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LEGADO DE SANGRE

LEGADO DE SANGRE

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Traiciones y engaños / Amor-odio / Fantasía épica
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lourdes Elizabeth Espinoza Espinoza

El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.

NovelToon tiene autorización de Lourdes Elizabeth Espinoza Espinoza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo #16 – Sombras En Silencio

Los escombros aún humeaban en el patio norte. Martillos, voces y gritos de auxilio se entremezclaban con el repique metálico de armaduras: los soldados reforzaban la muralla rota, los sirvientes corrían con cubos de agua, y los heridos eran llevados en improvisadas camillas. El aire estaba denso, cargado de polvo y ceniza, como si el palacio entero respirara con dificultad. Entre aquel caos, Ninoska caminaba con paso firme, pero el temblor de sus manos la delataba. Los soldados la saludaban con respeto al pasar, sin notar la tormenta en sus ojos. Encontró a Arthur de pie junto a un corredor lateral, mirando con el ceño fruncido el ir y venir de los hombres.

— Arthur… — Su voz era baja, casi un susurro, pero lo bastante firme para obligarlo a mirarla.

Él se volvió hacia ella, aún con la tensión de la batalla en los hombros.

—¿Qué ocurre?

Ninoska respiró hondo, enderezándose con la dignidad que siempre llevaba como armadura.

— Debes ir a la habitación de Coraline… Ahora…

Arthur arqueó las cejas, sorprendido.

—¿Por qué tanta urgencia? ¿Está en peligro?

Ella negó espacio, aunque el brillo de sus ojos la traicionaba.

— No… no básicamente. Pero sí en su corazón.

Arthur la miró con creciente inquietud. Ninoska presionó los labios, y finalmente, con voz quebrada, aunque tratando de mantener la frente en alto, reveló lo que había callado:

— Ya lo sabe… Coraline sabe la verdad. Sabe que eres su padre.

El aire entre ellos parecía tenso, más pesado que las piedras caídas en el patio. Arthur abrió la boca, pero Ninoska levantó la mano, deteniéndola.

— No me preguntes cómo lo supo. Solo… lo sabes. — Tragó saliva, luchando contra el nudo en la garganta — Y lo peor… es que no quiere verme.

Por un instante, la mujer fuerte, la princesa indomable, pareció resquebrajarse. Pero enseguida enderezó la espalda, manteniendo las lágrimas con la dureza de su orgullo.

— Eres tú a quien quiere. Tú, no yo. Así que ve. Habla con ella. No como general, no como huésped del palacio. Como lo que eres… Como su padre.

Arthur dio un paso hacia ella, conmovido por el dolor en su voz.

— Ninoska…

Pero ella apartó la mirada, endureciéndose de nuevo como si llevara una armadura invisible.

— No lo repitas. No me ofrezcas consuelo. Solo haz lo que debes. Coraline te necesita, aunque a mí me rechace…

La voz de un soldado gritando órdenes se alzó en el patio, grabándoles que la guerra no se detenía. Arthur avanzaba lentamente, con la mandíbula tensa, y dio media vuelta rumbo a la habitación de Coraline.

Ninoska lo siguió con la mirada hasta que desapareció en el corredor. Solo entonces dejó escapar un suspiro largo, una grieta en su máscara de fortaleza. Se llevó una mano al pecho, como para contener un dolor que amenazaba con romperla desde dentro, antes de recomponerse y volver a caminar entre los escombros como la princesa orgullosa que todos esperaban ver.

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El pasillo hacia la habitación de Coraline estaba desierto, salvo por dos guardias firmes a la entrada. Sus armaduras aún cubiertas de polvo del derrumbe y sus rostros tensos mostraban el cansancio de la jornada. Arthur se detuvo frente a ellos, con la respiración pesada, como si el trayecto desde el patio hubiera sido una batalla en sí misma.

— Déjenme entrar… — ordenó con voz grave, aunque en el fondo sentí que las palabras le temblaban.

Los guardias intercambiaron una mirada nerviosa.

