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Mi Amante Millonario

Mi Amante Millonario

Status: En proceso
Genre:Amante arrepentido / Amor eterno / Amor prohibido
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Margalo

Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...

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Capitulo 20: Relaciones en la oficina

La noche ya había caído por completo, envolviendo la casa en un silencio profundo y tranquilo. Elisa se había acostado agotada, todavía con la mente llena de preocupaciones y palabras sin decir. Había logrado quitarse la ropa de trabajo y ponerse una camiseta vieja y unos pantalones sueltos, se había cepillado los dientes y se había metido entre las sábanas, cerrando los ojos con la esperanza de que el sueño le borrara un rato la angustia. Pero apenas había pasado media hora cuando se incorporó de golpe en la cama, con el corazón golpeándole contra las costillas como un martillo: **¡los documentos!**

Se le habían olvidado por completo. Los contratos definitivos para la gran operación del día siguiente, aquellos que Marco debía revisar y firmar antes de la reunión con los inversores, se habían quedado apilados en una esquina de su escritorio en la oficina. Si no los llevaba esa misma noche, todo se retrasaría, y Marco pensaría que había sido descuidada, que no le importaba su trabajo… o peor aún, pensaría que lo había hecho a propósito.

Se levantó de un salto, sin encender la luz para no perder tiempo. Agarró lo primero que encontró en el perchero: una sudadera gris inmensa, que le quedaba dos tallas más grande y le llegaba casi hasta las rodillas, y unos pantalones de chándal que apenas le abrochaban. Al buscar las zapatillas en el suelo, tropezó con una silla y casi se va de espaldas contra la cama; al fin encontró una, pero la otra se había perdido entre la ropa sucia, así que terminó calzándose una deportiva blanca y una sandalia vieja sin darse cuenta del desastre. Al intentar recoger el cabello, el elástico se le rompió en las manos y el pelo se le desparramó revuelto por la cara; al tomar las llaves, se le cayeron al suelo y se escondieron debajo del mueble de la entrada, y cuando por fin las sacó, se golpeó la cabeza con el borde de la mesa.

—¡Dios mío, qué torpe soy! —se dijo entre risas nerviosas y lágrimas de desesperación—. ¡Vamos, Elisa, que no es para tanto!

Salió al porche, abrió el coche con tanta prisa que el mando falló dos veces, y al meter la marcha, confundió la primera con la reversa: dio un golpe seco contra el macetero de flores que estaba en la entrada, haciendo que la tierra se derramara por el suelo. Encendió el motor de nuevo, arrancó con un chirrido de llantas y salió disparada hacia la avenida, mirando de vez en cuando sus pies y dándose cuenta de la tontería de sus zapatos, lo que le provocaba una risa amarga y rápida, mezclada con el miedo de llegar tarde.

Las calles estaban casi vacías a esa hora. Elisa conducía mirando el reloj cada dos segundos, superando los límites de velocidad, rezando para que no hubiera ningún guardia ni ningún accidente. Al llegar al edificio de la empresa, todo parecía dormido: solo las luces de emergencia y los faroles de la entrada iluminaban el lugar. Aparcó el coche de cualquier manera, casi sobre la acera, mostrando el pase de acceso y entró corriendo al vestíbulo. El vigilante de seguridad la miró con sorpresa, pero ella solo levantó la mano en señal de disculpa y se metió en el ascensor, pulsando el último piso una y otra vez como si eso hiciera que subiera más rápido.

Al llegar al pasillo principal, el silencio era absoluto y pesado, como si el propio edificio estuviera conteniendo la respiración. Caminó de puntillas, con el corazón en la boca, y al llegar a la puerta del despacho de Marco vio que estaba entreabierta, dejando salir una luz tenue y un sonido muy bajo que no supo identificar al principio. Empujó la puerta despacio, con intención de dejar los papeles sobre la mesa e irse sin hacer ruido… y en ese instante, el mundo se detuvo bajo sus pies.

Marco estaba sentado en su sillón de cuero, y sobre él, dándole la espalda a la puerta, había una mujer con el cabello largo y suelto, abrazada con fuerza a su cuello. Sus cuerpos se movían al mismo ritmo, lento y profundo, y las manos de Marco la sujetaban con avidez por la cintura, acercándola más y más a sí mismo. Elisa vio cómo él inclinaba la cabeza para besarle el cuello, cómo la mujer arqueaba la espalda y soltaba un suspiro que resonó en toda la habitación vacía. Reconoció esa postura, esa forma de tocarla, esa pasión desbordada que hasta esa misma mañana le había pertenecido solo a ella. No había error, no había confusión: era él, era real, y se entregaba a esa mujer con la misma intensidad con la que le había jurado que la amaba y que lucharía por ella contra todos.

Elisa sintió que se le helaba la sangre, que la garganta se le cerraba y que el aire le faltaba por completo. Dio un paso atrás sin querer, y el borde de su zapato golpeó levemente el marco de la puerta. Ese sonido minúsculo resonó como un trueno en su cabeza, y vio cómo Marco se tensaba de golpe, como si fuera a girarse.

No esperó. No quiso verle la cara, no quiso escuchar ninguna explicación. Giró en redondo y salió corriendo como si el fuego le persiguiera los talones. Bajó las escaleras saltando de tres en tres, tropezando, casi cayéndose, sin sentir los golpes ni el frío. Llegó al coche, lo arrancó con las manos temblando tanto que apenas podía sujetar el volante, y salió disparada hacia la carretera.

Condujo a una velocidad que jamás se hubiera atrevido a llevar en su vida. Las lágrimas le brotaban a raudales, empapándole la cara y cayendo sobre el volante, y al bajar la ventana, el viento nocturno se las llevaba volando, dispersándolas en la oscuridad como si fueran gotas de lluvia. No veía las señales, no escuchaba el ruido del motor, solo veía una y otra vez esa imagen grabada a fuego en su mente: él, traicionándola cuando ella ya había decidido dejarlo todo por él, cuando había puesto su corazón en sus manos. El dolor era tan grande que dolía físicamente en el pecho, como si le hubieran clavado algo afilado y lo estuvieran retorciendo poco a poco.

Y mientras el coche se alejaba a toda velocidad, perdiéndose entre las sombras de la noche, sus labios, entrecortados por los sollozos, solo pudieron decir con una voz quebrada, llena de rabia, de desamor y de un amor que acababa de morir para siempre:

—Te odio… Marco… te odio con toda mi alma…

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