 1
La lluvia caía como si Buenos Aires se estuviera rompiendo desde arriba.
Sol Linares seguía arrodillada frente al portón de la casona de su padre. Tenía el pelo pegado a la cara, la ropa empapada y las rodillas tan dormidas que ya no sabía si dolían o si habían dejado de pertenecerle.
—Papá... por favor. Abrime.
El viento le arrancó la voz.
Sol avanzó de rodillas hasta la cámara de seguridad. Levantó la cara pálida, con los ojos hinchados de lluvia y de llanto.
—Sé que estás mirando. Necesito quinientos mil para la operación de mamá. Está esperando cirugía. No puede seguir así.
Un trueno iluminó la calle. Adentro, en el living tibio y seco, Ricardo Linares cruzó una pierna sobre la otra y tomó un sorbo de té. A su lado, Valeria Rivas miraba sus uñas recién hechas con una mueca de fastidio.
—Hace más de media hora que está ahí —dijo ella—. Dale, dejala pasar. Queda feo.
Ricardo suspiró, como si la escena lo lastimara de verdad.
—Es igual a la madre. Terca. Cuando entre, hablale bien. No la golpees.
Valeria soltó una risa seca.
—Mirá vos, qué padre ejemplar.
Cuando Sol ya creía que iba a desmayarse, el portón hizo un ruido metálico. La empleada abrió apenas.
—Señorita Sol, pase.
Sol entró dejando un rastro de agua sobre el piso brillante. No miró los muebles, ni las lámparas, ni la comodidad que a ella y a su madre les habían negado durante años. Apenas vio a Ricardo, se arrodilló otra vez.
—Papá, ayudame. Mamá necesita la cirugía. Te prometo que voy a devolverte todo.
Ricardo bajó la taza.
—Sol, ya te dije la vez pasada. En esta casa las decisiones grandes las toma Valeria.
Después miró a su esposa con una ternura falsa.
—Amor, por mí. Mirá cómo está la nena.
Sol bajó la cabeza. Conocía esa obra. Ricardo se ponía la máscara de padre dolido y dejaba que Valeria hiciera de verdugo.
Valeria se tapó la nariz con dos dedos al ver el charco que crecía bajo Sol.
—No terminaste la carrera, no tenés trabajo fijo y querés quinientos mil. ¿Cuándo pensás devolverlos? ¿En otra vida?
Sol apretó los puños.
—Voy a trabajar.
—Ya te di una oportunidad y la rechazaste. Te lo pregunto por última vez. ¿Aceptás o no?
Sol levantó los ojos hacia Ricardo. Él no dijo nada. Ni una palabra para defenderla.
Entonces ella entendió que no había padre en esa sala. Sólo un hombre vendiendo a su hija.
—Acepto.
Valeria y Ricardo se miraron. La alegría les brilló antes de que pudieran esconderla.
La familia Alcázar había llamado en persona. Si los Linares entregaban una hija para casarse con Bruno Alcázar y cuidarlo de cerca, la transferencia llegaría enseguida. Una fortuna. No quinientos mil. Una cifra obscena.
Valeria miró a Sol de arriba abajo. La hija de Mercedes, esa mujer a la que siempre había odiado, valía más de lo que jamás imaginó.
Ricardo sonrió.
—Así se habla, hija. La sangre tira. Al final, ¿quién te ayuda? Tu familia. Sos joven, todavía no entendés cómo funciona el mundo.
Sol tragó el dolor de garganta.
—Necesito volver al sanatorio. El médico está esperando.
—Claro —dijo Valeria—. Pero antes firmá.
Sacó un sobre del cajón de la mesa ratona y le tendió una hoja.
Sol leyó apenas lo indispensable. Matrimonio. Residencia Alcázar. Cuidado personal. Renuncia a reclamar. Todo escrito con palabras limpias para una cosa sucia.
Firmó: Sol Linares.
Valeria sacudió el papel con una sonrisa.
—¿Viste? Era fácil. Tanto drama para algo tan simple. Si tu mamá se complicaba por tu culpa, no ibas a venir a echarnos la culpa a nosotros.
—Basta —la cortó Ricardo, ya impaciente—. Ya firmó.
Valeria le dio una tarjeta.
—Tomá. La clave es tu fecha de nacimiento.
Sol la recibió con ambas manos.
—Gracias, Valeria. Gracias, papá.
En el auto caro que la llevó al sanatorio, Sol miró por la ventanilla. La casona quedó atrás, oscura, enorme, como una boca cerrándose.
Tenía veintiún años y cursaba tercer año de Administración en la UBA. Ricardo había engañado a Mercedes cuando Sol era chica. Mercedes se fue sin pedir nada. Trabajó, dio clases particulares, cosió, limpió, hizo lo que hiciera falta para que Sol estudiara piano, idiomas, danza, para que no le faltara lo que a ella sí le había faltado.
Cuando Sol entró a la universidad, Mercedes ya estaba agotada.
Dos semanas atrás, Sol estaba en clase cuando recibió el llamado del sanatorio. Su madre se había desmayado. Cáncer de mama. Cirugía urgente. Estudios, internación, medicación, recuperación. Todo costaba más de lo que Sol podía juntar aunque vendiera el alma.
Renata Soto, su mejor amiga, apenas tenía unos pesos ahorrados.
Sol había buscado a Ricardo. Él le ofreció dinero con una condición.
—Casate con el menor de los Alcázar. Se cayó por una escalera, no se puede mover, necesita alguien que lo cuide. Es un honor que hayan elegido a nuestra familia.
Sol lo había rechazado.
Una semana después, sin préstamos, sin venta del departamento y con los médicos presionando, aceptó.
El auto frenó frente al sanatorio. Sol bajó corriendo.
Lo demás podía esperar. Primero, Mercedes tenía que vivir.
En la casona, Ricardo cerró la puerta y miró a Valeria.
—Llamá a los Alcázar. Antes de que se arrepientan.
Valeria marcó con una sonrisa pegada a la cara.
—Señor Ramiro, buenas noches. Avísele a don Ernesto que nuestra hija acepta casarse con el señor Bruno. Sí, claro. ¿Cómo vamos a desperdiciar semejante oportunidad?
Cortó.
—Dice que consulta con don Ernesto y nos llama.
Ricardo se recostó, satisfecho.
—Nadie quiere mandar una hija a cuidar a un vegetal. Nosotros sí tenemos suerte.
La operación de Mercedes salió bien.
Cuando despertó, el médico revisó la historia y le sonrió a Sol.
—Tu mamá evoluciona bien. Si sigue así, en unos diez días puede irse a casa.
Sol sonrió por primera vez en días.
—Gracias, doctor.
Después, Mercedes le tomó la mano.
—¿De dónde sacaste la plata?
Sol no pestañeó.
—Renata me prestó. Su familia está mejor de lo que parece. Cuando vendamos el departamento, se la devuelvo.
Mercedes le creyó porque quería creerle.
El celular de Sol vibró. Era Ricardo.
—Mamá, tengo que ir a la facultad. Descansá. Vuelvo a la noche.
Salió al pasillo y devolvió la llamada.
—¿Papá?
—¿Estás sorda? ¿Por qué no atendías?
—Estaba en la habitación.
—El chofer te espera abajo. Vení a cambiarte. Los Alcázar ya mandaron a buscarte.
Sol se quedó quieta.
Tan rápido.
Se secó las lágrimas con la manga.
Iba a casarse. Con un desconocido.
Sol Linares
me estoy aburriendo 😡