— Se ha negado a ver a alguien, señor — dijo uno, bajando la vista — Está asustada… y furiosa… No desea ver a nadie.

Arthur tragó saliva, su garganta seca como el desierto.

— Precisamente por eso debo entrar… — Su voz se endureció, aunque dentro de él crecía el miedo — Soy su padre…

El silencio pesó entre los tres hasta que, finalmente, los guardias dieron un paso atrás y abrieron la puerta. La habitación estaba sumida en penumbra, a pesar de que afuera aún brillaba el sol. Las cortinas habían sido corridas y las velas apenas ofrecían un resplandor trémulo. Coraline estaba sentada en el borde de su cama, abrazando sus rodillas, con el cabello suelto cayéndole como un velo oscuro sobre el rostro. Arthur cerró la puerta detrás de sí, el corazón golpeándole como un tambor. Cada paso hacia ella se le antojó eterno.

— Coraline… — dijo con voz baja, temeroso, como si la pronunciación de su nombre pudiera quebrarla aún más.

Ella levantó el rostro, y sus ojos enrojecidos lo atravesaron con una mezcla de furia y dolor.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? — La pregunta salió como un dardo, cargada de reproche.

Arthur sintió que le faltaba el aire. Había imaginado muchas posibilidades, pero no estaba preparado para esa herida tan directa.

— Porque… — titubeó, dando un paso más hacia ella — porque te amaba demasiado como para exponerte a la verdad de golpe. Porque tenía miedo de perderte antes de tener la oportunidad de amarte…

Coraline bajó la mirada, sus dedos apretando con fuerza la tela de su vestido.

— Toda mi vida he mirado a los hombres que pasaban por este palacio, preguntándome si alguno de ellos era mi padre. Y eras tú... apareciste aquí, y siempre tan lejos.

Arthur sintió que las palabras le pesaban como cuchillas.

- Perder. Y te fallé. Te fallé a ti ya tu madre… — Se arrodilló frente a ella\, bajando la voz hasta convertirla en un susurro — Pero si me das la oportunidad… Coraline\, si me deja\, yo quiero ganarme ese lugar. No como soldado\, no como extraño. Como tu padre… solo déjame demostrarte todo el amor que siento por ti…

Ella lo miró fijamente, los ojos temblando entre rabia y lágrimas contenidas.

—¿Y si no quiero un padre?

Arthur tragó saliva, sin apartar la vista de ella.

— Entonces… me conformé con ser alguien en quien confies. Pero si en algún rincón de tu corazón hay un espacio para mí, lucharé cada día para merecerlo.

El silencio los envolvió. Afuera, el sonido distante de los martillos reparando la muralla era el único eco, recordando que el mundo se caía, pero que allí, en esa habitación, se libraba una batalla más íntima y feroz. Coraline parpadeó, como si quisiera hablar, pero las palabras se tragantaban. Finalmente, escondió de nuevo el rostro entre las rodillas, pero su voz salió quebrada:

— No sé si puedo perdonarte… todavía…

Arthur sintió un nudo en la garganta, pero su respuesta fue firme, cargada de ternura y promesa:

— No importa cuándo... Solo necesito que sepas que aquí estará, cada día, hasta que quieras verme como padre... o como lo que tú decidas.

Y por primera vez, aunque Coraline no lo miró, no le pidió que se fuera. Arthur permaneció arrodillado frente a ella, en silencio. No quería presionarla, no quería romper la frágil barrera que lo separaba de su hija. Con voz baja, como si hablara a un secreto guardado en el corazón, dijo:

— No tienes idea de cuánto te amo, Coraline… — Su garganta se cerró un segundo, pero continuó — Daría mi vida por ti, sin pensarlo. Por ti soportaría cadenas, desiertos, guerras… porque nada de eso duele más que no haberte tenido todos estos años.

Coraline no levantó el rostro, pero sus hombros se estremecieron apenas. Arthur trató de sonreír, aunque sus labios temblaban.

— Y sabes… — Susurró — cuando sonríes, iluminas todo. Te ves más hermosa que cualquier estrella del cielo de Namhara. Yo… yo quiero verte sonreír más, hija…

Sacó algo envuelto en tela que había guardado celosamente desde su llegada. Lo sostuvo en sus manos un momento, antes de mostrarlo.

