Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 7
Diciembre se convirtió en un ritmo que Emilia no quería admitir que le gustaba.
Él cocinaba. Ella lavaba los platos. Veían una película que ninguno de los dos elegía — el algoritmo de Netflix los había asignado a un territorio neutral de thrillers nórdicos que ninguno encontraba interesante pero que ninguno se quejaba de ver. Una noche Emilia se quedó dormida en el sillón durante un policial sueco con subtítulos y despertó cubierta con una cobija que no recordaba haberse puesto. Sebastián ya no estaba en la sala. La laptop cerrada, la luz de la cocina apagada, un vaso de agua en la mesita junto a ella.
Después de las películas, él trabajaba en la laptop y ella tallaba en su estudio con la puerta abierta, y el sonido de sus teclados y sus gubias llenaba el departamento como una conversación que no necesitaba palabras.
La víspera de Año Nuevo cayó un lunes. Sebastián llegó temprano — a las siete, algo que no había pasado nunca — con dos bolsas del mercado.
—Voy a hacer pozole —dijo, dejando las bolsas en la barra.
—¿Sabes hacer pozole?
—Doña Rosa me dio la receta.
—¿Le pediste la receta a Doña Rosa?
—¿Vas a seguir repitiendo lo que digo o vas a ayudarme a desgranar el maíz?
Emilia se sentó en el banco y desgranó el maíz mientras él cortaba la carne. No hablaron mucho. No hablaban mucho en general, pero los silencios habían cambiado de textura — ya no eran la ausencia de algo, sino la presencia de algo que no necesitaba llenarse.
Cocinaron sin hablar mucho. Emilia pelaba los rábanos mientras él controlaba el fuego del caldo, y de vez en cuando sus codos se rozaban en el espacio estrecho de la cocina. Ninguno se movía para evitarlo.
A las diez de la noche comieron en la barra. El pozole estaba salado.
—Está buenísimo —mintió Emilia.
—Está salado.
—Un poquito.
—Está salado —repitió Sebastián, y fue la primera vez que Emilia lo vio ligeramente molesto consigo mismo. Una arruga mínima entre las cejas, la mandíbula un grado más tensa. Luego se lo comió entero.
Emilia se rio.
—¿De qué te ríes?
—De que te comiste un pozole que sabes que está salado solo porque tú lo hiciste.
—No iba a tirarlo.
—No, claro. Eso sería imperfecto.
Sebastián la miró. Ella levantó las cejas con una sonrisa que era mitad burla y mitad cariño. Él desvió la vista hacia la ventana, pero la comisura de su boca se movió.
Después de cenar pusieron un programa de fin de año donde salía Nicolás —Emilia gritó "¡Nico!" cuando apareció en pantalla, con un traje plateado que Patricia probablemente habría calificado de "demasiado"— y le mandó un mensaje: "TE VI EN LA TELE. ESTÁS GUAPÍSIMO." Nicolás contestó en tres segundos: "Lo sé." Seguido de un corazón y un emoji de fuego.
Sebastián leyó la pantalla del teléfono de Emilia de reojo. No dijo nada. Pero cuando Nicolás apareció otra vez cantando, murmuró:
—El traje le queda grande de los hombros.
—Le queda perfecto —dijo Emilia.
—Grande de los hombros —repitió Sebastián, sin convicción, como si la observación fuera meramente técnica y no tuviera nada que ver con el entusiasmo de su prometida por otro hombre.
Emilia lo miró de lado. ¿Sebastián Mendoza celoso de Nicolás? Imposible. Absurdo. Se concentró en la televisión para no sonreír.
Él estaba recargado en el respaldo del sillón, con el brazo extendido sobre el cojín detrás de ella.
No la tocaba. Pero su brazo estaba ahí, a centímetros de sus hombros, irradiando un calor que ella no podía ignorar.
A las once y cincuenta y cinco, Emilia saltó del sillón.
