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Solo Nosotros Dos

Solo Nosotros Dos

Status: En proceso
Genre:Yaoi
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: luana figueroa

Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.

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Solo nosotros dos Capítulo 9: El primer día de los tres

El sol apenas empezaba a asomarse por las ventanas de la clínica cuando Mateo abrió los ojos. No supo si había dormido mucho o poco; todo se sentía como un sueño muy real, cálido y lleno de paz. Lo primero que vio fue a Lucas, sentado en una silla al lado de la cama, con la cabeza apoyada en el colchón y una mano apoyada suavemente sobre la cuna donde descansaba Luca. Seguía vestido con la misma ropa de la tarde anterior, y tenía los ojos hinchados, pero sonreía incluso durmiendo.

Mateo se movió despacio: le dolía todo el cuerpo, se sentía cansado hasta los huesos, pero al mismo tiempo tenía el corazón tan lleno que parecía que le iba a estallar. Miró a su hijo: era pequeño, muy pequeño, con la piel rosada y los labios entreabiertos, respirando suavemente. No podía creer que ese pedacito de vida hubiera crecido dentro de él, que fuera suyo, de los dos.

—No te muevas mucho —le susurró Lucas, que se había despertado al sentir el movimiento—. Necesitas descansar.

—No puedo —respondió Mateo, con la voz todavía ronca—. No puedo dejar de mirarlo. Parece imposible que sea real.

Lucas se levantó, se sentó al borde de la cama y le tomó la mano.

—Es más real que todo lo demás. Mira qué bien se queda quieto. Ya sabe que está seguro.

Pasaron las horas entre cuidados pequeños y preciosos. Fue la primera vez que intentaron cambiarle el pañal, y casi terminan riéndose tanto que se les cayó todo: Luca se movía mucho, pateaba con sus piernitas delgadas, y ninguno de los dos sabía muy bien cómo agarrarlo sin lastimarlo.

—Parece que es más difícil que armar la cuna —decía Lucas, con una sonrisa nerviosa, mientras Mateo le iba pasando las cosas despacio.

Luego llegó el momento en que Luca buscó alimento. Mateo sintió miedo otra vez: no sabía si podría darle lo que necesitaba, si su cuerpo funcionaría como debía. Pero cuando lo tuvo pegado a él, y vio cómo el bebé se calmaba de inmediato, buscando su calor, todas las dudas desaparecieron. Lucas estaba ahí, sosteniendo la espalda de Mateo, ayudándolo a acomodarse mejor, mirándolos con una ternura que le llenaba los ojos.

—Eres perfecto —le dijo Lucas al bebé—. Y tú también —le agregó a Mateo, besándole la sien.

Más tarde llegaron sus padres. Entraron despacio, casi sin hacer ruido, como si temieran romper el momento. Cuando vieron a Luca, se les llenaron los ojos de lágrimas. La mamá de Mateo fue la primera en acercarse, y tomó la manito del bebé entre las suyas.

—Es hermoso —dijo, mirando a Mateo—. Y tú estás increíble, hijo. Lo hiciste maravilloso.

Su papá asintió, y puso una mano en el hombro de Mateo.

—Siempre supimos que podías con todo esto. Ahora tienes tu propia familia, cuídense mucho.

Los padres de Lucas también llegaron poco después, con bolsas llenas de comida y mantas, y se quedaron charlando bajito, contando historias de cuando ellos eran chicos, prometiendo que vendrían a ayudar en todo lo que hiciera falta. Por un rato, la habitación se llenó de risas y calidez, y Mateo sintió que por fin todo estaba en su lugar.

Pero también hubo un instante incómodo. Una enfermera nueva entró a revisarlos, y al verlos a los tres, se detuvo un momento y preguntó, señalando a Mateo:

—¿Y usted es la mamá?

Mateo se tensó, y Lucas estaba por contestar, pero él mismo habló primero, con voz tranquila y firme:

—No. Yo soy su papá. Él es el otro papá. Y él es nuestro hijo.

La enfermera se puso roja de la vergüenza, pidió disculpas y lo llamó por su nombre y con sus pronombres correctos el resto del tiempo. Pero Mateo no se sintió mal: al contrario, sintió orgullo. Había corregido lo que estaba mal, sin gritar, sin pelear, solo diciendo la verdad de quién era. Y lo mejor de todo: Lucas le apretó la mano y le dio una sonrisa llena de admiración, como si hubiera hecho algo grandioso.

Esa noche, cuando se quedaron solos otra vez, Lucas se sentó en el suelo al lado de la cama y puso la cabeza cerca de la cuna.

—¿Te das cuenta? —le dijo—. Ahora ya no somos solo nosotros dos. Somos nosotros tres.

Mateo miró a los dos amores de su vida, y sintió que no le faltaba nada en el mundo.

—Sí —contestó—. Pero el amor sigue siendo el mismo. El que construimos paso a paso, sin pedir permiso a nadie. El que es solo nuestro.

Cerró los ojos, escuchando las respiraciones de los dos, y supo que aunque vendrían días difíciles, aunque seguirían habiendo gente que no los entendiera, nada podría contra ellos. Porque tenían lo más importante: se tenían los unos a los otros.

1
Brisa Romero
/Grin/
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