— ¿Recuerdas el regalo que te prometí? — Su voz se suavizó — … ¿El caballo blanco? No es un cuento, ni un sueño. Te esperará en los establos, libre, hermoso, solo para ti. Porque mereces volar más allá de estas murallas, sentir el viento en el rostro y saber que eres libre.

Coraline levantó la cabeza apenas, sorprendida. La chispa de curiosidad brilló en sus ojos, aunque el rastro de lágrimas aún los empañaba.

—¿Un caballo blanco…? — Murmuró, como si no quisiera dejarse ilusionar.

Arthur asintiendo, sonriendo con ternura.

—Sí. Y quiero verlo contigo, camina a tu lado mientras lo conoces. No como un extraño… sino como tu padre.

El silencio se extendió, y por un instante Arthur creyó que había logrado acercarse un poco más. Pero entonces, la niña alzó la mirada con una fuerza inesperada, sus ojos clavados en los de él.

— Dime la verdad, Arthur… — Su voz era un hilo quebrado, pero firme — ¿Me amaste cuando supiste que mamá me tendría? ¿O nunca me quisiste… y por eso nunca viniste a verme en todos estos años?

El corazón de Arthur se detuvo. La pregunta lo tocó como una lanza directa al alma, derribando todas las defensas que aún mantenía. Su respiración se volvió pesada, y por un instante no supo cómo responder. Finalmente, apoyó ambas manos en sus rodillas, inclinándose hacia ella, con los ojos ardiendo de culpa.

— No, Coraline… no es como piensas. Nunca fue porque no te quisiera. Fue porque yo era un hombre ciego, lleno de errores, y me equivoqué. No fue culpa de tu madre, ni tuya... fue mía.

Ella lo miraba en silencio, como buscando en cada palabra una verdad que pudiera sostenerse.

— Coraline… — susurró, bajando la cabeza. Una punzada de vergüenza lo atravesó. Se obligó a mirarla a los ojos, aunque sentía que no merecía esa mirada — Yo no supe de tu existencia porque no fui el hombre que debía ser con tu madre. Fui débil, egoísta, y tuve miedo. No fue culpa de tu madre, nunca lo fue. La culpa fue mía… por no estar a su lado, por no protegerlas a ambas… Tu madre… — Arthur continuó, con voz baja, cargada de remordimiento — ella te defendió sola, cuando yo no estaba. Yo debería haber estado aquí desde el primer día, pero dejé que mi orgullo y mis decisiones equivocadas me apartaran. Y eso… eso es lo que me persigue cada noche.

Se inclinó aún más, casi rogando, con los ojos fijos en ella. Las lágrimas comenzaron a humedecer los ojos de la niña, pero no apartó la mirada. Arthur extendió la mano, sin tocarla aún, solo ofreciéndosela como un puente.

— He cometido demasiados errores… pero estoy aquí porque no quiero que pagues por ellos. No quiero que vivas creyendo que no fuiste amada. Porque lo eres, Coraline. Lo eres con cada latido de mi corazón… Y ahora qué sé que existe, ahora que te tengo frente a mí… te amo sin condiciones, sin límites. Nada puede cambiar eso. Te pido… solo te pido que me des una oportunidad. Una sola. Para amarte como deberías hacerlo siempre.

Las lágrimas se acumularon en los ojos de Coraline, pero se negó a dejar que cayeran. Se abrazó más fuerte las rodillas, temblando, mientras Arthur permanecía ahí, esperando, vulnerable, ofreciéndole el corazón entero.

Arthur permanecía arrodillado frente a ella, sin querer romper la frágil distancia que los separaba. El silencio se extiende unos segundos, hasta que habló con suavidad, cuidando cada palabra como si fuera un cristal.

— Coraline… no quiero presionarte, ni forzarte a que me aceptes. Solo necesito que sepas algo: que te amo. Que siempre te he amado, aunque el destino y mis errores me lo hicieran callar.

