Graciela Navarro llegó a Italia con dos maletas y una sola oportunidad de cambiar su vida. De día, lucha por convertir sus prácticas en una prestigiosa escudería de Fórmula 1 en el trabajo de sus sueños. De noche, entrega el control a C, un desconocido detrás de la pantalla que conoce sus límites, calma sus miedos y despierta deseos que nunca se atrevió a nombrar.
Román Cattaneo, el nuevo director del equipo, es frío, exigente e imposible de complacer. Grace debería mantener la distancia. El problema es que su voz, sus órdenes y la seguridad que le inspira se parecen demasiado a las de C.
Cuando la identidad detrás de aquella inicial salga a la luz, Grace tendrá que decidir si puede amar al hombre real con la misma intensidad con la que aprendió a confiar en su secreto. Entre circuitos, escándalos familiares y una pasión capaz de cruzar todas sus fronteras, ambos descubrirán que llegar a la meta no sirve de nada si no tienen el valor de hacerlo juntos.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2
Capítulo 2
Respira, Grace
Las carreras de Fórmula 1 obligaban al equipo a viajar de un país a otro durante buena parte del año. Cuando empezaba la temporada, todos recorrían el mundo. En invierno, durante el receso, la mayoría vivía cerca de la sede de Ferrari en Italia.
Grace compartía departamento con una italiana llamada Chloe. La propiedad había pertenecido a los padres de su compañera, que con frecuencia llevaba a casa a hombres diferentes.
A veces, los sonidos que llegaban desde la habitación de Chloe no dejaban que Grace se concentrara en nada. Entonces un vacío inmenso terminaba por derrotarla y ella lloraba en silencio, con los ojos cerrados.
Nunca se arrepintió de haber viajado sola a Italia para estudiar.
Había salido paso a paso de un pueblo apartado de Hidalgo. Sus dos hermanas eran mucho mayores y habían comenzado a trabajar muy jóvenes. Su hermano menor, en cambio, era el tesoro de la familia.
Grace había quedado atrapada en medio, sin ocupar un lugar definido.
La palabra madre siempre le había resultado extraña. En su casa, Grace parecía existir en modo silencioso. Solo se volvía visible cuando su padre la golpeaba.
Y cuando pensaba en él, la primera palabra que aparecía era frío.
Su padre era frío, distante, incapaz de ofrecer calor.
Grace sí había tenido novios. Más de una vez reunió valor para hablarles de su familia y, más de una vez, la realidad destruyó la relación.
—Yo creía que tú eras…
Nadie terminaba la frase de la misma manera, pero todos habían imaginado algo distinto.
Sara se lo había dicho con claridad:
—Pareces una niña rica que creció sin una sola preocupación.
Habían depositado en ella expectativas equivocadas.
Grace terminó perdida y confundida.
Sara fue la primera amiga que conoció en aquellos círculos de relaciones en línea. Al principio solo le enseñó a conversar con desconocidos para distraerse y obtener un alivio breve e inmediato.
Podía dejar sus problemas por unas horas en un mundo donde nadie sabía quién era, siempre que no se permitiera caer demasiado hondo.
Con el tiempo, Grace empezó a sentirse atraída por otro tipo de vínculo: una relación donde pudiera depender emocionalmente de la otra persona. Uno obtenía el control; el otro, la libertad de apoyarse sin reservas.
No necesitaba que se convirtiera en amor.
Una relación real nunca implicaba solo a dos personas, y Grace no quería volver a enfrentar los conflictos interminables entre dos familias.
—Hay gente que busca lo mismo que tú —le había explicado Sara—. Control y dependencia. Ambos obtienen lo que necesitan. Puede haber emociones sencillas e intensas, pero el amor complicado no suele ser bienvenido.
Sara abrió así una puerta a un mundo desconocido.
Control absoluto.
Confianza absoluta.
Había personas que construían relaciones sin perseguir el amor porque deseaban algo diferente.
Grace comprendió la dimensión casi sagrada que aquella entrega podía tener en la mente. Le tranquilizaba pensar en un vínculo libre de las complicaciones de una relación convencional, aunque nunca encontró a alguien que de verdad le pareciera adecuado.
—A veces, no encontrar a la persona perfecta también es una suerte —le dijo Sara.
—¿Por qué?
—Porque podrías obsesionarte con él cuando, desde el principio, él jamás buscó amor.
Grace entendió el peligro. Además, estaba ocupada con su graduación, así que terminó alejándose de ese ambiente.
Ahora la presión la había llevado al límite.
Necesitaba a alguien con fuerza suficiente para compartir el peso.
C respondió un minuto después de recibir su solicitud.
Grace no esperaba que lo hiciera tan pronto.
—Hola. Soy C.
A ella no le molestaba presentarse como Grace. Era la forma breve de Graciela que usaba desde la universidad y resultaba práctica en un ambiente internacional. Él, en cambio, parecía mucho más reservado. Solo le ofrecía una inicial.
