Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña
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Capitulo 20
El rugido de la ciudad fue reemplazado por el susurro del viento entre los pinos y el crujir de la grava bajo los neumáticos del todoterreno de Sebastián. Abigail miraba por la ventana, viendo cómo las luces de los rascacielos se convertían en meros puntos distantes en el retrovisor.
Llevaba días sin dormir más de tres horas, con el fantasma de "Lágrimas de Aurora" —su obra saqueada— martilleándole las sienes.
Sebastián no había dicho a dónde la llevaba, solo le había ordenado que dejara el teléfono en la guantera.
Llegaron a una propiedad privada en las estribaciones de la montaña. No era una mina industrial de excavadoras y lodo, sino una antigua explotación de cuarzo y piedras semipreciosas que la familia de Sebastián mantenía como un santuario privado. Al bajar del coche, el aire era tan puro que a Abigail le dolieron los pulmones al respirar.
—Aquí es donde vengo cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso para escuchar mi propia voz —dijo Sebastián, abriendo la pesada reja de hierro que conducía a una gruta iluminada con sutiles luces cálidas
—. Aquí nada es falso, Abigail. La piedra no miente.
Caminaron en silencio hacia el corazón de la gruta, donde una veta de cristal de roca brillaba bajo la luz tenue. El frío de la cueva parecía absorber el calor de la rabia de Abigail, dejándola solo con un cansancio infinito.
Se sentó sobre una roca lisa, rodeada de paredes que habían tardado milenios en formarse. De repente, el peso de las últimas semanas la golpeó con la fuerza de un alud. La traición de Julián, el robo de Mónica, la humillación de la gala... todo se desbordó.
—Se llevaron mi infancia, Sebastián —susurró ella, su voz quebrándose en el eco de la mina—. "Lágrimas de Aurora" no eran solo vestidos. Era la forma en que recordaba a mi madre antes de que el cáncer se la llevara. Mónica ha puesto su nombre sobre mis recuerdos más sagrados y Julián... Julián le dio la pluma para hacerlo.
Abigail escondió el rostro entre las manos. No era el llanto de una víctima; era el lamento de alguien a quien le han robado la iidentidad
—Me siento vacía —continuó ella, sin mirarlo—. Como si hubiera pasado diez años construyendo un altar para que otros lo incendiaran para calentarse los pies. ¿Cómo vuelvo a crear después de esto? ¿Cómo confío en que mis propias manos no me traicionarán de nuevo?
Sebastián se acercó. No intentó abrazarla de inmediato; respetó su espacio como quien observa una gema preciosa que acaba de agrietarse. Se arrodilló frente a ella, obligándola a levantar la vista.
—Te traicionaron porque tu luz les cegaba, Abigail. No te robaron porque fueras débil, sino porque ellos son incapaces de generar un solo átomo de la belleza que tú produces sin esfuerzo.
—su voz era profunda, vibrante—. Mónica tiene los papeles, pero no tiene el alma. Ella tiene el mapa, pero tú eres el camino.
Sebastián tomó las manos de Abigail entre las suyas. Las manos de ella estaban frías, marcadas por las agujas y el cansancio. Él las apretó con una firmeza que transmitía una fuerza casi física.
—Escúchame bien —dijo él, fijando sus ojos oscuros en los de ella—. Julián cree que te ha dejado sola en un campo de batalla abierto. Lo que él no sabe es que yo he levantado un muro a tu alrededor que nada podrá atravesar.
Abigail lo miró, buscando una grieta en su resolución.
—No puedes protegerme de todo, Sebastián. Esto es una guerra legal, creativa, financiera...
—Entonces seré tu escudo de acero —sentenció él con una intensidad que hizo que el aire en la gruta pareciera vibrar—. Deja que ellos se queden con el pasado. Tú vas a crear el futuro en ese taller clandestino, y yo me encargaré de que ni una sola de sus flechas te roce. Seré el acero que sostenga tu espalda cuando sientas que vas a caer. Seré el silencio que proteja tus secretos y el fuego que consuma sus contratos.
En la penumbra de la mina, Abigail vio a Sebastián no como el magnate de los diamantes o el aliado estratégico, sino como el hombre que estaba dispuesto a quemar el mundo por ella. Por primera vez en diez años, sintió que no tenía que ser la "mujer de hierro" para ser respetada. Podía ser frágil, podía estar rota, y aún así, alguien la consideraba invencible.
Ella se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra el hombro de él. El aroma a sándalo y lluvia de Sebastián la envolvió, dándole una paz que no encontraba en ningún otro lugar.
—¿Por qué? —preguntó ella en un susurro—. ¿Por qué harías todo esto por mí?
Sebastián rodeó su cintura con un brazo, atrayéndola hacia él en un abrazo que no era sexual, sino fundamental, como si estuviera soldando sus destinos.
—Porque el mundo está lleno de gente como Julián y Mónica, Abigail. Gente que destruye lo que no entiende. Pero de vez en cuando, aparece alguien que crea luz de la nada. Y yo he pasado toda mi vida buscando algo que valiera la pena proteger con todo lo que soy. Tú eres esa persona.
El Renacimiento en la Oscuridad
Pasaron horas en la mina. Hablaron de cosas que no tenían nada que ver con la moda o los diamantes. Él le contó de su propia soledad en la cima del éxito, de cómo había aprendido a leer a las personas por la dureza de su carácter. Ella le habló de sus sueños antes de conocer a Julián, de la niña que quería pintar el mundo con hilos de seda.
Cuando finalmente salieron de la gruta, el cielo estaba cuajado de estrellas. Abigail se sentía distinta. El dolor no había desaparecido, pero se había transformado. Ya no era un peso que la hundía, sino un combustible que la impulsaba.
Antes de subir al coche, Abigail se detuvo y miró hacia la montaña.
—Mónica puede quedarse con "Lágrimas de Aurora" —dijo, su voz ahora firme, cargada de una nueva autoridad—. Mañana empezaré a cortar la seda para "Cenizas de Traición". Y esta vez, Sebastián, no solo voy a presentar una colección. Voy a presentar su sentencia de muerte profesional.
Sebastián le abrió la puerta del todoterreno, dedicándole una sonrisa de orgullo feroz.
—Entonces vamos, Abigail. El acero está listo. Solo falta que tú empieces a forjar.
con el coche alejándose de la mina, dejando atrás la vulnerabilidad para regresar a la ciudad. Abigail ya no es la diseñadora que huye; es la arquitecta de una venganza que tiene el respaldo de un escudo de acero.