En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 15
Emara descubre sus habilidades mágicas.
El despertar fue un proceso lento y doloroso, como si cada célula de su cuerpo estuviera siendo reescrita por un escriba invisible. Emara Alarcón abrió los ojos y lo primero que vio no fue el techo de madera de su habitación, sino una red infinita de hilos plateados que vibraban en el aire. No eran hilos físicos; eran corrientes de energía, el pulso mismo de la vida y la decadencia que fluía a través de las paredes de la cabaña, el suelo y los cuerpos de quienes estaban cerca.
Intentó incorporarse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios. Su piel se sentía demasiado pequeña para el poder que ahora albergaba.
—No te muevas todavía, hija —la voz de Tibor, su padre, sonó desde un rincón en sombras.
Emara giró la cabeza y vio a su padre sentado en un taburete. Se veía demacrado, con el brazo en cabestrillo y la mirada perdida en algún punto del suelo. Ya no era el imponente líder del clan Alarcón; era un hombre que lo había perdido todo, incluso la fe de su propia hija.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó Emara. Su propia voz le resultó extraña, tenía una resonancia metálica, un eco que parecía provenir de una montaña lejana.
—Tres días. La batalla terminó, pero el precio... —Tibor guardó silencio, apretando los labios—. Sergio fue enterrado ayer en el Túmulo de los Héroes. Su madre... Amanda... no ha dejado de llorar.
El nombre de Sergio golpeó a Emara como un puñetazo físico. El dolor de la pérdida se mezcló con el extraño flujo de energía en su interior, y de repente, las hebras plateadas que veía en el aire se tornaron de un rojo violento. Una ráfaga de viento helado estalló desde su cuerpo, lanzando los muebles de la habitación contra las paredes.
—¡Emara, contrólate! —gritó Tibor, levantándose de un salto y retrocediendo hacia la puerta.
Emara miró sus manos. No estaban cubiertas de pelaje, pero de las puntas de sus dedos brotaban pequeñas lenguas de fuego frío, de un color azul pálido. Podía sentir el calor de la habitación, pero también podía sentir el frío del Reino Olvidado llamándola desde sus propias venas.
—¿Qué me está pasando, padre? —susurró ella, aterrorizada. Sus lágrimas, al caer sobre la manta, no la mojaban; se evaporaban en pequeñas chispas de luz.
—El Altar... el hacha de Sergio... —Tibor hablaba con una mezcla de asco y asombro—. No solo cerraste la grieta, Emara. Absorbiste el residuo del nexo. Eres el puente que el Reino Olvidado intentó construir. Ya no eres solo una loba. Eres algo que no tiene nombre en nuestra lengua.
Emara se levantó de la cama, ignorando la debilidad de sus piernas. Caminó hacia un espejo de bronce pulido que colgaba en la pared. Al mirarse, retrocedió. Sus ojos, antes ámbar, ahora tenían pupilas que parecían galaxias en miniatura, con destellos plateados y sombras profundas girando en su interior. La marca del pacto en su pecho ya no era una cicatriz; era una runa viva que latía con una luz rítmica.
—Soy un monstruo —dijo ella, con una voz cargada de una tristeza infinita.
—Eres nuestra única esperanza —corrigió una voz desde la puerta. Era Arturo, el anciano más sabio del clan—. La grieta se cerró, pero Eloria está herida. La tierra se está muriendo, Emara. Los cultivos se marchitan y los ríos están amargos. El Rey de las Sombras dejó un veneno que solo alguien con tu... condición puede purgar.
Emara salió de la cabaña, ignorando las protestas de su padre. La aldea de los Alarcón estaba en ruinas. Las casas quemadas eran testigos mudos de la noche de terror. Los guerreros heridos, como Claudio y Martín, la miraban con una mezcla de reverencia y miedo. Algunos incluso se santiguaban al ver el rastro de luz que dejaban sus pies sobre la tierra quemada.
Se dirigió al centro de la aldea, donde el Altar de los Eones permanecía ahora en silencio, pero rodeado de un aura de poder latente. Al tocar la piedra fría, Emara no sintió solo la roca; sintió la historia de su pueblo, los lamentos de los que habían muerto y, sobre todo, sintió a Eloria misma gritando de dolor.
Cerró los ojos y, por primera vez, intentó canalizar voluntariamente esa energía. No fue fácil. Era como intentar domar un río de lava con las manos desnudas. Visualizó a Sergio, visualizó su sonrisa y su sacrificio. Visualizó a Kellan y la promesa de un mundo donde no tuvieran que esconderse.