Ella no lo miró, seguía con el rostro escondido entre las rodillas, pero sus hombros apenas temblaron. Arthur continuó, su voz cargada de ternura.

— Daré mi vida por ti sin pensarlo. No hay nada en este mundo más importante que protegerte. Y aunque ahora tu corazón me recace, aunque quieras alejarme, no dejaré de intentarlo. Porque eres mi hija. Eres... mi mayor tesoro.

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Los pasillos aún vibran con el eco del ataque, pero Said caminaba rápido, casi sin escolta, rumbo a los aposentos más resguardados del ala este. Su rostro, endurecido por la batalla, se suavizó apenas al empujar la puerta y ver a Pamela sentada en un diván, con las manos firmes sobre su vientre que empezaba a notarse redondeado. Ella levantó la mirada al verlo, sus ojos encendidos de ansiedad.

-¡Dicho! — Exclamó, incorporándose un poco — He escuchado los estruendos… ¿Estás bien? ¿El palacio…?

Él se apresuró hacia ella, tomándole las manos.

—Estoy bien, mi reina. El ataque no pasó de la muralla. — La observar con detenimiento, notando la palidez en su rostro — Pero tú… estás temblando.

Pamela acarició instintivamente su vientre, como si quisiera proteger la vida que crecía dentro.

—No temblaba por mí. Temía por ti… y por nuestro hijo. Cada golpe de esas piedras… se sintió como si él lo sintiera, también.

Said la rodeó con los brazos, apoyando la frente contra la suya.

— No volveré a dejar que el miedo te toque — Su voz era un juramento más que una promesa — Este palacio caerá diez veces antes de que te pase algo a ti oa mi hijo…

Pamela intentó sonreír, pero el gesto se quebró. Llevó una mano a su boca de pronto, con el rostro crujiente.

— Dijo… — murmuró, apartándose con premura.

Él apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que ella corriera al baño contiguo, cerrando la puerta tras de sí. El sonido ahogado de arcadas llenó la estancia, recordándole que no era la guerra lo que debilitaba a su esposa, sino el peso dulce y cruel del embarazo. Said se quedó de pie, con el corazón en un puño. Quiso entrar, ayudarla, pero sabía que había cosas que debían atravesar sola. Cerró los ojos un instante y apretó los puños.

— Que los dioses me den la fuerza… no solo para defender mi reino, sino para cuidar a quienes amo…

El murmullo de voces en los pasillos le recordó que el debía lo reclamaba, pero ahí, en ese cuarto, su batalla más grande no era contra Dissano, sino contra el miedo de perder lo que más amaba.

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El taller estaba en penumbra. Solo una lámpara de aceite iluminaba la mesa de trabajo, repleta de planos, piezas de armaduras y espadas en reparación. El sonido metálico de una lima raspando contra el acero se detuvo, y Jhon dejó la herramienta a un lado, pasando una mano por su frente sudorosa. El silencio era denso, apenas roto por el crujido de la madera y el eco lejano de los martillos en las murallas. Se sentó en el banco, mirando las armas alineadas, y habló para sí mismo, como quien confiesa al hierro lo que no se atreve a decir a nadie.

— Toda mi vida he luchado para protegerlos… — murmuró, su voz ronca — Soy el mayor… El primero en nacer. El que debía sostener el peso cuando los demás todavía eran niños…

Tomó una espada a medio terminar, acariciando el filo incompleto.

— Ninoska tiene a su hija… y ahora Arthur ha vuelto a ella. Coraline lo cambiará todo para ellos… — Sus labios se torcieron en una sonrisa amarga — Said… Said tiene a Pamela, y dentro de ella late la vida de su futuro hijo. Él pelea por su reino, pero también por su familia.

Suspiré hondo, y sus ojos se aguantaron al fijarse en el fuego tenue de la lámpara.

— ¿Y yo? ¿Qué tengo yo, más que el deber de no dejarlos caer? Soy el hermano mayor, sí… pero también el único que no tiene a quién abrazar cuando la noche es oscura.