Aunque, si hubiera querido engañarla, podía haber inventado cualquier nombre.
No lo hizo.
No estaba dispuesto a fingir ser otra persona.
Esa interpretación provocó un cosquilleo sutil en la mente de Grace.
La inicial le recordó algo que su abuelo repetía en casa: quien está seguro de sí mismo no necesita inventarse otra cara. C no le había dado un nombre falso. Había preferido marcar un límite.
Ella hacía algo parecido al presentarse como Grace en lugar de Graciela Navarro. No escondía quién era; solo reservaba una parte de sí misma hasta sentirse segura.
Grace olvidó respirar durante unos segundos. Estaba a punto de responder cuando llegó otro mensaje.
—Tengo trabajo durante el día. A las ocho de la noche podemos hablar quince minutos. ¿Te parece bien?
Sus dedos se detuvieron sobre el teclado. Luego contestó de inmediato:
—Sí.
Después de enviarlo sintió una pequeña decepción.
Él no parecía entusiasmado, aunque hubiera usado el trabajo como explicación.
Grace miró la pantalla unos segundos y estaba a punto de dejar el teléfono cuando recibió una última frase.
—Hablamos esta noche.
Se le cortó la respiración. El calor subió de golpe hasta la parte de atrás de sus orejas.
Era como si primero la hubiera abofeteado y después le acariciara el cabello con ternura.
Sara no le había mentido.
Apenas habían intercambiado unas palabras, pero estaban esa inicial, aquel perfil negro y la seguridad de su “hablamos esta noche”.
Incluso cuando formulaba una pregunta, parecía tener el control.
Él había elegido la hora y la duración.
“¿Te parece bien?” era solo la forma cortés de ejercer una autoridad a la que resultaba muy difícil resistirse.
Grace no podía decirle que no.
Igual que le ocurría con Cattaneo.
Tampoco era capaz de decirle que no a nada de lo que Cattaneo pedía.
Pensar otra vez en su jefe le provocó un escalofrío. Grace saltó de la cama y corrió al baño para prepararse.
El buen comienzo de la conversación la volvió especialmente activa en el trabajo.
El receso era más tranquilo que la temporada de carreras, pero la llegada de Cattaneo había impuesto un ritmo rápido y una carga feroz a toda la escudería.
James comentó que Cattaneo llevaba días reunido con el departamento de aerodinámica. Según los rumores, intentaba contratar al ingeniero jefe de Red Bull.
—Debería llevarse también a Verstappen. Sería más fácil —intervino Grace.
Por primera vez en mucho tiempo, se escucharon risas en la oficina.
—Voy a enviarle tu propuesta por correo a Cattaneo —dijo James en voz baja—. Me aseguraré de darte el crédito.
Grace apoyó de inmediato la mano sobre el teclado de su jefe.
—Ten piedad, James.
Las bromas duraron poco. Todos volvieron pronto al trabajo.
Por la tarde, James recibió una llamada de Cattaneo.
La oficina quedó en un silencio inquietante. Grace tuvo un mal presentimiento porque, mientras hablaba, James no dejaba de mirarla.
Cuando colgó, le dio una palmada en el hombro.
—Vamos. Tenemos un problema.
El afectado era Charles, uno de los pilotos titulares. Un mal funcionamiento en una máquina de entrenamiento le había causado una fractura en el brazo.
La prensa se enteró de inmediato.
Ferrari ya atravesaba una etapa delicada por el cambio en la dirección del equipo. Si uno de sus pilotos quedaba fuera en ese momento, toda la temporada podía venirse abajo.
Y aquella sería la primera temporada de Cattaneo al mando.
Grace sintió que se le erizaba la piel durante todo el camino.
En el lugar con acceso más rápido del estacionamiento esperaba el Ferrari gris plata de Cattaneo.
Grace ocupó el asiento del copiloto. James y Cattaneo se sentaron atrás.
Por supuesto, una pasante no era responsable de toda la respuesta ante la crisis. Su función consistía en encargarse del trabajo minucioso que sostenía al equipo: mantenerse disponible para Cattaneo, registrar la hora y el lugar de cada suceso, tomar nota de las decisiones de Cattaneo y James y redactar con rapidez un primer comunicado para los medios.
James haría la revisión final.
Se dirigían al aeropuerto.
Charles vivía en Mónaco, y esa misma noche volarían para comprobar personalmente el estado de su lesión.
Al llegar, esperaron en una sala privada a que estuviera listo el avión de Cattaneo. Debido al control del tráfico aéreo, un empleado les informó que no podrían despegar antes de las nueve.
Cattaneo y James ya habían discutido durante el trayecto casi todas las respuestas posibles. En cuanto se sentó, Grace empezó a llamar al asistente y al médico de Charles para reunir la información.
Su mano no se detuvo mientras tomaba notas. Al terminar cada llamada, repetía los datos y esperaba la confirmación de la otra persona.
Después de casi una hora, abrió un documento nuevo y convirtió todo lo que había reunido en un informe breve y claro.
