Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Cercania
Después de aquel primer beso...
Ninguno de los dos tuvo prisa por regresar a la mansión.
Continuaron sentados sobre la manta.
Abrazados.
La copa de vino de Harriet había quedado olvidada a un lado.
Las flores seguían moviéndose con la brisa nocturna.
Y, por primera vez desde que se conocían...
Conversaban sin discutir.
Sin desafiarse.
Sin intentar ganar una discusión.
Simplemente hablaban.
Harriet apoyó la cabeza sobre el hombro de Edward.
—¿Sabes?
Él bajó un poco la mirada.
—¿Qué?
Ella sonrió.
—Si alguien me hubiera dicho hace unos meses que terminaría sentada contigo viendo flores...
Rio suavemente.
—Le habría dicho que estaba completamente loco.
Edward también dejó escapar una pequeña risa.
—Yo habría pensado exactamente lo mismo.
Harriet levantó la vista.
—¿De verdad?
Él asintió.
—Pensé que nunca lograríamos entendernos.
Ella recordó su primera discusión en el despacho.
La comparación con los otros duques.
Las miradas asesinas.
Y comenzó a reír.
—Fui bastante desagradable contigo.
Edward sonrió.
—Bastante.
Harriet volvió a empujarlo suavemente con el hombro.
—Tú tampoco ayudabas.
—Lo sé.
—Eras un pesado.
—También lo sé.
Los dos rieron al mismo tiempo.
Después...
Volvieron a quedarse en silencio.
Un silencio cómodo.
Harriet tomó nuevamente su mano.
Entrelazó los dedos con los de él.
[Pensando...]
[Qué extraño...]
[Hace unos meses...]
[Quería que se fuera de viaje otra vez.]
Edward observó sus manos unidas.
[Y yo creía que era una mujer insoportable.]
El tiempo pasó sin que ninguno lo notara.
Finalmente Harriet bostezó.
Edward sonrió.
—Es tarde.
Ella asintió.
—Sí.
Los dos se pusieron de pie.
Antes de entrar a la mansión...
Harriet volvió a acercarse.
Lo besó suavemente una vez más.
Un beso corto.
Cariñoso.
Después sonrió.
—Buenas noches... señor esposo.
Edward acarició apenas su mejilla.
—Buenas noches, esposa.
Y ambos regresaron a sus habitaciones.
A la mañana siguiente...
Edward despertó antes del amanecer.
Pero...
Por primera vez en mucho tiempo...
No pensó en documentos.
Pensó en Harriet.
[Ayer...]
[Nos besamos.]
Se sentó sobre la cama.
[¿Y si hoy cambia?]
[¿Y si se arrepintió?]
[¿Y si vuelve a llamarme pesado?]
[Peor...]
[¿Y si me ignora?]
Aquellas posibilidades comenzaron a inquietarlo mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Un rato después...
Caminó hacia el jardín.
Harriet ya estaba allí.
Como siempre.
Con los pequeños.
Edward respiró profundamente.
Ella levantó la vista.
Y, apenas lo vio...
Sonrió.
No era una sonrisa diplomática.
Ni una sonrisa burlona.
Era una sonrisa completamente feliz.
Edward sintió desaparecer todas sus preocupaciones.
Harriet caminó directamente hacia él.
Miró discretamente alrededor.
No había nadie cerca.
Se puso de puntillas.
Y depositó un pequeño beso sobre sus labios.
Edward sonrió.
Pero, en lugar de separarse...
Acortó nuevamente la distancia.
La abrazó con suavidad.
Y profundizó apenas el beso.
Cuando finalmente se separaron...
La miró divertido.
—¿Por qué se esconde?
Harriet inclinó la cabeza.
—¿Hm?
—Somos un matrimonio.
Ella comenzó a reír.
—Es verdad.
Tomó una de sus manos.
—Pero...
Lo miró con ternura.
—Aunque vivimos juntos. Compartimos responsabilidades. Y criamos a los dos pequeños niños mas hermosos del reino..
Hizo una pausa.
—Como pareja... Recién nos estamos conociendo.
Edward permaneció unos segundos observándola.
Después sonrió.
—Entonces...
Tomó también su mano.
—Tenemos todo el tiempo del mundo para conocernos.
Harriet asintió.
—Sí.
Con total naturalidad...
Enganchó su brazo con el de él.
Y comenzaron a caminar juntos hacia el jardín.
Los pequeños ya estaban despiertos.
Pero...
Había un pequeño problema.
—¡Eric!
Harriet abrió mucho los ojos.
El niño tiraba con todas sus fuerzas de una pequeña flor.
—¡No!
Ellie, viendo a su hermano...
Decidió imitarlo.
Edward suspiró.
—Parece que les gustaron demasiado las flores.
Harriet se arrodilló junto a ellos.
—Escuchen...
Tomó con cuidado la pequeña mano de Eric.
—Las flores no se arrancan. Se cuidan.
Edward hizo lo mismo con Ellie.
—Si las cuidan... Seguirán creciendo.
Eric pareció pensarlo unos segundos.
Luego acarició una flor con muchísimo cuidado.
Harriet sonrió.
—Así.
—Muy bien.
Ellie quiso copiarlo.
Pero perdió el equilibrio.
Edward alcanzó a sujetarla.
Solo que...
También perdió el equilibrio.
Harriet intentó ayudar.
Y terminó tropezando con él.
Los cuatro acabaron prácticamente sentados sobre la tierra.
Harriet tenía tierra en una mejilla.
Edward en una manga.
Eric estaba encantado.
Ellie aplaudía creyendo que todo era un juego.
Harriet comenzó a reír.
Edward también.
Después de unos segundos...
Los dos se miraron.
Y sin decir absolutamente nada...
Entrelazaron sus manos.
Seguían llenos de tierra.
Con la ropa arrugada.
Y el cabello completamente despeinado.
Pero...
Ninguno recordaba la última vez que había sido tan feliz.
Los días siguieron pasando.
Y los dos intentaban comportarse exactamente igual que antes.
O, al menos...
Eso creían.
Porque para el resto de la mansión...
Era completamente evidente.
Mary hablaba bajito con una de las cocineras.
—¿Los viste esta mañana?
La mujer sonrió.
—Otra vez. Pensaban que nadie los estaba mirando.
El jardinero se acercó riendo.
—Ayer fue detrás del invernadero. Antes de entrar a la casa.
El cocinero levantó una ceja.
—¿Otro beso robado?
—Otro.
El mayordomo carraspeó con elegancia.
—No es correcto espiar a Sus Excelencias.
Todos bajaron inmediatamente la cabeza.
—Tiene razón.
Esperaron unos segundos.
Y el jardinero preguntó en voz baja:
—¿Pero usted también los vio?
El anciano sonrió con toda la dignidad que pudo mantener.
—Sí.
Todos soltaron una pequeña carcajada.
La verdad era que los duques hacían un esfuerzo enorme por mantener aquellos gestos en privado.
Esperaban a estar solos para tomarse de la mano.
Se despedían con pequeños besos rápidos.
Buscaban cualquier excusa para acercarse.
Creían que eran muy discretos.
Pero la realidad...
Era que toda la mansión ya conocía el secreto.
Y el tema favorito de conversación entre los sirvientes ya no era la administración del ducado...
Sino lo profundamente enamorados que estaban el duque y la duquesa Montagu.
Solo había dos personas que todavía no se daban cuenta de lo evidente.
Ellos mismos.