Scarlett Padro Castello es una mujer empoderada, CEO de su propia firma de maquillaje y presidenta de una potencia automotriz. Ha construido un imperio desafiando los prejuicios de género, demostrando que su intelecto es tan afilado como su sentido de los negocios. Sin embargo, su mundo perfectamente controlado se tambalea cuando su padre le impone un proyecto junto al gigante tecnológico de la familia Robles Di Bianco. El problema tiene nombre y apellido: Rodrigo Robles Di Bianco.Rodrigo, el frío y calculador dueño del imperio tecnológico, no quiere tenerla cerca "ni en pintura". Su rechazo es visceral; ambos comparten un pasado marcado por escándalos y una competitividad feroz que los llevó a detestarse públicamente. Para Rodrigo, Scarlett es una distracción peligrosa; para Scarlett, Rodrigo es el único hombre que ha logrado herir su orgullo.Lejos de amedrentarse, Scarlett decide utilizar toda su astucia y elegancia para infiltrarse en el mundo del multimillonario.
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Capítulo 1
...SCARLETT:...
La sala de juntas estaba tan silenciosa que podía escuchar el zumbido eléctrico de la cafetera al fondo, un sonido irritante que prometía una explosión inminente.
Crucé las piernas, ajustando mi falda de tubo de seda, y apoyé los codos sobre la mesa de cristal.
No dije nada.
No hacía falta.
Recorrí con la mirada a los seis ejecutivos que tenía frente a mí, hombres y mujeres con años de experiencia que, en ese momento, parecían niños pequeños esperando una reprimenda.
Mis ojos, de ese marrón profundo se detuvieron en el director de marketing.
Mi padre decía que heredé la mirada de mi abuela, fría, directa, como el cañón de un rifle cargado listo para disparar.
Él tragó saliva, y el sonido fue casi cómico en medio de aquel silencio sepulcral.
Sabían que los números del último trimestre de la división automotriz no eran suficientes para mis estándares, y sabían que, cuando yo me quedaba callada de esa manera, es porque estaba contando los segundos antes de jalar el gatillo.
— ¿Nadie tiene nada que decir? — pregunté, mi voz era un susurro gélido que cortó el aire con la precisión de un bisturí —. He revisado el informe de logística tres veces. Lo que me están entregando no es un plan de expansión, es una carta de rendición. Y yo no sé rendirme.
El temblor en las manos de la secretaria era evidente mientras intentaba organizar unos papeles que ya estaban perfectamente alineados.
El poder no se trata solo de tener el apellido Padro Castello en la puerta; se trata de que nadie en esta habitación se atreva a parpadear antes que yo.
Sin embargo, justo cuando estaba a punto de desatar la tormenta que se cocinaba en mi pecho, mi teléfono personal vibró sobre la mesa.
El nombre en la pantalla hizo que mis dedos se tensaran.
Mi padre.
Él no llamaba a media mañana a menos que se tratara de algo importante.
Miré el teléfono durante dos vibraciones más, dejando que el silencio en la sala se volviera aún más asfixiante.
Mis empleados no se atrevían ni a respirar.
Finalmente, deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el aparato al oído sin apartar la vista del director de marketing, quien ya estaba empezando a sudar.
— Dime, padre. Estoy en medio de una junta — solté, manteniendo el tono firme.
— Scarlett, deja lo que estés haciendo. Te quiero en mi oficina ahora mismo — la voz de mi padre no admitía réplicas. Tenía ese timbre de "asunto de Estado" que solo utilizaba cuando algo grande estaba por caer —. Es sobre el nuevo proyecto de expansión tecnológica. No acepto retrasos.
Y antes de que pudiera recordarle que yo tenía mi propia agenda, escuché el seco clic de la línea cortada.
Me quedé con el teléfono pegado a la oreja un segundo más, sintiendo cómo una chispa de irritación me recorría la columna.
Él sabía perfectamente que colgarme era la única forma de tener la última palabra, y eso me enfurecía casi tanto como la ineficiencia de mi equipo.
Bajé el brazo lentamente y guardé el móvil en el bolsillo de mi blazer.
Me puse en pie con un movimiento fluido, y el sonido de mi silla al rodar hacia atrás hizo que dos de los ejecutivos dieran un respingo casi imperceptible.
Recogí mi tableta y me incliné ligeramente sobre la mesa, dejando que la sombra de mi presencia los envolviera una última vez.
—Tienen exactamente una hora para limpiar este desastre de informe — dije, clavando mis ojos marrones en cada uno de ellos —. Si cuando regrese de la oficina de mi padre no veo una estrategia que me haga ganar millones, pueden empezar a recoger sus pertenencias. La junta ha terminado.
Salí de la sala sin mirar atrás, el eco de mis tacones negros contra el mármol del pasillo sonaba como una cuenta regresiva.
No sabía qué se traía mi padre entre manos con ese "proyecto tecnológico", pero tenía un presentimiento amargo en el estómago.
En este mundo de imperios, las noticias de mi padre solían venir acompañadas de problemas, y yo tenía la extraña sensación de que esta vez, el problema sería grande.
