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Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Status: Terminada
Genre:Venganza / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.

Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.

A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.

Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

—Adrián, ¿cuándo van a darme un nieto? —preguntó doña Carmen con un tono entre quejumbroso e irritado.

Adrián, hundido en el sofá, soltó un suspiro corto. Recostado contra el respaldo, con el celular todavía en una mano, recibió la pregunta como quien oye llover: algo que ya había escuchado demasiadas veces.

—Y bueno, ¿qué quiere que le diga, mamá? —respondió con una calma casi despreocupada—. Valentina sigue sin quedar embarazada.

Del otro lado de la puerta principal, Valentina se detuvo en seco. La mano que ya rozaba la manija se le quedó rígida y fría. No entró.

—Si Valentina no puede darte un hijo —continuó doña Carmen, bajando la voz, aunque el filo de sus palabras cortó más hondo—, ¡busca a otra mujer que sí pueda!

La frase la golpeó como un rayo. Valentina dejó de respirar. El pecho se le cerró, como si algo la aplastara desde adentro. El corazón le latía desbocado. Intentó tragar saliva, pero tenía un nudo atravesado en la garganta.

—Mamá, no es tan fácil —replicó Adrián, esta vez algo más serio—. Valentina no va a aceptar que me case con otra.

Por un instante, un atisbo de esperanza se coló en el pecho de Valentina. Pero se desmoronó antes siquiera de tomar forma.

—¡Pues la culpa es de ella! —cortó doña Carmen sin vacilar—. ¡No puede darle descendencia a esta familia! —Su voz subió de tono—. ¡Una mujer estéril debería saber cuál es su lugar! Uno se casa para tener herederos.

La palabra estéril le estalló en la cara como una bofetada.

Detrás de la puerta, Valentina seguía inmóvil, petrificada. La presión en el pecho se le volvió dolor. Jamás habría imaginado que su suegra fuera capaz de decir algo así.

Las lágrimas la desbordaron. Se cubrió la boca con una mano, apretando fuerte para que no se le escapara ni un sollozo. Había vuelto a la casa solo a buscar la billetera que olvidó, y en cambio se encontró con esa conversación entre su esposo y su suegra, una conversación que la destrozaba.

Adentro, el silencio cayó de golpe. Adrián no respondió. No contradijo a su madre, mucho menos defendió a su esposa. Se limitó a callar. Y ese silencio dolió más que cualquier palabra.

—Que el linaje de esta familia no se extinga contigo, Adrián —insistió doña Carmen, más bajo esta vez, pero cada sílaba afilada como un cuchillo—. Tienes que tener un hijo.

Valentina cerró los ojos. Cinco años llevaba resistiendo en esa casa, tragando humillaciones y guardando heridas. Obligándose a sonreír delante de quienes no dejaban de acorralarla.

Y no era que no lo hubiera intentado. Habían ido tres veces al médico a hacerse estudios. Tres veces ella sostuvo los resultados con las manos temblorosas.

Las tres veces el resultado fue el mismo: normal. El doctor les dijo que solo necesitaban paciencia. Pero para esa familia, la paciencia nunca era suficiente.

—Sí, voy a hacer lo posible, mamá.

La voz de Adrián la sacó de sus pensamientos.

—Tengo que irme a la granja. Cada vez hay más pedidos de pollo del mercado central.

—¡Mira nada más! —La voz de doña Carmen volvió a trepar, acompañada del chirrido de una silla empujada hacia atrás—. Tienes dinero de sobra, el negocio te va bien. ¿De qué sirve todo eso si no tienes descendencia?

—Sí, mamá —contestó Adrián, seco y plano, como si nada de aquello mereciera discutirse.

Unos pasos se acercaron a la puerta. Valentina dio un respingo, presa del pánico. Retrocedió deprisa, casi tropezando con sus propios pies. Sin pensarlo, echó a correr hacia un costado de la casa. Respiraba entrecortada, el pecho agitándose sin control.

Empujó con cuidado la puerta trasera y se deslizó adentro. La casa era la misma de siempre, pero se sentía distinta. Como si las paredes acabaran de susurrarle un secreto que le habían ocultado durante años.

El cuerpo le seguía temblando. Las lágrimas no se detenían. Sobre la mesa de la cocina, la billetera descansaba donde la había dejado. Valentina la contempló unos segundos con la mirada vacía.

