Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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Pacto sellado
Caminé por el pasillo que conducía al jardín principal. La decoración era sobria pero impecable, rodeada de una belleza natural que se sentía ajena a la frialdad de mi corazón. En los asientos reservados para la familia de Arturo, divisé a sus padres y a Alan, quien me observaba con una mezcla de remordimiento y fijeza. A los demás no los conocía, aunque por la jerarquía de los asientos, supuse que el hombre mayor en primera fila era el abuelo: el arquitecto de esta farsa.
Del lado de mi familia, Guillermo, Elena y Erika exhibían sonrisas de satisfacción tan ensayadas que me provocaban náuseas. Para ellos, hoy no se casaba una hija; hoy se cerraba una venta.
Al final del sendero, frente al juez, me esperaba Arturo. Su mirada, fija y penetrante, enviaba escalofríos que calaban hasta mis huesos. Por un segundo, mi instinto de supervivencia me gritó que diera media vuelta y corriera, que desapareciera de aquel lugar; sin embargo, la imagen de mi madre en la cama del hospital se proyectó en mi mente. Ella era mi fuerza. Por ella, mis pies se movieron pesadamente hasta que, finalmente, llegué al lado de Arturo.
—Relájate. Parece que caminas sobre carbón encendido —susurró Arturo en mi oído, inclinándose tanto que pude sentir el calor de su aliento.
Desde la distancia, aquel gesto debió parecer el secreto cómplice de dos enamorados compartiendo un momento romántico. Pero la realidad era otra: su tono no fue una caricia, fue una advertencia.
Arturo me tomó de la mano para presentarnos ante el juez. Sus dedos eran largos y fuertes, y aunque no apretaba, sentí la autoridad de su toque reclamando lo que ahora le pertenecía legalmente. El juez comenzó a hablar, pero sus palabras sobre el "amor" y el "respeto" sonaban como una parodia cruel de lo que estaba sucediendo allí.
Cuando la pregunta finalmente llegó —«Daniela Stevens, ¿aceptas a Arturo Villegas como tu esposo?»—, una duda paralizante me invadió. Pensé en mi madre; ella jamás habría permitido que me vendiera a un hombre sin alma, y mucho menos si mi corazón no le pertenecía. Pero el peso de la realidad me golpeó: si me retractaba ahora, ella se marcharía para siempre. El dolor en mi pecho era físico, casi insoportable.
—Daniela, el juez te acaba de hacer una pregunta —la firmeza en la voz de Arturo, cargada de una advertencia implícita, me obligó a reaccionar.
—Sí, señor juez... acepto —las palabras salieron de mi boca como cuchillas, desgarrándome la garganta.
Diez minutos después, nuestras firmas quedaron estampadas en el acta, sellando mi futuro de manera definitiva. Pensé que la agonía de la ceremonia terminaría al soltar la pluma, pero lo peor estaba por venir cuando escuché al juez decir: «Por la autoridad que me confiere la ley, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia».
El mundo pareció desmoronarse bajo mis pies. Si el simple roce de su mano me provocaba un terror punzante, no quería imaginar lo que sentiría cuando sus labios reclamaran los míos.
Arturo mostró una sonrisa de satisfacción que no llegó a sus ojos, los cuales se tornaron de un negro mucho más profundo y dominante. Sus manos se posaron en mi cintura con una fuerza posesiva, atrayéndome hacia su cuerpo. Para los invitados, todo transcurría a un ritmo normal; para mí, el tiempo se detuvo en una cámara lenta asfixiante.
Cerré los ojos, queriendo escapar de la realidad. Sentí su aliento a menta fresca rozando mi rostro, haciéndome estremecer. Entonces, sus labios se posaron sobre los míos. Fue un contacto suave, pero cargado de una autoridad que me dejó sin aliento. Aunque mi mente gritaba que debía ser un momento desagradable, la calidez de su boca lo hizo extrañamente llevadero. Por un segundo, el miedo fue sustituido por una sensación desconocida que me recorrió la columna. Arturo no me estaba besando como a una extraña; me estaba besando como si, a partir de ese instante, cada parte de mí le perteneciera.
Finalmente, nuestros labios se separaron. Sentí cómo el calor me subía por las mejillas mientras intentaba recuperar el aliento. Al abrir los ojos, creí visualizar por un segundo un rastro de confusión en la mirada de mi ahora esposo, como si el contacto también lo hubiera tomado por sorpresa, pero la frialdad regresó a su rostro con la rapidez de un relámpago.
Los invitados se acercaron de inmediato a felicitarnos, rompiendo aquel momento tan cargado de tensión. El anciano que estaba sentado en la primera fila llegó hasta mí con una sonrisa que parecía genuina.
—Bienvenida a la familia, hija. Pensé que mi nieto nunca encontraría a alguien a su altura, pero con solo verte sé que eres la indicada para él.
Sentí una punzada de remordimiento. Yo no era más que una esposa comprada. Desde hoy, y hasta que transcurrieran los próximos 364 días, mi único anhelo sería terminar este matrimonio cruel y alejarme de su detestable nieto.
—Gracias, señor Villegas. Espero mantener esa impresión que tiene de mí a lo largo del tiempo —respondí, aferrándome a la idea de que esto tenía una fecha de caducidad.
Arturo, a la distancia, observaba la escena. Aunque no estaba cerca, supe que estaba satisfecho; le había agradado al abuelo, y eso era una pieza clave en sus planes.
El anciano se alejó y pronto fui rodeada por el resto de la familia Villegas. Me daban la bienvenida con cortesía, a pesar de que todos conocían la farsa detrás del contrato. Después llegaron ellos: los Stevens. Se acercaron solo para recordarme, entre susurros cargados de veneno, que debía comportarme; si Arturo me "devolvía", mis días con ellos serían peores que el mismísimo infierno.
Me quedé allí, estática, observando cómo los demás brindaban con champán sobre las ruinas de mi vida. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no percibí el momento en que Alan se deslizó a mi lado.
—Así que fue por mi primo que terminaste conmigo —susurró cerca de mi oído, con una voz destilando resentimiento.
—Por favor, aléjate de mí —supliqué con un pánico creciente mirando en todas direcciones. Si Arturo nos veía hablando, todo se saldría de control.
—Me muero de rabia de saber que me viste la cara todo este tiempo —continuó él, ignorando mis palabras—. Pensé que eras una mujer distinta, pero eres igual a todas. Seguramente calculaste que Arturo tiene mucha más influencia que yo... Eres una cualquiera que solo busca dinero.
Sus palabras me golpearon con una fuerza devastadora. Me ofendían y me dolían más de lo que quería admitir; no porque me importara su opinión, sino porque, en el fondo, sentía que tenía razón. A los ojos del mundo y de mi propia conciencia, no era más que alguien que se estaba vendiendo, aunque el precio fuera la vida de mi madre.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades