Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 21 La distancia que nos separa
Poco a poco la pesadez que me envolvía se fue disipando, como si una niebla espesa se alejara lentamente.
Abrí los párpados con mucho esfuerzo, y la luz suave de la mañana que entraba por la ventana me hizo parpadear varias veces.
No sentí esa urgencia desesperada de antes, ni ganas de luchar contra nada, solo una tristeza tan grande y profunda que me pesaba hasta los huesos, haciendo que cada movimiento costara un mundo.
Miré a mi lado y vi que él estaba ahí.
Damián se había quedado dormido en la silla junto a mi cama, con el cuerpo inclinado hacia adelante, y su mano sostenía la mía con un cuidado infinito, como si estuviera tocando algo de cristal que pudiera romperse con solo mirarlo.
En cuanto fui plenamente consciente de su tacto, sentí un escalofrío que me recorrió entera.
Retiré mi mano despacio pero con firmeza, apartándola de él sin decir una sola palabra, sin siquiera mirarlo a los ojos.
No tuve fuerza para hacerlo bruscamente esta vez, pero la distancia que puse entre los dos fue clara, absoluta y sin lugar a dudas.
Él abrió los ojos de inmediato al sentir el movimiento.
Me miró fijamente, y vi algo en su mirada que no supe descifrar:
Una mezcla de alivio desbordante con una tristeza tan profunda me dolia verla.
—Ya estás despierta —dijo con voz muy baja, ronca y cansada, como si no hubiera hablado en días—.
No te haré nada.
No te acercaré nada que no quieras.
Solo estoy aquí para cuidarte.
Yo no respondí.
Seguí mirando hacia la pared opuesta, evitando su mirada, mientras las lágrimas empezaban a brotar solas por mis mejillas, una tras otra, sin detenerse.
No podía hablar, no sabía qué decir, y aunque supiera, no quería decírselo a él.
Él era la razón de todo ese dolor, el que me había quitado a mis hijos, el que me había amenazado, el que me había llevado hasta ese límite.
Llegó el médico unos minutos después, revisó mis signos vitales con calma, comprobó que el suero seguía puesto bien y me habló con suavidad.
—La medicación ya pasó por completo —dijo él mirándonos a ambos—.
Sigue en ese estado de shock emocional muy fuerte.
No habla, no responde a preguntas, y rechaza cualquier cercanía que no sea de su hermana.
Se quedó pensativo un instante, y luego miró a Damián con decisión.
—Y pensándolo bien, yo prefiero que esté en su casa.
Este lugar de hospitales, ruidos y luces frías no le ayuda a recuperar la calma.
Necesita estar en un entorno que le sea familiar, en su propio espacio, con las personas que ama.
Eso le hará mucho más bien que cualquier medicina aquí dentro.
En ese momento la puerta se abrió y entró Antonella.
Al verla, sentí que algo se ablandaba muy levemente dentro de mí.
Dejé que se acercara despacio, que me tomara la mano con ternura, y esta vez no la aparté.
Ella me acarició el cabello desordenado, me limpió las lágrimas con mucho cuidado y me habló bajito.
Miré de reojo a Damián y vi que asintió ante las palabras del médico, aunque vi que le preocupaba cómo sería llevarme a casa con ese rechazo que yo le tenía.
Se apartó hasta quedar en un rincón de la habitación, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada baja.
No entendía por qué seguía ahí, por qué no se iba y me dejaba en paz de una vez por todas.
No sabía que detrás de esa postura rígida y silenciosa había un dolor tan grande como el mío.
Yo solo sabía que mientras él estuviera cerca.
yo mantendría esa distancia, ese silencio, ese muro que había levantado para protegerme de quien yo creía mi enemigo.