Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 7: El cuerpo recuerda lo que la mente oculta
El agua siempre había sido un problema.
No por el frío.
No por la incomodidad.
Sino por el recuerdo.
En la casa de los Vaelor, bañarse no era un acto de cuidado. Era una humillación cuidadosamente disfrazada de corrección. Nunca en una habitación cerrada. Nunca con privacidad. Siempre en el patio trasero, a la vista de quien pasara, como si su cuerpo no mereciera respeto alguno.
—Así aprenden los animales —decía el duque Alaric Vaelor—. A no olvidar lo que son.
Por eso, incluso ahora, en el castillo del Sur, Elian Vaelor no podía entrar al baño.
La habitación era demasiado cerrada.
Las paredes, demasiado silenciosas.
La puerta… demasiado sólida.
Su cuerpo se tensaba apenas cruzaba el umbral.
Así que aquella mañana tomó una decisión que no pasó por la razón, sino por la costumbre.
Llevó una palangana grande al patio interior, donde el sol apenas alcanzaba el suelo de piedra. Era temprano. No había sirvientes a la vista. El lugar estaba tranquilo. Demasiado tranquilo.
Se quitó la ropa con movimientos rápidos, automáticos, como si temiera ser descubierto haciendo algo indebido. El aire frío le erizó la piel, pero no se quejó. Estaba acostumbrado.
Se agachó y comenzó a echarse agua sobre los hombros.
El contacto lo hizo estremecerse.
No por placer.
Por memoria.
Cada gota parecía despertar algo antiguo. Algo que su mente había aprendido a enterrar, pero que el cuerpo nunca había olvidado.
No escuchó los pasos.
El Duque Kael Ardenfell había salido a recorrer el patio, siguiendo una rutina que repetía cada mañana. No esperaba encontrar a nadie allí. Mucho menos… eso.
Se detuvo en seco.
El omega estaba de espaldas, inclinado sobre la palangana. Su piel, pálida bajo la luz suave, estaba marcada.
No por una herida reciente.
Sino por muchas antiguas.
Cicatrices finas y largas cruzaban su espalda en patrones que Kael reconoció de inmediato. Marcas en los hombros. En los costados. En la parte baja de la espalda. Algunas desvanecidas. Otras… demasiado profundas para haber sido accidentales.
Kael sintió que el aire se le iba de los pulmones.
—…Dioses —susurró.
El sonido fue suficiente.
Elian se giró de inmediato.
Su reacción fue instantánea.
Se encogió.
Buscó la ropa.
Cayó de rodillas.
—¡Lo siento! —dijo con la voz quebrada—. No quise… no debí… por favor, no me castigue…
Kael avanzó un paso… y se detuvo.
El omega temblaba sin control, cubriéndose como podía, los ojos llenos de pánico.
—No te acerques —dijo Kael con voz firme—. No voy a tocarte.
Elian tardó unos segundos en procesarlo.
—Yo… ensucié el patio —susurró—. Puedo limpiar… no fue mi intención…
Kael apretó los puños.
—Mírame —ordenó, bajando el tono—. No estás en problemas.
Elian alzó la vista lentamente. Sus ojos estaban vidriosos, llenos de una vergüenza profunda, antigua.
—¿Por qué… estás aquí? —preguntó Kael.
Elian tragó saliva.
—El baño… —su voz se quebró—. Me cuesta respirar allí.
El silencio cayó entre ambos.
Kael se quitó la capa y la dejó en el suelo, a cierta distancia.
—Cúbrete —dijo—. Nadie más vendrá.
Elian dudó… pero obedeció.
Cuando estuvo cubierto, Kael habló.
—Esas marcas —dijo con cuidado— no son normales.
Elian bajó la cabeza.
—Son viejas.
—No son de entrenamiento —continuó Kael—. Ni de disciplina aceptada. Son… abuso.
La palabra cayó con peso.
Elian se encogió más.
—No —susurró—. Fue… corrección.
Algo se quebró dentro de Kael.
—¿Quién te hizo esto?
Silencio.
—No tienes que responder ahora —añadió—. Pero quiero que sepas algo.
Elian levantó la mirada.
—Aquí nadie tiene derecho a marcarte así. Nadie.
Las palabras temblaron en el aire.
Y algo dentro de Elian… cedió.
No lloró fuerte.
No gritó.
Las lágrimas simplemente comenzaron a caer, silenciosas, incontrolables.
—Yo… —su voz era apenas un hilo—. Pensé que… que era normal. Que yo era defectuoso.
Kael se arrodilló, manteniendo la distancia.
—No lo eres.
—Si no lo fuera… —Elian apretó la capa contra su pecho— no habría dolido tanto.
Kael cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, ya no había duda.
No importaban los rumores.
No importaba la política.
No importaba el escándalo.
Ese omega había sido destruido por quienes debían protegerlo.
Y alguien iba a pagar por ello.
Más tarde, en la tranquilidad de su habitación, Elian se sentó en la cama, aún temblando.
El agua ya no estaba en su piel… pero la sensación seguía allí.
Cerró los ojos.
Y entonces ocurrió.
Un recuerdo.
No de este mundo.
Sino del otro.
La calle.
El frío.
Su hermana Lía.
La forma en que la cubría con su propio cuerpo cuando dormían en el suelo.
La manera en que soportaba el hambre para que ella comiera.
Siempre protegiste, susurró una voz en su interior.
Nunca te protegieron.
Las lágrimas volvieron.
No por el dolor físico.
Sino por la culpa.
—Lo siento… —murmuró—. No pude protegerte ahora.
Del otro lado de la puerta, Kael permanecía inmóvil.
Había ordenado que nadie se acercara.
Había enviado mensajes sellados.
Había activado redes que no usaba desde la guerra.
Pero en ese momento… solo escuchaba.
No para vigilar.
Para cuidar.
Y sin darse cuenta, el alfa que había aceptado un matrimonio por deber tomó una decisión que cambiaría todo:
No permitiría que nadie volviera a tratar a Elian Vaelor como un animal.
Jamás.