Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Elena
Capítulo 15: Elena
Cerrar el pasado no significa olvidarlo. Significa aceptar que ya no tiene poder sobre ti. Que las heridas sanaron, que las cicatrices son solo marcas, y que el futuro es un lienzo en blanco esperando ser pintado.
Los días siguientes a la llegada de mi madre fueron un torbellino de emociones.
Isabel se instaló en una de las habitaciones de invitados, la que tenía vistas al jardín, y poco a poco fue encontrando su lugar en la casa. Al principio, todo era incómodo, lleno de silencios y preguntas que no sabíamos cómo formular. Pero con el tiempo, la rutina fue suavizando las aristas.
Las mañanas comenzaban con el café que Mateo preparaba para todos, seguido de largas conversaciones en la terraza. Isabel contaba historias de su juventud, de cómo había conocido a mi padre, de los años de felicidad que habían compartido antes de que todo se desmoronara. Yo escuchaba, absorbía cada palabra, y poco a poco, el vacío que había sentido durante diez años comenzaba a llenarse.
Siempre supe que Mateo era un buen hombre, dijo Isabel una tarde, mientras las dos caminábamos por la playa. Tu padre lo quería mucho. Decía que era el único hombre que te merecía.
¿Mi padre lo quería?, pregunté, sorprendida.
Más de lo que imaginas. Mateo era como un hijo para él. Por eso, cuando Sofía comenzó a obsesionarse, tu padre confió en él para protegerte. Y Mateo lo hizo. Lo hizo incluso cuando todo parecía perdido.
Me detuve y miré el horizonte. El mar se extendía infinito, azul y tranquilo, como un espejo del alma que estaba aprendiendo a sanar.
He perdido tanto tiempo odiándolo dije...
Tanto tiempo desperdiciado en rencor.
El rencor es fácil, hija respondió mi madre, tomando mi mano. El amor es difícil. Pero el amor vale la pena. Y tú y Mateo... ustedes siempre valieron la pena.
Esa noche, mientras cenábamos, Lucía hizo una pregunta que había estado rondando en mi cabeza desde que mi madre llegó.
Abuela, ¿te vas a quedar con nosotros?
Isabel miró a Mateo y a mí, y en sus ojos vi una mezcla de esperanza y miedo.
Si me dejan, me encantaría quedarme dijo, con la voz temblorosa. Pero no quiero imponerme. He estado ausente demasiado tiempo.
No te impones mamá, respondí, tomando su mano. Eres mi madre. Esta es tu casa. Y quiero que te quedes todo el tiempo que quieras.
Lucía soltó un grito de alegría y corrió a abrazar a su abuela. Y en ese abrazo, vi el futuro que siempre había deseado: una familia unida, sanando juntos, construyendo algo nuevo sobre las cenizas del pasado.
Mateo y yo comenzamos a hablar del futuro en serio.
Una noche, después de que todos se hubieran dormido, nos sentamos en la terraza, como tantas veces. Pero esta vez, la conversación era diferente. Más profunda. Más íntima.
He estado pensando en mi bufete, dije... jugando con el borde de mi copa de vino. No puedo volver a la ciudad. No después de todo esto. Quiero quedarme aquí, en Punta Brava. Quiero abrir una pequeña consultoría legal, algo sencillo, para ayudar a la gente del pueblo. Pero necesito saber qué piensas tú.
¿Qué pienso?, repitió Mateo, con una sonrisa. Pienso que es una idea maravillosa. Pienso que Punta Brava te necesita. Pienso que yo te necesito.
¿En serio?
En serio. Además, tengo una propuesta que hacerte.
Se levantó y desapareció en el interior de la casa. Cuando volvió, llevaba una cajita pequeña en la mano. Mi corazón se detuvo.
Mateo, ¿qué es eso?
No te asustes, dijo, riendo. No es lo que crees. Bueno, no del todo.
Se arrodilló frente a mí, y mis manos comenzaron a temblar. Abrió la cajita, y dentro había un anillo. Pero no era un anillo de compromiso. Era un anillo de plata, sencillo, con una pequeña piedra azul que recordaba el color del mar.
Este anillo perteneció a tu madre, dijo... Isabel me lo dio hoy. Dijo que quería que yo te lo entregara, porque era el anillo que tu padre le regaló cuando se prometieron. Ella quiere que lo tengas. Como símbolo de que el amor siempre encuentra el camino de vuelta.
Las lágrimas brotaron de mis ojos. Tomé el anillo con manos temblorosas y lo deslicé en mi dedo. Ajustaba perfectamente.
Es hermoso susurré. Es perfecto.
No es una propuesta de matrimonio, Elena, dijo Mateo, levantándose y sentándose a mi lado. No todavía. Pero es una promesa. Una promesa de que quiero estar contigo. De que quiero construir una vida contigo. De que voy a esperar todo el tiempo que necesites para estar lista.
Lo miré a los ojos, y en ellos vi todo lo que había estado buscando durante diez años. No odio. No rencor. Solo amor. Amor puro y sincero.
—No necesito esperar, Mateo dije y mi voz era firme. Estoy lista. He estado lista desde que te vi en la notaría, aunque no quisiera admitirlo. He estado lista desde que me salvaste aquella noche. He estado lista toda mi vida.
¿Qué estás diciendo?,preguntó y su voz era apenas un susurro.
Estoy diciendo que sí. Que quiero pasar el resto de mi vida contigo. Que quiero casarme contigo. Que quiero todo.
Me besó con una pasión que me dejó sin aliento, y en ese beso, supe que habíamos tomado la decisión correcta. No era un final. Era un comienzo.
Entonces dijo, separándose apenas lo suficiente para mirarme. ¿Me harías el honor de ser mi esposa, Elena Parra?
Sí respondí, con lágrimas de felicidad. Sí, mil veces sí.
Y mientras el mar rugía en la distancia y la luna nos iluminaba, nos abrazamos y supimos que, finalmente, el deseo y el odio habían encontrado su equilibrio.
Y ese equilibrio era el amor.