una niña arrancada de su casa, un silencio que duele a todos los que la conocen y un secreto que se esconde bajos las propias narices del jefe de la mafia Alemana.
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Los ojos entre los árboles
El invierno se había adueñado por completo de los bosques que rodeaban la mansión Kowalski.
Durante la noche había vuelto a nevar, cubriendo cada sendero, cada rama y cada rincón del jardín con un manto blanco que reflejaba la tenue luz del amanecer. Desde la ventana de su dormitorio, Zonia contemplaba el paisaje con la misma fascinación de siempre.
Para ella, el mundo era un lugar hermoso.
Un sitio donde la nieve servía para construir castillos, donde los pájaros cantaban al amanecer y donde su padre siempre encontraba un momento para hacerla reír.
Todavía no conocía el miedo.
Todavía no sabía que la tranquilidad también podía romperse.
—¡Mamá! ¡Hoy terminamos el muñeco!
Helena apareció en la puerta con una sonrisa cansada.
—Eso prometimos, ¿verdad?
La pequeña asintió con entusiasmo mientras extendía los brazos para que su madre la ayudara a colocarse el abrigo.
—Papá también viene.
—Si termina pronto de trabajar, seguro que sí.
Zonia sonrió satisfecha.
No necesitaba más respuestas.
Bastaba con imaginar a los tres jugando juntos.
En el despacho principal, Jan Kowalski observaba el jardín a través del amplio ventanal.
Desde allí podía ver a Helena caminando de la mano de Zonia mientras ambas dejaban pequeñas huellas sobre la nieve.
Aquella imagen le arrancó una sonrisa.
Durante unos segundos consiguió olvidar los informes, las reuniones y la creciente preocupación que llevaba varios días ocupando sus pensamientos.
Hasta que alguien llamó a la puerta.
—Adelante.
Ingresó Marek, uno de sus hombres de mayor confianza.
Su expresión era seria.
Demasiado seria.
Llevaba un sobre de papel color marfil entre las manos.
—Señor...
Jan levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos esto hace unos minutos sobre el portón principal.
Jan frunció el ceño.
—¿Quién lo dejó?
—Nadie lo vio.
Eso era imposible.
La entrada de la mansión permanecía vigilada día y noche.
Sin embargo, allí estaba aquel sobre.
Sin remitente.
Sin sello.
Sin una sola palabra escrita en el exterior.
Jan lo tomó lentamente.
Durante un instante sintió un extraño presentimiento.
Abrió el sobre y deslizó su contenido sobre el escritorio.
Varias fotografías.
La primera mostraba a Helena sentada bajo un árbol leyendo un libro mientras Zonia jugaba con unas flores.
La segunda retrataba a la pequeña corriendo por el jardín con el cabello agitado por el viento.
La tercera mostraba a Jan cargándola sobre los hombros durante el paseo de la tarde anterior.
Las siguientes eran aún más inquietantes.
Algunas estaban tomadas desde el bosque.
Otras parecían haber sido captadas desde una considerable distancia, utilizando un potente objetivo.
Incluso había imágenes nocturnas.
Fotografías de la mansión iluminada mientras toda la familia permanecía dentro.
Jan sintió cómo el estómago se contraía.
No había ninguna nota.
Ninguna amenaza.
Ninguna exigencia.
Solo aquellas imágenes.
Como si alguien quisiera demostrarle una única cosa.
Habían estado observándolos.
Durante días.
Quizá durante semanas.
Y nadie lo había advertido.
Marek rompió el silencio.
—¿Qué órdenes tiene?
Jan respiró profundamente antes de responder.
—Cierren todos los accesos.
—Sí, señor.
—Quiero patrullas permanentes en el bosque.
—Ahora mismo.
—Nadie entra ni sale sin mi autorización.
Marek asintió y abandonó el despacho a toda prisa.
Jan permaneció inmóvil.
Su mirada volvió a detenerse sobre una fotografía en particular.
Zonia aparecía levantando una pequeña flor hacia uno de los guardias de seguridad.
Sonreía.
Era una imagen llena de ternura.
Y, sin embargo, en ese momento le resultaba aterradora.
Porque alguien había estado allí.
Muy cerca.
Lo suficiente para captar aquella sonrisa.
Helena encontró a su esposo varios minutos después.
Seguía observando las fotografías.
No hizo falta preguntarle qué ocurría.
Lo comprendió apenas vio su expresión.
—Jan...
Él levantó la vista.
Durante unos segundos dudó.
Después le extendió las imágenes.
Helena comenzó a revisarlas una por una.
A medida que avanzaba, el color desaparecía lentamente de su rostro.
