"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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El Molde Vacío.
NARRADOR
El duelo por Ricardo no fue una herida que cerró con el paso de los días; fue un desierto que la joven tuvo que cruzar descalza, bajo un sol abrasador que no permitía ninguna sombra. La ruptura física frente a su puerta había sido el golpe externo, pero el verdadero colapso, el que terminó de demoler los cimientos de su identidad, llegó a través de una pantalla fría. Poco tiempo después de aquel "adiós" definitivo, la tecnología le escupió la verdad que su corazón, en su desesperada necesidad de afecto, se negaba a aceptar.
Abrió el Facebook y ahí estaba, como un puñetazo directo al estómago que le arrebató el aliento: la publicación de Ricardo. "En una relación".
No habían pasado meses de reflexión, ni siquiera semanas de duelo. Para él, la transición había sido tan sencilla como cambiar de canal o desechar una prenda vieja. Ver ese anuncio, leer el nombre de otra mujer junto al de él, fue como si le arrancaran el poco aire que le quedaba en los pulmones. Mientras ella estaba físicamente rota, ocultando el dolor del golpe en el cemento que su padre le había propiciado y con el alma desmoronada por la traición familiar, él simplemente había decidido que ella ya no existía. Para Ricardo, ella había sido un capítulo olvidable, una distracción que ya no servía; para ella, él era el único pilar que creía tener en un mundo que le había dado la espalda. Se sintió más que sola: se sintió sustituible. Una pieza de desecho que alguien más ya había reemplazado sin siquiera mirar atrás para ver si seguía sangrando.
Llegó el quinto semestre de preparatoria y, con él, la tortura de la cotidianidad. La escuela, que antes era el escenario de sus encuentros prohibidos y el refugio donde se sentía "amada", se convirtió en una galería de espejos deformantes. Ella se perfeccionó en el complejo arte de la simulación. Cada mañana, frente al espejo del baño, el mismo donde a veces tenía que cubrirse las ojeras o el rastro de la tristeza con capas de maquillaje, se ponía la máscara. Ensayaba las risas, practicaba los gestos y preparaba las palabras correctas para que nadie, absolutamente nadie, tuviera la oportunidad de preguntar qué había debajo de la superficie.
En los pasillos de la escuela, el encuentro era una emboscada diaria. Tenía que ver a Ricardo todos los días. Lo veía reír con la misma intensidad con la que antes le juraba protección; lo veía bromear con sus amigos, vivir una vida ligera, brillante y ruidosa, como si nunca hubiera estrellado el corazón de alguien contra el suelo. Él seguía siendo el protagonista carismático de su propia historia, mientras ella se sentía un fantasma que recorría los mismos edificios, invisible para todos, incluso para sí misma. Verlo sonreír a otra, verlo ser el "novio perfecto" de alguien más en los mismos rincones donde antes la envolvía a ella, era una forma de maltrato silencioso que la perseguía en cada clase, en cada receso, en cada suspiro.
Su vida se convirtió en un molde hecho a la medida de la sociedad y de su familia. En casa, la presión era distinta pero igual de asfixiante. Tras la reconciliación de sus padres y la mudanza definitiva, Roberto y su madre esperaban de ella una actuación digna de un premio. Querían ver a la hija modelo: la que sacaba buenas notas, la que no daba problemas, la que sonreía dócilmente en las fotos familiares para fingir que eran la familia perfecta. Querían borrar lo que pasó, como si el incidente del teléfono, los golpes en el piso o la confesión del abuso cometido por su primo nunca hubieran ocurrido. La presionaban para que fuera un envase impecable, pero se olvidaban de que ese envase estaba lleno de las cenizas de su propia dignidad.
— ¿Estás bien, hija? Te noto muy callada —le preguntaba a veces su madre, buscando esa validación superficial que la hiciera sentir que era una buena madre.
— Sí, mamá. Todo está bien. Solo estoy cansada por las tareas —respondía ella, con esa voz de madera seca que había perfeccionado para no dejar escapar ni una sola gota de emoción.
Ese "todo está bien" era la mentira más grande de su existencia. Nada estaba bien. Estaba atrapada en una casa donde el silencio era la única conversación real sobre lo que importaba. Si mencionaba el dolor, era una "exagerada" o una "mentirosa"; si se quedaba callada, era la hija que ellos querían. Así que eligió el silencio. Aprendió a ocultar sus sentimientos tan bien que llegó un punto en que ella misma dejó de reconocerlos. Si no sentía amor, no le dolía el desprecio de Ricardo. Si no sentía esperanza, no le dolía la indiferencia de su padre. La anestesia emocional se convirtió en su única armadura para sobrevivir a ese quinto semestre.
Caminaba por la escuela viendo a las otras parejas, escuchando los planes de sus compañeras para las fiestas o los bailes, y sentía una envidia amarga. No era envidia por el romance en sí, sino por la inocencia de creer que ese amor era real y seguro. Ella ya no tenía esa venda en los ojos. A sus diecisiete años, se sentía como una anciana que lo había visto todo, que había aprendido que el mundo es un lugar donde las promesas se rompen por Facebook y las familias se callan para no incomodar la cena de los domingos.
Se convirtió, finalmente, en un molde vacío. Una estatua de arcilla que se movía por inercia, que respondía a los nombres que le daban, que cumplía con las expectativas académicas, pero cuyo interior estaba deshabitado. Esperaba que el tiempo pasara lo suficientemente rápido como para que el dolor dejara de ser la única brújula de su existencia. Había aprendido la lección más cruel: puedes estar rodeada de gente, en tu propia casa o en una escuela llena de jóvenes, y seguir siendo una náufraga solitaria en medio de un océano de rostros conocidos que no ven más allá de tu máscara.
La joven ya no buscaba que la quisieran, porque el amor le había costado demasiado caro. Ahora solo buscaba que la dejaran de lastimar, que el mundo dejara de pedirle cosas que ya no tenía para dar. En ese molde vacío, en ese silencio autoimpuesto, encontró una paz precaria, una tregua con el sufrimiento que le permitiría, al menos, llegar al final de cada día sin desmoronarse por completo frente a los demás. El quinto semestre fue el funeral de su inocencia, y ella fue la única que asistió al entierro mientras todos los demás celebraban la falsa paz de una casa reconstruida sobre mentiras.
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