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LA HEREDERA DEL SOLDADO

LA HEREDERA DEL SOLDADO

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:7.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Ingrid Dancourt

Daniela perdió a su madre a la edad de 3 años, su padre se vuelve a casar y le da una perversa madrastra que la maltrata y encierra en el sótano, sótano que guarda grandes secretos.
Acompáñame en mi nueva historia, que sé que será de su agrado.

NovelToon tiene autorización de Ingrid Dancourt para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

INICIO

El mundo entero conoció a Mariela, la mujer más rica y poderosa del planeta, dueña de imperios empresariales, propiedades en cada continente y una fortuna que nadie podía calcular con exactitud. Junto a su esposo César, vivían rodeados de lujos, y tenían una pequeña hija de apenas tres años: Daniela, una niña de cabellos oscuros y ojos grandes y expresivos, la única heredera de todo lo que su madre había construido.

Pero todo se derrumbó una tarde de lluvia. Mariela viajaba en su automóvil de alta gama cuando, en circunstancias que nunca quedaron claras, el vehículo perdió el control, se salió de la carretera y se precipitó por un barranco. El cuerpo fue encontrado sin vida, y las autoridades dictaminaron que había sido un trágico accidente de tránsito. Sin embargo, hubo quienes susurraron que nada había sido casualidad… aunque nadie pudo probar nada.

César, sumido en un dolor que pareció inmenso al principio, quedó al frente de la inmensa fortuna de su esposa y de la custodia de la pequeña Daniela. Pero apenas pasaron unos meses, el hombre cambió por completo. Apareció Renata, una mujer elegante, de voz suave y mirada calculadora, que rápidamente conquistó el corazón y la voluntad de César. Se casaron en una ceremonia privada, y Renata se mudó a la inmensa mansión, trayendo consigo a su propia hija, Miriam, de la misma edad que Daniela.

Desde ese día, la vida de la pequeña cambió para siempre. César, que antes al menos le dedicaba unos minutos, comenzó a ignorarla por completo. No la llevaba de la mano, no le leía cuentos, ni le preguntaba cómo estaba. Toda su atención, todos los regalos, todas las muestras de cariño eran para Miriam. La vestían con sedas y encajes, le compraban juguetes que costaban fortunas, la sentaban siempre al lado del padre en la mesa… mientras Daniela se quedaba en una esquina, mirando con ojos llenos de tristeza, sin entender por qué ya no era importante para el papá que tanto amaba.

Pero lo peor venía de parte de Renata. La mujer, fría y despiadada, veía a Daniela como un estorbo, como la única persona que podía quitarle el poder y el dinero que ahora disfrutaba. Al ver que tenía a César totalmente manipulado, comiendo de su mano y dispuesto a complacerla en todo, decidió actuar sin miedo.

Una noche, cuando César salió a una cena de negocios, Renata mandó a buscar a la niña.

—Eres una niña mala, que trae mala suerte a esta casa —le dijo con voz cortante, sin dejarla ni hablar—. Tu madre se fue y tú no vales nada. Aquí sobras.

Sin importarle los gritos ni las lágrimas, tomó a la pequeña de la mano y la arrastró por pasillos oscuros hasta llegar a una puerta de madera vieja y pesada que daba al sótano. Era un lugar frío, húmedo, lleno de cajas viejas, telarañas y sin ninguna ventana por donde entrara la luz. La empujó dentro, tiró una manta sucia al suelo y cerró la puerta con llave, dejándola allí en la oscuridad absoluta.

Daniela, con solo tres años, no entendía por qué le hacían eso. Se quedó sentada en el suelo helado, abrazándose a sí misma, y comenzó a llorar desconsoladamente, llamando a su papá, a su mamá que ya no estaba, pidiendo que la sacaran, que tenía miedo, que tenía frío. Sus sollozos resonaban entre las paredes de piedra, pero nadie la escuchaba. Renata subió las escaleras con una sonrisa satisfecha, asegurándose de que nadie de la servidumbre se enterara, y cuando César regresó, le dijo simplemente que la niña estaba enferma y se había acostado temprano.

A miles de kilómetros de allí, en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, vivía Laureano, el padrino de Daniela y el hombre de mayor confianza que había tenido Mariela. Él era el único encargado de administrar todos los bienes, cuentas, inversiones y propiedades que pertenecían a la pequeña: una fortuna que ascendía a millones y millones de dólares, protegida legalmente hasta que ella cumpliera la mayoría de edad.