Se levantó, caminando hasta la ventana pequeña del taller. Desde allí veía la muralla aún en ruinas, los hombres trabajando sin descanso, y más allá, el horizonte oscuro del desierto.

— Si fallo, ellos lo pierden todo… Si tropiezo, el peso cae sobre sus hombros… siempre son ellos dos quienes cargan con todo… — Apretó los puños con fuerza — No lo permitiré. No mientras pueda sostener una espada.

Cerró los ojos y, por un instante, dejó escapar la verdad que nunca compartió:

— Quisiera tener algo mío por lo que pelear… pero si el destino no me lo da, entonces mi razón será siempre protegerlos a ellos. A mis hermanos. Aunque eso signifique quedarme solo.

El viento del desierto se coló por la ventana, apagando la llama de la lámpara. Jhon quedó en la penumbra, rodeado de armas, con la silueta de un guerrero que no lucha solo contra enemigos, sino contra la soledad de su propio corazón.

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El silencio de la noche envolvía sus aposentos. Solo una vela titilaba sobre la mesa, proyectando sombras que parecían moverse con vida propia. Ninoska permanecía sentada junto a la ventana, observando la oscuridad del desierto que se extendía más allá de las murallas reparadas. El viento cargaba polvo y el eco de los martillos, recordándole que el palacio seguía en ruinas, igual que ella. Se abrazó a sí misma, no por frío, sino por contener el temblor que nacía en su pecho.

— Todo lo que construí… — susurró al vacío — ya no existe…

Durante años había erigido murallas invisibles: de orgullo, de fuerza, de silencio.

Había levantado un mundo donde su hija estaba a salvo, donde los fantasmas de su pasado no podían alcanzarla. Pero ahora esos murales habían caído como las piedras del palacio, y la verdad había quedado expuesta.

Coraline ya no la quería cerca. Dissano la buscaba con la misma obsesión que antaño. Y el reino... el reino entero estaba en peligro por su culpa. Por su sangre. Por su historia. Apretó los puños con fuerza.

— Debo enfrentar al monstruo… — Sus labios se torcieron en una mueca amarga de dolor — A ese hombre que destruyó mi vida y ahora amenaza con devorar la vida de todos.

Cerró los ojos un instante y el rostro de Said apareció en su mente: su hermano, tan joven y tan cargado de responsabilidades. El monstruo no solo venía por ella… sino por el trono, por Namhara, por todo lo que Said representaba. Y en medio de esa tormenta… había regresado él. Arturo. El simple recuerdo de su voz, de su mirada, le arrancó un suspiro que intentó sofocar. Se levantó de golpe, como si con el movimiento pudiera expulsarlo de sus pensamientos.

— No — murmuró, caminando de un lado a otro — No debo pensar en él. No puedo… No debo…

Pero cuanto más luchaba contra la idea, más clara se hacía la verdad que habitaba en lo más profundo de su corazón. Había visto su ternura con Coraline, su dolor al confesar sus errores, la manera en que se interpuso frente a Dissano como un escudo sin pensarlo dos veces. Y lo odiaba por eso. Lo odiaba porque le recordaba lo que había perdido… y lo que aún deseaba. Se detuvo frente al espejo, observándose con ojos cansados. La princesa fuerte, altiva, la mujer que todos creían inquebrantable… tenía los labios temblorosos y lágrimas contenidas en los bordes de sus ojos.

— Aún lo amo… — Susurró, apenas un hilo de voz, como si decirlo fuera un sacrilegio.

Se cubrió el rostro con ambas manos, ahogando un sollozo. La vela parpadeó, proyectando una sombra quebrada sobre la pared, igual que su alma. Y en ese instante lo supo: podía negarlo de día, frente a todos, podía erguirse como la princesa orgullosa que siempre había sido… pero en la soledad de la noche, ninguna máscara podía ocultar la verdad. Arthur aún vivía en su corazón. Ninoska cerró los ojos, y sin quererlo la memoria la arrastró sin compasión hacia aquella noche en la habitación de Arthur… la noche en que su voluntad se quebró. Había entrado con el corazón en llamas, decidida a proponerle su decisión más difícil: que debía llevarse a Coraline a Holaguare, lejos de Dissano, lejos de ella misma. Pero lo que ocurrió fue distinto.

