Zadie fue una genio de la tecnología, una mujer de 24 años creadora de la inteligencia artificial más avanzada de su época, pero despreciada, ignorada y rechazada por un mundo que no entendía su genio ni su valor. Murió en un accidente mientras conectaba su propia conciencia con esa IA, y renació siglos atrás, en la antigua Macedonia, con un nuevo nombre: Zamira. Ahora, su mente y su cuerpo están integrados con esa tecnología, que le da conocimientos infinitos, habilidades sobrehumanas y la capacidad de analizar y dominar cualquier situación. Llega al palacio del príncipe Lixandro, un vampiro de sangre real, hermoso pero terriblemente frágil, viudo y padre soltero de trillizos: Lixan, Lucian y Luciana. Los tres son niños con poderes sobrenaturales, inteligencia desbordante y una fama de traviesos insoportables, que ha ahuyentado a todas las mujeres contratadas para ser su madre sustituta. Zamira acepta el contrato sin esperar amor, solo un lugar donde ser respetada.
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Sistemas complejos.
—Luego está Luciana, la única niña. Tiene diez años, y es la criatura más dulce y encantadora que puedas imaginar… hasta que descubres lo que hay detrás de esa sonrisa. Es astuta, increíblemente astuta. Sabe exactamente qué decir, cómo mirar y qué hacer para conseguir lo que quiere. Tiene una fuerza de voluntad que rompe cualquier barrera, y sus ojos… cuando te mira, sientes que está leyendo cada secreto, cada debilidad, cada deseo que tienes guardado. Manipula a sirvientes, a tutores, incluso a mí mismo, con una facilidad aterradora. Todos caen bajo su encanto antes de darse cuenta de que ya están haciendo lo que ella quería desde el principio.
Y finalmente, mencionó al menor, y su voz se volvió más suave, aunque igual de preocupada:
—Y el pequeño Zairá, de ocho años. Es el más reservado, el que menos habla… y quizás el más peligroso de todos, aunque nadie lo crea. No hace travesuras ni intenta engañar. Simplemente… se desconecta. Vive en su propio mundo, en sus propias reglas. No obedece por rebeldía, sino porque simplemente no le importan las reglas de nadie. Es capaz de quedarse quieto horas enteras mirando una pared, o de desaparecer por todo el palacio sin que nadie lo encuentre, y aparecer horas después como si nada hubiera pasado. Nadie logra llegar a él, nadie logra entender qué piensa ni qué siente.
Lixandro se reclinó en su asiento, y el cansancio que sentía se hizo evidente en cada línea de su rostro.
—Los tres juntos… son un desastre. O mejor dicho, son una fuerza de la naturaleza. Desde que nacieron, he contratado a los mejores tutores, a las personas más estrictas, a magos, a maestros de etiqueta, a guerreros… todos han venido, todos lo han intentado, y todos se han ido derrotados, frustrados o al borde de la locura. Nadie ha podido con ellos. Nadie ha logrado enseñarles, ni guiarlos, ni siquiera mantenerlos bajo control durante más de unas semanas. Dicen que son imposibles, que no hay forma humana ni sobrenatural de manejarlos. Y yo… —su voz se quebró apenas un instante, y tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para mantener su dignidad— yo no puedo hacerlo. Mi cuerpo no me permite correr tras ellos, ni levantar la voz con fuerza, ni imponer autoridad con presencia física. Ellos lo saben. Y lo usan.
Se inclinó hacia adelante, y sus ojos ámbar se clavaron en ella con intensidad, mezcla de esperanza y desesperación.
—Por eso te he traído. Porque dicen que tú piensas distinto. Que tú no te guías por emociones, ni por tradiciones, ni por lo que “se supone que debe ser”. Tú ves sistemas, patrones, soluciones donde los demás solo ven caos. Quiero que seas su tutora. Su guía. Quiero que intentes lo que nadie más ha podido hacer: educarlos, enseñarles, y sobre todo, que logres que me respeten y entiendan que su posición conlleva deberes.
Se detuvo, hizo una seña hacia un escritorio cercano, donde había un pergamino sellado con lacre negro y el escudo de la familia.
—Estas son mis condiciones —dijo con firmeza—. Primero: tendrás acceso total al palacio, a todas las zonas, a todos los libros y a toda la información que necesites. Segundo: nadie, absolutamente nadie, podrá interferir en tu trabajo ni contradecir tus decisiones cuando se trate de los niños, ni siquiera yo mismo, siempre que no pongas en riesgo su vida o su seguridad. Tercero: tu estancia aquí será mientras dure este acuerdo. Si logras controlarlos, enseñarles y hacerlos responsables, te recompensaré con lo que pidas: riquezas, poder, o cualquier cosa que esté a mi alcance. Pero hay una cuarta condición, y es la más importante: si fallas, si te rindes o si te marchas como todos los demás… tendrás que irte de Macedonia para siempre, y olvidarás todo lo que has visto aquí. El secreto de nuestra existencia es sagrado.
Guardó silencio unos segundos, dejando que sus palabras se asentaran en el aire pesado de la habitación. Luego, añadió con voz grave, como una advertencia final:
—Te lo digo ahora, antes de que firmes: no te confíes. Son solo niños, sí… pero son niños de esta estirpe, con mentes que crecen más rápido de lo que cualquiera puede seguir. Han vencido a sabios, a magos y a guerreros. Nadie ha podido con ellos. ¿Aceptas el trato?
Zamira miró el pergamino, luego miró a Lixandro, y por último pensó en esos tres niños: el genio estratega, la pequeña manipuladora y el niño de mundo propio. Para cualquiera, era una misión imposible. Para ella, que había convertido la lógica en su forma de vida, era un reto. Un sistema complejo que descifrar. Un problema que nadie había resuelto… todavía.
Extendió la mano, tomó la pluma que él le ofrecía y dijo con una media sonrisa:
—Los sistemas complejos solo parecen imposibles hasta que encuentras su lógica. Acepto.
Y firmó el contrato, sellando su destino con el de esos niños, con aquel príncipe enfermo y con el mundo antiguo y mágico en el que ahora vivía.
Muy... creativos 🙄😒