—¡La terraza! ¡Los fuegos artificiales! ¡Vamos!
—Emilia, faltan cinco minutos.
—¡Exacto! —Lo jaló del brazo—. Ándale, no seas aburrido.
Sebastián se dejó llevar. Se dejaba llevar por ella con una facilidad que contradecía todo lo demás en su personalidad — un hombre que no toleraba que nadie lo apresurara, que se movía a su propio tiempo, que nunca hacía nada que no hubiera decidido hacer. Pero cuando Emilia tiraba de su brazo, se ponía de pie.
La terraza del piso dieciocho daba al poniente. Las luces de Santa Fe brillaban abajo como una maqueta de arquitecto. El aire de diciembre era seco y frío, con olor a pólvora lejana y a pan dulce de alguna panadería que trabajaba de noche.
Emilia se paró en la orilla, agarrada al barandal, con los ojos fijos en el cielo. Sebastián se quedó un paso atrás.
La cuenta regresiva empezó en algún lugar de la ciudad. Voces distantes gritando los números. Diez. Nueve. Ocho.
Emilia contó en voz baja, con los labios temblando de frío y de emoción.
Tres. Dos. Uno.
El cielo explotó. Cohetes desde Polanco, desde el Centro, desde Coyoacán — rojos, dorados, azules — como si la ciudad entera se hubiera puesto de acuerdo en celebrar al mismo tiempo. El estruendo llegó un segundo después, retumbando en los cristales del edificio.
—¡Feliz Año Nuevo! —gritó Emilia, girándose hacia él con una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Mejillas rosadas. Ojos brillantes. Hoyuelos marcados. El reflejo de los fuegos artificiales bailaba en sus pupilas.
Sebastián la miraba.
No a los cohetes. No a la ciudad. A ella.
Su expresión era algo que Emilia no le había visto nunca. La frialdad habitual no estaba. La contención no estaba. Lo que quedaba era otra cosa — algo desnudo, intenso, que le apretó el pecho como una mano cerrándose alrededor de un puño. Una devoción tan cruda que parecía dolerle.
Emilia perdió el aliento.
Él extendió la mano. Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Los dedos le rozaron el lóbulo — apenas, el contacto más breve posible — pero el calor de esa caricia le bajó por el cuello y se instaló en un lugar entre las clavículas que no tenía nombre.
—Feliz Año Nuevo, Emilia —dijo. Voz ronca, casi un susurro, como si las palabras le costaran algo que no quería pagar delante de nadie más.
Emilia bajó la mirada. No podía sostener esa intensidad. Si lo seguía mirando, iba a decir algo, o hacer algo, o sentir algo que no estaba lista para nombrar.
—Feliz… feliz Año Nuevo —murmuró, y se dio la vuelta hacia los fuegos artificiales.
Se quedaron en la terraza hasta que los últimos cohetes se apagaron. No hablaron. La ciudad fue apagándose debajo de ellos — los gritos se convirtieron en risas distantes, las explosiones en ecos secos, y el olor a pólvora se mezcló con el aire frío de enero que ya empezaba a colarse entre los edificios. Emilia seguía sintiendo el fantasma de sus dedos detrás de su oreja, el roce del lóbulo, el calor.
Cuando entraron, Sebastián le dijo "Buenas noches" con su voz de siempre — grave, controlada, sin fisuras — como si los últimos cinco minutos no hubieran existido.
Emilia se metió a la cama. Se tapó hasta la barbilla. La almohada olía a suavizante de lavanda — Doña Rosa, siempre Doña Rosa — pero debajo de ese olor estaba el otro, el que se había pegado a su ropa en la terraza: pólvora, aire frío, y algo que era solo Sebastián. Cedro. Siempre cedro.
En la oscuridad, se tocó la oreja donde él le había acomodado el cabello. La piel todavía estaba tibia.
Lo que sentía no era gratitud. No era comodidad. No era costumbre.
Era algo mucho más peligroso.