La sala estaba en silencio. Cattaneo descansaba con los ojos cerrados y James revisaba en una mesa cercana la reacción de la prensa y las redes.
Grace tecleaba con rapidez.
También volvía a olvidar que tenía que respirar.
Cuando estaba cerca de Cattaneo, era como si entrara en una zona sin aire. Le aterraba equivocarse. Hasta respirar parecía arriesgado.
Se obligó a no pensar demasiado, revisó el documento en busca de errores y tomó la computadora para llevársela a James.
—Grace.
La voz de Cattaneo sonó detrás de ella.
La calefacción estaba encendida y Grace se había quitado el abrigo porque tenía calor. En cuanto lo escuchó, sintió que caía en un bloque de hielo.
—Tráemelo directamente —ordenó Cattaneo.
Estaba sentado en un sillón individual de cuero. Tenía las piernas cruzadas y el pantalón negro se tensaba apenas sobre sus muslos largos y fuertes. Se había quitado el saco, de modo que solo llevaba la camisa blanca y el chaleco.
Los pies de Grace retrocedieron antes de que pudiera pensarlo. Cambió de dirección y le entregó la computadora.
No había otro asiento junto a él, así que se agachó a un lado de sus piernas.
Cattaneo leyó con rapidez las dos páginas del informe sobre la lesión de Charles.
Sus dedos largos recorrieron el panel táctil. Grace se obligó a no mirarlos.
Entonces percibió el aroma de Cattaneo.
Lo había notado antes, siempre de manera tenue, pero nunca había estado tan cerca. Era un perfume frío, parecido a la madera enterrada bajo la nieve del invierno. Como caminar por un bosque helado hasta que el aire húmedo penetraba en los pulmones y enfriaba cada rincón del cuerpo.
Grace respiró hondo y tuvo que sujetarse del brazo del sillón.
Cattaneo habló en ese momento.
—La lógica está bien, pero el informe es demasiado largo. Incluiste muchos detalles inútiles. Esto no es algo que debería llegar hasta mi escritorio.
—Lo siento, yo…
—No necesito una disculpa. Necesito el informe.
Cerró la computadora y solo entonces volvió la mirada hacia ella.
Grace llevaba un suéter de cuello alto color crema, delgado y ceñido. Incluso en invierno, las italianas combinaban sus prendas con faldas que dejaban las piernas a la vista. Grace había adoptado esa costumbre.
Debajo del suéter llevaba una falda negra, larga y ajustada a sus caderas. Sus pantorrillas delgadas quedaban desnudas antes de terminar en unos zapatos negros de tacón bajo.
Era un atuendo sencillo.
Aun así, llamaba la atención.
Cattaneo ya había escuchado su nombre en la zona del café. Una mexicana hermosa destacaba con facilidad en un equipo compuesto casi por completo por europeos.
Sin embargo, él había conocido a demasiadas mujeres hermosas.
Pero Grace…
Ella no recogió la computadora para volver a su lugar. Siguió agachada junto a Cattaneo, la apoyó sobre la mesa baja y comenzó a corregir el informe con toda concentración.
Desde el sillón, él podía observarla desde arriba. El cabello suave le ocultaba casi toda la cara. Solo alcanzaba a ver sus labios ligeramente apretados.
Era muy obediente.
Cattaneo apartó pronto la mirada y regresó a la interminable lista de correos en su teléfono.
Grace le entregó el informe por segunda vez.
Las dos páginas se habían reducido a media.
Cattaneo dejó los correos y lo leyó.
Grace volvió a contener la respiración sin darse cuenta. El corazón le latía con tanta fuerza que creyó que podía desmayarse en cualquier momento.
—Grace —la llamó de pronto.
La computadora ya estaba cerrada.
Ella levantó la mirada, inquieta.
Cattaneo se apoyaba contra el respaldo y no apartaba de ella sus ojos azul oscuro.
Grace seguía agachada junto a sus piernas.
—Breathe, Grace.
La frase le cayó como un rayo.
Y entonces sí perdió por completo la capacidad de respirar.
Cattaneo enderezó el cuerpo y se inclinó hacia ella.
Su figura alta casi la cubrió por completo.
—Si cada vez que trabajas conmigo te pones tan nerviosa que olvidas respirar, quizá este empleo no sea adecuado para ti.
Su voz era como una manta pesada: la envolvía y, al mismo tiempo, aumentaba la sensación de asfixia.
La falta de aire había teñido de rosa las mejillas de Grace. Había un brillo húmedo en sus ojos negros.
Cattaneo guardó silencio durante un instante y repitió, más grave:
—Breathe, Grace.
Era una orden imposible de desobedecer.
El cuerpo de Grace volvió a funcionar bajo el peso de su voz. Inhaló profundamente y soltó el aire muy despacio.
—Good job, Grace.
La vergüenza la devoró. Respirar con normalidad no era algo que mereciera una felicitación.
Entonces Cattaneo añadió:
—Me refiero al informe.