—¿Por qué lo dejé acercarme? — Susurró al vacío — Sabía que debía alejarlo, y aun así… en su mirada volvió a perderme, y cuando me tocó, ya no quedaba fuerza en mí para detenerlo…

— — — — — — — — — Retrospectiva — — — — — — — — — —

Aquella noche en la habitación de Arthur había comenzado con palabras medidas, con la intención firme de decirle que debía llevarse a Coraline a Holaguare, lejos de Dissano, lejos de todo, pero todo se estaba saliendo de control y él había decidido irse. Arthur había dado la media vuelta, dispuesto a marcharse, cuando su voz lo alcanzó como un disparo al corazón.

— No te vayas sin decirme adiós de nuevo… — Pidió Ninoska, con un tono que mezclaba súplica y reproche, como si aquellas palabras fueran el último hilo al que se aferraba.

Arthur se detuvo. No podía ignorarla, no cuando su voz temblaba de esa manera. Giró lentamente, y la encontró allí, erguida, aunque sus ojos la delataban vulnerables. Un silencio denso los envolvió. Ambos sabían que lo prudente era despedirse con distancia, que lo correcto era mantener la barrera. Pero lo correcto se desmoronó en un instante. La mente se nublo, la realidad se desvaneció… Arthur avanzó hacia ella, despacio, como quien teme romper un sueño. Ninoska, en lugar de apartarse, sostuvo su mirada con una fuerza temblorosa. Cuando estuvo lo bastante cerca, él alzó una mano y rozó su mejilla con la yema de los dedos. Ella cerró los ojos, dejándose tocar como si ese gesto fuera un alivio y una condena al mismo tiempo.

— Ninoska… — susurró, cargada de deseo y dolor.

Ella negó suavemente con la cabeza, pero no para rechazarlo, sino para pedirle que no hablara más. Que no rompiera el instante. Entonces ocurrió: el beso nació contenido, como un adiós, pero ardió de inmediato con toda la pasión reprimida de los años. No fue solo ternura, fue hambre, necesidad, memoria y presente fundiéndose en un mismo fuego.

Arthur la sostuvo con fuerza, y ella lo buscó con el mismo fervor, entregándose al abrazo como quien cae en un abismo inevitable. Sus manos se aferraron al rostro, a los hombros, al pecho, como si quisieran asegurarse de que él era real. El mundo afuera dejó de existir. Dissano, el reino, Coraline… todo quedó lejos, sepultado bajo el peso de un deseo que ya no podía negarse. Los cuerpos hablaron lo que la razón prohibía, y en la intimidad de esa habitación, entre susurros y temblores, se entregaron el uno al otro como si fuera la última vez. No hubo promesas ni palabras de futuro. Solo el presente ardiente, el reencuentro de dos almas que jamás habían dejado de buscarse a pesar de la distancia, del tiempo. Y cuando la noche avanzó y el silencio volvió, lo único que quedó fue la certeza de que habían cruzado una línea imposible de desandar. Un instante que no debía ocurrir… pero que marcó para siempre a ambos.

— — — — — — — — — Fin del Flashback — — — — — — — — —

Ninoska abrió los ojos de golpe, como si hubiera despertado de un sueño prohibido. Su pecho subía y bajaba con fuerza, aún alterada por el recuerdo que la había arrastrado a esa noche. Sintió el calor en su piel, el temblor en sus labios, como si Arthur acabara de besarla otra vez. Se llevó las manos al rostro, intentando borrar las imágenes, los suspiros, el fuego que aún ardía en lo más profundo de su memoria. Pero era inútil.

— Soy débil… — murmuró, con voz ronca, casi un sollozo.

Se reprochó a sí misma con dureza, como siempre lo había hecho. Había construido una vida sobre la fuerza, sobre la razón, sobre la certeza de que jamás volvería a caer en lo que un día la había destruido. Y aun así… lo había permitido. Había apagado la voz de la razón y entregado todo lo que juró mantener bajo control. Se levantó de la silla y caminó de un lado a otro, con las manos temblando.