—¿Quién hizo esto?
—No lo sabemos.
—¿Desde cuándo nos observan?
Jan negó con la cabeza.
—Eso es lo que más me preocupa.
Helena dejó las fotografías sobre el escritorio.
Miró hacia el jardín.
Allí seguía Zonia, intentando colocar una bufanda al muñeco de nieve que apenas llegaba a su cintura.
Reía sola.
Hablaba con el muñeco como si pudiera escucharla.
Completamente ajena a todo.
—Tenemos que irnos —susurró Helena.
Jan guardó silencio.
—Llevémonos a Zonia lejos de aquí.
Él cerró los ojos un instante.
—Todavía no.
Helena lo observó con tristeza.
Sabía que aquella respuesta no nacía de la indiferencia.
Nacía de la responsabilidad que cargaba sobre los hombros.
Pero también comprendía que el tiempo comenzaba a agotarse.
Las horas siguientes transcurrieron entre movimientos constantes.
Nuevos hombres llegaron a la mansión.
Se reforzaron los portones.
Los vehículos patrullaban los caminos cercanos.
Los guardias revisaban una y otra vez los límites de la propiedad.
Nada parecía fuera de lugar.
El bosque permanecía inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Mientras tanto, Zonia observaba todo aquello con curiosidad.
—¿Por qué hay tantos amigos de papá?
Helena se agachó hasta quedar a su altura.
—Porque quieren cuidar la casa.
—¿Nos cuidan a nosotros?
—Sí.
La pequeña sonrió.
—Entonces les voy a hacer un dibujo.
Corrió hasta buscar hojas y lápices de colores.
Minutos después repartía pequeños dibujos entre los guardias.
En todos aparecía la misma escena.
Una casa.
Muchos árboles.
Un enorme sol amarillo.
Y tres personas tomadas de la mano.
Papá.
Mamá.
Y ella.
Uno de los hombres dobló cuidadosamente el dibujo y lo guardó dentro de su chaqueta.
Nunca imaginó cuánto llegaría a valorar aquel pedazo de papel.
Esa misma noche, a varios kilómetros de la mansión, una antigua cabaña permanecía oculta entre los árboles.
La única luz provenía del fuego que ardía en la chimenea.
Sobre una mesa de madera descansaban mapas, fotografías y documentos.
Varias personas permanecían reunidas alrededor.
Nadie pronunciaba nombres.
Nadie levantaba la voz.
El silencio era tan pesado como el humo que llenaba la habitación.
Uno de ellos dejó caer sobre la mesa una de las fotografías de Zonia.
—La seguridad aumentó.
Otro respondió con calma.
—Era inevitable.
—Ahora será más difícil acercarse.
El hombre de mayor edad observó la imagen durante unos segundos.
—Las cosas importantes nunca son fáciles.
Se hizo un breve silencio.
Otro de los presentes volvió a mirar la fotografía de la niña.
—Es muy pequeña.
Nadie respondió.
Él continuó.
—No comprende nada de lo que ocurre.
Una tercera voz habló desde el fondo de la habitación.
—Las órdenes son claras. La familia Kowalski debe desaparecer como si nunca hubiera existido.
Todos asintieron.
Sin embargo, la fotografía permanecía sobre la mesa.
El mismo hombre volvió a observarla.
—Hay quienes pagarían mucho dinero por una niña de esa edad.
La habitación quedó en silencio.
Las miradas comenzaron a cruzarse.
No era una decisión.
Ni un acuerdo.
Solo una posibilidad que acababa de ser pronunciada en voz alta.
El hombre de mayor edad tomó la fotografía y la guardó dentro de una carpeta.
—No nos adelantemos.
Primero terminemos nuestro trabajo.
Después decidiremos qué hacer con el futuro.
Nadie volvió a tocar el tema.
Pero aquella conversación quedó suspendida en el aire como una sombra imposible de ignorar.
Mientras tanto, en la inmensa mansión iluminada por la luz de la luna, Zonia dormía profundamente abrazada a su viejo conejo de tela.
Respiraba con tranquilidad.
Soñaba con muñecos de nieve, con mariposas y con la promesa de volver a jugar con sus padres al día siguiente.
Muy cerca de su habitación, Jan permanecía despierto.
Sentado junto a la ventana de su despacho.
Con una de aquellas fotografías entre las manos.
Por primera vez en muchos años, comprendió que sus enemigos ya no buscaban derrotarlo a él.
Habían comenzado a acercarse a lo único que realmente amaba.
Y eso convertía el invierno en una amenaza mucho más fría que la nieve que cubría los bosques de Polonia.
pero, con la q llegó te dará la fuerza y el poder de defenterte