Caminé por el pasillo de la sede principal con la mandíbula tensa, ignorando los saludos de cortesía de los empleados que se apartaban a mi paso.
Entré en el despacho de mi padre sin llamar; en nuestra familia, la formalidad era para los extraños, y el respeto se demostraba con resultados.
Él estaba de pie junto al gran ventanal, observando el horizonte de la ciudad con las manos entrelazadas a la espalda.
— Papá, tengo tres campañas de lanzamiento de maquillaje en curso y una auditoría en la planta automotriz — solté a modo de saludo, dejando mi bolso sobre la silla de cuero —. Sabes que no me gusta dejar asuntos pendientes. Estoy demasiado ocupada para nuevos proyectos que no hayan pasado primero por mi escritorio.
Él se giró lentamente.
A pesar de los años, mantenía esa presencia imponente que me había enseñado todo lo que sé sobre el poder.
Me dedicó una sonrisa breve, pero sus ojos reflejaban una seriedad que me hizo guardar silencio.
— Nada es más importante que lo que voy a decirte, Scarlett — dijo, rodeando su escritorio para quedar frente a mí —. He respetado cada una de tus decisiones. Acepté que tu prioridad fuera el éxito y que no tuvieras interés en casarte o formar una familia, a pesar de lo que nuestra sociedad espera de una Padro Castello. Y estoy profundamente orgulloso de la mujer en la que te has convertido.
Hizo una pausa, y sentí un nudo de anticipación en la garganta.
Su afecto siempre venía acompañado de una gran responsabilidad.
— Pero esto no se trata solo de tus empresas, se trata de nuestra dinastía. Necesitamos esta alianza con el sector tecnológico para que nuestros motores sean los más avanzados del mundo — se acercó y puso una mano en mi hombro —. Debes hacer esto por la familia, por nuestro apellido. Es el proyecto que consolidará tu legado, por eso necesito que dejes de lado cualquier conflicto con los Robles Di Bianco.
Ese apellido cayó en la habitación como una granada.
Sentí cómo la sangre se me congelaba y luego hervía en cuestión de segundos.
El recuerdo de una mirada burlona y una sonrisa arrogante de hace años cruzó mi mente como una bofetada.
— ¿Los Robles Di Bianco? — repetí, y mi voz, que antes era un rifle, ahora sonaba como una declaración de guerra.
El nombre me supo a café quemado y a orgullo herido.
Mi padre asintió.
— Así es, quiero hacer una asociación con ellos, y para eso debes reunirte con Rodrigo Robles Di Bianco.
Negué con la cabeza, incrédula ante sus palabras.
— Papá, prefiero que un camión de nuestra planta me pase por encima antes que sentarme a negociar con ese hombre con complejo de Dios.
» La última vez que estuvimos en la misma habitación, casi terminamos arrestados por alteración al orden público en esa gala en Milán.
Mi padre soltó una carcajada, lo cual solo aumentó mi indignación.
Él sabía que mi odio por Rodrigo era lo único en este mundo que lograba hacerme perder la compostura de CEO perfecta.
— Lo de Milán fue un malentendido con una escultura de hielo y mucha champaña de por medio, Scarlett. Ya pasó — dijo él, restándole importancia con un gesto de la mano —. Pero esto es serio. Él tiene el código y tú tienes los motores. Son las dos mitades de una naranja mecánica muy lucrativa. No me mires con esos ojos, porque sabes que tengo razón.
— No es una naranja, papá, es una bomba de tiempo — rebatí, cruzándome de brazos —. Rodrigo Robles Di Bianco es un misántropo que cree que el mundo es un software que él puede programar a su antojo. Y yo no soy una variable de su sistema. Soy una empresaria reconocida y exitosa.
— Precisamente por eso — añadió mi padre, acercándose para darme un beso en la frente, ignorando mi postura de combate —. Scarlett, no todo es juego de niños, deben dejar esa enemistad.
— Pero papá... — él me interrumpió.
— Hazlo por el apellido — pidió, y terminé asintiendo —. Sabía que lo harías, esa es mi bebé.
Sonrió con alegría, y me dió un beso en la mejilla.
— Y trata de no usar ese tono de rifle a punto de disparar con él, al menos no en los primeros cinco minutos.
Me quedé sola en su oficina después de que saliera tarareando una melodía, dejándome con un nudo de rabia y una extraña adrenalina que me recorría las venas.
Me miré en el espejo de la entrada: mi maquillaje estaba intacto, mi mirada era letal y mi determinación era absoluta.
— Muy bien, lo haré — susurré para mi propio reflejo, ajustándome el blazer con una sonrisa que tenía más de depredadora que de empresaria —. Si me hace las cosas difíciles y quiere guerra, le voy a dar un despliegue de armamento que ni sus servidores más avanzados podrán procesar.
» Prepárate, Rodrigo Robles Di Bianco, porque voy a hacer que te arrepientas del día en que decidiste que yo era tu rival.
Salí de la oficina sintiendo que el juego acababa de empezar, y aunque mi mente decía negocios, mi pulso, traidor y acelerado, empezaba a contar otra historia.
Pues quien se ceee este 🤭