Laureano era un hombre honesto, leal y muy responsable. Todos los meses recibía informes de parte de César —o más bien, redactados por Renata y firmados por él— donde le contaban que Daniela estaba creciendo sana, feliz, que tenía todo lo que necesitaba y que vivía rodeada de amor. Él, que confiaba ciegamente en el padre de su ahijada, se quedaba tranquilo, pensando que la niña estaba en el mejor lugar posible. Seguía trabajando día y noche para que su patrimonio creciera aún más, guardando cada centavo, seguro de que un día entregaría todo a una Daniela hecha una mujer feliz y afortunada.

Lo que no sabía, era que mientras él protegía su riqueza en la distancia, la verdadera Daniela pasaba noches enteras encerrada en la oscuridad, llorando por un poco de cariño, ignorada por su propio padre y maltratada por la mujer que había tomado el control de todo lo que un día fue de su madre.

Lupita, la nana que había criado a Mariela desde que era bebé y que ahora servía en la casa con el mismo amor y lealtad, era la única persona que se daba cuenta de todo. Conocía cada rincón de aquella inmensa mansión, conocía el carácter de cada uno, y sobre todo, conocía el dolor en los ojos de la pequeña Daniela.

Ella había visto cómo Renata arrastraba a la niña hacia la parte trasera de la casa, había escuchado el cerrojo de la puerta del sótano cerrarse, y luego los sollozos desconsolados que llegaban débiles hasta el pasillo. Su corazón se partía en dos cada vez que escuchaba a la pequeña llorar, llamando a su papá o pidiendo que no la dejaran sola. Pero Lupita era astuta y sabia; sabía que si se enfrentaba abiertamente a Renata o a César, la echarían de la casa y entonces nadie quedaría para proteger a la niña.

Esa noche, esperó a que todos estuvieran dormidos. Se puso su chal, tomó una bolsa grande de lona y sacó del fondo de su viejo cofre una pequeña llave de bronce, desgastada por el tiempo y cubierta de polvo. Era una llave que nadie más conocía, una llave que Mariela misma le había enseñado a usar hacía muchos años.

Caminó despacio hasta la puerta del sótano. Al principio, al abrirla, el aire frío y húmedo le golpeó la cara, y la oscuridad parecía tragarlo todo. Abajo, en el suelo de piedra, vio a Daniela acurrucada, temblando, con los ojos hinchados de tanto llorar.

—¡Niña de mi vida, aquí estoy! —susurró Lupita con voz suave, corriendo a abrazarla.

Daniela, que ya no esperaba nada, levantó la cabeza y al verla, se aferró a su cuello con todas sus fuerzas, llorando más fuerte ahora de alegría:

—¡Lupita! ¡Tengo frío, tengo miedo! ¡Sácame de aquí, por favor!

La mujer la abrazó con fuerza, la envolvió en una manta suave que había traído y le acarició el cabello.

—Shhh, mi niña, no llores más. Ya no estarás sola. Y escúchame bien: este lugar que parece tan oscuro y malo… guarda un tesoro que nadie más en esta casa conoce. Solo yo y tu mamá lo sabíamos.

Tomó una linterna pequeña y, llevando a la niña de la mano, caminó hasta el rincón más alejado y lleno de polvo del sótano. Allí, entre montones de cajas viejas y telarañas, había una pared de piedra que parecía igual a las demás. Lupita se acercó a una piedra que sobresalía un poco, la giró con fuerza hacia la derecha y luego hacia abajo, y se escuchó un sonido suave de mecanismo antiguo. Una parte de la pared se abrió lentamente, revelando un pasadizo secreto, cálido y seco, del que salía un aire limpio y fresco.

—Tu bisabuelo, el papá de la mamá de tu mamá, fue un gran soldado —le contó Lupita mientras entraban—. En tiempos de guerra, cuando todo era peligro y miedo, él construyó esto con sus propias manos. Era su escondite, su refugio, para proteger a su familia si los enemigos llegaban a la puerta. Lo hizo tan bien, tan escondido, que ni siquiera el tiempo ha podido dañarlo.

Lo que vieron los ojos de Daniela la dejó con la boca abierta, olvidando por un momento su miedo. Aquel compartimento secreto era inmenso, mucho más grande de lo que parecía por fuera, y estaba lleno de cosas maravillosas que habían quedado intactas durante décadas.

Había una zona amplia con aparatos de ejercicio antiguos pero fuertes y sólidos: pesas, barras, cuerdas y tablas de madera, lo que había sido el gimnasio del bisabuelo, donde se entrenaba y se mantenía fuerte.

En otra pared, llenos de polvo pero en perfecto estado, había estanterías hasta el techo llenas de libros antiguos: enciclopedias, historias, cuentos, libros de ciencia, de arte, de todo lo que se podía imaginar. Eran tesoros que valían una fortuna, pero que para aquel hombre valían más que el oro, porque creía que el conocimiento era la mejor arma.