Desde el frente de la casa llegó el rugido de una motocicleta encendida. Valentina se sobresaltó. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, aunque los surcos aún le brillaban en las mejillas. Agarró la billetera y salió rápido.

El motor de Adrián se perdió en la distancia. Valentina se quedó de pie unos segundos, inmóvil. Después salió de nuevo por la puerta trasera. No quería cruzarse con doña Carmen.

Caminó despacio por el sendero angosto que llevaba al mercado. Apenas un kilómetro, pero ese día cada paso pesaba el doble.

Las palabras de su suegra le rebotaban sin parar en la cabeza. "¡Una mujer estéril debería saber cuál es su lugar!"

Los labios le temblaron.

—No soy estéril —murmuró tan bajo que apenas se oyó a sí misma. Los puños se le cerraron sin que lo notara. El corazón le ardía.

Pero detrás del dolor algo empezó a crecer, despacio. Una sensación que todavía no sabía nombrar. Algo que no encajaba, que no le cuadraba.

Se detuvo un momento al borde del camino. La mirada perdida, pero la mente girando a toda velocidad.

Tres exámenes. Todos normales. Entonces, ¿por qué no quedaba embarazada?

Contuvo el aliento. Por primera vez en cinco años, esa pregunta se le formó con claridad.

En el mercado anduvo distraída. Se equivocó varias veces al pedir lo que necesitaba, confundió cantidades y pesos.

De vuelta en casa, metió la ropa en la lavadora a toda prisa. Después barrió la casa y el patio, cocinó, y solo cuando la comida estuvo lista trapeó el piso. Doña Carmen no toleraba que la cocina quedara resbalosa.

—¿Ya terminaste de cocinar? —La voz de doña Carmen apareció de la nada en la cocina.

Valentina, que acababa de entrar después de tender la ropa, se llevó un susto.

—Sí, señora —contestó con tono amable—. ¿Quiere comer aquí o prefiere que le lleve la comida a la sala, frente al televisor?

—¡Llévamela a la sala! Quiero comer viendo el programa de chismes de la mañana.

Valentina preparó todo con destreza. Conocía de memoria las manías de doña Carmen: el arroz, las verduras y los guisos, cada cosa en su plato separado. Y la bebida, siempre té sin azúcar, tibio.

Doña Carmen se iluminó al ver la bandeja: pescado en escabeche, arroz caliente, tofu frito, salsa picante, ensalada fresca y tostaditas crujientes. Desde que Valentina se volvió su nuera, la mujer se había acostumbrado a comer bien.

—¡Rápido, llévale comida a Adrián! Pobrecito, no ha comido nada. Él se mata trabajando para traer el dinero. Hay que cuidarle la alimentación —ordenó doña Carmen. Le importaba poco que su nuera también estuviera hambrienta y agotada.

—Sí, señora. Ya me estoy alistando para ir —respondió Valentina.

Sobre la mesa del comedor esperaban las viandas apiladas con la comida para Adrián, preparadas por ella como cada día. Siempre lo había hecho con ganas, porque era su deber como esposa y como nuera. Pero las palabras de Adrián y doña Carmen esa mañana le habían robado hasta el último resto de entusiasmo.

De la casa a la granja avícola la distancia era considerable: unos dos kilómetros y medio. Valentina fue en la motocicleta.

Mientras tanto, en la cocina de la granja, Adrián abrazaba y besaba con ganas a una mujer. Se llamaba Lorena, la única empleada mujer del lugar.

—¿Cuándo vas a casarte conmigo? —le preguntó Lorena con voz melosa, acariciándole la mejilla.

—Tienes que tener paciencia, cariño —respondió Adrián, pellizcándole suavemente la barbilla.

—¿Tan difícil es divorciarte de Valentina?

Valentina estacionó la motocicleta junto a la puerta del portón. Algunos trabajadores la saludaron cordialmente. Tuvo que caminar unos cien metros hasta llegar a la caseta que Adrián usaba como oficina.

Al entrar, no encontró a nadie. Ni rastro de su esposo en el despacho.

¿Dónde estará Adrián?, se preguntó mientras avanzaba hacia la parte de atrás.

Desde la cocina llegó una risa. Valentina frunció el ceño y apuró el paso.

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