— Apagué mi dignidad… permití que mi corazón gobernara, cuando lo que debía hacer era alejarlo para siempre… — Su voz se quebró, y las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro, contra su voluntad.

Se odiaba por haberlo deseado. Por haber rendido a ese beso, a esas manos, a ese instante que no debía existir. Porque ahora, cada vez que lo recordaba, su cuerpo lo pedía de nuevo, y su mente la castigaba sin piedad. Se detuvo frente al espejo, observándose a sí misma con rabia y con tristeza. La princesa fuerte, la mujer que jamás cedía, esa corazón que había construido para sí misma… y al final no era más que alguien atrapado en un amor que nunca había muerto…

— Lo odio… — Susurró, con los labios temblando — lo odio porque aún lo amo.

Se cubrió el vientre con las manos, como si ese gesto pudiera contener el torbellino en su interior.

— Lo deseo… deseo su voz, su fuerza, su abrazo. Y al mismo tiempo me repudio por quererlo, porque ese recuerdo me cuesta la dignidad que tanto me ha sostenido…

Cerró los ojos, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. El suspiro que escapó de sus labios no fue de rabia ni de dolor… fue de rendición.

— Y aun así… aunque lo niegue frente al mundo, aunque me jure que lo detesto… la verdad es que lo amo. Lo amo a él... y lo que representa para mí.

El silencio de la habitación se cerró sobre ella como un juicio. Y Ninoska comprendió que esa verdad, la más íntima y la más peligrosa, era la que más la encadenaba.

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El palacio respiraba con dificultad, entre ruinas y cenizas, como si cada piedra doliera por dentro. Coraline lloraba en silencio en su habitación, Pamela temblaba abrazada a su vientre, Jhon afilaba su soledad entre hierros, y Ninoska luchaba contra un recuerdo que la quemaba por dentro.

Cada uno, en la intimidad de sus sombras, libraba batallas invisibles, más crueles que la guerra en los muros. Y en medio de todo, el nombre de Dissano flotaba en el aire como un presagio, una sombra que aún no había caído… pero que ya se extendía sobre ellos.

Porque, aunque el palacio había resistido la noche, el verdadero peligro apenas comenzaba.

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Ninoska Ponce Espinoza
Esta Novela es increíble! 🤩🥰🤩🥰
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
LoU: Mil gracias!! eres muy amable y especial..!! 💕🥰
total 5 replies
Rolin Ponce
Está muy interesante
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
LoU: 😁Muchas gracias!!!
Espero que sigas disfrutando de esta novela!!!

se actualiza todos los días en horas de la mañana (hora de Centroamérica)💕
total 2 replies
Yraida Elizabeth Torres Seminario
muy buena 👌
LoU: 🥰💕 Muchas Gracias!!!
De verdad espero que puedas seguirla leyendo y disfrutando..!!

Te aseguro que se pondrá muchísimo mejor! 🥰💕🥰

También se actualiza todos los días... Un capítulo por día! 🥰💕😁☺️
total 1 replies
Ninoska Ponce Espinoza
Bien... me gusta vamos a ver como continúa! 🤩
LoU: 🥰 Gracias!!
Espero la disfrutes mucho! 🥰
total 1 replies
Ninoska Ponce Espinoza
Me gusta como inicia.... la seguiré leyendo... me parece interesante... muy interesante.... 🥰🥰
LoU: Muchas gracias! Espero te guste mi nuevo proyecto..!!
Esta es una Novela mucho más sustanciosa y larga ... con una trama mucho más complicada con amor, familia, política y traiciones🥰🥰🥰

Que la puedas disfrutar!!👏☺️👏☺️
total 1 replies
Ninoska Ponce Espinoza
Es una Nueva Novela... espero sea tan buena como la anterior! /Grin//Grin//Grin//Grin/
Espero mucho!
Ninoska Ponce Espinoza: 🤩🥰 🥰🤩 🥰🤩
total 2 replies
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