Y al fondo, bajo una ventana pequeña que daba a los jardines, disimulada entre las raíces de los árboles, había una cama grande, antigua pero cómoda, con colchones de lana que todavía estaban suaves, mantas de lino y almohadas de plumas, todo guardado bajo telas protectoras. También había mesas, sillas, una cocinita básica, estantes con provisiones que ya no servían, pero que demostraban que aquel lugar estaba hecho para que alguien pudiera vivir allí mucho tiempo sin ser encontrado.

—Tu mamá, la señora Mariela, también lo usaba mucho —le dijo Lupita con una sonrisa triste—. Cuando era niña, si se enojaba con sus padres o si quería estar sola, se escapaba aquí abajo. Decía que este era su reino secreto, donde nadie podía molestarla. Y ahora… ahora es tuyo, mi niña.

Desde esa noche, la vida de Daniela cambió por completo, aunque seguía estando "encerrada" para los ojos malvados de Renata. Lupita venía todos los días, siempre cuando nadie la veía. Le traía ropa limpia, comida rica y caliente, leche, frutas, juguetes pequeños, velas y lámparas para dar luz, y todo lo que la niña pudiera necesitar.

Renata, al bajar de vez en cuando para vigilar, solo veía el sótano oscuro, frío y vacío, con la manta sucia tirada en el suelo. Al ver que la niña no gritaba ni lloraba más, pensaba que ya se había rendido, que estaba débil o que ya entendía su lugar. Se iba satisfecha, creyendo que tenía a Daniela sometida y olvidada del mundo.

Pero lo que no sabía, ni ella ni César, ni nadie en la casa, era que detrás de aquella pared de piedra, Daniela crecía segura, calentita y querida. Lupita le leía los libros antiguos, le enseñaba letras y números, le contaba historias de su bisabuelo y de su madre. La niña ya no tenía miedo: tenía su propio mundo secreto, el mismo que su madre había tenido, y allí, aunque le dolía el corazón por el abandono de su padre, sabía que no estaba sola.

Y a miles de kilómetros, en Los Ángeles, Laureano seguía administrando la inmensa fortuna de Daniela, confiado en que su ahijada vivía rodeada de lujos y cuidados, sin imaginar que la verdadera riqueza de la niña ahora no era el dinero, sino aquel escondite construido con amor, y el cariño fiel de la única persona que no la había abandonado nunca.

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hortencia flores
Hermosa la historia escritora gracias míl bendiciones para ti 🙏 ❤️ y muchos éxitos ❤️😘🥰😍💞💞
Lupita Garcia Esparza
excelente trabajo escritora felicidades
Ingrid Dancourt Celis: Gracias estimados lectores espero que recomienden mi novela.
total 2 replies
Lupita Garcia Esparza
excelente historia felicidades escritora
Rocio Peña
bonita historia, diferente interesante , la recomiendo /Good/
Rocio Peña
bonita y corta historia me gusto, la recomiendo. felicidades a la escritora
Maria Mongelos
Hermosa historia de superación, de aprendizaje, de amor, de salvación. Gracias querida escritora💕 Me encantó❤️
Maria Mongelos
Gracias querida escritora 💕
Maria Mongelos
La historia de cada uno de ellos es muy triste, pero que bueno están en la vida de Daniela
Maria Mongelos
Y fue así que Laureano conoció y salvo a Sofia
Maria Mongelos
😭😭😭 es muy fuerte lo que pasó Gutierrez, menos mal apareció en su vida Daniela
Maria Mongelos
Tanto Javier como Daniela sufrieron mucho, merecían conocerse y ser felices juntos
Maria Mongelos
Que bien Daniela, me la creí totalmente
Ella misma les puso la trampa y tanto Alvaro como Mirian cayeron
Pobre Javier, todo lo que sufrió, por suerte volvió Daniela
Maria Mongelos
Con todo lo que le pasó Mirian no aprendió nada, la avaricia pudo más
Ojalá Alvaro también pague
Maria Mongelos
No puedo creer, Daniela estaba ciega por la venganza, porqué si tenía un alma tan noble
Maria Mongelos
Pobrecita, creyó que Javier iba a caer recóndito a sus pies, pero nunca esperó qué la humillara así, bien merecida lo tiene
Maria Mongelos
00Pobre chica, no se va a comparar con Daniela, no le llega a los talones
Maria Mongelos
💕Que hombre tan desgraciado, todo por el dinero
Maria Mongelos
Renata es una verdadera arpía, sinvergüenza, una desgraciada
Maria Mongelos
Hermosa historia💕 gracias querida escritora 💕
Maria Mongelos
Esos si vergüenzas recibieron lo que se merecían
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