—Eloria, escúchame —susurró.
Una luz cegadora brotó de ella, extendiéndose como una red por toda la aldea. Donde la luz tocaba la tierra negra, briznas de hierba verde comenzaban a brotar instantáneamente. Los árboles quemados recuperaban su corteza. Fue un acto de creación pura, un milagro que dejó a todos los presentes mudos.
Sin embargo, el esfuerzo tuvo un costo. Emara cayó de rodillas, tosiendo sangre que brillaba con luz propia. El poder era inmenso, pero su cuerpo humano y su esencia de loba seguían siendo frágiles recipientes.
Se enfrenta a sus miedos más profundos.
Esa noche, mientras la aldea celebraba tímidamente el regreso de la vida a sus tierras, Emara se retiró al bosque. Necesitaba estar sola. Necesitaba entender la oscuridad que aún sentía en un rincón de su mente.
Se sentó en un claro, bajo la luz de la luna llena. Intentó meditar, pero en cuanto cerró los ojos, fue arrastrada a un paisaje onírico. No estaba en Eloria, ni en el Aethelgard. Estaba en un vacío gris, frente a una versión de sí misma hecha de sombras.
—¿Quién eres? —preguntó Emara, su voz temblando.
—Soy lo que temes —respondió la sombra con su propia voz—. Soy la parte de ti que disfrutó del poder cuando destruiste a los devoradores. Soy la parte de ti que odia a tu padre por su debilidad y que desea que Kellan esté aquí para que ambos puedan reinar sobre las cenizas.
—¡Eso no es verdad! —gritó Emara—. Yo solo quiero la paz.
—¿Paz? —la sombra se acercó, rodeándola como una serpiente—. Eres una Alarcón. La sangre de traidores corre por tus venas. Ahora tienes el poder de un dios y el corazón de una bestia herida. Tarde o temprano, te cansarás de curar a estos campesinos que te miran con miedo. Tarde o temprano, querrás venganza por Sergio. Querrás justicia contra el Abismo.
Emara vio imágenes de sí misma sentada en un trono de huesos, con Eloria bajo un cielo de sombra perpetua. Vio a su padre suplicando clemencia y a ella misma ignorándolo. Vio a Kellan a su lado, pero sus ojos ya no tenían amor, solo una ambición fría.
—¡Esa no soy yo! —Emara invocó la luz plateada, pero la sombra la absorbió fácilmente.
—La luz y la sombra son lo mismo ahora, Emara —susurró la entidad—. No puedes deshacerte de mí sin deshacerte de lo que te hace especial. Si quieres salvar este mundo, debes aceptarme. Debes aceptar que para traer la luz, primero debes caminar por la oscuridad más profunda.
El miedo que sentía Emara no era hacia la sombra, sino hacia la posibilidad de que tuviera razón. ¿Podría mantener su humanidad mientras su esencia se convertía en algo eterno y ajeno? Recordó el beso de Kellan, la calidez de su mano a pesar de ser un ser del Abismo. Él había vivido con esa dualidad toda su vida. Si él podía, ella también.
—No te acepto como mi dueña —dijo Emara, con una firmeza que sorprendió incluso a la sombra—. Te acepto como mi herramienta. No voy a reinar sobre cenizas. Voy a reconstruir lo que ustedes rompieron.
La sombra soltó una carcajada que sonó como cristal roto y se desvaneció, pero no antes de dejar una última advertencia:
—El Rey de las Sombras no ha muerto, Emara. Solo ha retrocedido. Y cuando vuelva, no vendrá por tu mundo. Vendrá por ti.
Emara despertó en el claro del bosque, sudando y temblando. El sol comenzaba a asomar por el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja esperanzador. Se puso en pie, sintiendo que algo en ella se había asentado. El poder ya no quemaba; ahora era un peso constante, una responsabilidad que la obligaba a mirar más allá de su aldea.
Sabía que no podía hacer esto sola. Los Alarcón eran fuertes, pero Eloria estaba fragmentada. Los otros clanes —los Alcalá, los Alfaro, los Amador— debían saber la verdad. Debían unirse o caerían uno a uno.
—Es hora de llamar a la reunión —dijo para sí misma, mirando hacia las montañas donde otros ojos, algunos humanos, otros no, observaban el cambio en el viento.